Arde en nuestro corazón: 2 Pedro 1 y los discípulos de Emaús en Lucas 24

Ardia o nosso coração: At 2, 1Pe 1 e os discípulos de Emaús em Lc 24

«No corazón de todos los pueblos, Dios ha puesto anhelo de buscarlo; porque él mismo nos dio el espíritu, y nos ha hecho saber sus maravilhas»
1 Pe 1,20

El tercer domingo de Pascua del Año A nos presenta tres textos que giran en torno al reconocimiento del Resucitado. Hechos 2,14.22-33 narra el testimonio de Pedro en el día de Pentecostés, donde proclama que Dios resucitó a Jesús de Nazaret, cumpliendo así la profecía de David sobre el Santo que no vería la descomposición. Primera Carta de Pedro 1,17-21 habla del precioso rescate a través de la sangre de Cristo, el Cordero sin mancha, y de la resurrección que fundamentó la fe y la esperanza de los creyentes. Lucas 24,13-35 relata el encuentro en el camino de Emaús: dos discípulos caminan con Jesús sin reconocerlo, sus ojos se abren al partir el pan, y el Resucitado desaparece. Los tres textos describen un mismo proceso: el Resucitado se revela progresivamente, a través de la Palabra y el pan, a discípulos que aún no lo reconocían.

I. La primera lectura: Hechos 2,14.22-33

En el día de Pentecostés, Pedro, junto con los once apóstoles, se dirige a la multitud. Su discurso es un argumento basado en las Escrituras sobre la resurrección: «Jesús de Nazaret, hombre aprobado por Dios ante vosotros, mediante los milagros, prodigios y signos que Dios hizo por él» (Hechos 2,22). Crucificado según los planes de Dios y por manos de hombres sin ley, Dios resucitólo, «pues era imposible que la muerte lo retuviera» (v.24). Pedro cita el Salmo 16,8-11: David profetizó que su descendiente no vería la descomposición del sepulcro. «Dios resucitó a este Jesús, y nosotros somos testigos de ello» (v.32). El discurso de Pedro en Pentecostés es el modelo de toda predicación cristiana: establece la conexión entre las Escrituras de Israel y el hecho histórico de la resurrección, y funda la fe en el testimonio de los que lo vieron.

II. La segunda lectura: 1 Pedro 1,17-21

«Invocáis al Padre, que sin parcialidad juzga a cada uno según sus obras, comportaos con temor durante el tiempo de vuestro destierro» (1Pe 1,17). La vida cristiana se desarrolla en el destierro: el hogar definitivo aún no ha llegado. Pero la redención ya ha tenido lugar: «Fuisteis rescatados de vuestra forma de vida vana, heredada de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como plata o oro, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin tacha» (1Pe 1,18-19). Cristo fue predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por amor a vosotros (v.20). «Dios le resucitó de entre los muertos y le exaltó a la gloria, para que vuestra fe y vuestra esperanza estén en Dios» (v.21). La resurrección es la base de la esperanza, no como una proyección psicológica, sino como un hecho en el que Dios reveló lo que hará con todos.

III. El Evangelio: Lc 24,13-35

El mismo día de la resurrección, dos discípulos caminaban hacia Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén. Jesús se acercó y caminó con ellos, pero sus ojos estaban impedidos de reconocerlo. Jesús les preguntó sobre lo que estaban discutiendo. Cleopas respondió con sorpresa: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe lo que ha sucedido en estos días?» (Lc 24,18). Les explicaron todo: el poderoso profeta, la condena, la muerte, la esperanza frustrada, la visita de las mujeres al sepulcro y la visión de ángeles. Jesús respondió: «¿No era necesario que el Cristo sufriera estas cosas y así entrara en su gloria?» (vv.25-26). Comenzando por Moisés y todos los profetas, les explicó lo que las Escrituras decían sobre él. Al llegar a Emaús, los invitaron a quedarse. Durante la cena, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Sus ojos se abrieron y lo reconocieron: él desapareció. Dijeron entonces el uno al otro: «¿No ardía en nuestro corazón mientras él nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (v.32). Inmediatamente se levantaron y regresaron a Jerusalén para contar todo.

IV. María y el camino de Emaús

En 2 Salmos 16 se afirma que el Santo no verá corrupción en el sepulcro. María, en su Asunción, participó de esta gracia de manera singular, ya que la Iglesia cree que su cuerpo fue preservado de la corrupción y elevado a la gloria, al igual que el Hijo resucitado. En 1 Pedro, Cristo es presentado como el Cordero sin mancha e imaculado: María es la Madre del Cordero, y ella misma, por la gracia de la Inmaculada Concepción, es la criatura humana que más se acercó a la pureza exigida en Levítico para el sacrificio. El encuentro de Emaús tiene dos etapas: la Palabra explicada en el camino y el pan partido en la mesa. María vivió estas dos etapas de manera eminente: recibió la Palabra de Dios en la Anunciación y «la guardaba en su corazón» (Lucas 2,19), y partió el pan con el Hijo durante treinta años en la mesa de Nazaret, antes de que cualquier apóstol participara en la fracción del pan. Los discípulos de Emaús no reconocieron a Jesús en el camino porque sus ojos estaban oscurecidos. María nunca tuvo los ojos oscurecidos: lo reconoció siempre, desde el «fiat», como el Hijo de Dios y su Hijo. El corazón que ardía en los discípulos de Emaús ardía en María hace treinta y tres años.

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