Cara de Jesús en cara de María

Introducción
La reflexión se inspira en la segunda parte de la carta apostólica de Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte (nn. 16-28): «Un rostro que contemplar». En particular, mantenemos presente el siguiente texto:

«Los tiempos de nuestro siglo, quizás ni siempre conscientemente, piden a los fieles no sólo que «hablen» de Cristo, sino, en cierto sentido, que lo hagan «ver». A la contemplación plena del rostro del Señor no debemos acercarnos únicamente con nuestras fuerzas, sino dejándonos tomar por la mano por la gracia. Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado para que madure y se desarrolle el acontecimiento más verdadero, adherente y coherente de aquel misterio, que tiene su expresión culminante en la solemne proclamación del evangelista Juan: «El Verbo se hizo carne y vino a habitar entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14)», (Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte nn. 16 y 20).Quiero demostrar que, en el misterio de la Encarnación, la Palabra de Dios, después de haber asumido una forma humana en el seno de María, da un nuevo rostro, ante todo, a la Madre y, por ella y con ella, a toda la humanidad: el rostro de Jesús en el rostro de María y en el rostro de cada persona. Por ello, en el juicio final, Jesús nos dirá: «Todas las veces que lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Y todas las veces que no lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí no lo hicisteis» (Mt 25,40.45).Desarrollemos el tema con cuatro reflexiones: sobre la simbólica del rostro, sobre la verdad del rostro de Jesús, sobre la transfiguración del rostro de María, madre de Jesús, y sobre el rostro de María en el imaginario individual y en la cultura actual dominada por lo visual.**La simbólica del rostro**El rostro es la identidad visible y personal de cada ser humano, una «foto de 3×4» que permite el reconocimiento. En él se concentran todos los sentidos externos del individuo, incluido el tacto, presente de manera particular en los labios. El rostro, visto de frente, tiene un significado físico, antes incluso psicológico y espiritual. Si excluimos la abertura interna inferior del cráneo, que permite el paso de la médula espinal, todas las demás aberturas son frontales y laterales. A través de ellas pasan los nervios craneales y los vasos sanguíneos relacionados con los órganos del sentido. Los orificios para los nervios ópticos sirven al sentido de la vista, la lámina cruosa del etmoide sirve al sentido del olfato, los canales auditivos laterales a los nervios auditivos y faciales al sentido de la audición, y los orificios laterales para los nervios glosofaríngeos al sentido del gusto. Esta configuración anatómica del rostro justifica el significado particular de la frontalidad, que une las partes más expresivas del cuerpo: los ojos, los oídos, la nariz, la boca y los labios. Por ello, la frente es el símbolo de la sabiduría en la iconografía de todas las épocas, y el arte suele dar una frente amplia a los rostros de los sabios y de los grandes personajes. Un detalle curioso: la nariz, que parece descender de la frente para dividir el rostro en dos, a menudo se utiliza como unidad de medida en las antropometrías modulares. Y según algunos iconógrafos, la nariz en el rostro de Jesús sería símbolo de la Encarnación de Dios, porque une lo más espiritual (los ojos) con lo más sensible (la boca), formando así, junto con las arcadas superciliares, el signo de la cruz.Los sentidos más estéticos y espirituales son la vista y la audición, los ojos y los oídos. Rostro y voz, luz y sonido constituyen el campo privilegiado de nuestra experiencia. Los ojos y los oídos, además, son partes integrales de nuestro rostro y lo disponen frontalmente hacia aquello que observamos o escuchamos. Y esa frontalidad del rostro expresa también la vulnerabilidad de nuestra persona, pues los ojos pueden cubrirse, pero no mentir, y los oídos no pueden aislarse de los sonidos. La persona no puede dejar de revelarse al observar y no puede evitar ser impactada por la audición. Ahora bien, sobre esta tela psicofísica vulnerable, la vista y la audición realizan para el espíritu como dos aberturas a la totalidad de la realidad. Y, para utilizarlas, la mirada debe exponerse a ella y correr el riesgo de herir