Oración y vida mística en la escuela de María

Introducción
En Novo millennio ineunte, Juan Pablo II nos invita a emprender una renovación de nuestra vida, tomando como punto de referencia la oración cristiana en toda su belleza y en todas sus exigencias, como respuesta a la gran sed espiritual de nuestro tiempo que lleva a muchos a la búsqueda de caminos esotéricos de oración y mística.

En este contexto, solo queremos señalar brevemente el tema de la oración y la vida mística con la mirada fija en María, aunque el Papa no la mencione explícitamente en esta Carta.
Queremos hacerlo en el marco de este encuentro de fin de año con María, no porque pretendamos exponer toda la temática, mucho menos toda la realidad de la oración, sino porque nos parece oportuno releer lo que el Papa nos propone con la mirada fija en la Virgen Madre, especialmente en el misterio de la Encarnación, como hace el Papa, a la luz trinitaria de la oración y la teología de los santos.
La oración y la vida mística pueden ser conceptos afines cuando se trata de resaltar que toda oración pertenece al misterio de Cristo, tiene su raíz en nosotros y en los sacramentos, y que todo es don, gracia de Dios para nosotros, apertura de sus dones a nuestra pobreza. En sentido propio, la vida mística es la experiencia sobrenatural carismática de la vida cristiana concedida a algunos porque tienen una gracia personal particular en la Iglesia, una tarea carismática específica, y al mismo tiempo porque reciben de Dios ciertos dones de inteligencia y de experiencia del misterio cristiano para ser testigos calificados en la Iglesia del misterio de la salvación que viven casi viendo lo invisible.
En María, en realidad, todo es místico y todo es normal. Su experiencia es al mismo tiempo de una calidad sobrenatural extremadamente alta, de una evidencia clara y distinta, pero todo sucede en la normalidad del misterio de la Encarnación. La mística de María no es fenomenología, como la de algunos santos, sino mística de la propia Encarnación, de la revelación y manifestación del misterio de su Hijo. Y todo es vivido por ella con una desconcertante simplicidad.
Estos dos momentos progresivos de la vida espiritual, la oración y la mística, serán también los dos puntos fundamentales de nuestra exposición, pero sin perder el contacto con la Virgen María, aunque, como dije y repito, para evitar equívocos, en la Carta del Papa no haya acentos específicos sobre la oración y la vida mística de María.
En nuestro caso, es debido hacer referencia con sencillez y sobriedad a este aspecto de la vida de María, que permanece para nosotros guía segura también en nuestro mundo cambiante.
La oración y la vida mística en la vida de los cristianos
Una primera parte de nuestra reflexión debe dedicarse a lo que el Papa nos indica como camino de oración y de vida mística.
El camino de la oración y la mística cristiana
En la línea del camino hacia la santidad, el Papa propone un camino privilegiado para los cristianos, el de la oración. De hecho, desea una vida cristiana de santidad que brille por el don y el arte de la oración: «Para esta pedagogía de la santidad, es necesario un cristianismo que se distinga sobre todo en el arte de la oración» (n. 32).Sobre estas palabras simples se abre una especie de pequeña sinfonía sobre la oración cristiana, en el interior de la gran sinfonía de la espiritualidad para un nuevo milenio. De hecho, ante la urgencia de la oración en la Iglesia, Juan Pablo II dedica algunos párrafos incisivos de carácter teológico, espiritual, litúrgico y pastoral, que pueden marcar un giro, al inicio de un nuevo milenio, al renovar el tejido de la vida cristiana, a nivel personal y comunitario.
«Recomenzar desde Cristo» es este el título de la tercera parte de la Carta Apostólica. Es precisamente recomenzar desde la contemplación orante de su rostro, de los propios sentimientos filiales de su oración, y de la participación con la que Cristo continúa el misterio de su diálogo ininterrumpido con el Padre en la oración de su Iglesia y de cada uno de sus fieles.
Pero podemos preguntarnos: ¿es justo hablar de «arte de la oración»? Aunque la respuesta parezca evidente y exista también un libro reciente de un espiritual ortodoxo, Caritone de Valamo, que lleva este fascinante título, alguien podría objetar que se pueda hablar de una arte, casi como si la delicadeza del aprender conferiera valor a la calificación de don que es propia de la oración cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica define antes de todo la oración como don, alianza y comunión (nn. 2559-2565). Pero la expresión «arte de la oración», además de suponer que es un don, fruto de la acción del Espíritu que, como supremo artífice, modela las palabras, los pensamientos, los afectos, indica también la belleza de su inspiración y la alegría y el esfuerzo que siempre están presentes en un aprendizaje también artístico. Por ello, hablar de la arte de la oración es justo: «La oración no debe ser dada por adquirida». Tiene, por tanto, necesidad de la finura de un itinerario pedagógico que parta de la contemplación de Jesús en oración. Esta es la belleza de la arte de rezar, que debe ser cultivada y guiada bajo la inspiración de aquel finísimo maestro de la oración, que es el Espíritu Santo, el cual la suscita y la modela en nosotros. Tal vez por eso algunos maestros espirituales intentan hablar de la oración como de notas armónicas de una cítara, que el mismo Espíritu Santo hace resonar en el corazón del fiel. Don y esfuerzo, predisposición y aprendizaje, belleza y alegría de rezar, docilidad a la acción del Espíritu Santo: esta es la arte de la oración. Teresa de Jesús habla explícitamente de la arte de rezar, cuando se refiere a la forma de oración de recogimiento, que se orienta hacia la contemplación.
