María al servicio de los bautizados y de la vida

Introducción
Una de las preocupaciones más fuertes de nuestra época consiste en darse cuenta de cómo está seriamente comprometido el equilibrio de los factores que, en su interdependencia, garantizan al mundo su supervivencia. Son múltiples las causas de desintegración y, entre ellas, el hombre no es totalmente ajeno. Todos estos factores, sin embargo, se insertan en un marco más amplio, representado por el valor de la vida, don precioso ofrecido a nosotros por Dios y realizado en toda su valencia cósmica y temporal por la acción salvadora operada por Cristo. Él es quien devolvió al hombre la dignidad perdida por causa del pecado.
Ora, este factor desagregante del pecado es tenido en cuenta por la oración de la Iglesia que celebra la Eucaristía, es decir, se sumerge diariamente en un tiempo propicio para crecer y madurar en la fe y llevar el mensaje de la vida a los lejanos, y sobre todo, realizarla. A través de la Eucaristía, el significado de la vida se reafirma con fuerza en la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. El hecho de que Él es el mismo «ontem, hoy y siempre» (Heb 13,8) se profesa en la aclamación tras el relato de la Institución: «Aclamamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, en la espera de tu venida».
La comunidad fiel (y que profesa su propia fe) contempla los misterios salvíficos, los mirabilia Dei, acontecimientos y personas, entre los cuales María tiene un lugar totalmente especial. Es necesario observar que la relación entre María y la creación y el servicio que la Madre de Dios desempeña en favor de la vida y del cosmos es muy articulada, hasta el punto de considerar diversos aspectos. Pero estos pueden ser identificados a través de una reflexión sobre el texto de la Oración de la Coleta de la Santa Misa «María Virgen, Sede de la Sabiduría». Reprodujimos el texto:

Padre de luz, que para reergir en Cristo a humanidad decaída, elegiste a Virgen María como sede de Sabiduría, danos, con su ayuda materna, una conciencia profunda de nuestros límites, para no dejarnos arrastrar por el orgullo y servirte con la humildad que te agrada. Por nuestro Señor Jesús Cristo…
En este texto eucológico encontramos al menos cuatro líneas de observación que, en su conjunto, nos muestran la real consistencia del papel que María desempeña en relación a la vida y al cosmos. Dividiremos, por tanto, esta contribución en cinco partes, de las cuales las cuatro primeras tendrán como título otros tantos aspectos que encontramos en esta oración. En la parte conclusiva intentaremos un balance global de la importancia que la Virgen Santa mantiene en su ser, la primera y mayor promotora de vida.
Humanidad decaída
Podemos partir de un dato de hecho muy realista: en nuestro mundo la vida está amenazada. Diversas son las manifestaciones, única es la causa. Manifestaciones como la violencia, el hambre, la miseria, el miedo han privado a la humanidad de su característica fundamental: la dignidad. La causa única que actúa de manera transversal, recorriendo lugares y épocas diversas, es el pecado. No hace falta abrir libros de teología o de sociología para percibir cómo y en qué medida el pecado opera en términos de deshacer: lo constatamos porque vivimos en contacto con él.
Origen y caída
El primer elemento a considerar, por tanto, es la humanidad decaída, ¿pero por qué? Las primeras páginas del libro del Génesis nos muestran un Dios en acción, un Dios que pone orden al caos. De Él emerge algo nuevo: el cosmos con un carácter fundamental, la bondad (Gn 1,25). Bondad que es don que Él concede: el propio entorno, completo de todo ser viviente, regulado por ciclos cósmicos y fenómenos naturales, está listo para acoger al hombre, aquella criatura formada a su imagen y semejanza (Gn 1,26). Aquí la bondad aumenta de intensidad (Gn 1,31): contemplando con alegría la criatura que creó, Dios se complace en ella, la ama. En su corazón ya la ha destinado a una gran gloria, pues desde ahora la ha elegido como su colaboradora. El hombre es ahora proclamado «señor» del creado, encargado de vivir en una doble armonía: con Dios y con el cosmos. Ya en el primer relato de la creación en Gn 1 se percibe tal armonía y se manifiesta explícitamente en dos momentos: la reproducción, es decir, perpetuar la vida, mediante el cual Dios pretende ofrecer un futuro. En segundo lugar, someter la tierra no solo sirviéndose de ella para las necesidades primarias, alejándose de un fin o propósitos de destrucción, sino también «para que el hombre, y por medio de él toda la creación, alaben a Dios, porque su amor y su misericordia son inmensos». Todo es verdaderamente un paraíso, el terrestre: el jardín, lugar de delicias cuyo ápice es precisamente la armonía, el amor puro y sin sombras entre Dios y el hombre (cf. Gn 2,28). Él está desnudo, no siente vergüenza (Gn 2,25): no debe ocultar nada, ni las partes exteriores, ni el corazón y la mente. Pero algo en el horizonte amenaza y estropea: ««Conocerás el bien y el mal, y serás como Dios» (cf. Génesis 3, 5). Solo esto es suficiente para distorsionar las relaciones: ya no hay armonía, sino prepotencia. Ya no hay claridad, sino miedo y falsedad. La propia imagen de Dios propuesta por la serpiente no es la verdadera y real: se trata de un Dios pintado según los términos del egoísmo, cuando en realidad sabemos que Él es el Dios que creó el mundo y al hombre, y que se goza con su darse, y también su poder, su dominio, están bajo el signo del amor. Pero, instigado por el Maligno, el hombre se dirige en la dirección opuesta, comete el pecado, considerándolo la forma justa para alcanzar el bien. Aquí está el núcleo de la propuesta del Maligno, que tiene repercusiones no solo sobre el hombre, sino también sobre las relaciones que mantiene con el cosmos entero.
