Breve mariología, según San Buenaventura de Bagnoregio

Mariologia breve, segundo São Boaventura de bagnoregio

Introducción

El siglo XIII es el siglo dorado de la escolástica. Conviene resaltar que, con él, en la historia de la Iglesia y del mundo, comienza un momento particular para la sistematización teológica. En el primer proyecto orgánico de este saber, se encuentra también la Mariología, cada vez más situada en el contexto de la Cristología y, por ello, íntimamente ligada a ella. Posteriormente, se iniciará la composición de tratados autónomos de Mariología y de Eclesiología. No obstante, la persona de María y la de la Iglesia permanecerán, de modo completo y durante mucho tiempo, extrañas la una a la otra (cfr. M. Semeraro, *María y la Iglesia: cambios del tema en la época medieval*, en E. M. Toniolo (ed.), *La Madre del Señor en la Edad Media y el Renacimiento*, Centro de Cultura Mariana *Madre de la Iglesia*, Roma 1998, p. 175). En esta época, la Mariología fue ampliamente tratada, entre otros, en el pensamiento de San Buenaventura de Bagnoregio (San Buenaventura (1218, Bagnoregio, Viterbo – 15 de julio de 1274, Lyon, Francia), místico y pensador medieval, doctor en el Estudio de París, dio forma de síntesis sapencial a la teología escolástica en las huellas de Agustín. La expresión más madura de este humanismo teológico está en el *Itinerario de la mente hacia Dios*. Discípulo de San Francisco, guió con superior sabiduría a su Orden (1257-1273), siendo llamado «segundo fundador y padre». Obispo y cardenal de Albano, participó en el II Concilio de Lyon y trabajó por la unidad de la Iglesia, en *Missale Romanum*, Ciudad del Vaticano 1983, p. 359). En el presente estudio, consideramos los argumentos más importantes presentes en la Mariología de San Buenaventura, que se resumen en los siguientes temas: la maternidad de María, la grandeza de María, su belleza espiritual, María como colaboradora en la redención y modelo a imitar.

São Boaventura de Bagnoregio e a mariologia: a grandeza e beleza espiritual de Maria

Grandeza de María

Boaventura se muestra cautivado por la sublime grandeza de María, que ninguna lengua del mundo podría expresar. Es una grandeza que la sitúa por encima de todas las criaturas y la hace digna de ser honrada por los hombres, los ángeles y los santos. Él habla de ella con admiración, utilizando metáforas sugestivas: María es la tierra germinante, la raíz fértil, la fuente que brota, la luna llena, la estrella del mar, la aurora que despierta y el sol resplandeciente (cfr. B. Commodi, *Canto francescano a María*, San Paolo, Cinisello Balsamo 2011, pp. 75-92). Esta última metáfora suele atribuirse a Jesucristo, «sol de justicia», pero, al estar la Madre íntimamente unida al Hijo, también puede referirse a ella, y así María es la mujer excelsa que se eleva sobre el mundo como el sol y posee las más hermosas propiedades del sol: «luminosidad al amanecer, velocidad en su curso, sublimidad, es decir, preeminencia incomparable respecto a las otras criaturas, y eficacia de su acción» (*De Nativitate Beatae Mariae Virginis*, en *Opera Omnia*, Quaracchi, vol. IX, q. IX, p. 708. cfr. también la explicación en el mismo lugar). Boaventura centra su atención en la grandeza de la Virgen al colocarla en relación con las tres Personas de la Santísima Trinidad, de las cuales recibe todo don: «Toda la Trinidad, María, te conoció como esposa del amor casto, como morada de la santa morada, como taller de obra admirable. Con términos distintos decimos: el Padre la conoció como morada de su majestad […], el Hijo reconoció en ella el principio de su humanidad, y el Espíritu Santo, el sacrario de su bondad, en el que reunió plenamente y sin medida los carismas de las gracias» (*De Assumptione Beatae Mariae Virginis*, en *Opera Omnia*, Quaracchi, vol. IX, q. IX, p. 694).

