## IntroducciónUna de las preocupaciones más acuciantes de nuestra época radica en la toma de conciencia sobre cómo se ve seriamente comprometido el equilibrio de los factores que, en su interdependencia, garantizan al mundo su supervivencia. Existen múltiples causas de desintegración, y el hombre no es ajeno a ellas. Sin embargo, todos estos factores se insertan en un marco más amplio, representado por el valor de la vida, un don precioso otorgado por Dios y realizado en toda su valía cósmica y temporal mediante la acción salvadora operada por Cristo. Él restauró la dignidad perdida por el pecado. Esta fuerza desagregante del pecado es tenida en cuenta en la oración de la Iglesia que celebra la Eucaristía, es decir, se sumerge diariamente en un tiempo propicio para crecer y madurar en la fe y llevar el mensaje de la vida a los lejanos, y ante todo, realizarla. A través de la Eucaristía, el significado de la vida se reafirma con fuerza en la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. El hecho de que Él sea el mismo «ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8) se proclama en la aclamación posterior al relato de la Institución: «Aclamamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, esperando tu venida».La comunidad fiel (y que profesa su propia fe) contempla los misterios salvíficos, los *mirabilia Dei*, acontecimientos y personas entre los cuales María tiene un lugar especialmente destacado. Es necesario señalar que la relación entre María y la creación y el servicio que la Madre de Dios presta a la vida es muy articulada, hasta el punto de considerar diversos aspectos. Pero estos pueden identificarse mediante una reflexión sobre el texto de la Oración de la Coleta de la Santa Misa: *»María Virgen, Sede de Sabiduría»*. Reprodujamos el texto:*Padre de luz, que para reerguir en Cristo a la humanidad decaída elegiste a la Virgen María como Sede de Sabiduría, danos con su ayuda materna una conciencia profunda de nuestros límites, para no dejarnos arrastrar por el orgullo y servirte con la humildad que te agrada. Por nuestro Señor Jesucristo…*En este texto eucológico encontramos al menos cuatro líneas de observación que, en conjunto, revelan la verdadera consistencia del papel que María desempeña en relación a la vida y al cosmos. Dividiremos, por tanto, esta contribución en cinco partes, cada una con un título que corresponde a tantos aspectos encontrados en esta oración. En la parte conclusiva, intentaremos un balance global de la importancia que mantiene la Virgen Santa en su ser, la primera y mayor promotora de la vida.## Humanidad decaídaPodemos partir de un dato de hecho muy realista: en nuestro mundo la vida está amenazada. Diversas son las manifestaciones, única es la causa. Manifestaciones como la violencia, el hambre, la miseria, el miedo han privado a la humanidad de su característica fundamental: la dignidad. La causa única que actúa de manera transversal, recorriendo lugares y épocas diversas, es el pecado. No es necesario abrir libros de teología o sociología para percibir cómo y en qué medida el pecado opera en términos de deshacer: lo constatamos porque vivimos en contacto con él.## Origen y caídaEl primer elemento a considerar, por tanto, es la humanidad decaída, pero ¿por qué? Las primeras páginas del libro del *Génesis* nos muestran un Dios en acción, un Dios que pone orden al caos. De Él emerge algo nuevo: el cosmos con un carácter fundamental, la bondad (Gn 1,25). Bondad que es don: el propio ambiente, completamente provisto de todo ser viviente, regulado por ciclos cósmicos y fenómenos naturales, está listo para acoger al hombre, aquella criatura formada a su imagen y semejanza (Gn 1,26). Aquí la bondad aumenta de intensidad (Gn 1,31): contemplando con alegría la creación que Él produjo, Dios se complace en ella, ama lo creado. En su corazón ya la había destinado a una gran gloria, pues desde ahora la eligió como colaboradora suya. El hombre es ahora proclamado «señor» del creado, encargado de vivir en una doble armonía: con Dios y con el cosmos. Ya en el primer relato de la creación en Gn 1 se percibe tal armonía y se manifiesta explícitamente en dos momentos: la reproducción, es decir, perpetuar la vida, mediante el cual Dios pretende ofrecer un futuro. En segundo lugar, someter la tierra no solo sirviéndose de ella para las necesidades primarias, alejándose de un fin o propósitos destructivos, sino también «para que, al hecho de que el hombre, y por medio de él toda la creación, eleve un canto de alabanza a Dios, porque es inmenso su amor y su misericordia». Todo es verdaderamente un paraíso, lo terrestre: el jardín, lugar de delicias cuyo ápice es