Los efectos del pecado
Dejando, por ahora, la página escriturística y abriendo la del mundo, se observa fácilmente que, desde muchas partes, en relación al mundo en el que vivimos, expresiones como «Todo va mal» o «Se ha llegado al fondo» no son raras. Todo esto es señal de impaciencia y de desapego hacia un mundo y un entorno que el hombre, debilitado por el pecado que lo transformó de señor a tirano, a menudo ha hecho inhabitable. Es claro que no se trata solo del entorno, sino de un conjunto completo de comportamientos que atentan contra la vida del hombre, considerándola ya no como un objetivo o fin al que servir o perseguir con las conquistas del progreso técnico-científico, sino como un terreno de experimentación.Prosiguiendo en su magisterio de fuerte carácter antropológico, Juan Pablo II, en su Evangelium Vitae de 1995, muestra de manera más explícita las raíces del colapso moral del que la humanidad es, al mismo tiempo, víctima y cómplice. El aspecto más grave es que, por ejemplo, la política y la medicina han abandonado sus funciones de tutela y protección de la vida del hombre, siguiendo caminos de muerte. Una distorsión de nobles artes. Escribe Juan Pablo II:El hecho de que las legislaciones de muchos países, alejándose quizás de sus propios principios basilares de sus constituciones, intentan consentir en no castigar o incluso reconocer la plena legitimidad de tales prácticas contra la vida, es al mismo tiempo un síntoma preocupante y una causa no marginal de un grave colapso moral: elecciones que antes eran unánimemente consideradas delictivas y rechazadas por el sentido moral común se vuelven poco a poco socialmente respetables. La propia medicina, que por su vocación está ordenada a la defensa y al cuidado de la vida humana, en algunos de sus sectores se presta cada vez más ampliamente a realizar estos actos contra la persona y, de este modo, deforma su rostro, contradice su propia esencia y avila la dignidad de cuantos la ejercen.
Muy cerca de nosotros se sitúa el reciente documento de la Pontificia Academia Mariana Internacional (PAMI), titulado La Madre del Señor. Memoria, presencia, esperanza, que identificó eficazmente dos ámbitos en los que esta preocupante situación del mundo es más visible. Un primer campo es el ecológico, en el que, entre otros efectos, se señalan la desertificación, los incendios y la contaminación; mientras que el segundo, social y ético, toca, por el contrario, más directamente en la realidad concreta, como ser sometido a la violencia, a la explotación, a la instrumentalización para fines antihumanos. Está claramente subyacente una idea errónea de libertad, despojada y separada de todo desarrollo metafísico y trascendente para el cual la realidad está constitucionalmente orientada.
Anterior a este documento, al término del 210º Capítulo General celebrado en 1995 en la Ciudad de México, la Orden de los Servos de María redactó su contribución a la Iglesia universal, con el título elocuente:
Siervos del Magnificat. En ella, una parte notable se dedicó al tema de la vida, pero también a aquellos múltiples y inquietantes aspectos que, desafortunadamente, favorecen su desintegración. Todo ello desarrollado claramente desde una perspectiva mariana. La descripción presentada por SdM es también muy atractiva en estilo, rica en figuras escriturísticas, así como en elementos sobre los que la tradición fiel, orante y viva de la Iglesia reflexiona constantemente. Tomando el motivo de (Ap 6), por ejemplo, se retrata la lucha entre el caballo blanco y los otros tres (rojo, negro y verde), a los que se asocian cuatro tipos de males que afligen a la humanidad: hambre, guerra, injusticia criminal y devastación ecológica. Cada una de estas manifestaciones opera una laceración: el hambre causa los mayores estragos, seguida de la devastación ecológica, definida felizmente como el «resultado de un antropocentrismo absoluto», que puso con extrema urgencia el problema ecológico, permitiendo considerar atentamente la bondad del creado. Rasgo común de ambos documentos es registrar cómo el declive del cosmos y el declive de la humanidad se evocan mutuamente y pueden resolverse mediante la precisión de los límites dentro de los cuales el hombre debe ejercer su dominio sobre la tierra. Y es precisamente el problema ecológico el que es discutido vivamente por algunas corrientes y representantes de la teología contemporánea. En el conjunto de sus posiciones, existe unanimidad en reducir y redimensionar las pretensiones de dominio del hombre sobre el cosmos, mostrando cómo en él, y no solo en el hombre, está presente la vida.Conciencia profunda de nuestros límites
Basándose en lo dicho, el pecado, sea cual sea, aparece siempre como una realidad oscura que ofende ante todo a quien se convierte en su autor. Pero tomar conciencia de él y de la limitación que de él se deriva es un primer paso hacia el cambio (cf. 1 Jn 1,8-9). Se trata de la llamada «penitencia interior» de la que habla el Catecismo de la Iglesia Católica y que es fruto de una larga tradición teológica y espiritual. El hombre se ve facilitado en dos direcciones: por los efectos que el pecado trae consigo en el ámbito de las relaciones interpersonales, y en segundo lugar, representado por la singular vicisitud de la Santa Virgen María, que forma parte integral de aquella humanidad que toma conciencia de su propia situación. Veamos atentamente estos elementos.Recuperación de los elementos amenazados
En cuanto al primer punto, ya es conocida la diferenciación, en el ámbito teológico, entre los conceptos de pecado original originante y pecado original originado, aplicada a la desobediencia de nuestros progenitores. Mucho se ha escrito en manuales y monografías sobre este aspecto. El hecho es que, desde la desobediencia inicial y a través de ella, la separación en el interior de la propia humanidad y de esta con todo el cosmos fue ampliándose, utilizando una expresión familiar y hablada, «como mancha de aceite». De nada sirven los intentos de justificación de los progenitores en Gn 3,11-13; por el contrario, son precisamente ellos los que nos muestran el inicio de una historia que, si al principio, tras la creación, era idílica y perfectamente comunal, ahora, tras ceder a la serpiente y aceptar su propuesta, se impregna de pecado y muestra aquellas fracturas que son productos del individualismo. Los acontecimientos sucesivos hasta la Torre de Babel lo confirman. Las destruiciones (diluvio) y dispersiones (Babel) que encontramos en Gn 4-11 se presentan ya como aquellos instrumentos con los que Dios detiene al hombre en sus acciones inspiradas por la idolatría.