Madre de Dios

Es evidente que toda esa benevolencia y acción de María en beneficio del pueblo de Dios encuentran raíces en su maternidad total con respecto a Jesús. Se trata de un vínculo con Dios y con los hombres, como se evidencia en un pasaje del IV Sermón sobre la Anunciación: «El Creador de todas las cosas descansa en el tabernáculo del seno virginal, porque aquí preparó su cámara nupcial, para poder así convertirse en nuestro hermano. Aquí dispuso un trono real para poder convertirse en nuestro príncipe. Aquí vistió los paramentos sacerdotales para poder convertirse en nuestro pontífice. Debido a la unión nupcial, ella es la Madre de Dios. Debido al trono real, ella es la Reina del Cielo. Debido a los paramentos sacerdotales, ella es la abogada de la humanidad» (De la Anunciación de la Beata Virgen María, en Opera Omnia, Quaracchi, vol. IX, q. IX, p. 672a). San Boaventura explica el significado de la Encarnación para la propia Madre de Dios a través de la combinación de tres tipos de méritos: congruente, digno y condigno. La cuestión se presenta en el Commentarius in III Librum Sententiarum, donde, en primer lugar, el autor subraya que María mereció concebir al Verbo por mérito congruente, relativo al conjunto de sus virtudes: «Debido a su gran pureza, humildad y benignidad, ella era apta para convertirse en la Madre de Dios» (In III Librum Sententiarum, dist. IV, art. 2, q. 2, conclusio, p. 107b). Después del anuncio del ángel y el consentimiento, la Virgen de Nazaret mereció convertirse en la Madre de Dios también debido a su dignidad, que permanece siempre un don y una gracia recibidos de la riqueza propia del Espíritu Santo.

La Inmaculada Concepción

A pesar de esta apertura que deja entrever la posibilidad de la concepción inmaculada, Boaventura, fiel a sus principios metodológicos, a la Escritura, a la razón y a la tradición, vuelve a negar el hecho: para María no hay exención del pecado original, sino santificación después de haberlo contraído (In III Librum Sententiarum, ibidem, p. 15). Esta posición es, a los ojos del autor, la mejor, porque es la más común, la más racional, la más segura y la más acorde con la piedad: «Es más común, digo, porque casi todos son de parecer que María haya recibido el pecado original, lo que se demuestra por el hecho de que María estuvo sujeta a muchas penas, y no se puede decir que las sufriera por la redención ajena (…), sino que las contrajo. También es más racional porque la naturaleza siempre precede a la gracia, tanto por antelación temporal como por antelación lógica de orden. Como dice Agustín, es necesario nacer antes de renacer, así como también es necesario estar antes de ser. Por lo tanto, el alma tuvo que unirse al cuerpo antes de recibir la gracia. Ahora bien, como aquella carne estaba infectada, transmitió a la alma la infección de la culpa original. Por lo tanto, se debe concluir lógicamente que la alma de María fue primero infectada por la culpa original y luego santificada. Es más segura porque está de acuerdo con la piedad y la enseñanza de los santos. Los santos, en general, cuando hablan de este asunto, solo excluyen a Jesús Cristo de la universalidad de la culpa, pues se dice: Todos pecaron en Adán. De aquellos de los que hablamos, no encontramos a ninguno que haya dicho que María fuera inmune de la culpa. Es más acorde con la piedad y la fe porque, aunque se deba tener gran reverencia por la Madre y tener por ella una devoción singular, se debe hacer mucho más con el Hijo, del cual deriva a la Madre toda honra y gloria».A continuación, Boaventura habla de una doble santificación de María: la primera antes del nacimiento y la segunda en el momento de la concepción del Hijo. La posición prudencial y, al mismo tiempo, posibilista de Boaventura contribuye al profundización de la cuestión, que será retomada por Juan Duns Escoto. Sin embargo, el culto y la fiesta ya estaban difundidos, por lo que el Doctor subraya que la concepción inmaculada tenía como objetivo celebrar la santificación de la Madre del Señor, no esa piadosa sentencia que, a su parecer, no realzaba adecuadamente la redención operada por Cristo.

