La llamada de Abraham y la transfiguración: Génesis 12, 2 Timoteo 1 y Mateo 17
Aquí está mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias; escuchen a él.
Mt 17,5
El segundo domingo de Cuaresma del Año A articula tres textos en torno a la llamada y la gloria. Génesis 12,1-4a narra la llamada de Abraham: deja tu tierra, tu parentela y la casa de tu padre, y ve a la tierra que yo te mostraré. 2 Timoteo 1,8b-10 presenta a Pablo exortando a Timoteo a participar en el sufrimiento por el Evangelio, fundado en la gracia que Dios nos dio en Cristo antes de todos los siglos. Mateo 17,1-9 relata la Transfiguración: Jesús lleva tres discípulos a una montaña, se transfigura ante ellos y una voz del cielo proclama: «Este es mi Hijo amado, escúchenlo». Los tres textos describen el mismo dinamismo: la llamada exige partir sin ver el destino, el sufrimiento está iluminado por la gloria que viene, y la gloria se revela antes de la Pasión para que los discípulos puedan soportar el camino.
I. La primera lectura: Génesis 12,1-4a
El Señor le dijo a Abraham: «Sáltate de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, y ve a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré y haré grande tu nombre» (Génesis 12,1-2). La llamada de Dios tiene la estructura de una ruptura: dejar lo conocido para adentrarse en lo desconocido. La promesa es real pero el destino no es visible de antemano. Abraham partió como el Señor le ordenó (v.4): no hay vacilación relatada, ni negociación. La fe de Abraham, que Pablo celebrará en Romanos 4 y Hebreos 11, es precisamente esta partida sin garantías visibles. Dios prometió bendición no solo para Abraham sino a través de él: «En ti serán bendecidas todas las familias de la tierra» (v.3). La vocación de Abraham no es individualista: tiene un alcance estructuralmente universal. Él parte por todos. Cuaresma invita a cada discípulo a esta misma partida: dejar lo seguro y familiar para seguir la voz de Dios hacia donde ella los lleve.
II. La segunda lectura: 2 Timoteo 1,8b-10
Pablo pide a Timoteo que participe en el sufrimiento por el Evangelio, «sosteniéndose en la fuerza de Dios, que nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su propio propósito y gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de todos los siglos» (2 Timoteo 1,8b-9). La gracia precede todo: antes de las obras, antes del tiempo, antes del sufrimiento. La vocación no es un mérito sino un don. Y el fundamento para soportar el sufrimiento es la victoria de Cristo: «Cristo Jesús venció a la muerte y hizo resplandecer la vida y la incorrupción por medio del Evangelio» (v.10). La muerte fue vencida. La incorrupción brilla. El sufrimiento presente está iluminado por esta luz. Cuaresma de Pablo no es masoquismo, sino realismo: el sufrimiento existe, pero la muerte fue derrotada, y la gracia precede cualquier mérito.
III. El evangelio: Mateo 17,1-9
Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan y los llevó a una montaña alta, a solas. Se transfiguró ante ellos: «su rostro brillaba como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz» (Mt 17,2). Aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro quiso construir tres tiendas. Mientras hablaba, una nube luminosa los envolvió y una voz dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis alegrías; escúchenlo» (v.5). Los discípulos cayeron de cara al suelo llenos de temor. Jesús los tocó: «Levántense, no tengan miedo» (v.7). Al descender de la montaña, Jesús les ordenó que no contaran a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. La Transfiguración tiene una lógica cuaresmal precisa: ocurre antes de la Pasión para que los discípulos recuerden la gloria en medio de la pérdida.
IV. María y la gloria anticipada
Génesis 12 muestra a Abraham partiendo sin saber su destino: «Irás a la tierra que yo te mostraré». María siguió el mismo camino: el «sí» de Lucas 1,38 fue una partida hacia lo desconocido, una aceptación de una vocación cuyo alcance ella no podía medir aún. Como Abraham, María dejó la seguridad de las expectativas humanas para entrar en la voluntad de Dios. 2 Timoteo 1 afirma que la gracia fue dada antes de todos los siglos: la gracia singular de María, su Inmaculada Concepción, no es fruto de su mérito sino del diseño eterno de Dios, quien la preparó desde antes del tiempo para ser madre del Hijo. Mateo 17 muestra la gloria del Hijo transfigurado, anticipación de la Resurrección. En la Asunción, María es la primera criatura en participar plenamente de esa gloria: lo que los discípulos vieron por un momento en el Tabor, María lo vive eternamente en presencia del Hijo resucitado. La Cuaresma guía al discípulo: la partida de Abraham, el sufrimiento de Pablo, la nube del Tabor antes de la Cruz, todo apunta hacia la gloria que María ya alcanzó y que el Hijo prometió a quienes le siguen.
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