y de ser herida. Ese riesgo se vuelve alto cuando la vista se convierte en observación y el sonido en palabra. Sin embargo, dicho riesgo es más fácilmente superable si la observación y la escucha se realizan de forma complementaria: «Felices vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque escuchan. De cierto os digo: muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y escuchar lo que vosotros escucháis y no lo escucharon» (Mt 13,16-17).Los ojos son la apertura corporal de nuestro espíritu. Por eso son capaces de ver y «hablar», de observar y donar. En cierto sentido, el ojo es todo el ser: la íris resume el ojo, el ojo, con las pálpebras y las cejas, resume el rostro, el rostro resume el cuerpo, como el cuerpo resume el universo entero. Cuando los ojos reciben la luz, iluminan el rostro: «Si tu ojo es sano, todo tu cuerpo estará en luz; pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará en tinieblas» (Mt 6,22-23). Y eso, tanto en sentido físico como espiritual. Se diría que los ojos emanan una luz propia. Al igual que la luz solar permite ver las cosas, la luminosidad de los ojos permite interpretarlas y darles un sentido para nosotros.Por ello, el observar revela los pensamientos del corazón, esa interpretación de la realidad de la que depende nuestra relación con el mundo de las cosas y las personas. Podemos, por tanto, decir que los ojos expresan a la persona en su verdad interior, pues el observar se enciende precisamente por esa espiritualidad interior, convirtiéndose en la traducción orgánica de la intencionalidad del yo personal: «En el ojo, el rostro es el lugar de la mayor desnudez ante lo infinito», (O. Clément, *El rostro interior*, Jaca Book, Milán 1978, 44). En los ojos reside todo el ser, que, con su realidad histórica, siempre busca otro observar. De hecho, sabemos que dos personas se encuentran con el observar mucho antes del contacto físico.El observar expresa todo de una persona, lo positivo y lo negativo, sus expectativas y desilusiones. Por eso existe el observar vivificante y puro que irradia vitalidad y alegría, el observar del ser plenamente realizado o del santo, que es toda recepción, presencia positiva, transparencia silenciosa. También existe el observar infiel y helado como la muerte, que expresa un anhelo insaciable. Los filósofos existencialistas hablan del observar que petrifica y roba el mundo, en el cual el movimiento del rostro se invierte: ya no del alto al bajo, lo celeste que ilumina lo terrestre, sino del bajo al alto, lo terrestre que apaga lo celeste.Perceber es ofrecer, y captar un ofrenda no es percibir un objeto-ofrenda en el mundo (a menos que esa ofrenda esté dirigida a nosotros), sino darte cuenta de que somos ofrecidos. El ofrenda, que los ofrendamientos, cualesquiera que sean, revelan, me remite puramente a mí mismo. Lo que siento cuando escucho crujir las ramas detrás de mí no es que haya alguien detrás, sino que soy vulnerable, que poseo un cuerpo que puede ser herido, que ocupo un espacio y que, en ningún caso, puedo escapar del espacio donde estoy sin defensa. En resumen, que soy visto. Así, el ofrenda es sobre todo un intermediario que me remite de mí a mí mismo. Es la vergüenza o el orgullo los que me revelan el altar elevado y a mí mismo en el límite del ofrenda. Me hacen vivir, no ocurrir, la situación de ser ofrecido. Ahora bien, la vergüenza es vergüenza de uno mismo, es el reconocimiento del hecho de que soy, precisamente, el objeto que otro ofrece y juzga. No puedo sentir vergüenza si no es por la falsa libertad en la medida en que me escapa para convertirme en un objeto dado. Así, originalmente, el vínculo de la falsa conciencia irrefleja con mi yo-ofrecido es un vínculo no de ocurrir, sino de ser. Soy, más allá de cualquier ocurrencia, ese yo que otro ocurre. Y ese yo que soy, lo soy en un mundo del cual otro me ha despojado. (Ver J.