Las diez vírgenes y la sabiduría del aceite: Sb 6, 1Ts 4, Mt 25

Por Prof. Dr. Daniel C. Afonso · Actualizado el
Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora.
Mt 25,13
El trigésimo segundo domingo del Tiempo Común del Año A desarrolla tres textos en torno a la vigilancia y la esperanza escatológica. Sab 6,12-16 presenta la Sabiduría que se anticipa para revelarse a quienes la aman y la buscan: no hay fatiga en madrugar por ella. 1 Ts 4,13-18 asegura que los muertos en Cristo no están perdidos: resucitarán primero, y luego los vivos serán arrebatados al encuentro con el Señor. Mt 25,1-13 narra la parábola de las diez vírgenes: cinco sabias con aceite suficiente, y cinco insensatas sin aceite. Cuando el novio llegó a media noche, las insensatas fueron a comprar aceite y la puerta se cerró. Los tres textos convergen: la sabiduría consiste en estar preparado para el encuentro que viene, tener el aceite de la vigilancia y la esperanza que no se improvisa en el último momento.
I. La primera lectura: Sab 6,12-16
La Sabiduría se describe con rasgos luminosos: «La Sabiduría es espléndida y no se desvanece. Fácilmente es vista por quienes la aman y encontrada por quienes la buscan» (Sab 6,12). No es una realidad escondida que se resiste a ser hallada: se anticipa. «Se anticipa para revelarse a quienes la desean. Quien madruga por ella no se cansará. Quien vela por ella pronto estará libre de preocupaciones» (vv.13-15). La Sabiduría va al encuentro de quien la busca: recorre las calles y encuentra a quien la desea. «La vigilancia por ella es la perfección de la prudencia, y quien vela por ella pronto estará libre de preocupaciones, pues ella misma recorre, buscando a los dignos de ella, y se muestra benignamente en los caminos» (v.16). La vigilancia de las vírgenes sabias de Mt 25 es la vigilancia que describe Sab 6: no el esfuerzo de quien corre tras lo inalcanzable, sino la disponibilidad de quien se mantiene atento a lo que viene hacia él.
II. La segunda lectura: 1 Ts 4,13-18
Pablo responde a una ansiedad de la comunidad de Tesalónica: ¿qué sucede con los que murieron antes de la venida del Señor? «Hermanos, no queremos que seáis ignorantes acerca de los que duermen, para que no os aflijáis como los demás que no tienen esperanza» (1 Ts 4,13). La base es la resurrección de Cristo: «Si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios, por medio de Jesús, traerá con él a los que murieron» (v.14). El orden del acontecimiento: el Señor descenderá del cielo con un clamor. Los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego, los vivos serán arrebatados con ellos en las nubes para el encuentro con el Señor. «De esta manera, siempre estaremos con el Señor» (v.17). «Consolados unos a otros con estas palabras» (v.18). La parábola de las vírgenes ilumina esta doctrina: la vigilancia no es por temor a la muerte, sino porque el Señor viene y el encuentro tendrá lugar. Los muertos en Cristo son las vírgenes que dormían pero tenían aceite: serán despertadas a tiempo.
Jesús narra la parábola del Reino de los Cielos: diez vírgenes salen al encuentro del novio con sus lámparas. Cinco son sabias y llevan aceite de repuesto. Cinco son insensatas y no llevan. El novio se retrasa. Todas duermen. A mitad de la noche, un grito: «El novio está llegando. Salid a su encuentro» (Mt 25,6). Las insensatas piden aceite a las sabias. Estas rechazan: puede que no llegue para todas. Las insensatas van a comprar aceite. Mientras tanto, el novio ha llegado: las preparadas entran con él al banquete y la puerta se cierra. Las demás llegan y piden: «Señor, Señor, abrenos». La respuesta: «En verdad os digo que no os conozco» (v.12). Y la conclusión: «Vigilen, pues, porque no saben el día ni la hora» (v.13). La parábola no enseña que la vigilancia sea posible en cualquier momento: enseña que hay un momento en el que ya no es posible improvisar. El aceite no se presta: cada uno tiene el suyo. La fe, la esperanza, la caridad, la oración, la vigilancia, no son transferibles. Son el resultado de una vida entera de fidelidad que nadie más puede vivir en nuestro lugar.
IV. María y el aceite de la vigilancia
Sab 6 describe a la Sabiduría que recorre las calles buscando a los dignos. La tradición ha llamado a María «Sedes Sapientiae», Sede de la Sabiduría, porque fue la criatura en la que la Sabiduría de Dios eligió habitar de manera única. María tenía el aceite: no el aceite improvisado, sino el acumulado en una vida entera de vigilancia, oración y apertura a Dios. La parábola de las diez vírgenes tiene en María su realización anticipada: cuando el novio llegó al mundo en la Anunciación, María estaba lista. No porque se preparó en ese momento, sino porque vivió toda su vida anterior en disponibilidad. 1 Ts 4 asegura que los muertos en Cristo resucitarán. María es la primera en haber resucitado plenamente: la Asunción es la anticipación de lo que 1 Ts 4 promete para todos. Ella es la virgen sabia ya dentro del banquete, con la puerta abierta, intercediendo para que los que aún vigilan desde fuera puedan entrar a tiempo.
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