**Cita bíblica:** «Quem beber da água que eu lhe der, nunca mais terá sede; a água que eu darei é uma fonte que jorra para a vida eterna.» (Jo 4,14)## El tercer domingo de Cuaresma del Año A reúne tres textos en torno al tema del agua y la sed.– **Primera lectura (Ex 17,3-7):** Israel en el desierto padece por falta de agua. El pueblo murmura contra Moisés: «Por qué nos hiciste salir de Egipto para hacernos morir de sed, a nosotros, a nuestros hijos y a nuestras ovejas?» (Ex 17,3). El murmullo es la crisis de confianza: el bien vivido de la liberación se olvida ante la carencia presente. Moisés clama al Señor, quien le ordena golpear la roca con su cayado. «Moisés lo hizo así, a la vista de los ancianos de Israel» (v.6): brotó agua de la roca. El lugar fue llamado Massá y Meribá, tentación y disputa, «porque los hijos de Israel intentaron al Señor diciendo: ¿Está el Señor en medio de nosotros o no?» (v.7). La cuestión del desierto es siempre esta: la ausencia sensible de Dios lleva a concluir su abandono. La Cuaresma enseña a distinguir entre ausencia y silencio, entre sequía y abandono. El agua brota de la roca que parecía estéril.– **Segunda lectura (Rom 5,1-2.5-8):** «Estamos justificados por la fe, en paz con Dios por nuestro Señor Jesús Cristo» (Rom 5,1-2). La paz no es fruto del esfuerzo humano sino de la justificación recibida. Pablo añade que nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios, y que esta esperanza no defrauda: «el amor de Dios fue derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (v.5). La prueba de la realidad de este amor no es un sentimiento sino un hecho: «Cristo murió por los pecadores en el tiempo determinado. Dificilmente alguien moriría por un justo. Pero Dios demuestra su amor por nosotros: cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros» (vv.6-8). El amor de Dios no esperó que fuéramos buenos para revelarse; se anticipó a nuestra conversión. Esta es la lógica del tercer domingo de Cuaresma: no merecemos el agua de la roca ni la gracia de la justificación. Son dones que preceden al mérito.– **Evangelio (Jo 4,5-42):** Jesús se encuentra con una mujer samaritana junto al pozo de Jacob. La sed física se convierte en símbolo de la sed más profunda que solo el agua viva de Cristo puede saciar.Jesús, cansado del viaje, se sienta junto al pozo de Jacob en Sicar. Una mujer samaritana viene a sacar agua. Jesús le pide que beba. Ella se extraña: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides que beba yo, que soy una mujer samaritana?» (Jn 4,9). Jesús responde que si ella supiera quién le está pidiendo, le pediría a él, y él le daría «agua viva» (v.10). La mujer pregunta por el pozo profundo y el cántaro. Jesús aclara: «El que beba de esta agua volverá a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le dé nunca más tendrá sed» (vv.13-14). La mujer pide esa agua. Jesús revela que conoce su vida: cinco maridos y el actual no es su marido. La mujer reconoce que él es profeta y luego aborda la cuestión del culto. Jesús anuncia la hora en que los verdaderos adoradores adorarán en espíritu y verdad (v.23). La mujer confiesa que sabe que vendrá el Mesías. Jesús dice: «Soy yo, el que habla contigo» (v.26). La mujer dejó el cántaro, fue a la ciudad y llamó a otros. Los samaritanos vinieron, escucharon a Jesús, y confesaron: «Este es verdaderamente el Salvador del mundo» (v.42). El encuentro en el pozo es una iniciación progresiva a la fe: de la extrañeza al reconocimiento, de la agua física a la agua viva, de la mujer a su pueblo.IV. María y la fuente de la agua vivaEx 17 muestra a Israel murmurando en el desierto por falta de agua. María recorrió sus propios desiertos, la huida a Egipto, la pérdida del hijo adolescente en el Templo, los tres años de itinerancia del ministerio de Jesús, la Pasión y la Cruz, sin un murmullo registrado en los Evangelios. El silencio de María no es una resignación pasiva: es la confianza de que la roca dará agua, que el Señor está en medio de su pueblo incluso cuando no se ve. La mujer samaritana dejó el cántaro junto al pozo cuando encontró a Jesús: abandonó el instrumento de su sed habitual porque había encontrado algo mayor. María, en su «fiat» de la Anunciación, también dejó su cántaro: las expectativas de una vida normal, el proyecto humano de una familia sencilla, para recibir en su seno al propio Verbo, la fuente de la agua viva. Rom 5 dice que el amor de Dios fue derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. María es el lugar donde este derramamiento ocurrió de manera singular: el Espíritu la cubrió con su sombra (Lc 1,35) y en ella brotó la fuente que saciaría al mundo. La Cuaresma invita al discípulo a ir al pozo como la samaritana: con la sed de quien aún usa el cántaro viejo, para encontrar allí lo que sacia para siempre.
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