Como las apariciones no pertenecen a los estudios teológico-interdisciplinares

Perspectiva diacrónica: escalada del fenómeno
En la actualidad, los estudiosos comienzan a interesarse nuevamente por las apariciones debido a su presencia masiva. Un cierto interés por ellas fue manifestado por la teología medieval y moderna, para luego ser prácticamente ignoradas por los estudiosos contemporáneos hasta 1937.
Posición de los teólogos escolásticosPara ellos, la cuestión fundamental fue qué tipo de fe se requería ante posibles apariciones. Para los tomistas, las apariciones son una forma de profecía y deben situarse en el ámbito de la ética, porque no establecen una nueva doctrina, sino que buscan orientar el comportamiento humano. Por ello, Melchior Cano afirma que no constituyen un lugar teológico.La máxima desvalorización de las apariciones es sostenida por Lutero, quien, apelando únicamente a la Escritura, afirma que no necesitamos ninguna revelación particular, y por San Juan de la Cruz, quien las considera episodios marginales y entiende que desearlas es una tentación peligrosa, o incluso un pecado.Excepcionado el posicionamiento más positivo de Santa Teresa de Ávila, muchos autores (Gravina, Amort, Defresnoy, Lambertini, después Papa Benedicto XIV, etc.), influenciados por la cultura crítica e iluminista, desconfían de milagros y apariciones, admitiendo para ellas solo un asentimiento de fe tímido. Según Ratner, la propia historia de la teología mística es, en gran parte, la historia de la valorización de la contemplación pura y no profética en detrimento del profetismo.Adquisiciones contemporáneasMientras los teólogos y autores tienden a desvalorizar las visiones, comienza la era de las grandes apariciones, que tendrán una vasta repercusión en la Iglesia:– 1673: Sagrado Corazón en Paray-le-Monial, Santa Margarita María Alacoque
– 1830: Rue du Bac
– 1846: La Salette
– 1858: Lourdes
– 1871: Pontmain
– 1917: Fátima
– 1932: Beauraing
– 1933: Banneux, etc.Billet contabiliza 232 apariciones entre 1928 y 1975 en 32 naciones. En los años 1980 se alcanzó un récord de apariciones, también con la realidad masiva de Medjugorje. Laurentin señala, entre apariciones y lagrimeos, más de 84 ocurrencias entre 1976 y 1985.Con el aumento de las apariciones, también aumentan las publicaciones sobre ellas. Entre las de notable valor, se mencionan:- Un estudio crítico de Carlos Maria Staehlin, de 1954.
- Un artículo de H. Holstein, de 1955, que aborda el punto sobre la doctrina clásica acerca de las apariciones marianas. Notable es su explicación: según él, los videntes no ven la aparición con los ojos físicos, sino por una visión imaginativa, en la que la figura de la Virgen se impone a la imaginación, provocando un fuerte sentido de presencia. En cuanto al examen de los hechos, el autor considera indispensable que los videntes sean interrogados lo antes posible, para evitar que la revelación sea amplificada, transformada o incluso disfrazada con el tiempo. Las mensajes de las apariciones son carismas con valor para la Iglesia: apelos urgentes y prácticos, invitaciones a considerar este o aquel comportamiento.
- Los congresos mariológicos internacionales de Roma (1954), Lourdes (1958) y Lisboa-Fátima (1967) dedicaron algunas sesiones de estudio a las apariciones. En estos congresos, se discutió si las apariciones repetidamente confirmadas por el consenso de los papas, como Lourdes y Fátima, implicarían la infalibilidad papal como en los procesos de canonización y, por lo tanto, constituirían un hecho dogmático que requeriría el asentimiento de la fe eclesial.
Perspectiva sincrónica: enfoque teológico de las apariciones
Algunos teólogos han aportado significativamente al estudio y profundización de las problemáticas relacionadas con las apariciones.
K. Rahner
Las apariciones son posibles porque Dios es libre para hacerse perceptible al espíritu creado no solo por sus obras, sino también por su Palabra, aunque su máxima y plena revelación tuvo lugar en Cristo. Negar esta posibilidad no tiene una base teológica sólida.
La posición de Bento XIV, según la cual a las apariciones solo se debe prestar una fe humana, es, para Rahner, insuficiente al ser excesivamente negativa: en la práctica, se niega la posibilidad de considerar las apariciones en su significado teológico y en su eventual necesidad para la Iglesia. Al menos para el vidente y para quienes toman conocimiento de las apariciones, se debería reconocer un deber de fe: si Dios se manifestó verdaderamente, surge el deber de escuchar, obedecer y creer.