Seréis como Dios» prosigue con su poder de ilusión y ceguera. No solo el hombre debe estar en el centro del mundo, sino que el hombre puede serlo si recupera la conciencia de ser teniente de Dios, guardián de aquella creación que Él le confió. Suprimiendo tal comunión, es que el hombre manifiesta toda su debilidad y toda la finitud ocultas, o de cualquier modo disimuladas, por una supuesta ostentación de libertad que, en realidad, es esclavitud a la peor parte de sí mismo. Volviendo a la máxima bíblica, solo la nueva iniciativa de Dios al llamar a Abraham logra dar un giro y liberar, aunque de manera incompleta, a la humanidad de la estancación de la idolatría. A Abraham se le confía una misión comunal: el hombre viejo se entrega a Dios que lo visita y le promete una descendencia, a pesar de la avanzada edad que le impediría generar. El hijo Isaac, que la tradición cristiana posterior consideró una anticipación de Cristo, representa una novedad no solo por su nacimiento, sino por su función de progenitor de un nuevo pueblo. ¿Por qué todo esto? Sin duda, una anticipación de la salvación que veremos realizada en el Nuevo Testamento con Cristo, pero no surge de manera espontánea. La preparación vetustotestamental nace de una precisa voluntad sobrenatural del Dios Creador y Redentor. No obstante, conviene observar que «el mundo lleva ciertamente las marcas del pecado, pero tiene también profundamente inscrito el anhelo de salvación, su auténtico sello de fábrica, sello original del Creador». Un Dios, por tanto, que produce un bien superior al pecado y del cual se hace arauto San Pablo al subrayar que «donde abundó el pecado, superabundó la gracia» (Rom 5,20). Santo Agustín, siglos después, volverá al argumento en su De Civitate Dei, hablando de un bien original superior al mal, por el cual al hombre no es imposible rezar diciendo «perdonad nuestras deudas». Esto hace al hombre consciente de sus límites, sin lanzarlo al desespero, sino llevándolo, antes, a descubrirse parte integrante de un cosmos y de una vida marcados por la gracia de Dios: un cosmos del cual es posible ascender hasta el Autor, porque Él es el lugar donde Dios dejó su huella. Perteneciente a esta nuestra humanidad, y perfectamente integrada en ella, es María, la Madre del Señor.—La Virgen María
Antes de emprender un discurso religioso declaradamente cristiano y leyendo el Evangelio simplemente como una narrativa, percibimos cómo María, atenta a la Palabra, toma continuamente conciencia de sí misma y de su relación con Dios y con la vida. Y si para los cristianos Ella es la criatura destinada a una misión particular, para los no creyentes o para aquellos que no recurren de inmediato a un discurso de fe, María aparece más sencillamente como una persona en busca, que se interroga. También Ella es peregrina en la fe. Ante Dios, Ella también se pregunta sobre el sentido de la Revelación y de la vida (cf. Lc 1,29). Si en Sdm n. 63, María aparece como «fragmento singular en el que, después de Cristo, todo se recapitula y en el que todo se dice», esto tiene valor no solo en el ámbito del ser, sino también en la acción. Un paralelismo, por tanto, con lo ocurrido al principio del mundo. Se trata de aquella mediación que, del único Cristo (cf. 1Tm 2,5-6), se extiende a todos los seres y que nos permite leer en María nuestra tarea de guardianes del universo, portadores de la novedad de Cristo y de su mensaje de redención. A ejemplo de María, portadora «De aquello que hace nuevas todas las cosas» (cf. Ap 21,5) y consciente de sí misma, es posible realizar un itinerario de reflexión sobre lo que son no solo nuestros límites, sino también los germes de luz que el Señor ha depositado en nuestra humanidad. Por tanto, por un lado, tenemos las nefastas consecuencias del pecado, mientras que, por otro, la criatura, creada poco inferior a los ángeles, adornada de gloria y belleza (cf. Sal 8,6), está llamada a testificar activamente y concretamente la grandeza de Dios mediante el uso de talentos y carismas. Resultan entonces muy oportunas las palabras del documento de la PAMI, para el cual «al paradigma individualista de la época moderna se sustituye un modelo nuevo, cuyos componentes son la relacionalidad y la solidaridad, la sinergia y la complementariedad: componentes que reflejan el orden de la naturaleza y están en perfecta sintonía con la enseñanza evangélica». Desde esta base, gana fuerza el nuevo significado de la actividad humana en el mundo, y todas las