Pero para entrar en la verdad de la oración cristiana, el Papa nos propone mirar a Cristo y hacer que nuestra oración sea auténticamente cristológica y cristocéntrica, dado que en Él tenemos el maestro, el modelo y aquel que aún reza en nosotros y en nosotros continúa su oración en la tierra. Imitar a Jesús, el orante por excelencia, evaluar la importancia de la oración en su experiencia trinitaria y filial, aprender de Él a rezar, seguir sus consejos, es garantía de un cristianismo adulto, de una fe diariamente renovada en sus fuentes. Por ello, la pedagogía de la santidad propone como una renovada pedagogía y mistagogía de la oración para aprender siempre y de nuevo a rezar, según el sentido más genuino y original cristiano.
Se trata, de hecho, de una lección nunca aprendida por completo, de un arte que puede producir obras maestras de experiencias continuas y cada vez más audaces de comunión con Dios y con los hermanos, como lo demuestra la vida de los grandes orantes.
Pero es necesario hacer densa, como hace el Papa, la sensación de la oración en sentido estrictamente cristiano. La oración, por tanto, como comunión, diálogo, es decir: mutua comunión y permanencia de uno en el otro y «simbiosis» recíproca con Cristo, según la terminología joánica. «En la oración se desarrolla aquel diálogo con Cristo que nos hace sus íntimos»: la vida de Cristo se convierte en nuestra vida, y nuestra vida en la suya. Una reciprocidad y un intercambio de dones entre Cristo y nosotros, en el común respirar y latir del corazón de nuestra oración, que no puede dejar de ser también la suya, si el mismo principio vital es el Espíritu de Cristo, que nos permite decir: Abbà, Padre (cf. Rom 8,15; Gal 4,4).
Algunas indicaciones teológicas de esta arte de la oración nos son ofrecidas por el Santo Padre para profundizar el sentido del auténtico rezar cristiano como reciprocidad entre Cristo y nosotros, condición teológica que constituye como «la propia sustancia, el alma de la vida cristiana», aliento e inspiración de toda auténtica vida pastoral.
Antes que nada, es debido resaltar su dimensión trinitaria. En una de las muchas fórmulas trinitarias que son típicas de la Carta, fruto maduro de la preparación teológica-trinitaria del gran Jubileo, se afirma: «Realizada en nosotros por el Espíritu Santo, ella nos abre, a través de Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre». El Espíritu Santo, «punta de diamante de la Trinidad», escava en las profundidades del ser, solicitando y promoviendo su respuesta orante. El Hijo es el mediador que reza por nosotros y en nosotros. El Padre es fuente y término de nuestra contemplación y de nuestra oración, como de la de Cristo: Abbà, Padre. Después, con una indicación de carácter pedagógico, se nos presenta la realización concreta de esta dimensión trinitaria en su forma típicamente eclesial, propia de la liturgia, cumbre y fuente de la vida de la Iglesia. La liturgia, en efecto, es diálogo de palabras y acciones entre Dios y su pueblo. En el corazón mismo de la liturgia, que es la celebración y la oración eucarística, encontramos una oración trinitaria ejemplar y auténtica que se refleja también en otras expresiones de la liturgia. Una experiencia orante que debería modelar, como escuela y molde de la vida cristiana, las expresiones de la oración personal.
De estas premisas trinitarias y eclesiales surge la seriedad y la fecundidad de una oración que forja un personalismo de la fe y de la vida, irrepetible e indeclinable, aunque también podamos orar por los demás y con los demás, sin renegar de la relación personal con la Trinidad. Se trata de recuperar un cristianismo vital, que encuentre sus propias raíces, se lance a las fuentes de su fe como respuesta vital a Dios, se regenere en la gracia de su bautismo, pero que también se realice en el secreto de la propia personalidad cristiana: la presencia viva de la Trinidad, la comunión con Cristo, el agua viva del Espíritu derramada en nuestros corazones.
Con esta robusta teología de la oración, al mismo tiempo trinitaria, eclesial y antropológica, el cristiano del tercer milenio puede enfrentar todos los desafíos y ofrecer respuestas nuevas.
Las referencias a la Virgen María podrían ser inmediatamente cultivadas, por afinidad con la experiencia de Cristo. También en María la oración es trinitaria, su rezar es ya oración de la Iglesia naciente y con la Iglesia naciente, su relación personal con la Trinidad se realiza en un personalismo de la fe y del amor, en un estar ante la Trinidad y en comunión con ella, para recibir y dar, para acoger y hacer fructificar maternalmente la gracia de la comunión trinitaria que le fue comunicada.