Sin perder de vista el valor relativo de las apariciones frente a la revelación pública, Rahner propone encontrar un contexto positivo para situarlas, lo cual, para él, es la teología de los carismas, a menudo descuidada y considerada un privilegio solo de la Iglesia primitiva. La vocación profética, sin embargo, permanece siempre presente en la Iglesia. El tejido ideal de las revelaciones está en la experiencia espiritual y mística: serían una irradiación y un reflejo del evento místico central.
Volken
En su obra de 1961, aunque siguiendo el pensamiento de la escolástica, el autor se propone realizar una síntesis teológica sobre el tema de las apariciones, que han marcado la vida de la Iglesia desde sus orígenes. Una parte esencial trata del discernimiento interno, con un examen atento del contenido, el sujeto, la modalidad y las circunstancias de las apariciones, y del discernimiento externo, que consiste en el milagro y la autoridad de la Iglesia. Para Volken, la aceptación de las apariciones es un acto de fe teológica. Lamenta que sean poco consideradas en la Iglesia, en parte debido a la negligencia relativa a la cuestión de los carismas.
Teología preconciliar de las apariciones
Entre los autores, destaca René Laurentin con su extenso artículo en la N.D.M., en el que distingue entre revelación fundante y revelaciones particulares y lamenta las medidas restrictivas vigentes en la Iglesia. Considera, al igual que Rahner, que la adhesión a las apariciones entra en el ámbito de la fe teológica no solo para el vidente, sino también para aquellos que reciben su testimonio. Con sus apariciones, María parece haber tenido la misión de salvaguardar los carismas en una época en la que son descuidados o reprimidos.
El Concilio Vaticano II, con su doctrina sobre los carismas, que deben ser recibidos con gratitud y consuelo, invita a superar esa actitud severa y represiva hacia los videntes, prevalente en la Iglesia durante el período postridentino.
Stefano de Fiores, en el artículo «Fátima» de la N.D.M., describe constantes de las apariciones marianas:
- El sentimiento de presencia, por el cual el vidente está convencido de mantener contacto directo con el objeto que se manifestó.
- La presencia de un mensaje profético, apocalíptico, sabio.
- La presencia de signos de diversos tipos que acompañan a las apariciones.
Existen motivos válidos para una mayor sensibilidad hacia las apariciones: a) la conciencia de la presencia operante del Espíritu Santo en la Iglesia, b) el profundización del concepto bíblico de revelación, según el cual no se trata simplemente de la transmisión de verdades abstractas o ideas, sino de eventos y palabras íntimamente unidos, c) la armonía entre fe y visión: la fe no necesita de signos y visiones porque se basa esencialmente en Cristo, pero nada impide que él se revele en repetidas ocasiones, como atestigua el Nuevo Testamento, d) la piedad popular lleva a reconsiderar el sensus fidelium como lugar teológico, ya que considera las apariciones como una palabra profética para nuestra época.
Perspectiva sincrónica: psicología de las apariciones
Apariciones y alucinaciones
Durante la aparición, el vidente percibe una realidad objetiva, mientras que la alucinación es una percepción sin objeto. Esta es la diferencia fundamental entre aparición y alucinación, aunque los mecanismos puedan parecer similares. Dicha percepción de una realidad objetiva no parece ser «corpórea» en el sentido propio del término, sino una percepción subjetiva que se realiza por un influjo de Dios sobre los órganos perceptivos, sin presencia local objetiva del objeto para que pueda ser visto. En la práctica, la aparición puede considerarse una visión imaginativa suscitada por Dios y acompañada por un vivo sentido de presencia del objeto en cuestión.
Necesidades psicológicas y apariciones
La psicología pregunta a qué necesidades responden las apariciones e identifica tres:a) necesidad de hechos comprobables: la oscuridad de la fe es muy penosa y los fieles necesitan hechos, representaciones concretas, existenciales y objetivas de la intervención de Dios en el mundo.b) necesidad de protección y emotividad religiosa: las apariciones no son hechos despersonalizantes, sino apelos que tocan la sensibilidad y aspectos vitales.c) necesidad de seguridad: la inquietud del mundo moderno vive la angustia ante evoluciones continuas y fuerzas materiales incontrolables.
