La relación filial con María, de Santa Teresa del Niño Jesús.

Introducción
A diferencia del Islam, que exalta en Dios la trascendencia de forma casi exclusiva, el cristianismo coloca como centro la inmanencia, confesando en Él al «Padre» omnipotente, el «Padre» de todos (Efesios 4,5), del cual procede toda paternidad en el cielo y en la tierra (Efesios 3,15). De ahí resulta que la verdadera relación del cristiano con el Señor es la de «hijo» y familiar (Efesios 2,19), siendo capacitado para llamarlo con el dulce nombre de «Abba», Padre (Gálatas 4,6), y para comportarse con Él, sustentado por el don de la piedad, con confianza filial, con el amor prevaleciendo sobre el temor.

Al pensar que Dios es nuestro Padre, Teresa del Niño Jesús y de la Santa Cara se conmovía hasta las lágrimas. Y, con un insight genial, no dudó en colocar, como base doctrinal de su Vía de la Infancia, la paternidad divina y la filiación adoptiva. Un reflejo de la paternidad de Dios es la maternidad de María. Esta actuó de manera viva y penetrante en el alma de Teresa, especialmente porque ella tenía una personalidad abierta, vibrante y expansiva.
En su colección de santitos, uno de ellos le era particularmente querido: simbólicamente, representaba las dos maternidades de la Bienaventurada Virgen, divina y espiritual, unidas. La imagen mostraba a la Virgen María sentada, sosteniendo tiernamente en su regazo, además del pequeño Jesús, fruto de su vientre virginal, otra niño, como si representara cada alma confiada a sus cuidados maternos. Lo que más apasionaba a nuestra Santa en la persona de María era la bondad de corazón. Una bondad incomparable, que la hacía una madre sumamente amable. Solo el nombre de María traía a Teresa alegría y consuelo. María era, a los ojos de Teresa, una madre querida, suave, tierna, predilecta, inigualable: de las madres, la más misericordiosa. Una madre, por tanto, digna de un amor ilimitado. Madre, dada a nosotros, precisamente como tal, por Jesús agonizante en la cruz. Y para nosotros, ella nutre el mismo amor que Jesús.
Ante una madre tan amable, o mejor dicho, según las palabras de los autores carmelitas, «superamable» y «superamabilísima», ¿cuál podría y debería ser la actitud habitual de Teresa? Sin duda, la de hija: no sierva, no esclava, sino única y exclusivamente hija. Tenemos además su testimonio categórico e indiscutible. Con firme convicción, Teresa declaraba a María: «Santa Virgen, aquí estoy, pequeña criatura: no soy en modo alguno tu sierva, sino tu hija. Madre de Jesús, tú también eres mi madre». Lo más hermoso es que, partiendo de su condición filial, ella coloca la maternidad de María: maternidad física en relación a la persona de Jesús. Maternidad espiritual en relación a los hermanos de Jesús, de los cuales forma parte. Por eso, su hija. Al proclamarse «hija» de María y actuando como tal con ella, nuestra Santa vivió de manera más auténtica la espiritualidad mariana de su Orden. Y, con sus escritos, confirmó el aspecto más puro de esta espiritualidad.
En torno a 1650, en el noviciado de los carmelitas descalzos en Pastrana, se introdujo la práctica mariana de la «Escravitud Perpétua». En el acto de consagración o «Protesto», el carmelita prometía vivir continuamente como «esclavo» de María, entregándose a ella y a sus méritos con una donación libre, total e irrevocable. Esta práctica de «escravitud» no tuvo larga duración, pues resultó contraria al espíritu genuino del Carmelo. Teresa del Niño Jesús y de la Santa Cara, como auténtica carmelita, jamás habría firmado un compromiso de ese tipo. Por el contrario, en sus diversos escritos, ella nunca deja de proclamarse «hija de María». Como síntesis y sello definitivo de toda su existencia, en su canto de cisne, Por qué te amo, María, precisamente en el último verso y la última palabra, se alegra en proclamarse hija de María: «Quiero cantar, María, porque te amo tanto / Y siempre repetir que yo soy tu hija.»
Simplicidad, confianza y amor en la relación con María
A lo largo de su peregrinación terrenal, Santa Teresa del Niño Jesús tejió una relación celestial de sentimientos filiales con la Bienaventurada Virgen, animada por simplicidad, confianza y amor, las tres características de su «Via de la Infancia Espiritual». Tres movimientos que eran naturales en Teresa, profundamente arraigados en su alma, de modo que condicionaban cada uno de sus reflexos interiores y marcaban cada actitud exterior. No es sorprendente, por tanto, verlos emerger con tanta frecuencia en sus relaciones con María, cuanto más que estaban radicalmente fortalecidos por una correlación, madre e hija, que fomentaba la familiaridad y la intimidad.
