María, mujer de la Eucaristía

Maria, mulher da eucaristia
# María, educadora del pueblo de DiosMaría es, sin duda, una educadora del pueblo de Dios, sobre todo porque educó a Jesús en la tradición de su pueblo y fue el primer espejo con el que él aprendió a ver el mundo. En contacto con Cristo en la vida pública, la Madre se convierte en discípula y en el Calvario es declarada madre del discípulo amado y de todos los fieles representados por él. Su tarea consiste ahora en cooperar con el amor de madre (mediación materna), en Cristo y en el Espíritu, para la gloria del Padre, en la regeneración y formación de los fieles (Lumen Gentium 63).Por ello, María nos toma de la mano y nos introduce en los misterios de la fe, especialmente en el de la Eucaristía. Como observa San Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia (17 de abril de 2003), «la Eucaristía es verdaderamente un misterio de fe, un misterio que domina nuestra reflexión y solo puede ser acogido en la fe» (n. 15). Y María es «sustentación y guía en la fe en el misterio de fe» (n. 53).Así que, vayamos a la escuela de María, que como verdadera maestra nos ofrece ante todo su testimonio de vida, entregándose por completo a Jesús y al don de la Eucaristía, hasta el punto de poder ser llamada «mujer de la Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia 53). La Madre de Jesús está presente en los diversos aspectos del misterio eucarístico: Cena del Señor, sacrificio redentor, presencia real y salvífica, comunión de amor. Finalmente, la Virgen orante nos lleva a las consecuencias vitales del misterio: celebrar, adorar y vivir la Eucaristía.En la base de todo están las dos entregas convergentes de la Madre y del Hijo: «Hacedlo en memoria mía».María, en las bodas de Caná, pronuncia la última palabra relatada por los Evangelios, dando una orden: «Hacedlo» (Jo 2,5). Por su parte, Jesús, en la víspera de su pasión, dice a la comunidad cristiana liderada por los apóstoles: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19).Con estas aproximaciones, la voluntad de María se centra enteramente en Cristo. Y la voluntad de su Hijo muestra estar orientada a orientar a los fieles hacia la celebración de la Eucaristía, memorial de su muerte y resurrección.El ideal por alcanzar es vivir María, es decir, identificarse con ella, como tipo y modelo de la Iglesia en la celebración de los misterios divinos, hasta que nos identifiquemos progresivamente con ella. Entonces seremos, en cierto modo, sacramento de María en la Iglesia, en el sentido de que nuestra vida será un signo que contiene y revela las profundas actitudes espirituales de su existencia. Y, finalmente, pero no menos importante, la referencia esencial a Cristo y a su sacramento por excelencia: la Eucaristía.Este pensamiento se ilustra con una hermosa página de Chiara Lubich (1920-2008) que constituye un testimonio claro:Un día entré en la Iglesia y con el corazón lleno de confianza le pregunté: «¿Por qué quisiste quedarte en la tierra, en todos los puntos de la tierra, en la dulce Eucaristía, y no encontraste, tú que eres Dios, una forma de traernos y dejarnos también a María, la Madre de todos nosotros que peregrinamos?»En el silencio, él parecía responder: «No traje porque quiero verte otra vez en ti. Aunque no seas inmaculada, mi amor te virginizará y tú, abrirás los brazos y los corazones de madres a la humanidad que, tal como en aquel tiempo, tiene sed de su Dios y de su Madre. Ahora, calma tus dolores, tus heridas, seca tus lágrimas. Canta las ladainas y trata de reflexionar en ellas».En una valiosa forma literaria, esta pasaje presenta un exigente programa de identificación con María para vivir su sí de amor virginal a Dios y prolongar su ternura materna que genera a Cristo en los que creen. Nuestro corazón anhelará la dulce Eucaristía y siempre girará en torno a este misterio de fe.## La Eucaristía y el Magistrio de María«Solo de la Eucaristía profundamente conocida, amada y vivida podemos esperar aquella unidad en la verdad y en la caridad querida por Cristo y preconizada por el Concilio Vaticano II» (San Juan Pablo II, 1982).Con estas palabras, el Papa advierte que la comunión eclesial se construye diariamente alrededor de la Eucaristía, el gran sacramento que debe ser celebrado, vivido y contemplado.Para reconocer a Jesús en la Eucaristía, centro vivo y unificador de la vida de la Iglesia, San Juan Pablo II publica la encíclica Ecclesia de Eucharistia (17 de abril de 2003) y, al final del año del Rosario, proclama el Año de la Eucaristía, con la Carta Apostólica Mane nobiscum Domine (7 de octubre de 2004), indicando «algunas perspectivas que pueden ayudar a todos a converger hacia actitudes iluminadas y fecundas» (Mane nobiscum Domine 10). Para alcanzar este objetivo, la Iglesia encuentra en María, Madre de Jesús, un ejemplo maravilloso y una ayuda válida.En efecto, si queremos redescubrir en toda su riqueza la relación íntima que une a la Iglesia y a la Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia. María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento, porque tiene con él una relación profunda (Ecclesia de Eucharistia 53).Para profundizar en la reflexión sobre María y la Eucaristía, recomendamos la lectura de la Exortación Apostólica Marialis Cultus de Pablo VI.

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