La Asunción de María

En comparación con la cuestión de la Inmaculada, la teología de la Asunción elaborada por San Boaventura es más comprensible y también más compartible para nuestra mentalidad. Además, el maestro franciscano no teme enfrentar al menos dos temas arduos: la muerte de María y su entrada en el Cielo en alma y cuerpo. Estos aspectos generaron no pocas discusiones en los siglos anteriores al santo y que resurgirán nuevamente, sobre todo la primera, en la época inmediatamente posterior a la promulgación del dogma en 1950. La Asunción mantiene la fuerte valencia cristológica típica de nuestro Doctor, razón por la cual es aceptada, justificada y motivada.Por la santidad única de María, es decir, por la obra santificadora del Espíritu Santo, como se lee en la expresión de que la Madre del Señor es «llena de gracia», Boaventura escribe: «La bienaventurada Virgen eligió para sí la parte absolutamente mejor, porque se convirtió en reina de misericordia, mientras que el Hijo es constituido rey de justicia. Ahora, la misericordia es mejor que la justicia, porque la misericordia siempre prevalece en el juicio y la misericordia del Señor se extiende sobre todas sus criaturas. En séptimo lugar, se distinguió aún más que el Hijo, pues si este se sienta a la derecha del Padre, es decir, fue hecho partícipe de los mejores bienes del Padre, ella se sentó como Reina a la derecha del Hijo, y la Glossa dice que fue hecha partícipe de los mejores bienes del Hijo. Pero entre las mejores cosas, esto representa lo supremo: María, por tanto, eligió para sí la parte absolutamente mejor. Y esto es evidente, pues no le faltó ningún bien». (De la Asunción de la Bienaventurada Virgen María, en Opera Omnia, Quaracchi, vol. IX, q. IX, p. 703b).Boaventura, en sus profundas reflexiones, pone de manifiesto no solo la grandeza de María, sino también su belleza incomparable: «María es la Virgen más bella que el Señor preparó para su Hijo» (In Vigilia Nativitatis Domini, en Opera Omnia, Quaracchi, vol. IX, p. 98). Se trata de una belleza espiritual que coincide con la santidad y la virtud, y llena a Boaventura de asombro: «Es tan suave contemplar con los ojos del cuerpo el sol que resplandece en el horizonte, cuanto más suave y alegre es contemplar el esplendor de la gloriosísima Virgen María» (De Nativitate Beatae Mariae Virginis, en Opera Omnia, Quaracchi, vol. IX, p. 709).Colaboradora en la Redención

La bondad de Dios, que creó el mundo según un designio de amor frustrado infelizmente por el pecado del hombre, alcanza su máxima expresión en la encarnación, muerte y resurrección del Hijo, enviado por el Padre para redimir al mundo y establecer una nueva y definitiva alianza. En este plan de redención, el papel de la Virgen María es fundamental, ya que acoge el proyecto divino, haciéndolo totalmente suyo, y se convierte así en una valiosa colaboradora del Hijo Redentor (cfr. L. Di Girolamo, *María entre la teología monástica y la escolástica*, p. 18). Al aceptar la palabra del arcángel Gabriel y entregándose dócilmente a la acción del Espíritu Santo, concibe al Salvador esperado desde hace siglos y, como nueva mujer en contraste con la antigua Eva, inicia la obra redentora: «Por eso, al igual que la mujer engañada por el diablo transmitió a todos la culpa, la enfermedad y la muerte, así la mujer instruida por el ángel y santificada y fecundada por el Espíritu Santo, sin ninguna corrupción, tanto en la mente como en el cuerpo, generó a la descendencia que daría a todos los que vinieran a ella la gracia, la salud y la vida» (*Breviloquium*, IV, 3, en *Corpus Novi Operum*, V/2, p. 169). María participa de la misión redentora del Hijo no solo con su adhesión inicial, sino también con todos los demás «sí», conscientes y libres, pronunciados a lo largo de su existencia.

La maternidad de María

Gracias a su maternidad divina, María no es solo Madre de Jesús Cristo, Hijo de Dios, sino también madre de los hombres y mujeres de todos los tiempos. En la única generación del Hijo, todos son hijos de la Virgen, es decir, sus hijos en el Hijo: «En su santo útero, el Hijo de Dios introdujo la naturaleza humana para poder disponerla consigo y hacer que el Creador se convirtiera en nuestro hermano y la bienaventurada Virgen en madre de todos los santos. Por la Virgen Madre, Dios se convirtió en nuestro Padre y el Hijo de Dios, en nuestro hermano» (*De Annuntiatione Beatae Mariae Virginis*, en *Opera Omnia*, Quaracchi, vol. IX, p. 672). Al aceptar ser Madre del Salvador, María se convierte en madre universal por la unión ontológica existente entre la Cabeza y los miembros: al dar a luz a la Cabeza, dio a luz al cuerpo. Al generar a Jesús Cristo, el Primogénito, generó a todos sus hijos. Se trata de una maternidad espiritual, pero real: «Ella generó al Hijo en la carne y nos generó espiritualmente. Es madre a la manera de Eva: como esta nos generó para el mundo, así Nuestra Señora nos generó para el cielo» (*De Assumptione Beatae Mariae Virginis*, en *Opera Omnia*, Quaracchi, vol. IX, p. 706).

