En este sexto día de la Novena celebramos a la Virgen María, Madre de la Reconciliación.
Invitamos a la comunidad cristiana a considerar a María, reconocida y invocada como la «Madre de la reconciliación». Los textos, si bien encajan armoniosamente en el carácter penitencial típico, resaltan también la estrecha relación entre Cristo, que con su «sangre preciosa reconcilió al mundo» con el Padre, y María invocada como «reconciliadora» y «refugio de los pecadores».
El Lecionario presenta Jo 19,25-27 como un pasaje evangélico, ayudándonos a leerlo desde la perspectiva de la «entrega«: todos los discípulos que invocan misericordia son confiados a María, y los discípulos saben que encuentran en ella a la «Madre de la reconciliación«.
En la primera lectura resuena el llamado de Pablo a «reconciliaros con Dios» (2 Cor 5,17-21). Una reconciliación que pasa por la «cruz, señal del pacto establecido entre Dios y toda la humanidad«.
Si observamos ahora los textos eucológicos, notamos que desde el momento en que la «paz» entre Dios y la humanidad pecadora fue establecida en el vientre virginal, es una sucesión de acontecimientos en los que la Virgen participa activamente en la redención obra del Hijo. Por eso se la proclama «socia de Dios… en la obra de reconciliación«.
De este reconocimiento surge la actitud de los fieles, conscientes de encontrar en María «compasiva con nuestra miseria» «un corazón lleno de misericordia para con los pecadores«.
Como dice el prefacio:
«Volviendo la mirada a su caridad materna, se refugian en ella y imploran el perdón.
Contemplando su belleza espiritual, luchan contra el oscuro encanto del mal. Meditando sus palabras y ejemplos, son atraídos a observar los mandamientos del Hijo».
En su simplicidad, el texto traza las líneas del camino constante de reconciliación para los fieles de todos los tiempos y lugares. Un itinerario que culmina y es sostenido continuamente por la Eucaristía, porque es con la participación en el «sacrificio de expiación y alabanza» y, por tanto, en la «comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo«, que los fieles experimentan los «sacramentos de reconciliación«.
La ejemplaridad de María se hace evidente en cómo todo está interconectado: ella, que fue el instrumento del inicio de la nueva era de redención, es también quien en la época de la Iglesia acoge y «reconcilia» a los pecadores, guiándolos hacia la Eucaristía, donde se realiza el don de la misericordia del Padre y la recompensa de la redención eterna.
La ejemplaridad de la Virgen, que atrae por su «caridad materna«, su «belleza espiritual» y sus «palabras y ejemplos«, nos invita a contemplar con asombro y admiración la misión de la Iglesia que en cada época ejerce el ministerio confiado con «caridad materna» hacia todos aquellos que desean hacer una «nueva experiencia del amor de Dios. Brilla por la «belleza» con la que su Señor busca continuamente para combatir el «encanto oscuro del mal«. Y así busca realizar la Palabra de Cristo contemplando la palabra y el ejemplo de la Virgen.