Nadie puede acercarse: María y la atracción del Padre

Nemo potest venire: Maria e a atracção do Pai

Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo atrae.
Jo 6,44

Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo atrae. Esta frase de Jo 6,44 introduce en la teología joánica un concepto de profunda reflexión: la atracción (helkein) del Padre como condición de posibilidad de toda fe. Antes de la decisión humana, existe un movimiento divino que precede, que llama, que seduce en el sentido más puro de la palabra. La mariología encuentra en esta lógica uno de sus fundamentos más sólidos: María fue la criatura más profundamente atractada por el Padre, y su respuesta libre a esta atracción fue el modelo de toda fe cristiana.

I. El verbo atractar en el IV Evangelio

El verbo griego helkein aparece en el cuarto Evangelio en tres lugares significativos: aquí en Jo 6,44, luego en Jo 12,32 (cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí) y en Jo 21,6.11 (la red arrastrada por los discípulos). En todos los casos, el verbo evoca un movimiento de fuerza, de magnetismo, de potencia que mueve algo o alguien hacia un centro de gravedad. En Jo 6,44, esa fuerza es el Padre que atrae a los seres humanos hacia el Hijo.

La teología patrística interpretó esta atracción como la acción de la gracia que precede y posibilita toda fe. Agustín de Hipona, en un famoso sermón, desarrolló este tema a partir de un principio virgiliano: trahit sua quemque voluptas, cada uno es atraído por su placer. Pero el placer supremo, aquel que atrae de manera irresistible y que, sin embargo, respeta la libertad, es la visión de Dios, el bien supremo. La gracia de la fe es precisamente este gusto por el bien supremo infundido en el corazón humano.

La cuestión teológica más delicada que este versículo suscita es la relación entre la atracción divina y la libertad humana. Si el Padre atrae, ¿el ser humano es arrastrado pasivamente? La tradición tomista respondió distinguiendo entre la necesidad de coacción y la necesidad de inclinación: Dios mueve la voluntad de modo conforme a su naturaleza, es decir, moviéndola interiormente, de modo que se mueva libremente hacia lo que Dios desea. La gracia no suprime la libertad: la eleva, la purifica, la orienta hacia su verdadero fin.

Este principio tiene implicaciones mariológicas directas. La Inmaculada Concepción no es la supresión de la libertad de María, sino su realización más plena: María fue preservada del pecado original precisamente para que su respuesta al Padre fuera maximamente libre, no condicionada por la concupiscencia o la fragilidad de la voluntad caída. La atracción del Padre encontró en María una criatura plenamente capaz de responderle con todo su ser.

II. La Inmaculada Concepción como ser atraída en plenitud

El dogma de la Inmaculada Concepción (Pio IX, Ineffabilis Deus, 1854) afirma que María fue preservada de toda mácula del pecado original, en virtud de los méritos previstos de Cristo. Este privilegio singular no debe entenderse como un mero escudo negativo, la ausencia de pecado, sino como una plenitud positiva: María fue creada con la máxima capacidad de responder a la atracción del Padre.

El ángel Gabriel saluda a María con la expresión kecharitomene, llena de gracia (Lc 1,28). Este participio perfecto pasivo indica un estado duradero, un haber sido dotada de gracia que precede el momento de la Anunciación. María no se convierte llena de gracia en el momento del anuncio: ya lo es. La gracia que posee es anterior, originaria, constitutiva de su identidad. Es la expresión más plena de la atracción del Padre.

La tradición franciscana, desde Alejandro de Hales hasta Tomás de Aquino, defendió la Inmaculada Concepción precisamente a partir de esta lógica de plenitud de gracia. Sería extraño que el Hijo de Dios, al encarnarse, eligiera una madre que no fuera maximamente atractada por el Padre, maximamente configurada a su voluntad. La conveniencia de la Inmaculada Concepción deriva de la lógica de la Encarnación: el Hijo eterno merecía una madre lo más perfecta posible, y la perfección de María es obra de la gracia del Hijo. Ella fue redimida de modo excelente (Concilio de Trento), por la anticipación de los méritos de Cristo.

