María en el tiempo de la Cuaresma

«La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone para la celebración de la Pascua. Tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y memoria del Bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de recurso más frecuente a las «armas de la penitencia cristiana»: la oración, el ayuno, la limosna (Mt 6, 1-6. 16-18 «No os presentéis ante los hombres para ser vistos, como los hipócritas…»)», (Directorio de la piedad popular 124). El fiel, que cada año recorre nuevamente el itinerario cuaresmal con un espíritu siempre renovado, encuentra en la persona de María el ejemplo concreto de cómo debe ser acogida la palabra de Dios y de cómo seguir a Cristo. Al término del tiempo sacramental de cuarenta días, cuando la Iglesia contempla el momento central del proyecto salvifico del Padre, vuelve aún la mirada hacia María que, como «mujer nueva», está a los pies de la Cruz junto a Cristo, «hombre nuevo». Y, por el testamento de amor del Hijo, que la confía al discípulo, María aparece como madre espiritual de quien dirige la mirada de fe hacia la Cruz.

María en la liturgia de Cuaresma: la solemnidad de la Anunciación (25 de marzo), la Nueva Eva y la *Marialis Cultus* de Pablo VI
La presencia de la Virgen en el tiempo de Cuaresma no es muy evidente. No obstante, los actuales libros litúrgicos presentan la memoria de la Virgen de diversas formas en el camino cuaresmal.En primer lugar, el 25 de marzo se celebra la solemnidad de la Anunciación del Señor, considerada justamente una «fiesta del Señor» en la reorganización del año litúrgico. Como observa Pablo VI en la *Marialis Cultus*, esta fiesta «era y es fiesta conjunta de Cristo y la Virgen: del Verbo que se hace «hijo de María» (Mc 6, 3 «No es este el carpintero, el hijo de María?»), y de la Virgen que se convierte en Madre de Dios» (*Marialis Cultus*, 6). En cualquier caso, los textos eucológicos y la liturgia de la Palabra se sitúan plenamente en el contexto del misterio pascual. En la eucaristía se habla explícitamente del «nuestro Redentor», del «Salvador de las gentes», y se pide, «por la fuerza de su resurrección», que seamos conducidos a la posesión de la alegría eterna. En la liturgia de la Palabra, la segunda lectura (Heb 10, 7 «He aquí que vengo… para hacer, oh Dios, tu voluntad») subraya la oferta sacrificial del Hijo de Dios al entrar en el mundo («He aquí que vengo para hacer tu voluntad»), a la que María se asocia en el relato evangélico (Lc 1, 38 «He aquí la sierva del Señor… hágase en mí según tu palabra») con su *fiat* («He aquí la sierva del Señor: hágase en mí según tu palabra»).A los dos «no» de Adán y Eva, que trajeron la ruina, se oponen los dos «sí» del nuevo Adán, Cristo, y la Nueva Eva, María, que trajeron la salvación. El misterio pascual depende de la total disponibilidad del «Siervo de Jehová».«Serva del Señor» a la voluntad divina. Se trata, por lo tanto, de una fiesta centrada en la encarnación, pero totalmente orientada a la redención. La tercera edición típica del Misal Romano, promulgada el 20 de abril de 2000 y publicada en abril de 2002, presenta, en la sexta-feira de la quinta semana de Cuaresma, una colecta alternativa a la ya existente, de nueva composición, en la que se recuerda a María asociada a la Pasión de Cristo. Además, es oportuno notar que la «Colección de Misas de la Bienaventurada Virgen María», inspirándose fundamentalmente en la estructura del año litúrgico, propone para el tiempo de Cuaresma cinco formularios que representan una verdadera riqueza para este período, como recuperación de la figura de la Madre de Dios en el itinerario hacia la celebración de la noche pascual. Cada formulario corresponde bien a un momento del camino litúrgico del tiempo cuaresmal:– «Santa María, discípula del Señor» (10) – «María Virgen junto a la cruz de Cristo» (11 y 12) – «Entrega de la Bienaventurada Virgen» (13) – «María Virgen, Madre de la reconciliación» (14).La piedad popular mariana en Cuaresma: procesiones, vía crucis y la devoción a la Mater dolorosa en el Occidente cristianoLa escasez de elementos marianos en el tiempo litúrgico de Cuaresma correspondió, en Occidente, a un amplio desarrollo de la piedad popular, que dio origen a múltiples expresiones de devoción. Referidas a Cristo crucificado o a la Virgen de los Dolores, estas prácticas adquieren un relieve particular en las iglesias dedicadas al misterio de la Cruz o al misterio de la Madre de los dolores.Los elementos habituales de la piedad popular, como cantos, oraciones, gestos, el beso, las procesiones y la bendición con la