-P. Sartre, *El ser y la nada*, Ed. El Saggiatore, Milán 1972, 328-331).En el rostro, las arrugas marcan las etapas de su vida, desde el nacimiento hasta la muerte: la serenidad o los traumas de la infancia, las vicisitudes de la adolescencia, las aventuras o las audacias de la juventud, las pausas de la edad adulta y las meditaciones de la vejez. Sin embargo, las transformaciones más marcadas que el rostro de cada edad puede asumir provienen de las lágrimas y la sonrisa. Las lágrimas dicen que el rostro no está hecho para lo inevitable, expresan la fuerza del débil, muestran una vida más fuerte que la muerte y un amor que supera el odio. La sonrisa traduce en el rostro un gesto de confianza, una audaz propuesta de comunión, una tenaz voluntad de reinicio. Muchas veces, una sonrisa o una lágrima desbloquean una relación a la que no serviría un río de palabras.De manera análoga, el rostro utiliza sus oídos, que son capaces de cierta reflexión negada a los ofrendamientos. Los oídos, de hecho, escuchan y pueden escucharse a sí mismos, mientras que los ofrendamientos ven, pero no pueden verse. Los primeros sonidos que la audición capta son los del cuerpo dando señales de vida. Y este fenómeno nos lleva a reflexionar sobre cómo el rostro emite sonidos y habla. La palabra es un sonido articulado y cargado de significado. Por eso, para hablar, como para producir una señal o una secuencia de señales, es necesario hacer un esfuerzo, emitir sonidos. Es el mismo esfuerzo con el que intentamos comunicarnos.Es en la comunicación interpersonal donde el ofrenda y la escucha, la imagen y la palabra, se encuentran y se realizan en su plenitud de sentido. Y el sentido pleno de la imagen es que los ofrendamientos expresan a la persona en su verdad interior, pues el ofrendar se enciende precisamente por esta espiritualidad interior, de modo que se convierta en la traducción orgánica de la intencionalidad del yo personal: «En el rostro, el ofrendido es el lugar de la mayor desnudez ante lo infinito», (O. Clément, *El rostro interior*, Ed. Jaca Book, Milán 1978, 44).Y si la palabra es sonido, su «luz» es la música. En la acción litúrgica, «la música interior a la palabra y la luz interior a la imagen hacen estallar, en un destello de luz, la belleza estética y indican lo inefable del Espíritu que desciende e incansablemente permanece sobre Cristo y sobre su cuerpo eclesial», (O. Clément, *I visionari: saggio sul superamento del nictilismo*, Jaca Book, Milán 1987, 223).
El rostro de Jesús
En el rostro de Jesús podemos descubrir la belleza y la dignidad del rostro del hombre. A través de la Encarnación, Dios se da a sí mismo un rostro humano para que el hombre (imago Dei) encuentre su verdadero rostro (similitud con Dios).Jesús Cristo, Hijo de Dios y Hijo de María, hace visible a Dios en la carne, en toda su persona y su historia. Sin embargo, el rostro realiza, como para todo ser humano, la expresión privilegiada de su personalidad y, por tanto, también de su divinidad, pues «en él habita toda la plenitud de la divinidad» (Col 2,9). Por ello, con frecuencia, los iconódulos citan la respuesta de Jesús a Felipe que le pedía: «Enséñanos el Padre». Y Jesús: «Si me conoces, conocerás al Padre» (Jo 14,8-9). Según esta forma de entender, podemos afirmar que el rostro de Jesús es el rostro de Dios. Aquel que los cielos no pueden contener se encarnó en el cuerpo de carne que el Verbo de Dios tomó del seno de María. El *kontákion* del Domingo de la Ortodoxia, en el año litúrgico bizantino, reza así:«El Verbo indescifrable del Padre se hizo descriptible al encarnarse en ti, Madre de Dios. Y, habiendo restaurado en la antigua dignidad nuestra imagen corrompida por el pecado, la unió a la belleza divina».Jesús es la realización de la revelación y el don de Dios al hombre, pues en él Dios toma rostro para hacerse ver y voz para hacerse oír.«En el rostro de Jesús se realiza aquello que vemos esbozado en todo rostro humano: la asunción de la humanidad entera y del universo […] El Verbo habitó en todos por medio de un solo para que, del único auténtico Hijo de Dios, esta dignidad pase a toda la humanidad mediante el Espíritu santificador», (O. Clément, *Il volto interiore*, Jaca Book, Milán 1978, 30).Durante su vida terrenal, en el episodio de la Transfiguración, con el sonido de su voz y la luz de su rostro, Jesús realizó sobre todos y sobre todo una fulgurante y divina irradiación de la energía vital del primer y único día de la creación (cf. Gn 1,5).Toda la arte sacra cristiana encuentra precisamente en la Transfiguración de Jesús la belleza que la hace existir. Desde los primeros siglos, los cristianos buscaron reconstruir el rostro de Cristo. Sin embargo, a menudo lo hicieron de manera simbólica, tomando rasgos de los rostros de dioses paganos, para