El fiat de María (Lc 1,38) es, desde esta perspectiva, la respuesta libre a la atracción más profunda que un ser humano haya recibido. El Padre la atrajo desde su concepción, preparándola para el momento en que ella, con plena libertad y pleno discernimiento, respondería al proyecto de Dios. La Anunciación no es un momento aislado: es la culminación de toda una vida de ser atractada por el Padre.

III. Todos enseñados por Dios: María y la palabra interior

Jo 6,45 añade: Todos serán enseñados por Dios (pantes didaktoi theou), citando Is 54,13. La atracción del Padre opera a través de una enseñanza interior: no solo una instrucción exterior, sino una iluminación del intelecto y una movilización de la voluntad. Esta enseñanza de Dios interiormente es lo que la tradición ha llamado instinto de la fe, el instinto sobrenatural de la fe.

María, en la tradición mariana, es contemplada como la Sede de la Sabiduría (Sedes Sapientiae). Esta imagen no se refiere solo al hecho de haber concebido en su vientre a la Sabiduría encarnada, aunque este sea su sentido primordial. También se refiere a su vida interior: María fue enseñada por Dios de manera singular, recibiendo una comprensión de los misterios divinos que excede la de cualquier otro ser humano.

El Evangelio subraya que María *guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón* (Lc 2,19.51). Esta *meditación* no es una actividad meramente intelectual: es la respuesta al enseñanza interior del Padre, la asimilación progresiva de los misterios de los que ella era la primera depositaria. María no solo *sabía* quién era su Hijo, *aprendía* continuamente, dejándose llevar más profundamente en la comprensión del misterio.Esta dimensión contemplativa de María es un modelo para toda vida espiritual cristiana. Ser *atraído por el Padre* no es un privilegio de unos pocos, es la vocación de todos. Pero requiere disponibilidad interior, silencio, apertura al enseñanza de Dios. María, que meditaba en su corazón, enseña a la Iglesia a no conformarse con un conocimiento superficial de los misterios, sino a dejarse llevar cada vez más profundamente por la atracción del Padre.IV. María *Mater ecclesiae* y la atracción misioneraJo 12,32 coloca en las manos de Jesús, elevado en la Cruz y resucitado, el atractivo universal: cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Esta promesa se cumple en la misión de la Iglesia: el Evangelio se anuncia a todas las naciones, y la gracia del Padre atrae los corazones al Hijo. María, como Madre de la Iglesia, título que Pablo VI proclamó solemnemente en 1964, está en el corazón de esta misión de atractivo universal.La aparición de Nuestra Señora de Guadalupe (1531) se convirtió, en la historia misionera, en el símbolo de este atractivo universal. En pocos años después de las apariciones, millones de indígenas mexicanos abrazaron el Cristianismo, una conversión masiva sin paralelo en la historia misionera moderna. La figura de María, inculturada en los símbolos de Mesoamérica y al mismo tiempo plenamente cristiana, se convirtió en el vehículo por el cual el Padre atrajo a un pueblo entero hacia el Hijo.Este fenómeno no es un accidente histórico, es teológicamente significativo. María, la criatura más completamente atraída por el Padre, se convierte en el instrumento por el cual el Padre atrae a otros hacia el Hijo. Su maternidad espiritual es, en esencia, una extensión de su experiencia de gracia: ella que fue atraída conduce a los hijos espirituales a la misma atracción. La devoción mariana auténtica no se cierra en sí misma, siempre conduce al Hijo, al Padre, al Espíritu.La mariología contemporánea, sin negar los fundamentos dogmáticos de la devoción mariana, insiste cada vez más en su dimensión misionera y eclesial. María no es una devoción privada o piadosa, es el corazón de la Iglesia en misión. Ella que dijo hágase en mí es también aquella que dice a la Iglesia: haced lo que él os diga (Jo 2,5). Su maternidad es una maternidad misionera: genera hijos para el Padre, atrae corazones hacia el Hijo.María, la criatura más profundamente atraída por el Padre, es el modelo y el instrumento del atractivo universal que el Hijo promete realizar cuando sea elevado de la tierra.

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