A) Simplicidad
La simplicidad, en primer lugar, es sinónimo de espontaneidad, franqueza, sinceridad y transparencia. Una simplicidad que excluye la duplicidad, la hipocresía, el formalismo, actitudes complicadas y caminos sinuosos. En el caso de Teresa, equivale a una consciente lucidez de su condición de pequeña y pobre criatura. Una simplicidad que explica su postura, comparada con la de los bienaventurados Serafines: ellos no cubrían sus rostros con las alas, sino que miraban todo y a todos, Dios, María, los Santos, con el rostro descubierto. Una simplicidad que la llevaba a suplicar a la Virgen que hiciera de su alma un terreno llano, libre de obstáculos, para que pudiera erigirse una hermosa tienda, adornada con las virtudes de María, y en ella se organizaran armoniosos conciertos con la participación de los habitantes del cielo, ángeles y santos. Simplicidad en las mortificaciones. En lugar de imitar a los grandes santos en maceras corporales, para las cuales se sentía pequeña e inapto, se limitaba a practicar las «pequeñas virtudes», siguiendo los ejemplos de María y esforzándose en esparcir flores a los pies de Jesús. Simplicidad en la oración. Para ella, la oración consistía en un impulso de amor, un grito de gratitud, una mirada de amor dirigida al cielo. Esto explica la dificultad, que confesaba abiertamente, de rezar el rosario de manera prolongada y apresurada. Por otro lado, un Padre Nuestro y una Ave María, rezados con el corazón, le proporcionaban un alivio indescriptible. Finalmente, la simplicidad, unida a la modestia y la discreción, era una constante en la vida de Teresa. Aunque esto la hizo pasar desapercibida, e incluso «descalificada» a los ojos de algunas hermanas, la hizo sumamente agradable a los ojos de Dios, hasta el punto de ser llamada por el Papa Pío X la mayor santa de los tiempos modernos. Teresa misma había oído de una hermana mayor que el alma se vuelve más agradable al Señor cuanto más se ejercita en la simplicidad: simplificándose, se hace cada vez más semejante a Dios.
B) confianza
A la simplicidad, unió la confianza, es decir, la fe y el abandono llevados al extremo, tras superar todos los límites intermedios. Un testimonio impresionante de esta confianza elevada es la confesión explícita de Teresa: si tuviera sobre su conciencia la culpa de todos los crímenes posibles, no dudaría ni por un instante en lanzarse, con el corazón roto de contrizión, en los brazos de Jesús, bien sabiendo el amor misericordioso con el que Él acogió al hijo pródigo. Confianza que la incitaba a llamar a María con el diminutivo «mamá» en lugar de usar el formal «madre». Confianza que fomentaba el deseo de lanzarse en sus brazos con el abandono de un niño hacia su madre, de manera similar a como lo hacía con Jesús. O bien, utilizar los brazos de Jesús como un «elevador» para elevarse a las alturas de la santidad, como un pequeño pájaro débil, cargado por los brazos fuertes de Él, la Águila Divina. Confianza que llevaba a Teresa a reclamar para sí, hija de María, la «herencia materna» de las virtudes y méritos de la gran Madre de Dios. Una confianza tan profunda que inspiraba en Teresa «frases marianas» tan audaces que podrían causar perplejidad, similares a las que decía cuando era niña a su madre Zélia, como: «Ojalá murieras para poder ir al cielo». Por ejemplo, no dudaba en decir a la Virgen que es menos afortunada que nosotros, porque, a diferencia nuestra, no tiene una santa Virgen para admirar y amar. Y también, que María es menos rica que nosotros, pues mientras nosotros la poseemos junto con Jesús, ella tuvo que privarse de Él para dejarlo libre de evangelizar el reino y realizar nuestra redención. Y en una frase casi final: «Santa Virgen, si yo fuera la Reina del Cielo y tú fueras Teresa, me gustaría ser Teresa para que tú fueras la Reina del Cielo».»