De este discurso sobre la oración, el Papa nos orienta hacia un discernimiento muy necesario en nuestro tiempo para descubrir una «exigencia difusa de espiritualidad y, por consiguiente, una renovada necesidad de oración».Es algo que está dentro de las pliegas de nuestra historia, que se traduce en inquietud del tomar y de la muchedumbre de vestiduras, y se presenta a veces como admiración y atracción ejercida sobre muchos cristianos por las experiencias profundamente religiosas de ejercicios de ascese y de meditación de otras religiones mundiales. Un desafío espiritual notable invadió nuestro mundo occidental y proviene de otras tradiciones ascéticas y místicas, especialmente del Oriente no cristiano, difundidas ya en nuestro mundo, convertido multiétnico, multirreligioso y multicultural. De estas premisas surge un nuevo interés, aunque a veces simplemente cultural, por la mística cristiana y no cristiana.
El fascinio del sentido religioso, que alcanza cumbres altísimas en el testimonio de los místicos de algunas religiones y ofrece respuestas atractivas, es un desafío para los cristianos. Es, por tanto, el momento de estudiar, divulgar, acercar la mística y los místicos cristianos, los cuales, uniendo el cielo y la tierra, lo divino y lo humano, sin confusión y sin separación, ofrecen el sentido genuino del misterio cristiano, vivido y enseñado por la gran tradición mística cristiana del Oriente y del Occidente.
Se trata aún de una mística trinitaria, que parte de la fe y se convierte en experiencia: «Nós, que tenemos la gracia de creer en Cristo, revelador del Padre y Salvador del mundo, tenemos el deber de mostrar a qué profundidades puede llevar la relación con él». De tal mística el Papa nos ofrece esta bella descripción trinitaria, como cumbre del camino de la oración: «Ella muestra cómo la oración puede progresar, como verdadero y propio diálogo de amor, hasta hacer que la persona humana sea totalmente poseída por el Amado divino, vibrante al toque del Espíritu, filialmente abandonada al corazón del Padre…» (n. 33). Palabras bellas y profundas, fundadas en la lengua de Juan evangelista, teólogo y místico por excelencia, al cual el Papa recurre para recordar la promesa de Jesús: «Quien me ama será amado por mi Padre y yo también lo amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,21).La mística es, por tanto, epifanía del amor de Dios en Cristo, gracia y disponibilidad, don de Dios absolutamente gratuito, expresión de su libertad al darse, pero también apertura a la respuesta. Es el don de dos libertades que se entregan mutuamente, hasta la cúspide de la unión esponsal, que no es absorción de uno en otro, sino comunión personal que mantiene la diferencia entre el Creador y la criatura.
El Papa no duda en reafirmar algunos conceptos fundamentales de la mística clásica. Mística de los dos límites: el límite humano de la kénosis, que experimenta la noche oscura. El límite máximo del don divino hecho a la criatura, que es la unión esponsal, como enseñan algunos grandes maestros, tan cercanos a la experiencia y a la enseñanza del Papa: místicos cristianos nombrados explícitamente, como Teresa de Ávila y Juan de la Cruz.
He aquí la mística, vista como el florecer de la obra del Espíritu Santo en la oración, variada en la sinfonía de los sentimientos humanos, transfigurados por la gracia. Oración que es al mismo tiempo acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha, ardor de afectos, hasta ese enamoramiento, por así decirlo, esa «enamoración» del corazón por un Dios que es Amor y es el Amado.
Una mística, sin embargo, equilibrada y realista, capaz de realizar las grandes ascensiones a Dios y las no menos exigentes descidas de amor y de servicio a los hermanos, ahora vistos con los ojos de Dios. Una mística que se convierte en construcción de la historia, según el designio de Dios, como enseña, por ejemplo, Santa Teresa de Ávila al final del Castillo interior.
No podemos en este punto ignorar que existe una apertura universal a la mística cristiana. La cuestión se hace clara si nos referimos a un número esencial del Catecismo de la Iglesia Católica, que habla sin ambages de esta vocación de los cristianos, en virtud de la creación, el bautismo y la Eucaristía, a participar en la vida de Jesús mediante la participación en sus misterios. Afirma, efectivamente, el Catecismo que: «*el progreso en la vida espiritual tiende a una unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama «mística», porque participa del misterio de Cristo a través de los sacramentos, los Santos Misterios, y en él, del misterio de la Santísima Trinidad. Dios nos llama a todos a esta íntima unión con Él, aunque solo a algunos se les conceden gracias especiales o signos extraordinarios de esta vida mística, con el fin de manifestar el don gratuito hecho a todos»* (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2014).
Este texto magisterial es de máxima importancia para el cristiano, también para comprender el sentido genuino de la oración y de la mística que puede aprender a la luz de María.
La primera afirmación fundamental es que la oración y la vida tienden a la máxima unión con Cristo. Unión en la realidad donada a nosotros en el misterio, es decir, en el don gratuito de la comunión de vida con Cristo, que se realiza a través de los sacramentos, especialmente el bautismo, la confirmación y la Eucaristía, sacramentos iniciales y iniciáticos. La vida mística es, por tanto, la vida en Cristo, tanto más profunda cuanto más íntima es la comunión con Él. Pero la vida mística es la vida de Cristo en su dimensión trinitaria, como lo era su vida y su oración, comunión con el Padre en el Espíritu. La vida mística cristiana no es, en primer lugar, la de los fenómenos místicos, sino la de la gracia de Cristo, la identificación con Él, la inmediatez con su misterio: vida dada a todos y, por ello, posible para todos.