ciencias, cada una en su campo, pueden ofrecer su servicio que opera en el cosmos y en la historia. Si los componentes mencionados por el documento de la PAMI se ponen en práctica, es posible disminuir la incidencia del pecado, teniendo en cuenta, entre otras cosas, que ellos, procedentes de la bondad de Dios, fortalecen nuestra comunión con Él y nuestra superioridad dentro de la creación. Esto tiene desarrollos precisos en el discurso mariano en dos niveles: en primer lugar, en la consideración de María como criatura de comunión y como aquella que muestra en plenitud la respuesta de sentido que la Revelación ofrece a la humanidad, y al mismo tiempo, la necesidad de que la mariología se abra cada vez más al diálogo con las otras secciones de la teología. Una superioridad, siguiendo esta línea mariana, entendida como servicio, profundamente acorde con la máxima evangélica expresada en el Magnificat, en la que María, tras haber acatado la Palabra con un acto de fe libre y eclesial (de una eclesialidad que abarca y perfecciona el dato veterotestamentario), pero sobre todo determinado por su Objeto, une y evidencia la reciprocidad existente entre las dos dimensiones de la humildad y la exaltación. Leyendo atentamente (Lc 1,48), se percibe fácilmente que la exaltación pasa por la humildad de la sierva, y a su vez, tal humildad recibe su coronación en la exaltación, que es motivo de alegría expresado en los versos precedentes. Todo ello nos muestra que, en el interior del Misterio de Dios, «la insignificancia y la incapacidad no significan improductividad o inutilidad (cf. Sal 30,8 [LXX]. Gn 29,32)». Estas son las «llaves» ofrecidas por el misterio de Dios a la humanidad para que se comprenda y ame, porque, a través de la humildad y declarándose humilde (cf. Mt 11,29), Jesús Cristo se presenta como plenitud de la Revelación de Dios. La consagración-conformación bautismal del fiel a Cristo y su segundo nacimiento no pueden prescindir de la Santa Virgen, tal como nos la presentan los Evangelios: la criatura cuya humildad el Altísimo enalteció. De hecho, el bautismo posee rasgos marianos que deben ser valorados. En ello, tanto la tradición oriental como la occidental son explícitas al señalarlos. Cirilo de Alejandría, por ejemplo, observa que, por medio de la Virgen Santa, los fieles se unen a la gracia del bautismo. En Occidente, es sobre todo León Magno quien subraya la relación de ejemplaridad entre Cristo, que nace de la Virgen María, y los cristianos, que nacen de la Virgen Iglesia.No dejarnos arrastrar por el orgullo
La fragilidad del árbol es tanto más tangible y evidente cuanto más insistentes son las fuerzas que actúan sobre él. Lo que determina la caída del árbol reside precisamente en considerar esas fuerzas negativas, esas solicitudes, como factores de realización y, en consecuencia, adaptarse a ellas. De ahí nace el orgullo que, como nos recuerda G. Marcel, exagerando el cuidado consigo mismo, nos priva de esa apertura que me permite comprender lo que es otro-que-yo. Aquí se inserta una pregunta de fondo que afecta al árbol y al cristiano.
Cristianismo: origen del desastre ecológico?
Damos un pequeño paso atrás y comenzamos esta nueva sección con una consideración a partir de lo que se lee y se oye: con frecuencia, el Cristianismo ha sido acusado de ser, en parte, responsable del desastre ecológico que tenemos ante nuestros ojos, y esto proviene de una lectura e interpretación erróneas y superficiales de (Gn 1,28). ¿Cómo responder hoy a tales acusaciones? Podríamos afirmar de inmediato que, si se quiere hablar de desastre, este debe atribuirse al pensamiento cientificista y materialista que contribuyó a la separación entre el cosmos y Dios. El hecho de que el árbol reciba las cosas de Dios, las contemple y las haga suyas, como si, en el presente, salieran de sus manos, nos conduce al compromiso fundamental que el árbol recibió de Dios: participar y colaborar de manera efectiva en su obra. Lo que se debe decir entonces, corrigiendo la expresión inicial, podría sonar así: no es el Cristianismo el que favoreció la explotación indiscriminada del cosmos, con todos los desequilibrios trágicos que derivaron, sino una mala interpretación de la religiosidad como fenómeno que une al árbol con lo Divino y lo Absoluto. Esta deformación tuvo varios efectos: el secularismo, el eficientismo, el tecnicismo, que degradaron al árbol y al cosmos, oscureciendo en gran medida aquella capacidad de ver en sí mismo la huella de lo Divino.
