En un mundo presionado, María y la paz en la tribulación

Maria junto da Cruz no Calvário: stabat Mater, paz na tribulação com promessa da vitória pascal
En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.
Jo 16,33
«No mundo tendréis tribulación. Pero confiad, yo he vencido al mundo». Esta frase final del discurso de adiós (Jo 13-16) es una síntesis del Evangelio de Juan: la tribulación del mundo es real, pero la victoria de Cristo es definitiva. La mariología encuentra en esta afirmación su fundamento más profundo para la experiencia del sufrimiento: María, que vivió «la tribulación» de modo más radical que cualquier otro ser humano – junto a la Cruz, en la persecución, en el exilio -, supo que la victoria del Hijo era segura, y esta certeza transformó su tribulación en una paz que el mundo no podía dar ni quitar.

I. «Tribulación» y «Victoria»: la tensión joánica

La palabra griega thlipsis – «tribulación», «presión», «aprieto» – tiene en Juan un peso específico: no es el sufrimiento genérico, sino la presión ejercida por «el mundo» sobre los discípulos de Jesús. Es la consecuencia de «no ser del mundo» (Jo 17,16): quien sigue a Jesús vive necesariamente en tensión con la lógica del mundo, y esta tensión se manifiesta como tribulación. No es castigo, es la señal de fidelidad al Evangelio.Contra esta tribulación, Jesús coloca su victoria: «yo he vencido al mundo» (ego nenikêka ton kosmon). El verbo está en perfecto, indica una victoria ya realizada cuyos efectos perduran en el presente. Jesús no dice «venceré al mundo», dice «he vencido», con la autoridad de quien anticipa, desde antes de la Cruz, lo que la Cruz y la Resurrección lograrán definitivamente. Esta confianza en la victoria ya conquistada es la base de la «confianza» que Jesús pide a sus discípulos: «tened confianza» (tharseite), no la confianza basada en las evidencias presentes, sino la que se fundamenta en la victoria ya lograda del Resucitado.La teología de la Cruz y la Resurrección encuentra aquí su formulación más concisa: la tribulación es real, pero la victoria es más real. La tradición cristiana, en particular el monacato y el martirio, vivió esta tensión de manera más intensa que la vida cristiana ordinaria. San Pablo, quien enumeró sus tribulaciones en 2Cor 11,23-28 con una lista impresionante, concluye: «puedo todo en aquel que me fortalece» (Fl 4,13). La «confianza» que Jesús pide en Jo 16,33 es precisamente esta, la de Pablo, la de los mártires, la de María junto a la Cruz.La dimensión social de la tribulación cristiana, la persecución por parte de las autoridades, la discriminación, la marginación, es una realidad que el siglo XXI confirma cada vez más: más de 300 millones de cristianos viven en situaciones de persecución o discriminación graves (datos de Open Doors, 2023). El mensaje de Jo 16,33 es directamente relevante para estos hermanos: su tribulación es real, pero la victoria del Resucitado es más real. «Tened confianza».