cruz, se entrelazan de diversas maneras, dando origen a ejercicios piadosos, a veces notables por su valor de contenido y de forma.La vía crucis y la presencia de María en el camino de la cruzPocos ejercicios piadosos sobre la Pasión de Cristo son tan amados por el pueblo cristiano como la Via Crucis, síntesis de varias devociones populares surgidas desde la Alta Edad Media: la peregrinación a la Tierra Santa, durante la cual los fieles visitan devotamente los lugares de la Pasión del Señor. La devoción a las «caídas de Cristo» bajo el peso de la cruz. La devoción a los «caminos dolorosos de Cristo», en los que se avanza en procesión de una iglesia a otra, en memoria de los recorridos hechos por Cristo durante su Pasión. La devoción a las «estaciones de Cristo», es decir, a los momentos en que Jesús se detiene a lo largo del camino hacia el Gólgota, ya sea porque forzado por los azotes, ya sea porque exhausto por el cansancio, ya sea porque, movido por el amor, busca establecer un diálogo con los hombres y mujeres que contemplan su Pasión (cfr. Directorio 132). En el piadoso ejercicio de la Via Crucis también convergen varias expresiones características de la espiritualidad cristiana: la concepción de la vida como camino o peregrinación desde el exilio terrenal a la patria celeste. El deseo de conformarse a la Pasión de Cristo. Las exigencias de sequela Christi, por las que el discípulo es llamado a seguir al Maestro cargando diariamente su propia cruz (Lc 9, 23: «Si alguien quiere venir tras mí, tome su cruz cada día y sígame»). Un desarrollo sabio de la Via Crucis, en el que palabra, silencio, canto, avance procesional y pausa reflexiva se alternan de manera equilibrada, contribuye a alcanzar los frutos espirituales de este ejercicio, en el que dos estaciones, la IV y la XII, están dedicadas a la Virgen Madre.
La vía matris: la compasión mariana en las siete dolores
La Via Matris Dolorosae, o simplemente Via Matris, es un ejercicio piadoso en el que un grupo de fieles, o un solo orante, recorre un tramo de camino en el interior o en el exterior de una iglesia o santuario, meditando las siete dolores de la Virgen. Este camino, recorrido en oración, está marcado por siete paradas (las «estaciones»), correspondientes a los siete principales dolores que la piedad del pueblo cristiano ha identificado en la vida de la Virgen junto al Salvador: la profecía de Simeón, la huida a Egipto, la pérdida de Jesús, el encuentro con Jesús en el camino del Gólgota, la presencia bajo la cruz del Hijo, la recepción de Jesús descendido de la cruz, y el entierro de Jesús. La metáfora de la vida como camino surge en el ejercicio de la Via Matris y en otras formas de oración popular (Via Crucis, Via Lucis, Via Pacis). Los Evangelios nos informan de varios viajes realizados por Jesús y por María de Nazaret, su madre. En relación con la Virgen, han transmitido la memoria de múltiples caminos:
- el «camino de la Hija de Sión» hacia la casa del sacerdote Zacarías (Lc 1, 46-47: «Mi alma enaltece al Señor… mi espíritu se goza en Dios…»).
Como en la Corona de la Virgen de los Dolores, el valor espiritual y la eficacia pastoral de Via Matris radican en su capacidad de acercar a los fieles a uno de los aspectos esenciales del misterio pascual:
- la pasión salvadora de Cristo.
- Dejarse iluminar por el misterio del dolor con la luz que emana de la forma singular en que María de Nazaret, llena de fe, vivió esa experiencia.
- Hacer que los orantes participen de los sufrimientos de los hermanos, ya que la celebración del dolor de la Virgen implica una atenta preocupación por quienes sufren.
- Suscitar sentimientos de misericordia, porque nada, después de contemplar la bondad misericordiosa de Cristo, dispone tanto el ánimo a la misericordia como contemplar la amorosa compasión de la Virgen.
Por todo ello, Via Matris es un ejercicio de piedad particularmente adecuado para el tiempo de Cuaresma.
El Stabat Mater: himno litúrgico del dolor de María en Cuaresma
Este célebre planctus, atribuido, aunque sin pruebas decisivas, a Iacopone da Todi (m. 1306), es un himno sagrado medieval de gran popularidad. En la tercera edición del Misal Romano, se recita en la solemne liturgia de Viernes Santo, al final de la Adoración de la Cruz. El Stabat Mater ha sido y sigue siendo un himno amado, profundamente comprendido y rezado conscientemente por el pueblo cristiano. Suele cantarse sus veinte estrofas después de la devoción a la Corona de la Virgen de los Dolores, o bien aparece como canto procesional en la Via Matris para acompañar el camino de una «estación» a otra.