Ya Santa Teresa de Jesús, al final de su Castillo Interior, después de haber hablado de las gracias místicas recibidas, afirma que Dios no puede hacernos gracia mayor que darnos la propia vida de su Hijo. Por eso las gracias más altas son, de diversas maneras y con varias matices, la comunión con la vida de Cristo, la participación en sus misterios en la acción, en el sufrimiento, en el amor, en el servicio. La Virgen María, por buenas razones, se encuentra en la cúspide de esta vida mística, como la más próxima al misterio de Cristo. Sus místicos que han hecho la experiencia de estas gracias, y no faltan en la Iglesia, eso significa que se convierten en testigos para sus hermanos y hermanas de la verdad de esta participación en la propia vida mística de Cristo.
La vida mística es, por tanto, vida de comunión trinitaria, de identificación con Cristo y con sus misterios, de plenitud de vida eclesial. La figura de María, como veremos, ilumina la sublimidad y la simplicidad de la mística cristiana. Mística de comunión, mística de comprensión de la verdad, pero siempre en el ámbito de la fe, de identificación con Cristo en la gloria del Tabor y en el abismo de la cruz, mística de participación pasiva y activa en la salvación, es decir, ciencia y experiencia de ser salvado, conciencia y compromiso de colaborar en la salvación. Precisamente como la Virgen María.
En realidad, la mística de María es la participación más plena y real en los misterios de Cristo: se trata de una mística trinitaria, real, vivida en la cotidianidad, no como la de un místico que participa a distancia en los misterios de Cristo. Para ella, la participación, la más alta, como esposa y como madre, es total. También por eso María es para nosotros una guía segura. Su fe fue siempre una experiencia del misterio, pero vivida en la normalidad de su existencia materna, al lado del Hijo, viviendo en él y por él. La referencia al misterio es constante en su experiencia. Con su ejemplo de una mística totalmente cristocéntrica y trinitaria, ella nos orienta hacia el misterio de Cristo como realidad fundamental de la mística verdadera y auténtica, de una vida en Cristo, de vivir con él y como él.
Una pedagogía de la oración
Esta entusiasmante perspectiva, que inicialmente es un camino abierto a todos, coronado siempre por la gracia de un Dios que abre sus tesoros a quien quiere, como quiere y cuando quiere, debe ser recorrida, descubierta y seguida paso a paso en los itinerarios espirituales clásicos y modernos, mediante una renovada educación para la oración.
Para alcanzar este objetivo, el Papa lanza un desafío, invitando a un plan pastoral ineludible que puede hacer crecer a la Iglesia en profundidad y en extensión: «Nuestras comunidades cristianas deben convertirse en auténticas «escuelas de oración». Gracias a Dios, en la Iglesia del fin del siglo XX y del comienzo del milenio, no falta un renovado enseñanza de la oración que ha florecido tantas y tan válidas experiencias de pedagogía de la oración cristiana: algunas inspiradas en el método clásico y casi connatural de la «lectio divina», otras marcadas por la tradición mística del Oriente cristiano, otras por la gran tradición renovada y simplificada de los distintos métodos de oración mental, otras, finalmente, con un necesario y vigilante discernimiento y orientación, tomando lo que puede ser puesto en práctica de las tradiciones de las grandes religiones orientales.El propio Magisterio de la Iglesia ha ofrecido a los cristianos en tiempos recientes válidas indicaciones de contenido y de método, de orientación y de discernimiento. Antes de todo, en la Carta Orationis formas de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunos aspectos de la meditación cristiana (15.10.1989), que el Papa cita en nota, pero también en la espléndida cuarta parte del Catecismo de la Iglesia Católica: dos textos que pueden muy oportunamente ser guía para todas las personas y comunidades cristianas deseosas de aprender y transmitir una renovada pedagogía de la oración cristiana en todas sus formas, a través de los caminos de la meditación, la contemplación y la mística.La llamada a la oración, como la vocación a la santidad, es universal. Está arraigada en el sentido religioso del ser, hecho por el propio Creador «capax Dei», invitado al diálogo con Él, y en la gracia del santo bautismo. Por tanto, todos son llamados a la oración, especialmente los consagrados, afirma el Papa.Pero todos los cristianos, para no ser mediocres, «cristianos en riesgo», porque no arraigados en una fuerte y personal comunión con Dios, son llamados en estos tiempos a ser orantes, amigos de Cristo, cristianos adultos en la fe y en el amor. Contra los excesos y los desvíos del retorno al sagrado, contra los sucesivos de las propuestas religiosas alternativas, la oración cristiana es no solo un antídoto saludable, sino alimento del alma y fuente de vida.Para un crecimiento genuino de la fe y de la vida, el cristiano debe cultivar el diálogo personal con Dios, que madura la fe en la cotidianidad de la vida. De hecho, existe un nexo indisoluble entre la fe, la oración y la vida. La estructura de la fe cristiana guía la oración. La oración actualiza y hace personal la fe. Se ha afirmado que la fe sin oración se disuelve, y la oración sin fe es ciega.De estas premisas, el Papa