II. María y la «Pressuram»: tribulación sin rendición

La vida de María está marcada por momentos de «tribulación» en el sentido joánico: la incomprensión de José (Mt 1,19), el nacimiento en condiciones de pobreza (Lc 2,7), la persecución de Herodes (Mt 2,13-15), el «extravío» de Jesús en el Templo (Lc 2,44-50), las aparentes rechazos durante su ministerio público (Mc 3,21.31-35), y la cruz, la tribulación definitiva. Esta secuencia no es fortuita: expresa concretamente lo que Jo 16,33 anuncia como el destino de los discípulos de Jesús.La singularidad de la «tribulación» de María es que comparte la tribulación del Hijo: no solo sufre «por causa de» Jesús, sino «con» Jesús. La espada que Simeón anunció «atraviesa la alma» de María (Lc 2,35) porque está tan cerca del Hijo que su tribulación es la tribulación del Hijo. Esta co-participación en el sufrimiento de Cristo es lo que la tradición llamó *compassio* – «sufrir con», y es una de las formas más profundas de la participación de María en la obra redentora, siempre subordinada a la única mediación salvadora de Cristo (cf. LG 60-62).La iconografía de la Pietà, María que sostiene al Hijo muerto en sus brazos, capta visualmente esta co-participación. Miguel Ángel, en la Pietà del Vaticano, representó a una María demasiado joven biológicamente para la escena, una elección deliberada que la tradición interpretativa asoció simbólicamente a la pureza y juventud espiritual de la Madre Imaculada, y su participación en la victoria sobre la muerte. La Pietà no es solo una escena de lamento, es una declaración de fe: quien sostiene al Hijo muerto sabe que la tribulación no es la última palabra.El *Stabat Mater* medieval, la secuencia litúrgica del Viernes Santo, expresa la tribulación de María con una intensidad poética sin paralelo. Pero la tradición nunca dejó la contemplación de la María dolorosa sin su contraparte gloriosa: la María de la Pasión (Stabat Mater) es la misma que aparece en los misterios gloriosos del Rosario como Assunta y Reina. La tribulación de María apunta siempre a su gloria. Su gloria no anula su tribulación, la transfigura.III. «Yo he vencido al mundo»: la victoria de Cristo y la esperanza de María«Yo he vencido al mundo», esta afirmación de Jesús, hecha antes de la cruz, tiene en María su testimonio vivo más elocuente. Ella que vivió la tribulación más radical, la muerte del Hijo, y fue la primera en experimentar la alegría de la Resurrección, es la testigo viva de que la victoria de Cristo es real y definitiva. Su Asunción en cuerpo y alma es la extensión de esta victoria al ser humano completo: la carne que sufrió la tribulación es la carne que fue glorificada.La esperanza cristiana, que Pablo define como «la esperanza de lo que no se ve» (Rm 8,24), tiene en María su anclaje más sólido. No porque ella sea una «garantía» en el sentido de una evidencia científica, sino porque es el testimonio de quien pasó por la tribulación más radical y cuya victoria final es la señal de que la victoria de Cristo es efectiva para la humanidad. «Tened confianza, yo he vencido al mundo»: María es la confirmación viva de esta confianza.El título mariano de *Auxilium Christianorum* – Auxilio de los cristianos, tiene una dimensión histórica concreta. En Lepanto (1571), la victoria cristiana se atribuyó a la *intercesión de María*, y dio origen a la fiesta del Rosario. En Viena asediada (1683), la victoria también se atribuyó a la intercesión de María. En Fátima (1917), el mensaje de María se recibió como una orientación para superar la próxima tribulación histórica. En todos estos casos, la invocación de María como «*Auxilium»* expresó la fe en la victoria que Cristo prometió: «*yo he vencido al mundo*», y María intercede para que sus hijos participen de esta victoria en sus tribulaciones concretas.En Kazan, Rusia; Guadalupe, México; y Częstochowa, Polonia, estos lugares marianos son «*puntos de anclaje*» de la esperanza cristiana en situaciones de tribulación nacional e histórica. No son lugares de resignación («*Dios lo quiso así*»), sino de «*confianza activa*»: sabiendo que Cristo venció al mundo, los cristianos que invocan a María no se resignan ante la tribulación, la combaten con la confianza que la victoria del Resucitado sustenta.IV. *«Paz en mí»*: la paz que acompaña a la tribulaciónJo 16,33 comienza: «*Os lo dije para que tengáis paz en mí*». La paz que Jesús promete no es la ausencia de tribulación, sino la paz *«en mí»* (*en emoi*), es decir, la paz que surge de habitar dentro de Cristo, de la relación con Él que ninguna tribulación externa puede destruir. Es la *«paz que excede todo entendimiento»* de la que habla Pablo (Flp 4,7): la paz que coexiste con la tribulación, que no la niega sino que *«la contiene»* dentro de un horizonte más amplio.María es el modelo de esta *«paz en la tribulación»*. Ella que estuvo «*de pie*» junto a la Cruz, de pie, no caída. Presente, no fugida, poseía esta paz *«en Cristo»* que ninguna tribulación podía destruir. Su *«stabat»* no era insensibilidad al sufrimiento, sino el fruto de décadas de vida *«en Cristo»*, de permanencia en el amor del Hijo que la anclaje hacía inquebrantable incluso en el momento del máximo sufrimiento.La espiritualidad de la paz-en-la-tribulación tiene una expresión devocional muy concreta en la devoción al Sagrado Corazón y al Corazón Inmaculado de María. El *«Corazón»* en sentido bíblico es el centro de la persona, el lugar desde donde emanan las decisiones y los afectos fundamentales. El *«Corazón de María»* es el lugar donde la paz-en-la-tribulación tiene su centro: un corazón atravesado por la espada (Lc 2,35) pero que *«permanece»* en el amor del Hijo. Este corazón es la imagen de la paz que Jo 16,33 promete, no la paz de la ausencia de la espada, sino la paz del amor que la espada no puede destruir.—*María, que vivió la tribulación más radical *«de pie»* junto a la Cruz, es el testimonio vivo de que la victoria de Cristo es real: *«yo he vencido al mundo»*, y ella es su confirmación viva en cuerpo y alma glorificados.*

Referencias

  • Juan Pablo II, Redemptoris Mater, nn. 44-47 (1987).
  • Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 39 (1965).
  • San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, estrofas 1-4.
  • Open Doors, Lista Mundial de Vigilancia (2023).
  • H. U. von Balthasar, Cor del Mundo (1979).

Pós-Graduação em Mariologia

¿Deseas profundizar en tu formación en Mariología? Conoce la Pós-Graduação en Mariología de Locus Mariologicus – una formación académica que une rigor teológico, vida espiritual y tradición viva de la Iglesia.

Inscríbete o infórmate más →

Related Articles

Responses