La maternidad espiritual de María

«Junto a la cruz de Jesús, estaban de pie su madre y la hermana de su madre, María de Clofas, y María Magdalena». (Jo 19,25) Y Jesús, viendo a su madre y al discípulo amado junto a ella, se dirige primero a uno y luego al otro, y desde la cruz une a su madre con el discípulo amado como una madre a su hijo. El evangelista añade: ‘Después, Jesús, sabiendo que todo estaba consumado, dijo…’ (19,28). Con el vínculo de la madre con el discípulo, Jesús realiza la obra que el Padre le confió (Stock, María, la Madre del Señor, en el Nuevo Testamento 93).
María es proclamada por Jesús como «Madre» de todos los fieles, representada en la persona del discípulo que sigue al Maestro hasta la cruz: una maternidad no más física, sino espiritual. ‘A partir de aquel momento’, concluye Jo 19,27, el discípulo la acogió como suya (eis tà ídia)’. Ta ídia significa «lo bueno», con un alcance que puede ser muy amplio. La misma expresión aparece en el Prólogo de Juan: ‘Vino tà ídia (y sus no la aceptaron)‘ (Jo 1,11). Se trata de una acogida en la fe, según I. de la Potterie: la acogió «en su vida interior, en su vida de fe». Esta interioridad del discípulo no es otra que su disposición a abrirse en la fe a las últimas palabras de Jesús y a realizar su testamento espiritual, convirtiéndose en hijo de la madre de Jesús, acogiendo a ella como madre en su vida de discípulo: la madre de Jesús ahora también es su madre (de la Potterie, María en el misterio de la alianza 245).
Si Juan el Bautista creía que el Mesías vendría como esposo para renovar el matrimonio con la esposa, es decir, con el pueblo de Israel contemporáneo, después de ser debidamente preparado, habría recibido al Esposo con alegría. El Evangelista Juan profundiza la idea mesiánica de Juan el Bautista, la amplía y corrige, mostrando que habrá un rechazo y una muerte trágica antes de que se consuma el matrimonio. Alonso Schökel completa y enriquece el sentido eclesiológico de Jo 19,26, continuando la indicación ofrecida por Agustín y Gregorio en algunos textos donde «se establecen relaciones entre ‘muerte, resurrección, ministerio apostólico, ministerio episcopal’, en un esquema de levirato, en una síntesis de cristología y eclesiología, que a su vez se relaciona con el Jesús histórico a la luz del Antiguo Testamento» («La lectura simbólica del Nuevo Testamento» 69-71).
Agustín, por ejemplo, discutiendo sobre el valor moral de una lectura cristiana de Dt 25,5-10 (Contra Faustum Manichaeum 32,10), escribe:
…Y lo que más significa, en la figura, sino que todo predicador del Evangelio debe trabajar en la Iglesia para levantar una descendencia al hermano fallecido, que es Cristo, quien murió por nosotros, y el que será resucitado recibe su nombre? Finalmente, el apóstol, observando esto no carnalmente en su sentido de prefiguración, sino espiritualmente en la verdad cumplida, se enfada con aquellos a los que recuerda haber engendrado en Cristo Jesús a través del Evangelio [1 Cor 4,15], y corrigiéndolos les reprende porque querían ser de Pablo: «¿Acaso yo fui crucificado por vosotros?» ¿O «fue en nombre de Pablo que fuisteis bautizados?» Como si dijera: «Yo os engendré para mi hermano fallecido: vosotros os llamáis cristianos, no paulinos». Por otro lado, quien, habiendo sido elegido por la Iglesia, rechaza el ministerio de evangelizar, es justamente y dignamente despreciado por la Iglesia.Una línea paralela sigue San Gregorio en un texto similar (Reglas pastorales, libro I, 5), utilizando otra cita de Pablo. «El tema es eclesiológico», observa L. Alonso Schökel («La lectura simbólica del Nuevo Testamento»69). Es el ministerio apostólico que Agustín aplica en términos de levirato».Muere el hermano sin dejar descendencia. ¿Quién tendrá a la esposa para tener hijos por el difunto? La madre de Jesús no tiene otros hijos. Ella es como Noemí cuando persuade a sus noras a quedarse: «¿Aún tengo hijos en el vientre que pueden ser tus maridos?» (Rt 1,11). En el momento de su muerte, Jesús nombra e instituye un «hermano» hijo de María, al que se le confía la tarea del levirato: «Mujer, este es tu hijo» (19,26). Si esta explicación es aceptada, el sentido eclesiológico se completa y enriquece, vinculándose simbólicamente a una institución tan importante en la ley del Antiguo Testamento y apreciada por muchos Padres. (Ibidem70).¿Estaba Pablo pensando en el levirato cuando escribe a los corintios, quienes recuerdan haberlo «generado en Cristo Jesús por el Evangelio» (1 Cor 4,15)? (Cf también 1,13).«Agostino piensa que sí. La interpretación errónea que se dio del ministerio de Pablo recuerda la situación en la que se encontraba Juan el Bautista, al usar la enigmática broma sobre el levirato. Pero en la intención de la Iglesia, y ya también en la del evangelista y, quizás, en la de Pablo (Hech 13,24s), se trata de algo más que una broma, mientras parece que en ella debe reconocerse una ley constitutiva de la sucesión apostólica, del ministerio episcopal, de la perpetuidad del nombre cristiano» (Ibidem., 70-71).En el Calvario ocurre una transformación de la cual Jesús toma la iniciativa. María ya no es solo la madre de Jesús, sino que se convierte en la madre del discípulo. Es de Jesús moribundo de quien ella recibe este otro hijo. «Su amor por Cristo debe, así, haberse dirigido cada vez más clara y fuertemente también a aquellos a quienes su amor estuvo dirigido. Su amor maternal por Cristo acogió en sí mismos a aquellos entre los cuales era ‘el primogénito de muchos hermanos’ (Rom 8,29) y la Madre de Cristo se convirtió en Madre de los cristianos» (Guardini, «La Madre del Señor»59).Dra.ª Rita Torti Mazzi Profesora Locus MariologicusPós-Grado en Mariología
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