extrae algunas conclusiones de carácter pastoral inmediato y urgente. La educación para la oración se convierte en el momento cualificante de la pastoral del futuro en todas sus formas, con una amplia visión de sus diversas posibilidades.El Santo Padre alude a la renovada experiencia de la catequesis bíblica sobre los Salmos, ofreciendo un ejemplo, ya iniciado con sus catequesis de los miércoles sobre los Salmos de la Liturgia de las Horas, de Laudes y de Vésperas. Aludirá más adelante, en su Carta, a la antigua y siempre válida tradición de la «lectio divina» (cf. n. 39), pero ya propone el necesario despertar de la oración de la Iglesia en las comunidades cristianas, siguiendo también el ejemplo de muchas comunidades laicas, la necesaria educación de las formas populares de oración y, de modo particular, la normal celebración de la Liturgia de las Horas, de Laudes y de Vésperas, momentos cardinales de la oración de la comunidad cristiana, desde tiempos antiguos, en todas las comunidades cristianas.Esta es la urgencia y el don de la oración para nuestro milenio que comienza. Un siglo nuevo se abre a las promesas y a las sorpresas del Espíritu Santo: un siglo necesitado de profecía y de mensaje, de caminos nuevos y de profundo sentido religioso. El Santo Padre sueña una Iglesia profundamente arraigada en la oración a todos los niveles, en toda vocación, capaz de seguir las inspiraciones del Espíritu Santo, para continuar surcando el mar de la historia, con las velas incitadas del viento del Paráclito. Y sueña un laboratorio de belleza para cada fiel y para cada comunidad cristiana, donde Cristo es el modelo y el Espíritu Santo se convierte en el secreto maestro de la arte de la oración.Tres orientaciones necesarias para una oración viva y auténticaPara la necesaria ascesia de la oración, que puede y debe desembocar en la contemplación y en el empleo, a veces en la mística, pueden servir algunas líneas de espiritualidad, apenas esbozadas, en un programa que abarca toda la vida.Saber recrear la oración diariaLa perseverancia es la palabra neotestamentaria de la oración. Es el «proskartereo» de la comunidad del Cenáculo y de los primeros cristianos de Jerusalén, que perseveraban en la oración (cf. Hech 1,14; Hech 2,42). La oración cristiana siempre exigirá perseverancia, la capacidad de volver a empezar todos los días, de estar presente con todo el ser, de continuar en la oración unánime, atravesando los muchos desiertos que la experiencia de la oración debe superar. La creatividad o la animación suponen la capacidad de hacer una oración viva, de una comunidad viva y vibrante, con todas las posibilidades que la Iglesia ofrece.La Virgen María presente en el Cenáculo indica esta dimensión esencial de la oración cristiana, el camino de la perseverancia y la fidelidad.Saber durar en la oración para que se convierta en contemplaciónEs una actitud que exige una clara y visible relación de compromiso fiel con Cristo que nos convoca a la oración, y con el Espíritu que reza con nosotros. Es fidelidad a la comunidad que nos acompaña, a la Iglesia universal y local que representamos, al mundo por el que rezamos. La contemplación personal es un don, pero también exige la contemplación litúrgica, que supone una unificación progresiva del orante, una cimentación teológica que da forma y vivifica toda su oración en palabras, gestos, silencios. Es la capacidad, don del Espíritu que es el animador de la contemplación de la Iglesia, de hacer propias las fórmulas orantes, de sentirlos como recreados en la propia oración, de dejarse guiar suavemente por la formulación que la Iglesia nos propone y de derramar en ella la riqueza de nuestra oración, eclesializada como «voz de la Esposa al Esposo». Quien sabe rezar así también aprende la ley de la gratuidad, del alabanza desinteresada, del tiempo «perdido» y ofrecido a Dios. Así, de hecho, se valora el don que Dios nos hace al introducirnos en el misterio y la riqueza de la oración más que el «servicio» que le prestamos con nuestro culto. Es a este punto al que se debe llegar con la experiencia de la oración eclesial, si no queremos sucumbir a la tentación de abandonarla por su aparente ineficacia social o pastoral.Entender de realismo vital las fórmulas de la oración
Una oración con profundidad existencial. La oración de la Iglesia, al igual que la de los orantes del Antiguo Testamento y la de Jesús, debe ser realista, exigente y comprometida con la existencia concreta, sin desconectarse de ella. Se pide al orante y a la comunidad esa vibración existencial que transforma las fórmulas secas en un cuerpo vivo que respira y se mueve bajo los impulsos del Espíritu. En la cama abierta por esta eucología eclesial, el cristiano introduce la realidad de la historia, la existencia de los objetos, sus preocupaciones, los problemas de la paz y la justicia. Así, la oración compromete al orante. Y el orante se compromete a vivir, en la continuidad de la existencia, los mil detalles de los deseos expresados, las buenas intenciones pronunciadas, para continuar en la vida esa alianza con Dios que se le está pidiendo, a través del diálogo orante de la revelación, a la realización efectiva de las palabras y la oración, en una historia de salvación que, como en el pasado, debe ser siempre un testimonio eficaz del amor de Dios entre los seres.