exaltarse algunos aspectos esenciales de su personalidad. Solo en el siglo IV se afirmó una tipología facial: frontalidad recogida por un círculo, cabello dividido en medio, profundas arcadas superciliares, puente nasal largo, bigotes puntiagudos orientados hacia abajo, barba bifurcada y no demasiado espesa. Recordamos el *busto de Cristo entre el alfa y el omega* en las catacumbas de Commodilla y *Cristo en trono entre los santos Pedro y Pablo* en las catacumbas de los santos Pedro y Marcelino en Roma.Esta tipología del rostro de Jesús parece retomar la del Sudario de Turín, del cual los expertos en sindonología han definido los siguientes rasgos característicos:– Una línea transversal en la frente – Un espacio delimitado por tres lados entre las arcadas superciliares en forma de V – Una segunda forma en V donde termina el puente nasal – La ceja derecha, en relación a quien mira, más alta que la otra – Las manzanas de la cara muy pronunciadas – La narina izquierda, en relación a quien mira, más ancha que la derecha – Una línea bien marcada entre la nariz y el labio superior – Otra igual entre el labio inferior y la barba – La boca cerrada y ligeramente saliente – La barba en dos puntas – Una línea transversal en la garganta – Ojos grandes y bien abiertos, que recuerdan a los de una búho – Dos mechones de cabello que descienden desde la coronilla de la frenteEstas particularidades del rostro del Sudario se encuentran, todas o casi todas, en los rostros de Cristo, especialmente a partir del siglo VI, un hecho difícilmente explicable como simple fantasía o pura coincidencia. De hecho, muchos estudios recientes en este campo tienden a unir el rostro del Mandylion de Edesa (ver Patrología Grega CXIII, 423-454) con el del Sudario de Turín, llegando incluso a identificarlos. En cualquier caso, está claro que el rostro de Jesús del Sudario de Génova, conservado en la iglesia de San Bartolomé de los Armenios,«corresponde exactamente a las dimensiones del rostro de Cristo del Sudario de Turín y que las proporciones entre las diversas partes de ambos rostros, es decir, las medidas antropométricas faciales, se mantienen exactamente constantes». (G. Ciliberti, *Il Santo Sudario e la chiesa di S. Bartolomeo degli Armeni* Padres Barnabitas, Génova 1987, 12).Por lo tanto, parece justificado hablar de una tipología del rostro de Jesús o de un «rosto canónico» que determina, en mayor o menor medida, las futuras representaciones de Cristo, incluidas aquellas inculturadas, cuyos rasgos se han adaptado a las diversas razas humanas. Así, el rostro de Jesús, fácilmente reconocible, se convirtió en un rostro bizantino o romano, español o árabe, germánico o eslavo:«El rostro de Cristo constituye, por tanto, el ‘rostro común’ de la humanidad: el rostro entre todos los rostros. No porque elimine los otros para sustituirlos, sino porque su irradiación los penetra, haciéndolos transparentes a su misma luz, a su incandescencia secreta que es del Espíritu. Cuando nos encontramos ante un ser de bondad, paz y bendición, sentimos que nos envuelve, nos acoge en sí, nos asocia a la inmensidad que brota en él. Cuanto más, entonces, encontrar a Jesús significa estar en Él. Su rostro no es una frontera ni un encanto mágico, es una apertura de luz en la que se anula la separación y se confirma la diferencia. Jesús no hace competencia. En esa apertura que es, en esa luz que comunica, descubrimos el verdadero rostro del otro, liberado de las máscaras, reunificado, secreto de una persona y, al mismo tiempo, lugar de Dios. Todas las razas, todas las culturas, todas las formas de adoración encuentran su espacio y su significado último en esa apertura. El rostro de Cristo en los íconos, color de tierra mezclado con luz, no pertenece a la raza blanca. Es el rostro abismal de la humanidad, antes de cualquier diferenciación y también a través de ellas», (O. Clément, *Il volto interiore*, Jaca Book, Milano 1978, 30-31).La representación del rostro de Jesús realiza, por tanto, una presencia de su persona. Y la persona de Jesús es divina, es la de aquel que es «Filio de Dios, generado del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero» (Símbolo niceno-constantinopolitano).Debido a la creación, existe una presencia de la Palabra de Dios en toda realidad finita: «Tudo fue hecho por medio de Él, y sin Él nada fue