# Vivir como María significa… la acción del Espíritu Santo en los hombresLa vida de la Iglesia y del cristiano es un camino de amor: de amor santo, de caridad, hacia el encuentro con el Amor supremo: Dios. La tierra es un preludio y preparación para el cielo: pero la ley del cielo es solo el Amor. El cristiano, por tanto, como en un doloroso campo de entrenamiento, se ejerce aquí en la tierra en el amor:> «**Dou-vos un nuevo mandamiento: que os ameis unos a otros. Como yo os he amado, amad también vosotros unos a otros**» (Jo 13,34).Es un amor que despoja el egoísmo, viste al hombre con las **entranas de la misericordia** y la bondad. Esparce paz y alegría. Se inclina sobre las necesidades de los demás, comparte el dolor, cura las heridas, señala el camino. Apoya a los vacilantes, acompaña a los débiles, olvida las injusticias, perdona las ofensas. Un amor que ama siempre, incluso cuando no es amado, y convierte la vida en un don. Un servicio de sus propias energías, un holocausto de su existencia.Este es el amor que Dios esparce con su Espíritu en nuestros corazones, por eso Pablo afirma:> «**y la esperanza no engana, porque el amor de Dios fue derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado**» (Rm 5, 5).Por ello, la Iglesia de la tierra, aún compuesta de pecadores, no deja de pedir al Espíritu con gemidos incessantes y comunicarlo con todos los medios con que Cristo la enriqueció: Palabra, Vida, Sacramentos.Es Él quien unge a los cristianos con el crisma, como atletas en el estadio. Es Él quien transforma el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre. Es Él quien consagra a los obispos y sacerdotes, haciéndolos pastores del rebaño bajo su guía. Es Él quien une indisolublemente el amor de los esposos con su fuego de Amor.En la mano sacerdotal que se levanta para absolver, es nuevamente Él, el Amor de Dios, quien desciende para anular el pecado, curar las fracturas, reabrir al hombre pecador el camino humilde y fecundo de un nuevo florecimiento de la gracia.Por eso Juan nos recuerda:> «**y habiendo dicho esto, sopló sobre ellos y dijo: Recibid el Espíritu Santo. Aquellos a quienes perdonéis los pecados, les son perdonados; y aquellos a quienes los retengáis, les son retenidos**» (Jo 20,22-23).Este gesto y estas palabras de Jesús siempre han sido entendidas en la Iglesia como el poder de perdonar los pecados con la virtud santificadora del Espíritu.Nuestra vida está toda impregnada por este Amor inmanente de Dios: el Espíritu de Jesús. Él reza continuamente en nosotros, incluso sin nosotros, y testifica ante el cielo que somos hijos de Dios.Cirilo de Jerusalén (m. 386) escribe en sus catequesis:> «**una única fuente irriga todo el jardín. Un orvallo único y idéntico se espalha por toda la tierra, que en la lirio se vuelve blanco y rojo en la rosa. En violetas y jacintos toma los colores del púrpura, y así sucesivamente, tiene colores diferentes y variados según los distintos tipos de cosas. El orvallo en la palma es una cosa, y aún otra en la vid, y todo es distinto, pero es el mismo y no se deforma. De manera similar, el Espíritu Santo, siendo uno e igual en sí mismo e indivisible, distribuye la gracia a cada uno a su antojo**» (
Catequesis XVI).El Espíritu que cubrió a María con su sombra surge del fondo del corazón, inspirando acciones, infundiendo coraje, comunicando fuerza, dando heroísmo. Es hecho todo en cada uno, manteniéndose distinto de todos. Como la lluvia que, cayendo del cielo, asume en las plantas y hierbas las propiedades que cada una posee, y se convierte en savia en la palma, belleza en la flor, manto verde en el prado. O como la luz que, fecundando, se esparce del sol y se vuelve, lo que parece incoloro, todas las colores de la creación: así el Espíritu Santo en nosotros. Él es humildad en los humildes, paciencia en los que trabajan y luchan, fuerza en los mártires, luz en los que guían, palabra en la boca, llama en el corazón.## María y los momentos del EspírituEn María todas las luces del Espíritu se reunieron, como en un arcoíris luminoso o íris de luz. **Ícono del Espíritu Santo** como los hermanos cristianos del Oriente gustan de llamarla: aquella que, gracias a la irradiación perfecta de su presencia, revela su esplendor infinito.Teofanes Niceno, en su **Discurso sobre la Madre de Dios** XIII afirma:> «**Así como el Hijo es la imagen natural del Padre… y el Paráclito igualmente la imagen del Hijo, así la Madre del Hijo es la imagen del Paráclito, ciertamente no por naturaleza, sino según la participación y la gracia, para que solo en ella, de modo eminente y muy amplio, resplandezcan y se manifiesten todas las gracias y esplendores del Espíritu**».El Espíritu revela lo que puede y quiere realizar en cada uno y en toda la comunidad humana, reuniéndola en el Cuerpo de Cristo, en la Iglesia del Dios vivo:> **Jerusalén celestial, imagen de la paz; dentro de sus muros brillan en fiesta los amigos del Señor; piedras vivas y preciosas, esculpidas por el Espíritu con la cruz y el martirio en la ciudad de los santos.** (
Hino de las Vésperas Comunes de la Dedicación de una Iglesia)María precede a la Iglesia, aunque es Iglesia, de la cual es Madre elegida y amorosa. El poder del Espíritu que la Iglesia continuamente invoca fue liberado, irrompiendo en toda su plenitud en la vida de María. Su existencia terrena e incluso su presencia celestial están marcadas por él. Aunque no de forma sensible.En efecto, Dios es el silencio laborioso. Normalmente se esconde en el misterioso florecimiento de la creación, en los acontecimientos de la historia, bajo los velos de las cosas infinitas, en el rostro del hombre y aún más en el rostro de su Cristo: **«Filipe, quien me ve, ve al Padre»** (!Jo 14,9). Pero su silencio siempre es fructífero.Hasta la vida de María, precisamente porque estaba inmersa en Dios, estuvo envuelta en silencio. Raras voces humanas o celestiales la rompen. En tres momentos el Espíritu desciende claramente sobre ella, para marcar tres ascensiones, para abrir tres dimensiones de vida: en la **Imaculada Concepción**, en la **Anunciación** y en Pentecostes: para hacerla una nueva criatura, para hacerla Madre y Compañera de Cristo, para consagrarla Madre de la Iglesia y de la humanidad.
Pós-Grado en Mariología
¿Deseas profundizar tu formación en Mariología? Conoce la Pós-Grado en Mariología de Locus Mariologicus, una formación académica que combina rigor teológico, vida espiritual y tradición viva de la Iglesia.
Inscríbete o infórmate más →
Responses