Accipite spiritum sanctum: María y el don de Pentecostés

Accipite spiritum sanctum: Maria e o dom do Pentecostes

Accipite Spiritum Sanctum.
Jn 20,22

«Recibid el Espíritu Santo». Con estas palabras, entre las más breves y más densas de todo el cuarto Evangelio, el Resucitado sopla sobre sus discípulos en el Cenáculo y les da el Espíritu. Pentecostés: la culminación del Tiempo Pascual, el cumplimiento de la promesa del Paráclito, el nacimiento de la Iglesia como comunidad animada por el Espíritu de Cristo. La mariología encuentra en este momento su horizonte más amplio y más profundo: María, que fue cubierta por el Espíritu Santo en la Anunciación, que «perseveró en la oración» en el Cenáculo aguardando el Espíritu, y que estuvo presente cuando el Espíritu descendió sobre la Iglesia naciente, es la figura por excelencia de la criatura humana que «recibe el Espíritu Santo» en plenitud.

I. El don del Espíritu en Juan: soplo y bautismo nuevo

Jn 20,22 usa un gesto de enorme resonancia bíblica: Jesús «sopló» (enephysēsen) sobre los discípulos y dijo «Recibid el Espíritu Santo». Este «soplo» evoca directamente Gn 2,7, el soplo de Dios sobre el barro que crea al ser humano vivo: «formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en sus narices el soplo de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo». El Resucitado que «sopla» sobre sus discípulos está realizando una nueva creación: el «Adán» del nuevo mundo que emerge de la muerte, Cristo resucitado, sopla el soplo de la nueva vida sobre los nuevos «Adanes» que son sus discípulos.

La conexión con el soplo creador de Gn 2,7 tiene una dimensión mariológica directa. María, que fue creada con la plenitud de gracia («llena de gracia», Lc 1,28), participó de modo único en esta «nueva creación» que el Resucitado realiza. Ella, que fue la primera criatura humana completamente configurada al Hijo por el Espíritu, en la Inmaculada Concepción y en la Anunciación, es también la primera en participar plenamente en la nueva creación que el Resucitado inaugura con su soplo.

La correspondencia entre Jn 20,22 y Hch 2 (el Pentecostés de Lucas) es un dato de teología bíblica que los estudiosos debaten: Juan narra el don del Espíritu el día de la Resurrección. Lucas lo narra cincuenta días después. La tradición resolvió la aparente contradicción distinguiendo un don «inicial» del Espíritu (Jn 20) y una manifestación «plena y pública» del Espíritu (Hch 2). En ambos momentos, María estaba presente: en el Cenáculo del Resucitado (Jn 20,19-23, implícitamente) y en el Cenáculo de Pentecostés (Hch 1,14. 2,1-4).

La fórmula sacramental de la Confirmación en la liturgia romana, «Recibe el sello del don del Espíritu Santo», es un eco directo de Jn 20,22. Cada fiel confirmado «recibe el Espíritu Santo» con la autoridad del Resucitado que sopló sobre sus discípulos. Y María, «llena de gracia» y «llena del Espíritu Santo», es el modelo de quien recibió este don de modo más pleno, sin obstáculo, sin resistencia, con total apertura al soplo del Resucitado.

II. María «Llena del Espíritu santo»: modelo de la receptividad

Lc 1,35: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra». La «receptividad» de María al Espíritu, que la Anunciación inaugura, es el tema central de su identidad mariológica. Ella no «conquista» la gracia, no «gana» el Espíritu por sus méritos, «recibe»: es la receptividad perfecta, el «vaso» abierto al don divino sin obstáculo. El «Accipite Spiritum Sanctum» que el Resucitado dirige a los discípulos en el Cenáculo encuentra en María su antitipo y su consumación.

