Vimos su estrella en el oriente: Is 60, Ef 3, y los magos ante María y el niño.
Vimos la estrella en el oriente y venimos a adorarle.
Mt 2,2
La solemnidad de la Epifanía del Señor une tres textos alrededor de la revelación de Cristo a las naciones. Is 60,1-6 invita a Sión a levantarse y brillar porque su luz ha llegado, y describe a las naciones que acuden a ella llevando oro e incienso. Ef 3,2-3a.5-6 proclama que el misterio de Cristo, oculto en las generaciones anteriores, fue ahora revelado: los gentiles son coherederos y participantes de la misma promesa en Cristo Jesús. Mt 2,1-12 narra la venida de los Magos del Oriente: siguieron una estrella, consultaron a Herodes, encontraron al niño con María su madre, se postraron y le ofrecieron oro, incienso y mirra. Los tres textos describen la misma dinámica: la luz que atrae, el misterio que se revela, la adoración que reconoce.
I. Primera lectura: Is 60,1-6
Isaías invita a Sión a despertar: «Levántate, resplandece, porque tu luz ha llegado y la gloria del Señor se ha levantado sobre ti» (Is 60,1). Mientras las tinieblas cubren la tierra y la oscuridad a los pueblos, sobre Sión brilla el Señor y su gloria aparece (v.2). «Las naciones caminarán hacia tu luz y los reyes hacia la brillantez de tu amanecer» (v.3). Los hijos vendrán de lejos, y Sión los verá llegar (v.4). La caravana de camellos cubrirá la tierra, y los de Madián y Efá vendrán, los de Sabá también, llevando oro e incienso, proclamando las alabanzas del Señor (vv.5-6). El oro y el incienso de Isaías son los dones que los Magos de Mateo traen al niño. La profecía se convierte en narrativa: lo que Isaías describe como futuro, Mateo lo narra como presente. La Epifanía marca el inicio del cumplimiento de esta visión: las naciones comienzan a llegar a la luz del Señor.
II. Segunda lectura: Ef 3,2-3a.5-6
Pablo revela el secreto de su ministerio: la gracia que le fue dada para anunciar a los gentiles las riquezas insondables de Cristo (Ef 3,2-3a). Este misterio no se había revelado a los hijos de los hombres en generaciones anteriores, sino que ahora ha sido manifestado por el Espíritu a los santos apóstoles y profetas (v.5). Y el contenido del misterio: «Los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y participantes de la misma promesa en Cristo Jesús, por medio del Evangelio» (v.6). La revelación de la Epifanía tiene esta dimensión paulina: no se trata solo de sabios extranjeros que visitan a un niño judío. Se trata de la ruptura definitiva de la frontera entre Israel y las naciones: el Hijo de Dios no es solo el Mesías de Israel, es el Señor de todo el universo. Los Magos son el símbolo de esta universalidad: los primeros gentiles en adorar a Cristo.
III. Evangelio: Mt 2,1-12
Cuando Jesús nació en Belén de Judea, durante el reinado de Herodes, algunos magos llegaron a Jerusalén desde el Oriente (Mt 2,1). Preguntan: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Vimos su estrella al oriente y hemos venido a adorarlo» (v.2). Herodes se perturba y convoca a los sumos sacerdotes y escribas: ¿dónde debe nacer el Cristo? En Belén de Judea (v.5), cumpliendo Mi 5,1. Herodes llama a los magos en secreto, les ordena que vayan a Belén y les pide que le informen dónde está el niño para él también ir a adorarlo (vv.7-8). Los magos siguen la estrella, que se detiene sobre el lugar donde está el niño (v.9). «Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su madre, y se postraron para adorarlo. Luego, abriendo sus tesoros, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra» (v.11). Avisados en un sueño para no regresar a Herodes, regresan a su país por otro camino (v.12). La escena tiene una estructura litúrgica: la estrella como convocatoria, la postración como adoración, los regalos como ofrenda. Los magos hacen lo que la liturgia siempre ha hecho: reconocer, adorar y ofrecer.
IV. María y la Epifanía de las naciones
Mateo describe el encuentro con una precisión que la tradición no ha ignorado: los magos vieron «al niño con María, su madre» (Mt 2,11). María está presente en el momento en que las primeras naciones gentias adoran a Cristo. No es objeto de adoración, sino que presenta el objeto de adoración. Es la mediadora de la Epifanía en el sentido más literal: está en medio, entre los adoradores y lo adorado. Is 60 describe a las naciones que acuden a Sión trayendo oro e incienso: María es la Sión viva, el lugar donde reside la luz del Señor y hacia donde se dirigen las naciones. La tradición la invoca como «Madre de todos los pueblos»: no solo Madre de Israel, sino de todos los que reconocen al Hijo. Ef 3 revela que los gentios son coherederos: los magos son los primeros coherederos, y es ante María que reciben esta herencia. La Epifanía inaugura la dimensión universal de la maternidad de María: ella que en Nazaret dijo sí a Dios se convierte, en el momento en que los magos se postran, en la Madre de toda la humanidad que busca la luz.
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