Dios ve el corazón: 1 Samuel 16, Efesios 5 y el ciego de nacimiento en Juan 9.
**Texto traducido:**
> El hombre ve lo que parece, pero el Señor mira al corazón. (1Sm 16,7)
El cuarto domingo de Cuaresma del Año A, el domingo Laetare en medio de la Cuaresma, entrelaza tres textos alrededor del tema de la visión y la luz. 1Sm 16,1b.6-7.10-13a narra la unción de David: Samuel es enviado a Belén, pasa por los hijos mayores de Jesse, y es el más pequeño, el que cuidaba las ovejas, quien es elegido por Dios. Ef 5,8-14 insta a pasar de las tinieblas a la luz: «Antes éramos oscuridad, pero ahora somos luz en el Señor; caminad como hijos de la luz». Jn 9,1-41 presenta al ciego de nacimiento que recibe progresivamente la vista, física y espiritual, mientras que los fariseos, que creen ver, se vuelven cada vez más ciegos. Los tres textos describen la misma paradoja: quien parece ver es ciego, quien parece ciego comienza a ver, y Dios elige a quienes los hombres rechazan.
**I. Primera lectura: 1Sm 16,1b.6-7.10-13a**
Samuel fue enviado por el Señor a Belén para ungir a uno de los hijos de Jesse. Cuando Samuel vio a Eliab, pensó: «Ciertamente este es el ungido del Señor» (v.6). Pero el Señor le dijo: «No mires su apariencia ni su altura, porque yo lo he rechazado. No es como el hombre ve; el hombre ve lo que tiene delante, pero el Señor mira al corazón» (v.7). Pasaron siete hijos ante Samuel y ninguno fue elegido. Samuel preguntó a Jesse si había más. Había el más joven, que cuidaba las ovejas. Lo llamaron. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo: «Levántate y úngelo; él es el elegido» (v.12). Samuel ungió a David, y el Espíritu del Señor se apoderó de él desde ese día (v.13a). El criterio divino invierte el humano: no la altura, ni la primogenitura, ni la apariencia imponente, sino el corazón. La Cuaresma invita a dejar que Dios mire al corazón en vez de presentar solo la apariencia.
**II. Segunda lectura: Ef 5,8-14**
«Antes éramos oscuridad, pero ahora somos luz en el Señor; caminad como hijos de la luz» (Ef 5,8). Pablo no dice que estuvieran en las tinieblas, dice que eran tinieblas. La transformación es ontológica, no solo circunstancial. El fruto de la luz es «toda bondad, justicia y verdad» (v.9). Pablo exhorta a no participar en las obras de la oscuridad infrutíferas, sino a exponerlas a la luz. «Todo lo que se expone a la luz se hace luz» (v.13). Cita lo que parece ser un antiguo himno bautismal: «Despierta, tú que duermes; levántate de los muertos, y Cristo te iluminará» (v.14). La liturgia del IV Domingo de Cuaresma es por excelencia la liturgia de la luz que se acerca: la Pascua está cerca, el bautismo de la Vigilia pascual está a punto de celebrarse, la noche pronto terminará.
Jesús pasa junto a un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos preguntan: «¿Quién pecó, él o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús responde: «Ni él pecó, ni sus padres: es para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Jn 9,3). Jesús hace lodo con saliva, unge los ojos del ciego y le manda lavarse en la piscina de Siloé, que significa «Enviado» (v.7). El ciego fue, se lavó y recuperó la vista. Los vecinos y conocidos se dividen. Los fariseos investigan. El hombre comienza a ver más allá de los ojos: «Es un profeta» (v.17). Los fariseos lo presionan a él y a sus padres. El hombre resiste: «Sé una cosa: era ciego y ahora veo» (v.25). Es expulsado de la sinagoga. Jesús va a su encuentro y le pregunta si cree en el Hijo del Hombre. El hombre se postra y adora (v.38). Jesús dice: «He venido al mundo para que los que no ven, vean, y los que ven, se conviertan en ciegos» (v.39). Los fariseos, que juzgan ver, se vuelven cada vez más ciegos. El ciego, que no tenía nada que reclamar, se convierte en el que adora.
**IV. María y la visión del corazón**
1Sm 16 dice que Dios ve el corazón, no la apariencia. María no fue elegida por su estatus, por su posición social en Nazaret, ni por su visibilidad en Israel en aquel tiempo. Fue elegida por su corazón: por su disposición interior de total disponibilidad para la voluntad de Dios. El mismo criterio que rechazó a Eliab y eligió a David, rechazó a los poderosos de Israel y eligió a la joven de Nazaret. Ef 5 habla de tinas que se convierten en luz: María nunca fue tinas en el sentido paulino, pero su luz tiene la misma fuente, el Espíritu de Cristo que la cubrió con su sombra. Y Jn 9 presenta al ciego que fue a la piscina de Siloé, el Enviado, y recuperó la vista. María fue quien llevó al Enviado al mundo: en la Visitación, cuando llegó a la casa de Isabel, su voz hizo saltar de alegría al pequeño Juan en el seno de su madre (Lc 1,41). María llegó antes de Siloé: llevó la fuente de la visión antes de que la fuente llegara a todos. Donde el ciego de Jn 9 adora progresivamente, María adora desde el principio, con el corazón que Dios supo ver antes de toda apariencia.
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