Un altar nuevo y contemplativo sobre la creación
Pero, al llegar a este punto, ¿qué mística se hace necesaria para contemplar el universo? Sin duda, es posible seguir un estilo que remita a cánones orientales, utilizando algunas instancias, pistas y sugerencias, siempre y cuando no se deslice hacia un sincretismo, ya sea sutil o evidente, al integrar temas que no pertenecen a nuestra fe. Una primera vía posible, pero a la que hay que prestar atención, es precisamente la indicada. A su lado se sitúa, sin embargo, la representada por la Sagrada Escritura, que se convierte en espejo a través del cual la creación se nos presenta y ante el cual es posible realizar una meditación. En la Sagrada Escritura, sobre todo en el Antiguo Testamento, encontramos un número considerable de releituras de los eventos de la creación y, en la mayoría de los casos, se trata de textos de fondo y dimensión sapiencial. Entre estos textos, el clásico es (Pr 8,22-31), que no solo conduce a la celebración del Dios Creador, sino que reafirma una analogía con el libro. Reprodujimos el texto respetando la división de los versículos:
Así habla la Sabiduría de Dios: El Señor me creó al principio de su obra, antes de toda creación. Desde la eternidad fui formada, desde el principio, cuando aún no existían los abismos ni las fuentes de agua. Antes de que se asentaran los montes ni se formaran las colinas, yo ya existía. Cuando aún no había tierra ni campos, ni las primeras semillas de la tierra. Cuando él establecía los cielos, yo estaba allí. Cuando trazaba el círculo sobre el abismo, cuando condensaba las nubes en lo alto, cuando fijaba las fuentes del abismo. Cuando establecía al mar sus límites, para que las aguas no sobrepasaran su orilla. Cuando disponía los cimientos de la tierra, yo era su compañera, y cada día me deleitaba ante él, y en todo momento me complacía en él. Me deleitaba sobre la faz de la tierra, y ponía mis delicias entre los hijos de los hombres.
La Sabiduría se presenta aquí con rasgos antropomórficos humanos, lo que ayuda a reflexionar sobre cómo el ser humano puede contemplar el mundo y actuar en él en espíritu de comunión, con una conciencia humilde y discreta de sus límites, y al mismo tiempo, consciente de estar inmerso en el misterio de amor que lo creó. Este es un punto de partida fértil para un nuevo horizonte que puede abrirse para el ser humano. Al adoptar esta perspectiva religiosa, entendida como una situación de vínculo con lo divino, y al mismo tiempo, al mirar el mundo con los desequilibrios a menudo provocados o desencadenados por él, el ser humano se ve atrapado en un estado de ansiedad que lo lleva a preguntarse si realmente existe una salida.
Humildad agradable al Señor
Es muy importante aclarar bien el concepto de humildad, que es común tanto en la teología como en la filosofía.
¿Qué es la humildad?
Se considera que la timidez deriva de tumus (tierra), comprendiéndola como nada más que una referencia al lugar materno de las orígenes, del cual el tomé toma su ser: el antiguo Adán y el nuevo Adán, es decir, el tomé Jesús Cristo. En ambos casos se trata de una tierra virgen. La timidez, por tanto, está conectada con la virginidad, que es la verdadera forma de santidad, entendida como separación de todo aquello que, de algún modo, pueda corromper y oscurecer. Separación, sin embargo, no significa alienación. La Carta a los Hebreos, hablando de Cristo que entra en el mundo realizando el nuevo sacrificio, subraya con palabras elocuentes la importancia de la corporeidad (cf. Heb 10,5-10). Esto significa que, en lugar de la alienación, que para el pensamiento ateo es la marca del tomé que cree en Dios y deposita en él su esperanza, venciendo así para convertirse en vacío y empobrecido, la santidad-separación indica encuentro y participación, hasta el punto de decretar el triunfo de la vida. Dios se mueve hacia el tomé, asumiendo su existencia terrenal y la consistencia de su ser, para que el tomé sea elevado. La timidez, por tanto, en su relación con la tierra como lugar de los orígenes, se convierte en condición imprescindible para sondear las relaciones entre Dios y el tomé, dentro de las cuales la Virgen Santa ocupa un papel fundamental. Se trata, en lo que respecta a la Madre de Dios, de una tumanidad que, aunque en su pureza y ausencia de pecado, no elimina su relación con nuestra tumanidad, pecadora y continuamente acechada por
Misterio de la iniquidad, pero antes se califica en su ser Madre de la misericordia y Refugio de los pecadores. Dos títulos que pertenecen a la lex orandi de la Iglesia y que expresan una lex credendi orientada a una vida cristiana más firme y robusta, hecha de misericordia y de obras no solo buenas, sino aptas para la reconciliación. Acción materna de misericordia, aquella puesta en acto por María, y, aún antes, de unidad constante entre ella y la humanidad. En una de sus más bellas homilías, Germánico de Constantinopla, hablando de la Dormición de la Virgen Santa, subraya precisamente que no hubo abandono del mundo por parte de la Madre de Dios, sino que ella continúa velando por toda la humanidad. Presencia de misericordia, presencia que, en orden a Cristo, favorece la reconciliación entre el cielo y la tierra, pero todo ello porque María es modelo de perfección. En este sentido, el rescate y la atenta consideración del título litánico Virgen inmaculada, que aparece en SdM en el n.º 108, resulta más que justificado y plausible. Vinculando a María con la creación, esto no nos impide ver esta ausencia de violencia como un retorno y un rescate efectivo del estado originario de la tierra. La timidez, por tanto, no es una máscara, sino naturalidad con la que se muestra lo que realmente se es, sin alteraciones, y como si fuera creada inicialmente por Dios para una relación íntegra con la creación.