Así, la oración de la Iglesia, con toda su riqueza, es celebración y actualización de la revelación, y continuidad de la historia de la salvación.
Oración y vida mística a la luz de María
Una oración continua
El simple enunciado de estas palabras abre un horizonte muy amplio que, ciertamente, no pretendo desarrollar ni desde la perspectiva bíblica, ni teológica, ni espiritual y mística. Por lo tanto, solo haré algunas notas breves y concisas para captar el mensaje fundamental que, desde María, nos llega como guía segura en el campo de la oración y la mística.
Podemos partir de algunas afirmaciones fundamentales, casi tesis simples, que nos ayuden a comprender con simplicidad el icono de María orante.
En la vida de María, como en la de Cristo, la unidad entre oración y vida es perfecta, porque en ella es perfecta y constante la comunión con Dios. María siempre se nos presenta en su atención interior incesante a Dios y a los misterios de su Hijo.
Pero, al igual que en la vida de Jesús, también en la vida de la Virgen surgen momentos de oración explícita y oraciones explícitas, aunque predomine el realismo de orar en silencio y en acción.
Es una oración reflexiva y dialógica de María en el anuncio del ángel. Es su entrega-oferta a la voluntad del Padre, con las palabras: «He aquí la sierva del Señor», vértice de la oración del Antiguo Testamento (cf. Lc 1,26-38).
Es una oración de alabanza o Magnificat, con las modulaciones de la oración bíblica de los Padres de la primera alianza (cf. Lc 1,46-55).
Es una oración de oferta generosa del Hijo en Jerusalén, aunque en la silenciosa procesión ofertorial de la madre, José y el Hijo (cf. Lc 2,22ss).
Es una oración de intercesión en su simple «No tienen vino» en las bodas de Caná de Galilea (cf. Jn 2,3).
Es una comunión inefable con la oración más alta del Hijo, su estar a los pies de la Cruz, silenciosa y desolada, Madre viva de los hijos dispersos, casi para dar sentido y colaboración materna a la oración sacerdotal del Hijo en la Última Cena.
Es modelo y expresión de oración eclesial su presencia orante, en espera perseverante y en comunión materna con los discípulos en el Cenáculo (cf. Hch 1,14).
Basta recordar su rezar siempre, su ser siempre dócil, su «ser oración» en las diversas circunstancias, siempre en comunión con Cristo, siempre orientada al Padre, siempre bajo la acción del Paráclito.
Por ahora me detengo solo en un detalle de su oración, al que Lucas acentúa en dos ocasiones: la oración del corazón contemplativo (cf. Lc 2,19 y Lc 2,51).
Profundidad espiritual de un corazón contemplativo
En el perfil espiritual de María, y por tanto en su espiritualidad, es decisiva la anotación lucana que revela una página autobiográfica de María: «Guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón», «Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,19 y Lc 2,51). Es la doble referencia lucana.
Esta referencia, en el contexto de los episodios de la infancia, cuando se abre y se lleva a cabo el período de las manifestaciones del Hijo recién nacido, y luego de su reencuentro en Jerusalén, es importante. María permanece fijada dentro de la gran tradición sapiencial que sabe recordar y meditar las maravillas de Dios para transmitirlos a las generaciones futuras. Vive con profundidad contemplativa las palabras y los acontecimientos. Recuerda, actualiza dinámicamente, medita, discernir. Hay quien intenta interpretarla de manera plástica la actitud de María con estas palabras, que aluden a una especie de juego de dados: el término «simbállousa», exclusivo de Lucas, significa descifrar un enigma, armonizar los extremos que aparentemente son contrarios. «Simbolizar» en el sentido griego significa «poner junto» (como decimos del «símbolo de los apóstoles»), o agitar los dados en la cavidad de la mano. María agita en su corazón palabras y acontecimientos, provocando así, entre ellos, un toque saludable y una clarificación de cada uno de ellos. Esta es la observación de la exégesis de nuestro tiempo.Se ha dicho que el corazón es el lugar eclesial por excelencia, el órgano que resume a la persona y la libertad. Como consecuencia, la dimensión cordial, sapiencial, contemplativa, que es uno de los rasgos esenciales de María en el Evangelio de Lucas, nos ofrece la clave para comprender su personalidad: una mujer de corazón puro y profundo, que asume la historia, capaz de hacer un confrontamiento entre las promesas y los acontecimientos de gracia, el anuncio y el cumplimiento, mujer que busca la luz en las aparentes contradicciones, un corazón memorioso para recordar, especialmente, como sucede a menudo, en la hora de la prueba, cuando el corazón se vuelve más sensible a la memoria y a la vida.Esta actitud de María fue recordada de manera implícita, con referencia a (Lc 2,19.51), por el Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática Dei Verbum.*N.º 8. Como se menciona en este número, que habla de la transmisión viva de la verdad revelada bajo la acción del Espíritu Santo en la Iglesia que cree y reza, la Iglesia mira a María para magnificar la meditación de las palabras y la experiencia de las realidades transmitidas que los fieles viven, imitando a María, para alcanzar una experiencia más profunda de la revelación en el tiempo. Aquí reside el secreto de la profundidad contemplativa que es capaz de unir la palabra y la historia, la revelación y el acontecimiento cotidiano. Y es aquí donde María se convierte en modelo de una Iglesia profética, que, desde las profundidades del corazón, con la gracia del Espíritu Santo, descifra los signos de los tiempos, crece en la comprensión de la verdad, profiere palabras categóricas de sentido para los hombres y mujeres de hoy, toma decisiones y realiza elecciones evangélicas, y se deja fecundar por el poder del