«El canto completo del Stabat Mater permite apreciar su extraordinaria variedad temática: la narración serena, la súplica ardiente, el asombro silencioso, el deseo vivo y repetido de participar del dolor de la Madre, compartiendo sus lágrimas:…
- «Déjame llorar contigo»… (est. 13. Cf. est. 9.14.15).
- El ímpetu místico de sufrir con Cristo, por el que el orante ruega a la Madre: «Herida mi corazón con sus heridas, úneme a su cruz, embriágame con su sangre» (est. 17) y anhela participar de la pasión de Cristo, para que nada pueda separarlo de él (Rm 8, 38-39 «Nada podrá separarnos del amor de Dios… en Cristo Jesús»…), sino todo lo contrario, hacerlo totalmente semejante a él.
En el Stabat Mater, la única referencia espacial es la Cruz (Stabat […] iuxta crucem, est. 1. Cf. est. 14), pero a medida que avanza la secuencia, el lugar del sufrimiento no está ya en la cima del Gólgota, sino en el corazón del orante. El drama del Calvario se convierte en totalmente interior: se despliega en el íntimo de la alma, en su centro.
María y el camino cuaresmal: de la conformación a Cristo a la síntesis pascual a los pies de la cruz
El itinerario cuaresmal, entendido como tiempo de escucha de la Palabra, de conversión y de retorno a las fuentes del Bautismo, encuentra en María una presencia discreta pero decisiva. Discreta, porque la liturgia romana no multiplica alusiones marianas en este período. Decisiva, porque en los puntos donde el misterio de Cristo se hace más intenso, la figura de la Virgen aparece como la forma eclesial más pura de acogida de la voluntad divina. La memoria de la Anunciación, situada en la perspectiva pascual, recuerda que la Encarnación no es un episodio aislado, sino el principio concreto de la redención.
El «sí» de María, inseparable del «sí» del Hijo al Padre, revela que la Pascua madura en la obediencia, en la total disponibilidad y en la fe entregada sin reservas.
En la misma línea, la contemplación de María a los pies de la Cruz ilumina el núcleo de la Cuaresma como camino pascual: no se trata solo de un esfuerzo ascético, sino de una conformación progresiva a Cristo, hasta que la cruz deje de ser solo un acontecimiento externo y se convierta, por gracia, en un lugar interior de comunión. María, «mujer nueva», permanece junto al «hombre nuevo» no como figura ornamental, sino como testigo y madre, porque el amor del Hijo la establece como presencia espiritual para aquellos que alzan la mirada de fe hacia el misterio del Calvario. Así, la experiencia cuaresmal, vivida en clave bautismal y penitencial, encuentra en ella un criterio: acoger la Palabra, perseverar en la prueba, permanecer en la esperanza, aprender a amar en el punto en que el amor cuesta todo.
También por ello, donde la liturgia se mantiene sobria, la piedad popular del Occidente ha desarrollado formas ricas y pedagogicamente fructíferas, siempre que permanezcan ordenadas al centro cristológico del misterio pascual. La Via Crucis y la Via Matris, cuando se guían bien, educan al fiel en una espiritualidad del camino, en la que la oración, el silencio, el canto y el gesto sostienen una conversión real y no solo devocional. En ellas, la compasión de la Virgen no es un sentimentalismo, sino una escuela de misericordia y de solidaridad concreta con los que sufren. Y el Stabat Mater, al colocar la Cruz en el corazón del orante, evita que la Cuaresma se reduzca a prácticas externas, reconduciéndolo todo a la transformación interior que surge de la unión con Cristo.
Por último, la síntesis del recorrido cuaresmal mariano puede expresarse así: María ayuda a la Iglesia a atravesar la Cuaresma con ojos pascales. Ella orienta la penitencia hacia la fe, la disciplina hacia el amor, la mortificación hacia la alegría prometida. En el silencio de la Virgen, la comunidad aprende a escuchar. En su fiat, aprende a obedecer. En su permanencia junto a la Cruz, aprende a perseverar. Y así, la Cuaresma cumple su fin propio: preparar al fiel para celebrar la Pascua no como una simple memoria, sino como una renovación viva de la alianza, en la que la nueva vida, recibida en el Bautismo, se reafirma y madura en el seguimiento de Cristo.
Lea también en esta serie: La dolor de María: Corazón Imaculado al pie de la Cruz y El camino del discípulo pasa por el Calvario con María. Para profundizar en el papel de María en la piedad cristiana de la Cuaresma, consulte la Exhortación Apostólica Redemptoris Mater.
Marialis Cultus §17: María y el tiempo litúrgico.Profundice su conocimiento en Mariología: Si desea estudiar Mariología con rigor académico, conozca nuestra Pós-Graduação en Mariología. Descubra más sobre la Teología mariana y las apariciones marianas aprobadas por la Iglesia.
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