Las apariciones según Drewermann
Este estudioso dedica un amplio espacio al fenómeno y considera las apariciones, visiones, etc., como casos de autorrepresentación projectiva del inconsciente, en las que se proyecta una forma de transmitir y contar la historia «real» en el sentido histórico. Las apariciones serían, por tanto, proyecciones de una verdad psíquica cuya origen está en las capas profundas de la psique humana. Para la hermenéutica de las apariciones, son importantes tres nociones:
a) La resistencia y la angustia del hombre ante las visiones reflejan una necesidad psicológica, expresando el miedo de perder irremediablemente la propia identidad,b) Las apariciones y visiones son símbolos condensados, no relatos históricos, es decir, experiencias comprimidas que encuentran liberación en el lenguaje simbólico psíquico. Para comprenderlas, la vía es la reconstrucción simbólica,c) Al ser experiencias visionarias el resultado de procesos de la psicodinámica humana, no se debe ceder al sobrenaturalismo que las identifica con Dios, la Virgen, etc., ya que serían idealizaciones de imágenes paternas y maternas arraigadas en la psique. Drewermann, sin embargo, reconoce a las visiones una verdad teológica, porque en ellas Dios infunde el sentido de su cercanía.
Drewermann distingue teológicamente la aparición, que conlleva un grave encargo vocacional que cumplir, de la visión, cuyo fin es únicamente la experiencia del divino. Tiene el mérito de insertar la experiencia humana, incluyendo las apariciones, en el círculo hermenéutico de la teología, revalorizando símbolos y arquetipos y denunciando la represión de las visiones consideradas santas por teologías católicas y protestantes.
Reflexión psico-teológica de Vergote
La psiquiatría ha planteado sospechas sobre las apariciones, tanto por su similitud con las alucinaciones de los enfermos mentales como por el racionalismo a priori de que Dios no podría intervenir directamente en el mundo. Estudios recientes demuestran que, más allá de las similitudes (ambos ven y oyen lo que otros no perciben), existe una diferencia profunda entre la personalidad psicótica y un vidente. El vidente es una persona afectivamente motivada, tomada por ciertos datos sobrenaturales hasta el punto de que, en ciertos momentos, lo invisible se impone con una densidad de presencia efectiva, de modo que sea contemplado y comprendido. El procedimiento, según Vergote, es similar al del sueño, que surge de poderosas motivaciones afectivas y asume la forma de imágenes y patrones presentes en la memoria, encontrando una satisfacción imaginaria que incluye la sensación de realidad.
El valor sobrenatural de las visiones estaría garantizado por tres principios: el contenido de fe reconocido por la comunidad cristiana, el deseo de unión íntima con la realidad divina, y la intervención preternatural o sobrenatural de Dios, que se integra a la realidad humana. Las visiones son definidas por Vergote como carismas que a menudo se convierten en signos de Dios para los hombres, como lo demuestran las peregrinaciones, conversiones y oraciones que suscitan.
Orientaciones de la psicología transpersonal
Las ciencias humanas también se interesan por las apariciones. Jean Dierkens sostiene que no son un fenómeno exclusivamente religioso ni patológico, sino que deben ser estudiadas en el contexto de actos normales que plantean problemas, de manera análoga a la creación artística y a la actividad onírica.
Perspectiva sincrónica: enfoque socioantropológico
Para comprender las apariciones, es necesario estudiar el contexto de las interacciones sociales, sin el cual no se entiende el desarrollo del fenómeno. Carroll, un estadounidense, observa que, aunque las apariciones tienen gran importancia para muchos católicos, han recibido poca atención de los sociólogos de la religión. Sería necesario estudiar también el proceso de recepción, apropiación y aculturación por parte de grupos o del pueblo, que caracteriza las apariciones.
D’Ambrosio conecta las apariciones marianas de los últimos dos siglos a la dramática situación de Europa, sacudida por revoluciones económicas y sociales que cuestionan el propio destino del catolicismo y las evidencias religiosas tradicionales. Algunos estudiosos ven en las apariciones marianas una tonalidad emocional, sentimental y taumaturgica, en contraste con la liturgia pastoral que a menudo desestimó rápidamente las formas populares de vida cristiana. Según Apolito, profesor de antropología cultural en Salerno, la aceptación social de las apariciones determina también su validez. Si se acentúa colectivamente la no aceptación, los videntes serían codificados como visionarios, soñadores e impostores.