hecho de todo lo que existe» (Jo 1,3). El apóstol Pablo es aún más explícito:«Él es imagen del Dios invisible, generado antes de toda creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas, las que están en los cielos y las que están en la tierra, las visibles y las invisibles: tronos, dominios, principados y potestades. Todo fue creado por medio de Él y para Él. Él es antes de todas las cosas y todo subsiste en Él», (Col 1,15-17).Sin embargo, a través del misterio de la Encarnación de la Palabra de Dios, el rostro de Jesús también realiza su presencia humana. El Verbo del Padre y Jesús de Nazaret son la única persona del Hijo de Dios y del Hijo de María. Y la presencia se refiere siempre a la persona, aunque los títulos y formas puedan variar. De hecho, Jesús, viviendo en gloria, realiza diversas formas de presencia, es decir, una presencia motivada de maneras diversas: está presente en la Palabra de Dios recontecida y acogida, para hablarnos. En el tono de quien nos hace cercanos, para acercarse a nosotros y abrirnos el corazón a ese amor que se hace servicio. En la invocación de su Nombre, para socorrernos. En la imagen de su rostro, para adorarle. En la asamblea de sus discípulos, para reunirlos. En los santos dones eucarísticos de su Cuerpo y Sangre, para asociarnos a Él a través de quienes de él se alimentan.»Los diversos fines de su presencia encuentran plena motivación y cumplimiento en la presencia eucarística, momento supremo de mutuo don personal en la unidad del Espíritu Santo. De modo análogo, toda palabra de revelación está orientada y comprendida en la única Palabra eterna hecha Voz, y toda ícono se orienta y comprende en la única Imagen consubstancial del Padre hecha Rostro (cf. Hb 1,1-3).La conclusión de este párrafo es que la ícono del rostro de Jesús, también según el constante testimonio de los Padres de la Iglesia, es la ícono madre de todas las íconos, de la bienaventurada Virgen María y de los santos. El rostro de Jesús «es el sello vivo de la sinergia entre Dios y la humanidad, es la palabra en la que Dios se expresa plenamente, Verbo hecho carne, permaneciendo al mismo tiempo palabra silenciosa, escondida, nunca agotada. Nunca dejaremos de caminar en la luz de este rostro», (cf. Sal 88 [89],16).Por ello, en el arte sagrado cristiano, la única verdadera ícono de Dios es el rostro de Cristo. Todas las demás íconos son íconos por participación en la ícono de Cristo, en la medida en que reproducen sus rasgos de santidad: «Y nosotros todos, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su imagen, de gloria en gloria, según la acción del Espíritu del Señor» (2 Cor 3,18). Si esto es válido para todos los discípulos de Jesús, con el máximo esplendor y energía lo es para aquella que, entre todas las criaturas, está más unida a Jesús: en su seno y por su consentimiento, el Hijo unigénito de Dios se hizo hombre y primogénito de muchos hermanos.El rostro de Jesús en el rostro de MaríaEl rostro de Jesús está presente en el rostro de María, como el rostro de un hijo está presente en el rostro de su madre, mientras reproduce sus semejanzas. La causa de la semejanza del rostro de María con el rostro de Jesús es natural y sobrenatural: es la maternidad divina de María. Por ello, es oportuno releer un pequeño texto del Concilio de Éfeso (431):«Confesamos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios, es perfecto Dios y perfecto hombre, compuesto de alma racional y cuerpo. Es generado del Padre antes de los siglos según la divinidad, nacido por nosotros y para nuestra salvación al final de los tiempos de la Virgen María según la humanidad. Es consubstancial al Padre según la divinidad y consubstancial a nosotros según la humanidad, habiendo realizado la unión de las dos naturalezas. Por ello confesamos un solo Cristo, un solo Hijo, un solo Señor. Según este concepto de unión sin confusión, confesamos que la Santa Virgen es Madre de Dios, habiendo encarnado el Verbo de Dios y hecho hombre, y uniéndose a Él desde su propio concepimiento el templo asumido de ella» (Concilio de Éfeso, Fórmula de Unión en Documentos de los Concilios Ecuménicos, UTET, Bolonia 1978, 148).María nos dio «la imagen del Dios invisible» (Col 1,15), colaborando de modo inenarrable con la Encarnación del Verbo de Dios mediante su consentimiento a la voluntad del Padre. Ahora, nueva