Espíritu.Podemos afirmar que esta es la oración fundamental del cristiano, a la luz de María: una memoria constante en el corazón de la acción de Dios en la propia vida y en la historia, a la luz de la palabra y de la vida. Pero con la profundidad de un corazón contemplativo.De esta manera, la vida se ilumina con la palabra, se vive desde las profundidades del corazón, y la oración se inserta en el tejido de la vida, en plena comunión trinitaria.María, guía segura en el camino de la mística cristianaMaría es, sin duda, guía segura en las vías de la mística cristiana. De hecho, participó plenamente en el misterio de Cristo con una identificación total, en el vértice de la comunión trinitaria y de la solidaridad humana, en cada instante de la vida de Cristo, siguiendo siempre paso a paso a María, como Madre y como Esposa, como Iglesia. En María está la embriaguez de la mística trinitaria, la comunión total con el Hijo, la sumisa entrega a la gracia del Espíritu Santo. También ella atraviesa los abismos del paradoxo en la mística de la noche oscura a los pies de la Cruz y más allá, hasta el resplandor del amanecer de la Resurrección. También María tiene una experiencia mística particular de la presencia gloriosa del Hijo en el cielo y de su comunicación, en la fe, con ella durante el tiempo que transcurrió entre la Ascensión y su Asunción.Tal vez sea necesario resaltar que María vive una mística no individual, sino claramente comunitaria, en unión con Cristo y con la Iglesia.La mística de María es también la mística de la cotidianidad, del equilibrio divino-humano de la vida de Nazaret, en comunión con el Hijo y con José, en un período de suprema y desconcertante normalidad con el cielo en la tierra. No hay éxtasis ni visiones, ni locuciones y vuelos del espíritu, ni estigmas u otras experiencias fenomenales.En María: el éxtasis es vivir fuera de sí, atenta al Hijo y a la voluntad del Padre la visión es el altar de fe sobre su Hijo las locuciones son la escucha de su palabra y el asombro ante su silencio el único vuelo del Espíritu es el balanceo de María en la normalidad de la casa de Nazaret. No hay otras experiencias fenomenales, aunque María lleve en su corazón, atravesado por la Palabra, el secreto de un corazón abierto y atento a las promesas y a las sorpresas de Dios.Al tomar y al masticar contemporáneos, debemos restituir la mística simple de María de Nazaret, en la plenitud de su vivir humano y divino, con el cielo en la tierra, pero con la tierra impregnada de lo divino.Esta es la verdadera mística cristiana, a la que todos debemos aspirar, para la que debemos caminar teniendo en María una guía segura.Una mística marianaNo quisiera, sin embargo, dejar de decir una palabra acerca de una forma de vivir la devoción mariana, que es precisamente la doctrina del gran maestro de la espiritualidad mariana de todos los tiempos, Luis María Grignion de Montfort. La verdadera devoción, enseñada por Montfort, es en realidad una mística mariana. Vivir el misterio de María significa vivir con ella y por ella el misterio de la salvación, colaborando en él y respondiendo. Si no se coloca en esta perspectiva mística del Tratado, resulta difícil comprender su sentido profundo. A veces, la espiritualidad contemporánea carece de una verdadera atención a la mística. Por ello, no capta ciertas profundidades que provienen de la teología mística cristológica-mariana y de la experiencia mística mariana, de la historia del pasado y contemporánea. Me refiero a la mística mariana auténtica, de pura cepa, no apócrifa sino verdadera, confirmada por la verdad y por la vida evangélica.En realidad, la fuerza del mensaje mariano de Montfort se basa en esta visión «mística» de la espiritualidad y, por tanto, de la salvación. Sus páginas centrales se refieren a esta mística que expresa el proyecto de Dios, que es el misterio de Cristo, y lleva el sello de la gratuidad.Es la mística de la gracia que moldea al cristiano. Es la comparación de la imagen formada con el cincel y con el molde. La primera es la vía ascética. La segunda, la del molde, es la vía mística, la vía mariana. Revela una gracia y una actitud que consisten en dejar plenamente espacio a Dios en nuestra vida. Abandonarse, entregarse, dejar que María forme en nosotros a Cristo. Dimensión mística de la gracia, del don superabundante, como en los vértices de la mística cristiana, en que Dios actúa y la persona, activamente y pasivamente bajo la acción del Espíritu, es purificada, iluminada, unida a Dios, conformada a Cristo. La figura del molde es una imagen estupenda, retomada por Montfort también en el Secreto de María, dada su eficacia.Esta mística requiere una cierta pasividad, pero vivificada por una intensidad de vida teológica, en el acogimiento de la acción de Dios que actúa de modo materno por medio de María. Es una forma de expresar y experimentar su maternidad, su mediación materna. Esto conlleva una presencia, una transparencia, una comunión que modela una efectiva conformación a Cristo, que es el término de la identificación y la conformación. Somos «formados» a la imagen del Hijo primogénito.Una vía para esta colaboración, que implica un aumento en la disponibilidad, es la sinergia en el Espíritu Santo. Requiere, en la intimidad de una verdadera devoción, una consagración total y un crecimiento en un ejercicio interior de comunión. Se trata de una vía mística y ascética a la vez, basada en la conexión indisoluble a través de María, con María, en María y para María, en una equivalencia que el Espíritu de Cristo realiza en María y en nosotros, para actuar luego por medio de Jesús, con Jesús, en Jesús y para Jesús. Una vía que implica la dimensión pneumatológica necesaria, la acción del Espíritu en nosotros, la recepción y la respuesta en el Espíritu Santo.
