El rosario y los obispos de Roma

Con motivo de su peregrinación con motivo del 150º aniversario de las apariciones en el célebre santuario de Lourdes, entre los días 14 y 15 de septiembre de 2008, el Papa Benedicto XVI recordó con fuerza cómo el santuario francés (y lo mismo se aplica a las otras innumerables «casas de María», que son los santuarios dedicados a ella) es, por su propia vocación, lugar de encuentro intenso y verdadero con la oración ante Dios y, al mismo tiempo, de concreta fraternidad/hermandad humana en compañía de la Madre de Jesús. De hecho: «La vocación primaria del santuario de Lourdes [y de todos los santuarios marianos] es ser lugar de encuentro con Dios en la oración y lugar de servicio a los hermanos, especialmente en la acogida de los enfermos, de los pobres y de todas las personas que sufren. En ese lugar, María nos aparece como la madre siempre disponible a las necesidades de sus hijos. A través de la luz que emana de su rostro, es la misericordia de Dios la que transparece. Dejémonos tocar por su mirada: nos dice que todos somos amados por Dios, jamás abandonados por Él! María nos recuerda que la oración, intensa y humilde, confiada y perseverante, debe ocupar un lugar central en nuestra vida cristiana. La oración es indispensable para recibir la fuerza de Cristo. ‘Quien reza no desperdicia su tiempo, incluso si la situación tiene todas las características de una emergencia y parece requerir solo acción’ (Dios es amor 36). Dejarse absorber por las actividades corre el riesgo de hacer que la oración pierda su especificidad cristiana y su verdadera eficacia.
Si, por un lado, la oración es una experiencia teofánica, por otro lado, también es una antropofania, es decir, una manifestación del hombre. En la oración-comunión, el ser humano experimenta el esplendor, la belleza y la bondad de Dios. Y el Tres Vezes Santo, en su impensable y ejemplar humildad y en su complacencia que lo caracteriza, hace experiencia del ser humano, llenándolo de su amor y proporcionándole una experiencia transfiguradora, al modo de las teofanías del Antiguo Testamento, pero sobre todo de la cristofania del Tabor (cf. Lc 9,28-36), donde el apóstol Pedro, extasiado y confuso por tanta santa y divina belleza, exclamó: «Es bueno estar aquí!» (Lc 9,33 [cf. Lc 9,28-36]. Cf. Mc 9,2-13. Mt 17,1-9).
El mundo de hoy sufre por la fea y brutal violencia infligida a la humanidad y a la creación. Es necesario recuperar y estabilizar la ecología del corazón y la mente para buscar la belleza perdida, que siempre puede ser perseguida: una ecología integral que el Hijo Bello y Santo de Dios es capaz de irradiar, señalar y restaurar en el ser humano y en el mundo, y de la cual la Tota Pulchra (Toda Bella) es un ícono saludable y espléndido. No es casual que, en la misma línea de la experiencia transfiguradora del Tabor, cada aparición/mariofania verdadera y providencial, pues es hecha tal por el diseño de Dios, sea al mismo tiempo una experiencia altamente estética: se encuentra allí una realidad incontaminada, una Persona Belísima que amablemente nos invita a vivir una vida bella y buena. Por ello, en nuestro camino teológico hacia el Tres Vezes Santo, a través de la diaconia de la Tota Pulchra, ya sea en la oración, la contemplación o la experiencia mística y teológica del Misterio, somos llevados a hacer, aunque con las debidas diferencias, la experiencia de los Apóstoles en el Tabor, con María, la madre de Jesús (Hech 1,14).La belleza trascendente y valiosa del Hijo de Dios invita al discípulo/discípula a «subir» y dejarse transformar en la aura de la santidad divina para ser completamente transformado en una criatura con «nuevo espíritu y nuevo corazón». A este respecto, la teóloga japonesa Luca M. Ritsuko Oka escribe: «La transformación del corazón, es decir, de toda la persona corporal-espiritual, de María se completó en la plena participación del cuerpo glorificado de Cristo. María ‘vive con Jesús completamente transfigurada’ y ‘en su cuerpo glorificado, junto con Cristo resucitado, la creación alcanzó toda la plenitud de su belleza’ (Francisco, Laudato si’, 241)».Sobre los frutos teológicos que derivan de la oración/contemplación del Rosario, es paradigmático el discurso de piedad popular al término de la recitación del Rosario en la Plaza de San Pedro el 31 de mayo de 2013, donde, describiendo la actitud de la Madre de Jesús como el evangelista Lucas nos narró en el episodio de la visita a Isabel, el Pontífice la resume en tres palabras: escucha, decisión, acción. Un trío que, de resto, constituye el propio objetivo de la oración del Rosario: contemplar con María el misterio de Jesús para aprender a escuchar, decidirse y actuar por el Reino de Dios.Un trío que, al año siguiente, el 31 de mayo de 2014, el mismo pontífice resumiría en el título mariano de «Nuestra Señora de la Prontitud». Para el Papa Francisco, el Rosario es, por tanto, una oración que educa a «estar listos»: listos para escuchar la Palabra de vida. Listos para la decisión o para la opción fundamental por el Dios de Cristo. Listos para la acción y el servicio del Evangelii gaudium.
A ejemplo de la Virgen de Nazaret, mujer ejemplar de fe, mujer amada por Dios, quien aprendió de Dios la misericordia como escucha, como decisión, como su acción en la presente de la Iglesia y del mundo. Por último, algo no secundario afirma el Papa Francisco: «Hay una realidad: María siempre nos lleva a Jesús. Ella es una mujer de fe, una verdadera fiel«.
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