María y la Encarnación del Verbo

Maria e a Encarnação do Verbo
Introducción

¿Cuál es el valor del mundo en comparación con la vida?
Y cuál es el valor de la vida, si no para entregarse?
¿Por qué nos atormentamos, si es tan sencillo obedecer?

La sabia observación, de sabor evangélico, presentada en la famosa obra ‘El Anuncio a María’, del poeta y dramaturgo francés Paul Claudel (1868-1955), capta el punto crucial de la incomparable narración lucana sobre el mensaje entregado a la Virgen de Nazaret en Lucas 1,26-38. Deseamos meditar sobre el texto evangélico que revela el misterio del llamado de María y que tiene el poder de preparar también nuestra vida para las imprevisibles circunstancias de Dios.

La dimensión formal del texto

La narración del anuncio de la concepción de María es exclusiva del Evangelio de Lucas. En la narrativa de los orígenes terrestres de Jesús, este relato se posiciona como el segundo panel, sucediendo al anuncio a Zacarías en Lucas 1,5-25. Si consideramos lo declarado en el prólogo (Lc 1,1-4), donde se mencionan las fuentes del texto, debemos inferir que, entre las testigos oculares desde el principio, el narrador se refiere a María. Detrás de este pasaje, es legítimo suponer que está su testimonio. Sin embargo, el testimonio de María, conforme Lucas 2,19 y 2,51, no es otra cosa que el resultado de guardar las cosas en el corazón. Por lo tanto, en el texto no encontramos los detalles de una crónica, sino el fruto de la reflexión que María llevó a cabo a lo largo de su vida, a la luz de los eventos del Hijo. El texto se presenta, así, profundamente entrelazado por el testimonio «mariano», de naturaleza contemplativa.

Además, el perícopo refleja el género literario de las anuncios de nacimientos prodigiosos, como los de Ismael (Gen 16,11-12), Isaac (Gen 18,1-15), Sansón (Juz 13,1-25), Samuel (1Sm 1,9-18), o el Mesías (2Sm 7,14. Is 7,14-17) y el Bautista (Lc 1,5-25). Sin embargo, el relato bíblico que mejor se aproxima al nuestro es el de la vocación de Gedeón en Juz 6,11-24. El episodio comienza con la saludo del mensajero, que se dirige al llamado con un título honorífico. Gedeón no comprende la saludo y cuestiona su contenido. El ángel, entonces, comunica un primer mensaje que consiste en la atribución de una tarea: salvar a Israel de Midián. Gedeón, sin embargo, es consciente de su propia debilidad y hace una pregunta: ¿Cómo salvaré a Israel? El ángel responde con un segundo mensaje en el que Dios garantiza su presencia. Gedeón, finalmente, pide y obtiene una señal y expresa su consentimiento construyendo un altar.Ahora, el mismo esquema es utilizado, con algunas divergencias, en Lc 1,26-38 y permite al autor narrar la vocación de María como el llamado a una gran empresa de liberación, decisiva para la salvación. Entre las características propias del pasaje de Lucas, destaca primero el nombre del ángel: Gabriel. Se trata de un mensajero presentado en Dan 8,16-19; 9,20-23 para comunicar la intervención salvífica de Dios. Él llama a Daniel «hombre de deseos«, es decir, deseado, predilecto, especialmente elegido. La presencia de Gabriel revela al profeta el fin de los tiempos y confiere también al relato lucano una nuance escatológica.Un segundo aspecto del texto está marcado por el esquema de la alianza. Como en el Antiguo Testamento, también para María la propuesta de Dios es comunicada a través de un mediador que se dirige a un interlocutor. Este acoge la propuesta y promete obedecer. Así ocurrió en Sinaí, donde el pueblo respondió a la lectura mosaica de la ley: «Todo lo que el Señor ordenó, lo haremos y seremos obedientes» (Ex 24,7).