La tradición franciscana desarrolló este tema con fecundidad: Duns Escoto, al defender la Inmaculada Concepción, argumentó que la «preservación del pecado» es una forma más perfecta de redención que la «liberación del pecado». María no «fue liberada» del pecado, «fue preservada» de él, lo que significa que el don del Espíritu la encontró desde el primer instante sin la resistencia que el pecado original produce. Esta receptividad máxima, «fruto más excelente de la redención», es lo que hace de María la más perfecta «receptora» del Espíritu Santo.

La espiritualidad de la «kenosis», el «vaciarse» de sí mismo para ser «lleno» de Dios, encuentra en María su modelo más radical. Ella, que dijo «hágase en mí» (Lc 1,38), expresó el vaciamiento total del «yo» que permite la plenitud del Espíritu. Esta «kenosis» de María no es la negación de su identidad, es su máxima realización: ella, que se «vació» de sí misma al servicio del Hijo, es la que más completamente «fue llena» del Espíritu.

La devoción al Inmaculado Corazón de María, que el mensaje de Fátima colocó en el centro de la espiritualidad mariana del siglo XX, es la expresión devocional de esta receptividad. El «Corazón Inmaculado» es el corazón sin obstrucción, el corazón que recibió el Espíritu sin la costra del egoísmo que la mayoría de los corazones humanos forma progresivamente. Consagrarse al Inmaculado Corazón de María es pedir que su receptividad al Espíritu se comunique a quienes lo invocan, que el Espíritu que la habitó sin obstáculo comience a habitar también en nosotros, derribando progresivamente las resistencias que se oponen a su soplo.

III. Pentecostés y la misión: María madre de la Iglesia misionera

Hch 2,1-11 narra el Pentecostés como el evento que transforma a los temerosos en valientes, a los discípulos encerrados en el Cenáculo en misioneros que salen a las calles de Jerusalén. «Todos quedaron llenos del Espíritu Santo», e inmediatamente «comenzaron a hablar en otras lenguas» (Hch 2,4). El don del Espíritu es el don de la misión: no para gozar en clausura, sino para anunciar «las maravillas de Dios» (Hch 2,11) a todos los que escuchan. El «Accipite Spiritum Sanctum» joánico se convierte aquí, en el relato lucano, en fuerza misionera universal.

María, que estaba presente en este Pentecostés inaugural, es la Madre de la Iglesia misionera que el Espíritu engendra. Pablo VI, al proclamarla «Mater Ecclesiae» (1964), expresó esta dimensión misionera de su maternidad: ella, que engendró al Hijo para el mundo, es ahora la Madre de la Iglesia que continúa «engendrando» al Hijo para el mundo en cada generación. La misión de la Iglesia no es separable de la maternidad de María: como ella «engendró» al Hijo para el mundo en la Encarnación, la Iglesia «engendra» al Hijo para el mundo en los sacramentos, en la catequesis, en la caridad.

Las lenguas de Pentecostés, que el milagro de las lenguas había hecho accesibles a personas de todas las naciones (Hch 2,5-11), tienen una dimensión mariana que la tradición raramente exploró: todas las lenguas en que el Evangelio fue anunciado descienden de la primera lengua del Evangelio, que es el «fiat» de María. La Buena nueva comenzó cuando María dijo «sí». Todos los demás «Evangelios» son eco y desarrollo de ese primer «sí». Las lenguas de Pentecostés son el despliegue universal del «fiat» particular de María de Nazaret.

La misión de la Iglesia en el siglo XXI, la «nueva evangelización» de culturas que fueron cristianas y se secularizaron, y la «primera evangelización» de pueblos que aún no han oído el Evangelio, tiene un corazón mariano. Las grandes iniciativas misioneras de la historia cristiana, las misiones jesuitas del siglo XVI-XVII, las misiones de S. Francisco Javier, las misiones marianas de S. Luis María de Montfort, las misiones contemporáneas de los movimientos eclesiales, comparten un perfil mariano: la presencia de María en el centro de la misión no es ornamental, es estructural. Ella, que engendró al Hijo para el mundo, es el modelo y la intercesora de todos los que intentan continuar esta «generación» del Hijo en el mundo.