Eva y verdaderamente bendita entre todas las mujeres, resplandece de la gloria de Dios en toda plenitud posible en una criatura, en la que se cumplió enteramente el proyecto del Padre de divinizar la humanidad en Cristo Jesús:«Aquellos que aman a Dios fueron llamados según su diseño. Los que él desde siempre predestinó, también los conformó a la imagen de su Hijo, para que sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, también los llamó. Y a los que llamó, los justificó. Y a los que justificó, los glorificó». (Rm 8,28-30).María es, por tanto, la única ícono perfecta del Verbo encarnado, imagen plenamente conforme a la imagen del Hijo de Dios. Y esto debido a su santidad, santidad que no anula la relación humana de madre con hijo, sino que la enaltece y la glorifica. Por ello, en el rostro de María se refleja el rostro de Jesús, precisamente porque el rostro de María dejó huella en el rostro de Jesús. El rostro del Hijo y el rostro de la madre se funden en una relación de semejanza ardiente creada por la acción del Espíritu Santo, relación de plenitud de humanidad y divinidad: «En Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad, y nosotros tenemos parte de su plenitud» (Cl 2,9-10). Por lo tanto, si todos participamos de esta plenitud de Cristo, mucho más lo hará la Madre del Señor, aquella que concibió en perfecta virginidad al Hijo de Dios, permitiendo que se hiciera hombre naciendo de una mujer.También el rostro de María, como el rostro de Jesús, manifiesta su canonicidad: cabeza velada y coronada por una estrella (la Sentora), rostro luminoso y materno (la Virgen Madre), mirada compasiva (la Madre de misericordia).El rostro de María siempre aparece enmarcado por el velo que cubre su cabeza, con una estrella sobre la frente. El velo simboliza a María como «sierva del Señor» y la estrella, su perfecta y perpetua virginidad.María vivió siempre sometida a la voluntad del Padre, hasta el punto de merecer el elogio de Jesús. Cuando una mujer se acercó a él y dijo: «Feliz el vientre que te llevó y los pechos que amamantaron», Jesús respondió: «Felices más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,27-28). Con su consentimiento al concepimento del Hijo de Dios, María participa, de manera única, en nuestra salvación, en el «misterio callado durante siglos eternos» (Rm 16,25). Por tanto, el velo podría simbolizar también esta plena revelación del misterio de nuestra salvación, así como el rostro emerge descubierto del velo.Gracias a su obediencia amorosa, María no solo está involucrada en la Encarnación de la Palabra de Dios, sino también en su pasión, muerte y resurrección. Al igual que el Hijo «se hizo obediente hasta la muerte, incluso la muerte de cruz» (Fl 2,8), María, sierva obediente, permite que su alma sea atravesada por la espada del dolor (cfr. Lc 2,35) y realiza, como madre que consiente, una plena participación en la pasión y muerte de Jesús (cfr. Rm 8,17), de modo que puede afirmar, antes y más que el apóstol Pablo: «Fui crucificado con Cristo y ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gl 2,20).Por ello, también en ella se cumple el designio de gloria deseado por el Padre, que, al igual que exalta a Jesús, también exalta a la Madre, reconociéndola y proclamándola Reina junto a Jesús, «en cuyo nombre toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y bajo la tierra» (Fl 2,10). De esta asociación gloriosa con el Hijo resucitado y glorificad, María, al convertirse en Madre, recibe todo el poder que una criatura puede recibir, por encima de toda criatura e incluso por encima de las criaturas rebeldes a Dios. De ahí deriva su poderosa protección contra los espíritus malignos.**La Virgen Madre**El rostro de María irradia luminosidad porque está completamente volcado hacia el rostro de Jesús: «Volved a Él y seréis radiantes» (Sl 34 [33],6). María, la virgen íntegra, está preservada de toda impureza: el mal queda inoperante en ella gracias a las purificaciones de sus padres, a la acción del Espíritu Santo, que la mantiene siempre bajo su sombra, y a su libre elección. Por ello participa de la luminosidad del Rostro del Hijo: por gracia divina, en ella no hay oscuridad. Su luz es la gloria de la virginidad fecunda. Por eso, debemos comprender en profundidad el significado de la concepción virginal de Jesús por María.Toda