Modelo a imitar

Considerando el amor que esta amabilísima Madre nutre por sus hijos, Boaventura, vibrando de auténtico y profundo amor por María, invita cálidamente a todos los hombres y mujeres a elevar a ella todo alabanza, con la única advertencia de «no creer nada acerca de ella que sea contra la verdad de la Sagrada Escritura y de la fe cristiana» (In III Librum Sententiarum, dist. 3, pars 1, art. 1, q. 1, p. 64). A invocarla todos los días, a toda hora y con toda confianza para «encontrar gracia, misericordia y auxilio en el momento oportuno» en ella, que es «madre de suma misericordia» (Commentarius in Evangelium secundum Lucam, 1, 70 y 81, en Corpus Novi Operum, IX/1, pp. 109 y 117). A amarla de todo corazón y venerarla de modo especial, como hicieron los santos: «Nunca leí sobre un solo santo que no tuviera una devoción especial a la Virgen gloriosa» (De Purificatione Beatae Mariae Virginis, en Opera Omnia, Quaracchi, vol. IX, p. 642). Y entonces, como dice Boaventura, sigámosla, imitemosla, hagamos nuestras sus actitudes: escucha de la Palabra, profunda humildad, intensa piedad, pronta obediencia, plena benevolencia, belleza interior, fortaleza, perseverancia. Haciendo así, seremos bienaventurados, porque, amando e imitando a María, «somos más iluminados en las verdades del intelecto y enriquecidos de santa fama y de todo bien» (De Assumptione Beatae Mariae Virginis, en Opera Omnia, Quaracchi, vol. IX, p. 698). Y llegaremos, llenos de alegría, a la cúspide de nuestro itinerario espiritual porque, para siempre, «Dios habitará en nosotros y con nosotros, y nosotros con Él» (In Nativitate Domini, en Opera Omnia, Quaracchi, vol. IX, p. 125).

Conclusión

La mariología de San Boaventura de Bagnoregio, insertada en el vigor teológico del siglo XIII, revela una profunda cristología y, al mismo tiempo, una densidad espiritual que une contemplación y doctrina. Al presentar a María como excelsa sobre todas las criaturas, el Doctor Seráfico no la exalta por un principio autónomo, sino porque en ella resplandece, con singular plenitud, la obra de la Santísima Trinidad. Así, su grandeza, su belleza espiritual y su maternidad aparecen como dones recibidos, realidades que manifiestan la iniciativa divina y la perfecta correspondencia de la Virgen a la gracia.

Desde esta perspectiva, María surge como una valiosa colaboradora en la redención, no para sustituir la única mediación de Cristo, sino para acoger, con libertad y fidelidad, la voluntad del Padre y permanecer unida al Hijo a lo largo de toda su existencia. El itinerario mariano presentado por San Boaventura, con su énfasis en la santidad, la virtud y la docilidad al Espíritu Santo, demuestra que la presencia de María en el misterio cristiano no se limita a un tema devocional, sino que forma parte de la misma inteligencia de la fe. Incluso cuando adopta posiciones prudentes en cuestiones debatidas, su método, arraigado en la Escritura, la razón y la tradición, revela una teología que busca seguridad doctrinal sin perder la apertura al profundizado.

Por ello, María, según la lectura boaventuriana, permanece para la Iglesia no solo como objeto de alabanza, sino como un camino pedagógico para la vida cristiana. En ella se contemplan las características del discípulo perfecto, y por eso, el fiel es invitado a imitarla: escuchar la Palabra, vivir la humildad, perseverar en la obediencia y cultivar la belleza interior que es la santidad. De esta manera, la Mariología breve aquí presentada converge en su fin propio: conducir a la unión con Dios. Siguiendo y amando a María, el fiel se dirige con mayor firmeza hacia el Hijo, y alcanza, con alegría, el término del camino espiritual, cuando «Dios habitará en nosotros y con nosotros, y nosotros con Él» (In Nativitate Domini, en Opera Omnia, Quaracchi, vol. IX, p. 125).

Para una síntesis magisterial contemporánea sobre la devoción a María, la Exhortación Apostólica Marialis Cultus de Pablo VI complementa la visión espiritual de San Boaventura sobre la grandeza de María.

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