Dios envió a su Hijo, nacido de mujer: Nm 3, Gal 4 y María, madre de Dios, en Lc 2.
Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer.
Gl 4,4
La solemnidad de la Madre de Dios, celebrada el 1 de enero, primer día del año civil, es la fiesta mariana más antigua del calendario litúrgico romano y la culminación teológica de la Navidad. En Números 6,22-27 se encuentra la bendición sacerdotal que el Señor ordenó a Aarón pronunciar sobre Israel. Gálatas 4,4-7 establece el fundamento cristológico de la maternidad divina de María: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley». Lucas 2,16-21 narra el momento posterior al nacimiento: los pastores llegan a Belén, ven al niño en el pesebre, alaban a Dios y «María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Los tres textos convergen en el misterio de Dios que se hace cercano: la bendición que lleva el nombre del Señor, el Hijo engendrado por una mujer, y la Madre que contempla lo que vieron los pastores.
I. La primera lectura: Números 6,22-27El Señor le ordenó a Moisés que Moisés le dijera a Aarón y a sus hijos que bendijeran a Israel con estas palabras: «El Señor te bendiga y te guarde. El Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda gracia. El Señor vuelva su rostro hacia ti y te otorgue paz» (Núm 6,24-26). Y explica: «Ellos pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré» (v.27). La bendición sacerdotal de Números es uno de los textos más antiguos de la Biblia. Su estructura es tripartita: bendición y protección, luz y gracia, presencia y paz. El nombre del Señor puesto sobre Israel es el signo de pertenencia: quien es bendecido pertenece al Señor. La bendición que Aarón pronuncia es el presagio de la bendición que trae el nombre de Jesús, «el Señor salva», al mundo.
II. La segunda lectura: Gálatas 4,4-7Pablo expresa la fe en la Encarnación: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley» (Gál 4,4). La frase señala dos nacimientos: el divino y el humano. Su propósito: rescatar a quienes estaban bajo la ley para recibir la adopción filial (v.5). Y la confirmación pneumatológica: «Dios envió al Espíritu de su Hijo al corazón de nosotros, el cual clama: ¡Abba, Padre!» (v.6). Pablo no menciona a María, pero la expresión «nacido de mujer» es la base dogmática del título «Madre de Dios»: si el Hijo de Dios nació de una mujer, esa mujer es Madre del Hijo de Dios. El Concilio de Éfeso (431) definió que negar el título Theotókos a María es negar la Encarnación.
Los pastores fueron a Belén y encontraron a María, José y al niño en el pesebre (Lc 2,16). Al verlo, transmitieron lo que les había sido dicho, y todos los que lo escucharon se admiraron (vv.17-18). «Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (v.19). Cuando se cumplieron los ocho días, le dieron el nombre de Jesús (v.21). El versículo 19 es uno de los más densos de todo Lucas: mientras los pastores hablan y los oyentes se admiran, María guarda y medita. El verbo «guardar» implica conservación activa. El verbo «meditar» implica que ella confronta lo que ve con lo que sabe, las palabras del ángel, las profecías, las Escrituras. María es la primera teóloga de la fe en el Hijo encarnado.
El título «Madre de Dios», Theotókos en griego, Dei Genitrix en latín, es el título más radical y denso que la tradición cristiana ha otorgado a María. Radical porque va a la raíz: no dice solo que María es santa o ejemplar, sino que el Hijo que ella generó es Dios. Denso porque contiene toda la cristología: si Jesús es Dios y María es su Madre, entonces María es Madre de Dios. Efeso (431) definió este título no para exaltarla a María, sino para proteger la fe en Cristo. Gálatas 4 afirma que el Hijo de Dios fue «nacido de mujer»: esa mujer no generó solo una naturaleza, generó una Persona divina. Números 6 pide que el nombre del Señor sea puesto sobre Israel: el nombre que María puso al Hijo, Jesús, es el nombre que salva. Lucas 2,19 nos muestra a María guardando y meditando: modelo del fiel que no solo celebra el misterio, sino que lo deja crecer dentro de sí. La Iglesia coloca bajo la maternidad de María todo el tiempo del año que comienza.
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