precisamente la armonía, el amor inmaculado y sin sombras entre Dios y el hombre (cf. Gn 2,28). Él está desnudo, no siente vergüenza (Gn 2,25): no debe ocultar nada, ni siquiera las partes exteriores, ni su corazón y mente. Pero algo en el horizonte amenaza y estropea: «conociendo el bien y el mal, seréis como Dios» (cf. Gn 3,5). Basta esto para deformar las relaciones: ya no la armonía, sino la prepotencia. Ya no la transparencia, sino el miedo y la falsedad. La propia imagen de Dios propuesta por la serpiente no es la verdadera y real: se trata de un Dios pintado bajo los términos del egoísmo, cuando en realidad sabemos que Él es el Dios que creó el mundo y al hombre y que se alegra con su donación, y también su poder, su dominio, están bajo el signo del amor. Pero, instigado por el Maligno, el hombre va en la dirección opuesta, comete el pecado, considerando que es el modo justo para alcanzar el bien. Aquí está el núcleo de la propuesta del Maligno, que tiene repercusiones no solo sobre el mundo en el que vivimos, sino también sobre las relaciones que mantiene con todo el cosmos.## Los efectos del pecadoDejando por ahora la página escriturística y abriendo la del mundo, se percibe fácilmente que expresiones como «todo va mal» o «se ha llegado al fondo» no son raras. Todo esto es índice de impaciencia y desapego hacia un mundo y un ambiente que el hombre, debilitado por el pecado que lo transformó de señor en tirano, a menudo hace inhabitable. Es claro que no se trata solo del ambiente, sino de todo un conjunto de comportamientos que atentan contra la vida del hombre, considerándola ya no como objetivo o fin a servir o perseguir con las conquistas del progreso técnico-científico, sino antes como terreno de experimentación.Prosiguiendo en su magistrio de fuerte carácter antropológico, Juan Pablo II, en su *Evangelium Vitae* de 1995, expone de manera más explícita las raíces del colapso moral del cual la humanidad es al mismo tiempo víctima y cómplice. El aspecto más grave es que, por ejemplo, la política y la medicina han abandonado sus funciones de tutela y protección de la vida humana, siguiendo caminos de muerte. Una distorsión de artes nobles. Escribe Juan Pablo II:> «La dignidad humana, como fundamento y fin de toda actividad social y política, exige un respeto absoluto e incondicional. Esta dignidad es el tesoro más precioso que cada persona posee, y por lo tanto, la primera y fundamental responsabilidad de los hombres y mujeres de nuestra época es defenderla y promoverla. La vida humana, desde su concepción hasta su muerte natural, debe ser respetada y protegida con determinación. Cada ser humano, desde el momento en que es concebido, posee una dignidad inalienable e inviolable, que le viene de su misma existencia como ser creado a imagen y semejanza de Dios» (n. 2).La comunidad cristiana, consciente de la gravedad del pecado y sus efectos devastadores, se esfuerza por promover y defender la vida humana en todas sus etapas y aspectos, desde el momento de su concepción hasta su muerte natural, con un compromiso firme y constante en todos los ámbitos de la sociedad.
El hecho de que las legislaciones de muchos países, alejándose quizás de sus propios principios fundamentales de sus constituciones, intentan consentir en no castigar o incluso reconocer la plena legitimidad de tales prácticas contra la vida es al mismo tiempo un síntoma preocupante y una causa no marginal de un grave colapso moral: elecciones que alguna vez fueron consideradas universalmente delictivas y rechazadas por el sentido moral común se vuelven poco a poco socialmente respetables. La propia medicina, que por su vocación está ordenada a la defensa y cuidado de la vida humana, en algunos de sus sectores se presta cada vez más ampliamente a realizar estos actos contra la persona y, de esta manera, deforma su rostro, contradice su misma esencia y avila la dignidad de quienes las ejercen.
Muy cerca de nosotros se encuentra el reciente documento de la Pontificia Academia Mariana Internacional (PAMI), titulado La Madre del Señor. Memoria, presencia, esperanza, que identificó eficazmente dos ámbitos en los que esta preocupante situación mundial es más visible. Un primer campo es el ecológico, en el que, entre otros efectos, se destacan la desertificación, los incendios y la contaminación; mientras que el segundo, social y ético, toca directamente a la realidad concreta, como ser sometido a la violencia, la explotación o la instrumentalización para fines antihumanos. Está claramente presente una idea errónea de libertad, despojada y separada de todo desarrollo metafísico y trascendente al que la realidad está constitucionalmente orientada.