Ap 12: una propuesta siempre actual
La Virgen Inmaculada no es solo una invitación a rechazar la violencia o el pensamiento violento de explotación, sino a colocar nuevamente en el centro, como memoria operativa, la situación armónica de los orígenes, no para lamentar una imaginaria «edad de oro`, sino para actuar en favor de un ambiente más conforme a la dignidad del hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios. Es muy oportuno considerar el texto bíblico de (Ap 12). La mujer vestida de sol, imagen, según la feliz expresión de H. Urs von Balthasar, de una «Iglesia toda mariana», inundada por la luz de Dios, se opone al dragón rojo, capaz solo de producir desorden y mal (cf. Ap 12,4). Y también la doble fuga de la mujer, que se ve amenazada, adquiere un nuevo significado: no es alejamiento de sus responsabilidades, sino que quiere ser, para la Iglesia, una advertencia para no abandonar su propia situación de lucha continua por la vida. Una lucha que se puede llevar a cabo no con la violencia, replicando mal con mal, sino con la unión constante a Dios. Uno de los significados más profundos de (Ap 12) ve a la propia humanidad representada por la mujer, de la cual el antiguo Israel y la Iglesia de los tiempos nuevos son parte integral y mejor en su empeño de testimonio, que se encuentra en una situación difícil por las amenazas del dragón, y luego cumple un destino de gloria capaz de infundir esperanza en las diversas travesías. El hombre es libre de elegir: seguir al dragón apocalíptico, que aún hoy continúa perturbando los equilibrios con el complejo de diversas ideologías, sistemas y códigos de destrucción a gran escala, o mirar a la Virgen Inmaculada, es decir, tomar conciencia de la gloria a la que Dios ha llamado al mundo. No un destino de destrucción o de anonimato, sino la recuperación del valor de la vida, porque solo a través de ella es posible discernir la grandeza y el poder de Dios, un poder del cual el hombre puede participar y hacerse instrumento, y esto sucede totalmente en el misterio pascual, al que hace referencia el texto de (Ap 12). El empleo del cristiano en el mundo es esencialmente empleo por la vida, para que ella triunfe. En el interior de este programa de vida se sitúa la Madre del Señor, tierra tumbil y virgen, que indica al hombre, en Cristo, la luz para salir de caminos sin retorno y la fuerza para no ceder a los atractivos y a las modas de una publicidad y una violencia tan impudentes como desvairadas. Paralela a Cristo, Alfa y Omega de la creación, y moldeada por el Espíritu, María se presenta como tierra virgen de los orígenes, donde la vida abunda serenamente (cf. Gn 1,24) y, al mismo tiempo, representa la realidad final que testifica concretamente el triunfo de la vida sobre la muerte y sobre las múltiples manifestaciones de mal que hacen guerra a la vida y al hombre (cf. Ap 12,17).
Belleza y sabiduría de María, parámetros para tomarlas
En un discurso de 1992, Juan Pablo II observaba que, en Cristo tomado perfecto, «
El proyecto antropológico de Dios alcanzó su perfección absoluta. En la raíz de Cristo, su concepción en el seno de María y su nacimiento a la vida definitiva, libre de la tumba, hay un «elemento virginal» de gran alcance en referencia a su ser, a su ejemplaridad para todos sus discípulos. Por ello, todo aquel o mujer que contemplan a María como «espejo colocado ante la creación que anhela el respeto a su integridad» no pueden permanecer indiferentes al llamado a la paz que asciende de la tierra a través de las voces de la naturaleza. Significativas a este respecto son las palabras con las que SdM concluye el tratamiento sobre las relaciones entre María y el cosmos: «María de Nazaret no sufrió corrupción. La degradación y la contaminación le fueron ajenas». Tota pulchra es María. Esta frase no se limita a un simple, aunque sugestivo, título litánico, sino que manifiesta la profundidad de una condición real. Si, como observa Juan Damasceno en su Homilía de la Transfiguración del Señor, el hombre es por constitución un microcosmos, hasta el punto de contener en sí el vínculo de toda esencia visible e invisible, la presencia de María, signo de una humanidad perfecta, invita a pensar en términos de los orígenes, donde la bondad de las criaturas que Dios crea, por la fuerza de su armonía, se une a la belleza, y esto porque toda la creación está orientada hacia un télos que la realiza y que es Dios mismo. Continuando en su discurso, J. Damasceno observa que agradó al Señor, Creador y Gobernador del universo, que en el Hijo único consubstancial a Él se realizara la unidad de la divinidad y la humanidad, y por medio de esta, de toda la creación, para que Dios fuera todo en todos. Por ello, es posible seguir por este camino y llevar adelante sus instancias al elaborar una estética teológica que no se limite a hablar de la belleza, sino que permita que hable al hombre contemporáneo.