Además, el foco de interés en el relato lucano es cristológico: se busca explicar quién es el niño por nacer. Por lo tanto, es de suma importancia tanto la respuesta del sujeto involucrado como la fe para la recepción del mensaje. María es llamada a colaborar en una empresa grandiosa: la instauración de un reino eterno. Se la presenta como modelo del discípulo, que cree y acoge la llamada de Dios. Finalmente, la Anunciación a María es también una teofanía, que ocurre sobre y en María, así como en los tiempos de Moisés sucedía sobre y dentro de la tienda de la alianza. La prioridad se atribuye a la Palabra, es el evento primordial. Su energía es portadora de vida, conforme afirmado en Gen 1 o Is 55,10-11: «Así será la palabra que sale de mi boca: no volverá vacía, sin haber realizado lo que deseo y sin haber tenido éxito en la tarea por la que la envié».

A partir de la primacía de la Palabra divina en este pasaje, el lector puede captar los pilares de la narrativa que permiten enfocar en los puntos fundamentales. De hecho, si es la Palabra divina la que preside el relato, entra en el texto primero con la saludo de Gabriel en el versículo 28: «Alegría, llena de gracia: el Señor está contigo». Esta es una expresión de saludo utilizada por los antiguos griegos y presente también en Mc 15,18; Act 15,23; 23,26. Aunque «alegría» transmite mejor el sentido, pues más que un saludo, se trata de un anuncio de alegría, como el anunciado a los pastores en Lc 2,10.

En el mismo versículo 28, la saludo se refuerza con la expresión «llena de gracia«, que sería mejor traducida como «llena del favor de Dios, de su bendición«. El término tiene un significado difícil de expresarse con una sola palabra. Podríamos traducirlo como «tú que has estado y eres perpetuamente en estado de gracia«. En el lenguaje cortés, es la benevolencia manifestada por el rey hacia un siervo. Sin embargo, el favor real, a veces, se convierte en sinónimo de amor (cf. Ester 2,17; 5,8; 7,3; 8,5). María es saludada como aquella que goza del favor del Rey, la amada, la elegida de manera única y duradera. Como Abraham en Gen 17,5: «Ya no te llamarás Abraham, sino Abraham, porque te haré padre de muchas naciones» (cf. también Gen 32,38), así María recibe un nombre completamente nuevo que la coloca definitivamente en el desígnio de Dios.

De ahí surge el sentido conclusivo de la saludo: «El Señor está contigo«. Es una promesa de asistencia por parte de Dios. Se encuentra en los relatos de vocación como en Gén 26,3-24; Ex 3,12; Js 1,5; Jz 6,12; Jer 1,8-19, y es una promesa hecha cuando Dios confía una misión importante. Indica la razón de la alegría mesiánica: María se convierte en el signo de la presencia salvífica de Dios entre su Pueblo. Dios está con Ella, que será la Madre de «Dios contigo«.

El aspecto sorprendente de esta saludo se destaca al compararlo con los relatos del Antiguo Testamento mencionados. En las «vocaciones» de la historia bíblica, tal saludo es una garantía ofrecida tras la objeción del llamado. Moisés, Jeremías, Gedeón expresan sus dificultades. Por ello, Dios afirma: «Yo estoy/seré contigo«. Sin embargo, para María, esto se dice antes de cualquier posible objeción. No es una garantía para un alma asustada, sino la afirmación gratuita de la presencia desbordante de Dios sobre esta criatura. Es la proclamación de un hecho anterior a cualquier respuesta y descriptivo de una situación establecida, siempre activa, no merecida. Este tipo de saludo, nunca oído en la literatura bíblica, indica la entrada de un nuevo modo divino en la historia, que comienza en la mirada llena de amor y bendición dirigida a esta joven de Galilea. Con esta saludo, María entra en la historia sagrada con una nota de absoluta distinción y singularidad: estamos ante un unicum.

Esta singularidad también surge por el hecho de que a todos los llamados, Dios les pide la disponibilidad de ««, que equivale a un acto de fe del interpelado. Solo después, Dios especifica el tipo de misión. Primero pide un acto de fe que debe ocurrir de manera ilimitada en relación a toda la verdad de Dios, ya sea que el llamado la comprenda o no, ya sea que le sea agradable o desagradable. Tras la objeción del llamado, Dios responde con la promesa de asistencia. La única excepción a esta estrategia divina es María, a quien se le presenta un «darás a luz«, mostrándole anticipadamente su función precisa en el plan de la salvación, antes de que ella exprese su consentimiento. Esta excepción es una prueba de que Dios, a diferencia de todos los pecadores que siempre quieren imponer condiciones, puede contar con un «» dado a priori a todo lo imaginable e inimaginable. Aquí estamos en el corazón de la pura predilección divina, que hace a María llena de todo favor.