Una reciprocidad similar a la dimensión «en Cristo», según la expresión concebida de un monje del Monte Athos, que casi fijó en una fórmula su vida en Cristo: «La suya es mi vida». Se refería a Cristo. Una reciprocidad que también implica la verdad de la expresión: «Mi vida es la suya». Montfort tuvo la gracia de proponerla en términos claros.
Sin embargo, en la actualidad, la riqueza de la espiritualidad que contempla el perfil espiritual de María, un perfil de santidad como comunión con Cristo, realista y comprometida, ofrece a la mística montfortana un complemento necesario, si fuera necesario. Y es en estos términos que la espiritualidad contemporánea puede y debe acoger el mensaje de Montfort.
Todo por medio de María. Una profundidad existencial de la comunión espiritual con el espíritu de la Madre. Ser como María, o ser María… Es la dimensión mística de ser Cristo en nosotros, de María en nosotros.
Todo como María. Es la línea de la imitación actualizada, con la connotación teológica y espiritual que hemos puesto de manifiesto. La relación de María con Cristo, y aún más con la Trinidad, es única, pero es ejemplar. Por eso, María es también para el cristiano el verdadero arquetipo humano de la respuesta y la colaboración total al plan de Dios. Se trata de imitar, pero en profundidad, hasta revivir los sentimientos de Cristo Jesús y los sentimientos de María de Nazaret… Nadie puede vivir en Cristo si no vive como Cristo. Nadie puede vivir en María si no vive como María. Es la exigencia recíproca de comunión e imitación, desde lo más profundo, pero con la norma evangélica de la vida mariana, con la nota del camino de fidelidad creciente.
Todo en María.. Es el misterio de la presencia, o metáfora, de la co-presencia de María en nuestra comunión trinitaria o inhabitación. La morada de María es la Trinidad. En esta comunión, María tiene una inhabitación propia en el cristiano, siempre en la comunión del mismo Espíritu. El cristiano, por Cristo en el Espíritu, también tiene su raíz en este paraíso, en este santuario, en esta vida mariana. Pero sin disyunciones, antes en una armonía recuperada de la comunión con María en el mismo Cristo y en el mismo Espíritu. Es entonces que la frase del monje del Monte Athos puede referirse también a María, como aparece implícitamente en la doctrina de Montfort. Se puede decir igualmente: «Mi vida es la suya». Es una auténtica comunión de vida. El cristiano puede ofrecerse como un complemento de humanidad para que María viva en nosotros, para que Cristo viva en nosotros.Todo por María y por Jesús, en la dimensión del propósito, del servicio, de la colaboración en el plan de la salvación. El servicio es la dedicación total, ser siervos, transparencia de la voluntad de Dios.La Virgen es la «tabla teológica», escrita por Dios, como se expresa en el Oficio bizantino de la Dormición. Está escrita por la voluntad de Dios en su corazón, grabada por el Espíritu. Es la cúspide de la Alianza vivida. María es, como leyó Catalina Lubich, el «cielo plano inclinado» que acerca a Dios y su voluntad, que la hace presente en el mundo y dinamiza la historia de la salvación, formando discípulos a su imagen, a la imagen de Cristo.ConclusiónEn el tercer milenio, la Iglesia nos pide que vivamos la gracia y el compromiso de la oración: don y arte, compromiso y gracia, comunión con Dios y con los hermanos, encuentro diario con el Señor de la vida y de la historia. Pero también propone, para el cristiano y la cristiana de hoy, una vida que lleve el sabor y la sabiduría, la unción interior y la fortaleza exterior de la mística cristiana. Esta es la vía de la verdad y la vida, de un cristianismo vivido con el sello de la experiencia.Ante propuestas desviantes de oración y espiritualidad, excesos misticizantes y fanatismos o devocionalismos vacíos, la guía segura de la oración y la mística es María, en su inmensa grandeza de comunión con la Trinidad y en su desconcertante simplicidad de vida mística, vivida en el misterio, vivida como misterio. Pero con ese equilibrio que podemos llamar mística del diario, mística de Nazaret, de la Madre del Señor en el humano-divino cotidiano, que es todo cielo en la tierra y lo divino en lo humano.La Exhortación Apostólica Marialis Cultus de Pablo VI profundiza en el papel de María como modelo y maestra de la vida de oración y contemplación cristiana.Profundice sus estudios: explore MariologíaTeología marianaapariciones marianas y el Posgrado en Mariología.
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