Belleza de María y belleza de la creación
Es necesario señalar que si esta unidad de la creación con la divinidad se realizó por medio de la persona del Hijo eterno y consubstancial, ello implica que la belleza de la creación no es reducible a modas o gustos efímeros, sino que es, antes, la lengua mediante la cual Dios no solo habla en la creación, sino que la toma en sí. Al hablar esta lengua, el hombre puede contener y reencontrar aquella verdad, bondad, unidad y belleza que lleva en sí, habiendo sido formado a la imagen y semejanza de Dios, y que, en su conjunto, le realizan tanto como fiel como como criatura, ya sea hombre o mujer. Esto lo resonó la PAMI en su documento, retomando y profundizando lo que Pablo VI, ya en la década de 1970, subrayaba precisamente en relación a la belleza a través de la imagen de la Mujer apocalíptica. Si, como observa aún el documento La Madre del Señor, el camino de la belleza pasó de «instrumento pastoral» a la categoría de «instrumento de investigación teológica», la reflexión mariológica no constituyó obstáculo ni prejuicio, sino que la favoreció grandemente. «La Tota pulchra, observa el documento, está en estrecho contacto con Dios, la propia fuente de la belleza, de la cual recibe copiosamente, siendo plenamente moldeada por ella. La difunde, después de Cristo, sobre el cosmos y la remite, transfigurada en himno de alabanza y acción de gracias, a la Fuente de donde procede». Todo esto se encuentra en…
Homilía sobre la Dormición de G. Palamas, cuando el gran monje y obispo de Tesalónica coloca a la Virgen en una posición intermedia entre los mundos, toma y divina: «Ella es únicamente la frontera entre la naturaleza creada y la incriada, y nadie podría llegar a Dios si no fuera iluminado por su esplendor divino. Dios está en medio de ella, no vacilará (Salmo 45,6)». Sin duda, en este texto se puede notar una dimensión eclesial, pero lo que interesa es la posición, prioritaria respecto a la eclesial, que María ocupa como vertex creationis, de modo que María representa ciertamente el «sí» de Dios a la toma, pero un «sí» que Dios no pronuncia externamente, sino que toma y enaltece aquella creación de la que María es la parte más eminente, hasta el punto de sancionar su proceso progresivo de theosis.
El papel de María
Aquí surge una interrogante fundamental que se impone con cierta urgencia: ¿cómo es posible hablar de la Virgen Santa como Serva del Señor, por Él mismo colocada al servicio de la vida y del cosmos? La respuesta la podemos extraer, una vez más, de la Sagrada Escritura y, de modo particular, retomando el episodio de las bodas de Caná (cf. Juan 2,1-12).
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Comencemos diciendo que, en este episodio, tenemos al menos tres elementos de interés: un conjunto de elementos, símbolos y señales interconectados; la actitud de colaboración propia de María; y, en el centro, y más importante, la soberanía de Cristo sobre la creación, soberanía en perspectiva de renovación y cumplimiento. Estos elementos no están separados, sino que viven y encuentran su significado en recíproca conexión. En cuanto al simbolismo subyacente al texto, ha sido destacado muy bien por A. Serra a partir del significado del número 6, el número de las jarras, que «representan las seis épocas del mundo, durante las cuales fue revelada la Torá. Como cada jarra realiza el número 6, es decir, la totalidad, podríamos decir que cada edad de la Ley mosaica avanza hacia la plenitud representada por Cristo». Con su presencia, en palabras y obras, Cristo completa lo que fue revelado antes de Él y lo orienta hacia su persona: al presentarse en la historia, Cristo representa su totalidad última. De aquí deriva también el segundo elemento, la transformación del agua en vino: a la Torá, al Antiguo Testamento, se le sustituye la nueva Ley, la de la nueva Alianza entre Dios y la humanidad, encerrada y cumplida en la persona de Cristo, que es aquel que hace nuevas todas las cosas (cf. Apocalipsis 21,5). A todo este proyecto puesto en acción por el Hijo de Dios, María colabora en silencio, limitándose a observar la falta de vino en aquella fiesta, circunstancia que pondría en peligro su éxito. Se trata de una actitud de suma discreción, además de participación alegre en un evento, como las bodas, que celebra el triunfo de la vida. Y es precisamente este triunfo el que el Hijo de Dios, con su primer milagro, comienza a sellar en el mundo y en la historia. Si con Él entra en el tiempo el valor más profundo y más alto de la vida, María, además de ser la primera en beneficiarse de ello, es, al mismo tiempo, la primera en convertirse en su promotora. «La bienaventuranza de María se debe justamente a su capacidad de dejar entrar en su propia vida el misterio de Dios y hacerlo operativo con su colaboración».
». No entonces, no debe sorprender su solicitud, unida a una profunda discreción, al notar que no queda más vino en la fiesta y, al mismo tiempo, no debe espantar demasiado ni remitir a Cristo para recibir de Él la novedad representada por el hecho de que, con su vino, Él, como Dios, vuelve a ofrecerse como Esposo de toda la humanidad. La transformación del agua en vino contribuye a alegrar el ambiente de un mundo que sabemos herido por toda clase de males y desequilibrios. Pero, a pesar de sus dificultades, el mundo permanece siempre criatura de Dios, necesitado de transformación. En este sentido, es posible realizar una nueva comprensión de esta historia y de la creación, no como entidades puras que pasan o sobre las cuales es posible dominar, sino, antes, como lugares en los que Dios quiere hacer fiesta con nosotros y por nosotros. Y la fiesta por excelencia es la Pascua, evento en el que el mundo y la creación son nuevamente revestidos de la gloria de Dios, de la cual María ya participa, Virgen Anunciada y perpetua portadora de gracia (cf. Lc 1,28) y Virgen Assunta, a la que los cristianos y todas las criaturas pueden mirar como a la criatura «en la que se cumplieron las maravillas de Dios, las maravillas de la gracia» y son invitados a caminar hacia la misma meta.