La razón de esta elección, sin embargo, no reside en María, sino en Dios. Él es el primero mencionado en el versículo 26: envía a Gabriel. A Él se debe atribuir el movimiento inicial de la gracia que llena a María. Si quisiéramos indagar las razones de este acto previo de gracia, encontraríamos una respuesta en Is 43,4: «Porque eres precioso a mis ojos, eres digno de estima y te amo…»

Por lo tanto, la elección de Dios abarca toda la vida de María, la predilección inesperada de Dios sobre ella es el horizonte total de su vida. Si el Precursor es toda voz, María es toda llamada, toda deseada, toda llena de favor. De esta manera, a partir de lo que Dios realiza en María, se revela que la vocación es la palabra que debemos amar más, pues es la señal de cuánto una criatura es importante a los ojos de Dios. Es el índice de agrado ante Él, de nuestra frágil vida. Porque si Él nos llama, significa que nos ama.

Somos importantes para Él. En una multitud inumerable de personas, resuena un nombre: el mío. Nadie había pensado en mí. Él sí. Esccribió «Te amo» en la roca, no en la arena, y no se avergüenza de mí. Por eso, Dante en la Vita nova (42,4) llama a Dios «sire de la cortesía«. Dios es Señor de toda bondad delicada.

Después de la saludo, surge la turbación.
A diferencia de Zacarías, la turbación de María en el versículo 29 no es provocada por la visión en sí, sino por las grandiosas palabras escuchadas, consideradas desproporcionadas para la destinataria. Es la turbación del espíritu que es humilde y consciente de su propia bajez (Lc 1,48). Por lo tanto, no se trata del miedo ante la visión, pues ante ella se afirma que María «se estaba preguntando» (v. 29). María no discute el mensaje ni, como Zacarías, pide una señal, sino que pasa a considerar su situación. Está inmersa en la historia, pero no olvida buscarle sentido. Percibe que algo nuevo está sucediendo en su persona y quiere entenderlo.
¿Quién la ayudará en esto?
Es la luz de la Escritura, que en Jo 1,19-28 proporcionó a Juan el Bautista los elementos para definir su propia identidad, la que ofrece a María la luz para esclarecer el proyecto de Dios sobre ella. El lector aprende así a comprender que cada connotación de historia personal revela su sentido pleno a la luz del escrutinio de la Palabra sagrada. María entiende que lo que le está sucediendo es comprensible gracias a la meditación de las Escrituras.Es en este nivel que la pregunta de María asume los contornos de un drama. María se encuentra en la delicada situación de la virgen comprometida, según el costume judío, que aún vive en su casa, pero en perspectiva de matrimonio. Conoce las Escrituras, comparadas con las palabras de Gabriel, se siente expuesta a una de las situaciones humanas más difíciles, sancionada en Dt 22,23-27 con la muerte. La pregunta de María no surge de duda o inadecuación. Proviene del claro presentimiento de que aquel mensaje la está lanzando a una situación dramática.No estamos alejados de la permanencia de Jesús en Gethsemaní, donde el mismo Lucas presenta a Jesús consolado por un ángel (Lc 22,39-46). La Madre, antes, y el Hijo, después, sienten en plenitud el peso de las responsabilidades exigidas y se sienten abrumados: *María pregunta, el Hijo sangra*. Si no se tiene en cuenta este contexto a la luz de las Escrituras y de la agonia de Jesús, no se puede entender la extraordinaria grandeza de esta Hija de Sión, que arriesga la muerte pero consiente en Dios.Profundice sus estudios: explore Mariología, Teología mariana, apariciones marianas y la Pós-Graduação en Mariología.Sobre el papel de María en la Encarnación de la Palabra de Dios, consulte la Encíclica Redemptoris Mater del Papa Juan Pablo II.

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