El procedimiento canónico
La pregunta sobre aprobar carismas o reprimirlos es tan antigua como la misma Iglesia. Pablo mismo tuvo que intervenir en Corinto en defensa de los carismas. Los Padres se dividieron entre los favorables, como San Cipriano, y los que no daban importancia a las visiones, como Agustín.El Concilio de Latrán V (1516) aprobó medidas restrictivas sobre apariciones y revelaciones para proteger a la Iglesia de la proliferación de visiones en una época considerada oscura, piadosa e inquieta. Se percibía la necesidad de que la Sede Apostólica juzgase los hechos y, en cualquier caso, aconsejaba al ordinario del lugar que se rodease de personas competentes antes de emitir juicio.El Concilio de Trento (1563) renovó esta cautela, extendiéndola a las imágenes consideradas prodigiosas y enseñando que ningún milagro podía ser admitido sin el reconocimiento del obispo.En el siglo XVIII, el papa Benedicto XIV fue el primero en definir de modo más formal el estatuto de las apariciones, relativizando su valor a menudo exagerado y estableciendo la función del Magisterio en este campo. Afirmaba que la autorización de la Iglesia es un consentimiento para que la revelación sea contada para la edificación de los fieles, pero no puede recibir el asentimiento de la fe católica, solo de la fe humana. Esta posición se mantuvo sustancialmente hasta hoy. No existe un tratado específico sobre el tema, ni el Código de Derecho Canónico de 1917 ni el de 1983 lo tratan directamente.Según una nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 25 de febrero de 1978, los obispos deben seguir criterios de discernimiento: un examen minucioso de los hechos, la verificación de la ortodoxia, es decir, la conformidad de los mensajes con la enseñanza de la Iglesia, la constatación de la transparencia de los eventos como servicio a la Iglesia, el examen de las señales por las cuales Dios confirma su acción, la verificación de la salud y de las posibles patologías de los videntes por una comisión adecuada, la evaluación de los frutos de conversión y el regreso a Dios, y el reconocimiento o no de la proveniencia sobrenatural de los hechos.Actitudes espirituales ante las apariciones
Entusiasmo y hasta fanatismo
Muchos fieles, siempre en busca del maravilloso y lo extraordinario, tienen dificultades para respetar la jerarquía real de los valores de la fe. Muchos acuden a los lugares de las apariciones, pero se levantan contra la Autoridad de la Iglesia, o no participan de la liturgia, o no se acercan a los sacramentos.Indiferencia y pasividad
Otros cristianos, impregnados de actitudes y métodos científicos típicos de la época actual, se sienten casi incómodos ante eventos extraordinarios, que consideran, más que un don de Dios, un obstáculo y una perturbación.Esas dos extremos, entusiasmo e indiferencia, deben ser evitados. La postura óptima implica un discernimiento activo, una apertura cautelosa y una recepción sabia. Una vez comprobada la seriedad del fenómeno, procede aceptar con gratitud el carisma de los videntes y profundizar el significado de las apariciones por ellos atestiguadas.
Conclusión
Desde la perspectiva teológica, las apariciones son valoradas en artículos y estudios, incluidas en diccionarios y tratados de teología y mariología. Su estatus ya no se limita únicamente al criterio negativo que las distingue de la revelación bíblica, sino que abarca su valor como intervenciones divinas en la historia, a ser recibidas por fe divina, y como un carisma profético orientado al futuro de la Iglesia y del mundo. La teología descubre en las apariciones el amor de Dios por nosotros, que desea manifestarse a través de la figura materna de María.
Desde el punto de vista de las ciencias humanas, las apariciones tienden a ser clasificadas no como fenómenos patológicos, sino más bien como fenómenos no comunes, pero perfectamente normales, de la creatividad artística. Desempeñan una función arquetípica y simbólica de gran profundidad. La sociología también estudia los procesos de formación y recepción de las apariciones.
Desde la perspectiva del procedimiento canónico, es necesario reconocer la existencia de un vacío legislativo no cubierto por el derecho vigente. La amplitud del fenómeno exige que este vacío sea llenado; los obispos, enfrentados directamente a estas realidades, lo reclaman.
Desde la perspectiva espiritual, se adopta una actitud más positiva y serena ante las apariciones, moderando tanto el entusiasmo acrítico como el escepticismo racionalista.
Para situar teológicamente el fenómeno de las apariciones, el capítulo VIII de Lumen Gentium del Concilio Vaticano II ofrece el marco doctrinal esencial sobre María en la economía de la salvación.
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