IV. «Recibid el Espíritu santo»: el don que completa el tiempo pascual

Pentecostés no es el fin del Tiempo Pascual, es su culminación y el inicio de un tiempo nuevo: el «tiempo de la Iglesia», el tiempo del Espíritu, el tiempo en que la promesa del Resucitado se cumple en cada generación. Jn 20,22, «Recibid el Espíritu Santo», es la frase que todos los que fueron bautizados pueden aplicarse a sí mismos: ellos «recibieron» el Espíritu en el Bautismo, «reforzaron» este don en la Confirmación, y «renuevan» continuamente esta recepción en la Eucaristía y en la oración. El «Accipite Spiritum Sanctum» no es palabra dicha una sola vez, sino don que se renueva en cada celebración y en cada corazón disponible.

María, que «recibió el Espíritu Santo» de modo más pleno que cualquier otro ser humano, desde la Anunciación hasta Pentecostés, es el modelo de esta recepción continua. Ella no «recibió» el Espíritu una vez y lo guardó en reserva: vivió toda su vida en una receptividad siempre renovada al Espíritu que la habitaba. Este dinamismo, recibir sin dejar de recibir, ser «llena» sin quedar «llena de sí misma», es el modelo de la vida espiritual cristiana que Pentecostés inaugura.

La escatología de Pentecostés apunta al Espíritu como «prenda» (arrabōn, Ef 1,14) de la plenitud futura: el Espíritu dado ahora es la anticipación y la garantía de lo que será la plenitud del Reino. María glorificada en la Asunción está ya en esa plenitud, y su glorificación en cuerpo y alma es el signo de que la promesa de Pentecostés llegará a su realización definitiva. El Espíritu que «gime» en nosotros «con gemidos inefables» (Rom 8,26) aguardando la plena revelación de los hijos de Dios ya concluyó su obra en María: ella, que es glorificada, es la garantía de que la «prenda» que recibimos en Pentecostés se convertirá en posesión plena.

El Tiempo Pascual termina con Pentecostés, pero la misión que Pentecostés inaugura no termina. La Iglesia que recibió el Espíritu «va» al mundo: anuncia, bautiza, celebra, sirve. Y María, que estuvo en el corazón de todo, de la Anunciación a la Asunción, de la Encarnación a Pentecostés, continúa estando en el corazón de todo: intercediendo, acompañando, engendrando nuevos hijos para el Hijo, presentando al Hijo a los que el mundo le trae, presentando al mundo el Hijo que ella engendró. «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5): esta es la última palabra de María en los Evangelios, y es la primera y última palabra de la espiritualidad mariana para todos los tiempos.


María, que «recibió el Espíritu Santo» en plenitud y que estuvo presente en el Pentecostés inaugural, es el corazón de la Iglesia misionera que el Espíritu engendra continuamente: la Madre que engendró al Hijo para el mundo y que continúa engendrándolo en cada generación.

Referencias

  • Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 26-27 (1987).
  • Pablo VI, Discurso de clausura de la 3.ª sesión del Concilio Vaticano II (1964).
  • Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, n. 59-65 (1964).
  • R. Laurentin, L’Esprit Saint et Marie (1975).
  • H. U. von Balthasar, Mary for Today (1987).

Posgrado en Mariología

¿Desea profundizar en su formación en Mariología? Conozca el Posgrado en Mariología de Locus Mariologicus – una formación académica que une rigor teológico, vida espiritual y tradición viva de la Iglesia.

Entrar en la lista de espera →

¿Quiere estudiar mariología en serio?

Este artículo nace de las obras de la biblioteca de Locus Mariologicus. El Posgrado en Mariología lo lleva a la misma fuente, con acompañamiento académico: Escritura, Padres de la Iglesia y Magisterio, desde el primer dogma hasta las cuestiones contemporáneas.

Conocer el Posgrado en Mariología

Related Articles

Responses