Fe y testimonio
Ante todo, el tema de la fe: el v. 11 nos recuerda la manifestación de Cristo, a la que se une el hecho de que «los discípulos creyeron en Él». Primer paso para un verdadero servicio es la fe: adherirse a la propuesta de un Dios que, gratuitamente, se hace servidor para liberar a los hombres de todo aquello que le ofende. También nosotros, sostenidos por la fe, nos encontramos, como discípulos de Cristo, en una situación análoga a la de aquellos que presenciaron el milagro de Caná. Al lado de la fe, y derivada de ella, una coherente testificación en dirección a una verdadera promoción de la vida. Es claro que la alabanza y la veneración a Santa María no pueden permanecer separadas e aisladas de una conducta coherente, siempre en conexión con la circularidad lex orandi, lex credendi, lex vivendi, en la que se realiza una sinergia de elementos útiles a un servicio que haga creíble la grandeza de aquel que vino para restaurar las antiguas ruinas (cf. Is 61,1-2 y Lc 4,16-21). Todo esto es vida recuperada con una fuerza mayor que la propia del dragón apocalíptico y, como vida recuperada y valorizada, conduce a la fiesta, que solo es tal si se celebra la armonía y la comunión de los hombres y el cosmos con Dios, que es su Origen, y al celebrarlo, vive constantemente con escuelas coherentes. Los invitados a las bodas no ayunan, ni están de luto o afligidos cuando el esposo está con ellos (cf. Mt 9,15), sino que hacen fiesta, que no es euforia desordenada y ruidosa, sino alegría de reencontrar al que da la vida y la da en abundancia (cf. Jn 10,10). Cuando falta el Autor de la Vida, colocándolo en un rincón bajo la falsa idea de que Él puede limitar el espacio de los hombres, no se tarda en entrar en el mundo del error, de la no claridad y de la incompletitud. Pero, sobre todo, perdiendo el sentido de la vida, se adquieren y abrazan aquellos modelos que fomentan su desprecio y que se alían a acciones que, como ya dijimos, ofenden gravemente a Dios y al cosmos.
Conclusión
«Fugi del mal con torpor; apegaos al bien».
» (Rom 12,9). La invitación apremiante de San Pablo a la comunidad de Roma trasciende el espacio y el tiempo y llega hasta nosotros con su frescura. «Fugi del mal con torpor» es, entonces, solo un aspecto de la vida cristiana. Un mal que no es solo el pecado puntual, pequeño o grande que sea, sino, de manera más aparentemente inocente, el límite, la incompletitud propia de la humanidad. Alejarse de ese límite significa no estancarse en la mediocridad y no aceptar críticamente los esquemas que se presentan como portadores de una realización que, pronto, se revela ilusoria. Superar ese límite significa crecer y hacer crecer. Aquí se inserta la fuerza persuasiva de un discurso sobre María. «Ella es la mujer cuya «cultura» fue a tal punto «la cultivación de un ser humano» que su experiencia coincidió con el «culto» debido solo a Dios». «Apegadose al bien» es la segunda parte del aviso paulino, que se puede reducir a la feliz expresión «cultivación de un ser humano». Nos indica las dos direcciones del servicio de María: al hombre y, a través de él, al mundo. Servicio al hombre, por lo tanto, servicio a la vida, y, aún más, al Autor de la Vida: apego, hecho de comunión, al Bien Supremo de la humanidad, que es la verdadera Fuente de la Vida, signo de una novedad que siempre se presenta en su actualidad. «Apegadose al bien»: no se trata de un bien estático, sino que estamos ante una Persona que nos impulsa a hacer el bien y que hace al hombre protagonista de una acción de bien para sí mismo, para los demás y para el cosmos. Sobre todo y más visiblemente en el episodio de Caná, María, la Nueva Eva, la primera Redimida, puede conducir al hombre a Dios, para que colabore con él en la transformación, en la promoción alegre de la vida. La fiesta de la vida indica el triunfo de la fe. Es posible, entonces, observar que la manera en que María se coloca «delante de nosotros como luz para los problemas de nuestra humanidad es, al mismo tiempo, presencia, ejemplaridad y invitación a colaborar con ella ya, para hacer presente la cultura del amor de Dios, que es vida y Resurrección».Se impone, por tanto, una actitud vital, optimista, pero no superficial: reiniciar desde la positividad y la belleza de la creación para ver, a través de ella, la Belleza Originaria, que tiene un rostro y un nombre: Jesús de Nazaret, en quien todas las promesas de Dios tienen su «sí» (cf. 2Cor 1,20). Un «sí» a la salvación, a la vida y a la cultura que de ella procede. Un «sí» poderoso, en fin, en el interior del cual se modelan todas las actitudes que hablan de promoción y respeto de la vida. Aquí María entra con pleno derecho y, justamente por la convergencia de intenciones, ejemplar para el tomem, asume aquella grandeza que, en su estilo tan personal, Pierre Teiltard de Chardin describe como «gema resplandeciente de la Materia, la Perla del Cosmos y su punto de conexión con el Absoluto personal encarnado, la Bienaventurada Virgen María, Reina y Madre de todas las cosas…». Una visión fascinante y susceptible, si queremos, de ulteriores profundizaciones, pero basta su carga disruptiva para fortalecer la esperanza en una mejora de nuestro mundo, recordando al tomem su singular vocación de colaborador con el Creador y guardián del universo.
Para profundizar el servicio de María a la vida de la Iglesia y de los bautizados, la Exhortación Apostólica Marialis Cultus de Pablo VI presenta a María como modelo del servicio cristiano tímido.
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