La misión de María: maternidad divina y universal

La misión de María: maternidad divina y universal
La elección y vocación divinas tienen por contenido la maternidad de María, madre de aquella persona singular que es Jesús. Esta maternidad representa el sentido de su misión histórico-salvífica y el punto de llegada de su elección y vocación. Esta maternidad va más allá de la persona individual de María y le atribuye un papel comunitario. De hecho, su vocación hace de aquella joven tanto la que personifica la esperanza judía como la que introduce, en la sucesión de Cristo, la nueva vida de la Iglesia.
Según el relato de la Anunciación, se puede observar que contiene dos revelaciones distintas que siguen las palabras angélicas del júbilo mesiánico. La primera es el texto de Lc 1,30-33 que recuerda la realización de la esperanza de Israel: el concebirás (v. 31), propio de la vida femenina, está aquí ligado a las esperanzas de Israel (v. 32-33) para que su vida de mujer se resuma en torno a acontecimientos mesiánicos que se realizan en diálogo entre su libertad y aquel Dios ante quien encontró gracia (v. 30).
La segunda revelación se refiere a la pasaje de Lc 1,35-38. Introducida por una pregunta de María, que busca mostrar cómo Dios es mayor que cualquier hombre. Aquí el papel femenino de concebir se trasciende para dar paso al Espíritu, el verdadero actor de este evento. María es así llamada a superar el mesianismo humano propio de la creación para abrirse al Espíritu (v. 35) y esto implica una inversión de la lógica humana habitual (v. 36-37). La esperanza siempre pasa por un involucramiento humano, pero su resultado ya no es una simple medida humana.
Esta acción creativa del Espíritu se realiza en el nacimiento de Jesús (Lc 2,1-7) y se revela a los pastores y a los sabios en la perturbación de Jerusalén. En la historia de María, esta obra trascendental del Espíritu encuentra espacio tanto en estos acontecimientos sorprendentes como en la recepción de la Palabra para meditarla (Lc 2,19.51), asimilarla y anunciarla en toda su profundidad (Lc 1,51-53).
La misión que María es llamada a cumplir pasa así por la Palabra que penetra los corazones (Lc 2,35. Act 2,37) y por el Espíritu, por la Ruah y el Dabar, las dos manos de Dios. El Espíritu ilumina e introduce a la verdad de la Palabra a aquellos que aún no son capaces de soportar su peso (Jo 16,12. 14,17). Del Espíritu proviene la percepción de la novedad de la Palabra que solo el amor divino puede generar (Jo 14,26. 15,26. 16,13-14). Guiada por el Espíritu, María medita en la Palabra hasta encontrar en ella el espacio humano para su comprensión y testimonio. María aparece para nosotros como la forma, es decir, como el modelo, el tipo de la Iglesia. Ella es, dentro de la Iglesia, la forma por la cual la Iglesia se completa como Esposa para darse al Esposo.
Aún más claramente, cuando decimos que la Iglesia es mariana, queremos decir que María está interiorizada en la Iglesia a quien comunica su espíritu.
Esta lectura mariana de la Iglesia requiere algunos aclaraciones. No se trata de una simple transposición de la noción de persona de María a la Iglesia, sino de un replanteamiento del vínculo de María con la Palabra y con el Espíritu y la forma en que la Iglesia se estructura en ellos. Siguiendo a Pablo, se puede decir que el vínculo de Cristo con la Iglesia reside en el hecho de que esta es su cuerpo en el sentido de que es una participación y extensión de su vida. Esta perspectiva teológica encontrará su expresión más incisiva en la Iglesia como encarnación continua.
Cristo es quien sostiene y anima a la Iglesia porque participa de su Espíritu. Es necesario tener en cuenta tanto el hecho de que Cristo es la cabeza de aquella Iglesia que es su cuerpo, como el hecho de que los miembros de la Iglesia son personas en sí mismos y, como tales, no pueden ser disueltos en una personalidad comunitaria. Entonces, es necesario ir más allá de la simple personalidad corporativa, de naturaleza jurídica, y comprender el Espíritu como una fuerza de comunión que, en virtud de su ancestralidad trinitaria, coloca a los fieles en profunda comunión con Cristo y con su vida, al mismo tiempo que respeta su singularidad y distinción. Como fuerza de comunión, el Espíritu media en las personas y así las hace participantes de su comunión con las personas divinas del Padre y del Hijo, y miembros de la comunión eclesial.
En este contexto, la lectura mariana de la Iglesia parece verdaderamente profunda. Por un lado, María se modela según aquel don de sí propio del Hijo, mientras que, por otro, se modela según aquella comunión unificadora de muchos que es el Espíritu. De este modo, el don de sí del Hijo alcanza la plenitud del reino en la economía de la salvación solo cuando la Iglesia emana de sí misma participando de su Espíritu. En María, la Iglesia, que el Espíritu construirá más tarde en la historia, está presente de forma originante y real, por lo que podemos definir a María como la subjetividad normativa de la Iglesia en su respuesta como Esposa a Cristo.
La relación de María con Cristo pasa por el Espíritu, porque en la encarnación María no cooperó inmediatamente con su Hijo, en aquel inicio de la obra de la salvación, sino que lo hizo solo a través de la mediación del Espíritu Santo. La función propia del Espíritu Santo en la economía de la salvación puede describirse como una colaboración en la obra redentora del Hijo. La cooperación de María es, ante todo, una participación en la colaboración que el Espíritu Santo presta a la obra redentora del Hijo. Siguiendo la herencia pneumatológica patrística, podemos afirmar que la personalidad de María es pneumatoforma.
Cristo y el Espíritu parecen ser activos en María y son necesarios para la vida de la Iglesia. Cristo confiere unidad a los diversos miembros como partes de un todo, mientras que el Espíritu confiere a este todo las características propias de cada vida personal: memoria y conciencia. De este modo, la personalidad de la Iglesia comienza con Cristo, vive por el Espíritu y encuentra su ícono en María: en ella el Espíritu desempeña una función única y singular que la lleva a hacer de su relación global con la Palabra, a través del Espíritu, el modelo de vida de cada cristiano.Para profundizar la reflexión sobre la misión de María y su maternidad universal, consulte la encíclica Redemptoris Mater de Juan Pablo II, dedicada enteramente a la misión materna de María en la economía de la salvación.
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