El significado mariológico de la «Presentación de María» el 21 de noviembre.

Esta celebración mariana tuvo una historia un tanto agitada debido a que su origen no es histórico. En realidad, se basa en la narración del Protoevangelio de Santiago, donde se cuenta que María, a los tres años de edad, es llevada al templo por sus padres y consagrada al servicio del Señor.
La fiesta, hoy memoria obligatoria, tuvo su origen en la dedicación de la Iglesia de Santa María Nueva, construida en Jerusalén junto al templo. En el siglo VIII ya se celebraba en todo el Imperio Bizantino. En Occidente comenzó a celebrarse en Aviñón con Gregorio XII (f. 1417). Antes de ser celebrada universalmente, tuvo que superar ciertas incertidumbres, hasta que Sisto V (f. 1590) le dotó de un carácter más moderado desde el punto de vista bíblico.
El contenido teológico, que también incluye la leyenda del Protoevangelio de Santiago, es el hecho de que María, Kekaritomene, llena de gracia, vivió de una manera que respondía a esta gracia, fiel a su elección, al servicio de Dios en todos los momentos de su existencia.
Puede haber otro hecho relacionado: la piedad popular, contemplando tal santidad y elevación de gracia, pensó que tal criatura podría ser preservada en su santidad viviendo únicamente en el templo del Señor.
El santuario del Espíritu Santo
La liturgia de este memorial no presenta una fisonomía precisa. Quizás por preocupación de no dar demasiado espacio a visiones subjetivas, el lenguaje utilizado carece de referencias específicas. El texto más adecuado es la antífona del Magnificat de las vísperas de la fiesta que resuena el Sedulio en el Praeconium:
«Santa María, Madre de Dios, Virgen gloriosa, templo del Señor, sacrario del Espíritu Santo. Sólo Tú has complacido plenamente a Nuestro Señor Jesucristo».
Antes de asumir su papel como Madre del Señor, María pasó su vida en el templo, es decir, ante Dios. En esta actitud maduró lo que el Señor hizo en ella durante la Imaculada Concepción. La imagen del templo, más allá de la leyenda del Protoevangelio de Santiago, sitúa lo que Dios hizo en María en un contexto histórico determinado. Por ello, también es necesario replantearse qué era el templo para el pueblo de Israel.
Era el lugar donde el pueblo se reunía en presencia de Dios. Debemos resaltar que María vivió en el centro y en el momento más maduro de la historia de este pueblo. Una pertenencia viva, sentida, meditada, como confirman las palabras y las referencias del Magnificat, en el cual interpreta toda aquella historia a través de su Hijo.
Creciendo en presencia de Dios, la Virgen María se convirtió cada vez más en un templo del Señor. La fe sólo crece en presencia de Dios, en el templo, en un ambiente hecho de silencio y recogimiento. Aquí el corazón puede abrirse para acoger la palabra de Dios.
«Porque todo aquel que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana y madre» (Mt 12,49).
Lo que importa más para María es haber sido discípula de Cristo que haber sido la Madre de Cristo. Ella mantuvo la verdad en su mente más que la carne en su vientre. Cristo es verdad, Cristo es carne. Cristo es verdad en la mente de María, Cristo es carne en el vientre de María. Lo que importa más es lo que está en la mente que lo que está en el vientre. La dedicación y la consagración al Señor son siempre fruto de un maduro interior de la palabra divina.
Por ello, toda acción de culto litúrgico ocurre en un ambiente adecuado, alejado del ruido del mundo. **El espacio cerrado de la iglesia, del templo, es la imagen del espacio interior necesario para el maduramiento de la obra de Dios**, pero la imagen del templo, como lugar distinto, reservado a las cosas de Dios y a su obra de salvación en beneficio de su pueblo, nos ayuda a comprender mejor lo que quizás estaba presente en la mente del pueblo cristiano cuando se instituyó la fiesta. Se trata de toda la obra de protección y crecimiento de la singular santidad con la que Dios la eligió. Solo un ambiente como el templo podría ser útil para ella, y solo una vida de servicio directo y continuo a Dios podría ser el entorno y el clima adecuados para esta tarea.
Tal vez la leyenda del Protoevangelio haya nacido de consideraciones y preocupaciones de este tipo. Todo ello implica evidentemente una verdad fundamental: la gracia de Dios, sus dones necesitan, para ser conservados, **de un ambiente adecuado que los promueva, los haga crecer, los defienda y los ayude a buscar dimensiones cada vez mayores**.
La liturgia propone como himno de las Laudes para este día el siguiente monumento mariológico:
**»A la Sabiduría inmortal»**
Ya os eligió María,
antes del mundo y de la historia.
¡Oh maravilla celestial!
Sois Esposa y sois Hija
del Señor de la gloria eterna.
Oferenda consagrada,
al Señor presentada
como incienso vespertino,
que desde la tierra asciende a los cielos
y disipa toda oscuridad,
anunciando al Sol divino.
Sois la Puerta del Oriente,
sois la nueva sarça ardiente,
Virgen fiel, Santa María.
Bandera del amor puro,
espejo del Bien mayor,
causa de nuestra alegría.
Concebida sin pecado,
sois el Templo imaculado
en el que el Verbo se encarnó:
el Espíritu de Dios
descendió del cielo sobre vosotras,
Virgen-Madre os consagró.
Flor de la nueva humanidad,
tesoro de la divinidad,
Arca de la alianza eterna:
estrella guía de los pueblos,
aurora de los nuevos tiempos,
mañana clara de esperanza.
Rogad por nosotros desde el cielo,
para que seamos templos de Dios,
en espíritu y en verdad:
templos donde se eleve
alabanza y gloria constante
a la Santísima Trinidad.
En este himno de alabanza, se exaltan los dones con los que Dios embelleció y enriqueció a María. **Ella puso todo ello al servicio de Dios y lo protegió para que solo él lo disfrutara**.
Concluimos recordando que lo dicho sobre María es también la realidad de la cual participa todo fiel, como afirma San Pablo:
> «¿No sabéis que sois el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1Cor 3,16). Como también subraya la imagen de la madre mencionada en el Evangelio: «quien hace la voluntad de mi Padre… es mi madre» (Mc 3,35).
En este sentido, precisamente por esta dignidad propia de todo el Cuerpo de la Iglesia, leemos en Santo Agustín:
> «Santa es María, bienaventurada es María, pero la Iglesia es mejor que la Virgen María. ¿Por qué? Porque María forma parte de la Iglesia: miembro santo, miembro excelente, miembro que supera a todos en dignidad, pero siempre es miembro del conjunto del Cuerpo… Vosotros también sois miembros de Cristo, vosotros también sois el Cuerpo de Cristo».
Por ello, la oración colecta de la memoria de la Presentación de la Virgen afirma:
> «Al celebrar la gloriosa memoria de la Virgen santa María, os suplicamos, Señor, que por su intercesión, merezcamos participar de la plenitud de vuestra gracia».
Para profundizar en el significado litúrgico de la Presentación de María, consulte la Exhortación Apostólica *Marialis Cultus* de Pablo VI, sobre las fiestas marianas en el año litúrgico.
**Profundice sus estudios:** explore Mariología, Teología Mariana, Apariciones Marianas y la Pos-Grado en Mariología.
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