C) amor
Simplicidad y confianza: dos alas con las cuales Teresa logró elevarse muy alto, recorriendo las regiones infinitas del amor. Entre los atributos divinos, prefería sobre todo la misericordia, valorando más el amor que el temor. El impulso de confianza y abandono en Dios, en lugar de cerrarse en sí misma en las angustias de sus propias debilidades, ejerció una influencia beneficiosa y reconfortante sobre la piedad de los bautizados. Siendo un martillo contra los restos de la herejía fría del jansenismo, Teresa conquistó otro título para ser proclamada doutora de la Iglesia, un martillo providencialmente suscitado por el Espíritu Santo. Cumplió esta misión exaltando, precisamente, la misericordia sobre la justicia, el amor sobre el temor. Para ella, no es el miedo, ni el temor servil, sino solo el amor que expande el espíritu y da valor salvifico a las obras: un amor que creció en ella desde la infancia y que, con el tiempo, se convirtió en un abismo imposible de sondar. El atributo del Señor que más la conmovió y conquistó fue el amor: amor misericordioso, al cual prefirió ofrecerse, en lugar de la justicia divina, como víctima de holocausto, por manos de María.
Solo en el amor Teresa encontró finalmente la motivación y el propósito de su vocación, el cumplimiento pleno de sus muchos deseos: ser guerrera, sacerdote, apóstol, mártir, doctora. Que esta llama de amor deba considerarse una sublimación del amor natural o no, no altera la realidad. Y en la realidad concreta de su vida cotidiana, Teresa hizo del amor el motor de cada movimiento: el centro unificador, tanto en el nivel natural como sobrenatural. El objeto de su amor? Sus padres, sus hermanas, sus hermanas de convento, y muchos otros aún. El Señor? Lo amó desde la infancia. Jesús? Lo amó hasta la locura. Por Él vivió de amor y por Él murió de amor. Y terminó la vida mirándolo en la cruz y diciendo: «Mi Dios…, te amo». Y cuanto a María? En sus múltiples expresiones de amor por Jesús, se puede vislumbrar, como en filigrana, el reflejo inseparable sobre María. Para la Virgen, Teresa sentía un amor tierno, confiado e ilimitado. Y nunca se cansaba de repetirlo. Ningún santo o siervo de Dios que ella venerara, San José, Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, Santa Ana de Jesús, Santa Inés, Santa Cecilia, Juana d’Arc, Estanislao Kostka, Teófanes Vénard, ninguno, absolutamente ninguno, podría competir con el amor que reservaba a la gran Madre de Dios.
Con frecuencia, una mirada fugaz a una de sus imágenes de María, y ella tenía varias, era suficiente para traerle serenidad y alegría, hasta verlas como una anticipación de la felicidad del cielo. En las dificultades inevitables, era natural y confiado el recurso a María, en la certeza de que recibiría su ayuda en el momento necesario y de que nunca sería defraudada. Antes de comenzar a redactar sus memorias, a pedido de Madre Inés de Jesús, su primer gesto fue implorar a María que guiara su mano, para que todo lo que escribiera fuera verdadero. Durante su última enfermedad, preocupada por no molestar a las hermanas que la asistían con sus accesos de tos o sueño profundo, se volvía, como de costumbre, a la bienaventurada Virgen, segura de ser atendida, pero resignada a Su voluntad.
Concluyendo: simplicidad, confianza y amor formaban juntos una tríade de actitudes que continuamente animaban las relaciones de Teresa con la Virgen. Además de constituir el eje de su vida personal y de su Vía de la Infancia Espiritual, con ellas Teresa reflejó el impulso triple derivado del componente contemplativo del carisma carmelita: impulso a la interioridad, a la familiaridad y a la intimidad.
## ConclusiónEn la espiritualidad de Santa Teresa del Niño Jesús, la relación con María estuvo marcada por la simplicidad, la confianza y el amor, tres pilares que constituyeron su Vía de la Infancia Espiritual y guiaron su vida cotidiana. Teresa veía en María no solo a una Madre, sino una presencia constante y accesible, cuya cercanía fomentaba intimidad y familiaridad. Al reflejar la esencia contemplativa del carisma carmelita, Teresa no buscaba grandes manifestaciones exteriores, sino vivía profundamente una espiritualidad centrada en el amor confiado, sin miedo ni escrúpulos, siempre entregándose en los brazos de la Madre Celestial. De esta forma, nos enseña que al relacionarnos con María, la verdadera devoción se expresa en una confianza total, un amor puro y una simplicidad de corazón, reflejando así el amor misericordioso de Dios.La lección que podemos extraer de la vida de Teresa es que, al abrazar estas virtudes y reconocernos como hijos de María, somos invitados a vivir una vida espiritual más cercana a Dios, guiada por la humildad y la entrega amorosa.**Profundiza tus estudios:** explora Mariología, Teología mariana, apariciones marianas y la Pós-Graduação en Mariología.Para profundizar en la devoción mariana al estilo de Santa Teresa, consulta la Exortación Apostólica Marialis Cultus del Papa Pablo VI.Pós-Graduação en Mariología
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