Anteriormente a este documento, al término del 210º Capítulo General celebrado en 1995 en Ciudad de México, la Orden de los Servos de María redactó su contribución a la Iglesia universal, con el título elocuente Servos del Magnificat. En ella, una parte notable se dedicó al tema de la vida, pero también a aquellos múltiples y inquietantes aspectos que, desafortunadamente, favorecen su desintegración. Todo ello desarrollado claramente desde una perspectiva mariana. La descripción presentada por SdM es muy atractiva también en estilo, rica en figuras escriturísticas, así como en elementos sobre los cuales la tradición fiel, orante y viva de la Iglesia reflexiona constantemente. Tomando el impulso de (Ap 6), por ejemplo, se retrata la lucha entre el caballo blanco y los otros tres (rojo, negro y verde), a los que se asocian cuatro tipos de males que afligen a la humanidad: hambre, guerra, injusticia criminal y devastación ecológica. Cada una de estas manifestaciones causa una laceración: el hambre provoca los mayores estragos, seguida por la devastación ecológica, definida felizmente como el «resultado de un antropocentrismo absoluto», que puso con extrema urgencia el problema ecológico, permitiendo considerar atentamente la bondad del creado. Un rasgo común de ambos documentos es registrar cómo el declive del cosmos y el declive de la humanidad se evocan mutuamente y pueden resolverse mediante la precisión de los límites dentro de los cuales el hombre debe ejercer su dominio sobre la tierra. Y es precisamente el problema ecológico el que es debatido vivamente por algunas corrientes y representantes de la teología contemporánea. En conjunto de sus posiciones, existe un consenso en reducir y redimensionar las pretensiones de dominio del hombre sobre el cosmos, mostrando cómo en él, y no solo en el hombre, está presente la vida.
Consciencia profunda de nuestros límites
Basándonos en lo dicho, el pecado, sea cual sea, aparece siempre como una realidad oscura que ofende ante todo a quien se convierte en su autor. Pero tomar conciencia de él y de la limitación que deriva de él es un primer paso hacia el cambio (cf. 1Jo 1,8-9). Se trata de la llamada «penitencia interior» de la que habla el Catecismo de la Iglesia Católica y que es fruto de una larga tradición teológica y espiritual. El hombre se ve facilitado en dos direcciones: por los efectos que el pecado trae consigo en el ámbito de las relaciones interpersonales, y en segundo lugar, representado por la singular vicisitud de la Virgen Santa María, que forma parte integral de aquella humanidad que toma conciencia de su propia situación. Veamos atentamente estos elementos.
Este texto aborda a importância de Maria, a Mãe de Deus, na promoção da vida e na restauração do cosmos, com base em uma interpretação teológica e espiritual profunda. Aqui estão os pontos principais:1. **Maria como Intercessora e Exemplo**: Maria é vista como uma figura central que guia o homem para Deus, promovendo a vida e respeitando a criação. Sua presença e exemplaridade são convites à cooperação na transformação do mundo.2. **Fuga do Mal e Apego ao Bem**: O texto cita São Paulo, encorajando a fuga do mal e o apego ao bem como aspectos essenciais da vida cristã. Maria, com sua «cultivação de um ser humano», representa essa busca pela excelência moral e espiritual.3. **Conexão entre Maria e a Criação**: A beleza e a grandeza de Maria são refletidas na beleza e na ordem do cosmos. Sua posição como guardiã da criação a torna uma figura-chave na promoção da harmonia entre o homem e o mundo natural.4. **Marialis Cultus e Serviço Cristão**: A exortação apostólica «Marialis Cultus» de Paulo VI é mencionada, destacando Maria como modelo do serviço cristão tímido e humilde. Sua intercessão e exemplo são vistos como fundamentais para a vida da Igreja e dos batizados.5. **Recursos Acadêmicos**: O texto incentiva o aprofundamento dos estudos em Mariologia, Teologia Mariana, Aparições Marianas e a Pós-Graduação em Mariologia oferecida pelo Instituto Locus Mariologicus, enfatizando a importância da formação acadêmica de excelência na compreensão de Maria e sua missão.Este texto é uma reflexão profunda sobre o papel de Maria na promoção da vida e na restauração do mundo, com implicações significativas para a teologia, a espiritualidade e a ação social cristã.
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