La dimensión «mariana» de la oración litúrgica

En la encrucijada de la comunión entre Dios y el hombre, encontramos a María. Por ello, celebrar en los santos misterios al Dios que descendió del cielo por nosotros y para nuestra salvación plantea la siguiente pregunta: ¿Cristo continúa presente sacramentalmente para nuestra santificación gracias a la concepción de la Virgen?
Aceptando a Dios en su vientre, María lo dio a luz a lo largo de la historia, cooperando en su transfiguración en la historia de la salvación, celebrada en la liturgia. Por tanto, la dimensión mariana del culto es parte integral de la celebración del misterio de Cristo.
Celebrar a María significa celebrar los misterios del Señor. No se trata de dos orientaciones cultuales (una para Dios y otra para María), sino de una misma: porque la Iglesia celebra en primer lugar la obra de Dios en el misterio pascual de Cristo, y en él encuentra a la Madre íntimamente unida al Hijo.
El vínculo indisoluble que une a María con Cristo es, por tanto, el primer y fundamental criterio dentro del cual se expresa la veneración litúrgica hacia la Madre del Salvador. A la luz de los misterios de Cristo profesados en el Credo (encarnado por nosotros hombres y para nuestra salvación, crucificado y resucitado, esperando el último día), la Iglesia cree en María y la celebra.
María en el único culto de la Iglesia significa, por un lado, la contemplación de la economía salvífica operada por el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu, y por otro, la comprensión de la historia humana de María como paradigma para los fieles.
Un segundo momento de inevitable interrogación es su relación con la Iglesia. Desde la perspectiva evangélica, resulta evidente la conexión entre Cristo y María, pero ¿en el horizonte eclesiológico? Madre e hija de la Iglesia, su figura y modelo, María es la primicia y el ícono perfecto de la comunidad de los redimidos. Esta conexión tipológica se aplica tanto a la Iglesia en su conjunto como a cada fiel. Las categorías que, a nivel celebrativo, ilustran la relación entre María y la Iglesia pueden resumirse en comunión y ejemplaridad: en la oración de la Iglesia, la oración de María se revive.
Indispensable para el encuentro entre Dios y el hombre, María siempre ha pertenecido al anuncio del misterio de Cristo y también a su realización litúrgica. De hecho, la veneración a la Madre del Señor impregna la tradición milenaria de la Iglesia: a lo largo del tiempo, las diversas iglesias han expresado alabanza, súplica y amor hacia María con características propias de los distintos ritos.
Sin entrar en detalles, recordemos algunas coordenadas ilustrativas del lugar singular que ocupa en la celebración de los misterios de Cristo.
En los siglos IV-V, la memoria de la Virgen gana relevancia en la liturgia navideña y en el tiempo que la precede y acompaña, desarrollando en varias iglesias la celebración explícita de la Virgen Madre. Serán, por tanto, las fiestas orientales de la Presentación, Anunciación, Asunción, Natividad, las que connotarán el lugar de María en el culto: llegadas a Roma en el siglo VII, se extenderán por toda Europa con la difusión de la liturgia romana.
Pero incluso antes del ciclo navideño y de las fiestas en honor a la Virgen, debemos considerar la dimensión mariana de la propia oración litúrgica: con María y como María, la Iglesia celebra los misterios divinos (escucha la Palabra, concuerda con la fe, se convierte en un solo cuerpo en Cristo). De hecho, por tradición antigua y universal, la memoria orante de la Virgen pertenece a la propia celebración de la Eucaristía, expresión máxima de la Iglesia en oración.
No se debe pensar que su mención en la Oración Eucarística sea de naturaleza devocional: es el signo de que no podemos silenciar a María al recordar la Pascua de Cristo. De ella, históricamente, vino hasta nosotros el cuerpo y la sangre del Señor: por ello, la Iglesia la recuerda, experimentando su comunión e imitando sus actitudes interiores.
En el ejercicio del culto, la Iglesia se refleja en María, la Virgen que escucha, la Virgen en oración, la Virgen Madre, la Virgen oferente.
La sustancia de la piedad litúrgico-mariana puede, por tanto, resumirse en la memoria (louvor, invocación, imitación, comunión) de María en el memorial de los misterios de Cristo, celebrado para la vida de la Iglesia. Debido a la presencia viva de María en los misterios históricos de Cristo, se la reconoce también presente en la realización litúrgica de estos mismos misterios, que la tienen como protagonista y compañera, perpetuamente celebrada por los fieles que viven en, con, para Cristo. Al reapresentar la obra salvadora en los santos signos, la liturgia suscita y nutre la comunión Cristo-Iglesia. Y en ella brilla el lugar de María. De hecho, en el ámbito litúrgico, la piedad mariana no corre el riesgo de una énfasis indebida en detrimento de la centralidad de Cristo, pues no propone una mariología desvinculada del misterio de Dios, un culto mariano desligado del culto cristiano: la relación Iglesia-María se inserta en la relación litúrgica Trinidad-Iglesia.
**Continuemos cuestionando:**
* ¿Cuál es el tipo de presencia de María en la liturgia?
* ¿Cómo difiere su presencia de la de Cristo y de los santos?
Su presencia en la celebración oscila entre la memoria, la mediación materna, la ejemplaridad y la comunión. Difiere de la presencia de Cristo al no ser autónoma sino relativa y dependiente de la presencia del misterio pascual de Cristo realizado en el memorial. En comparación con los Santos, se distingue por el lugar verdaderamente único que ocupa María en la historia de la salvación.
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