criatura, en cuanto tal, viene a la existencia creada por Dios. En esta obra de creación se realiza una cooperación entre el amor de los padres (la unión conyugal) y el amor del Padre Dios. Esto no ocurre en el caso de la concepción de Jesús: no se trata de una criatura que viene a la existencia, sino del Hijo de Dios que asume carne en el seno de María. Solo hay una cooperación de dos voluntades: el sí de María y el sí del Padre Dios. No preexistimos antes de nuestra concepción en el seno de nuestra madre. Jesús preexistía, como Hijo de Dios, en el seno del Padre. Por ello, la Encarnación, la concepción virginal del Verbo de Dios, es la gloria de María.Además, María realizó perfectamente su maternidad no solo en la concepción y el parto de Jesús, sino también en su obra educativa. Podemos vislumbrar una pequeña muestra de su estilo educativo cuando, con José, encuentra a Jesús en el Templo, «sentado en medio de los maestros, mientras los escuchaba y les hacía preguntas» (Lc 2,46). Ella habla, pero para decir: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? He aquí tu padre y yo, angustiados, te buscábamos» (Lc 2,48). María pone al padre en primer plano. Ciertamente es fácil ver en este detalle un simple hábito cultural. Sin embargo, también podemos considerar que lo intenta conscientemente, siguiendo un estilo educativo propio. Hoy sabemos que la salud psíquica del niño exige una buena relación con el padre. Tenemos buenas razones para pensar que María intenta favorecer esta relación de Jesús con José. Así, María realizó plenamente su maternidad al generar, hacer crecer y educar al Hijo Jesús.También por ello, María presenta ahora un rostro materno, de una maternidad universal, mediante la intervención del Espíritu Santo, que transforma lo sobrenatural en aquello que en ella sería natural: es el rostro de la madre, de la nueva Eva. La maternidad divina enciende en ella todos los carismas de la feminidad, de la acogida y de la intercesión. Ahora sabemos que los carismas pasan, pero que «la caridad nunca tendrá fin», (1 Cor 13,8-10). Por ello, por su caridad, María sigue ejerciendo su maternidad hacia todos los fieles y hacia todos los hijos de Adán. Incluso más: la maternidad de María humaniza la paternidad del Padre, que nos da al Hijo. La Madre expresa la misericordia del Padre, su amor de compasión, más dulce, tierno, un amor que es el Hijo Jesús. Esta expresión de ternura se acentúa cuando el rostro de María se une al del Niño Jesús, como en las tipologías de la Virgen Eleusa.**La madre de misericordia**El altar de María es compasivo. En la antífona «Salve Regina», la liturgia utiliza estas expresiones: «mater misericordiae, vida, dulcedo et spes nostra […]. Ilos tuos misericordes oculos ad nos converte!» ([madre de misericordia, vida, doçura y esperanza nuestra […]. Volva hacia nosotros estos tus ojos misericordiosos!)。La Virgen de Guadalupe se dirige a Juan Diego, aún novicio, con estas palabras: «Soy la perfecta y siempre virgen santa María, la madre del verdaderísimo y único Dios. Deseo ardientemente que en este lugar se construya un pequeño templo sagrado, que se erija para mí un santuario, donde yo quiera manifestarme, hacerme ver, darme a los hombres con todo mi amor personal, con mi mirada compasiva, con mi ayuda y salvación menores, porque soy, en verdad, vuestra madre misericordiosa: la de todos los que habitan en esta tierra y de todos aquellos que me aman, me invocan, me buscan y depositan su confianza en mí», (Nican Mopotua, pp. 26-31).Este altar compasivo de María, rasgo constante de todas las iconografías marianas, expresa la compasión de Dios por Adán y por todos los descendientes de Adán: Dios Padre «amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Jo 3,16). En las iconografías marianas, los oltos de la Virgen, que fijan a quien la contempla, y su mano, que muestra al Salvador, ofrecen a quien se deja oltar y guiar, la fe de María, de la misma manera que la fe de Abraham. La maternidad de María se convierte en expresión de la sorprendente e incomprensible filantropía del Padre, «que no escatimó a su Hijo» (Rom 8,32).Gosto de concluir este párrafo subrayando que la maternidad universal de María se traduce iconográficamente en su rostro inculturado, que adopta las facciones de toda raza, el color de toda tierra, el sonido de toda lengua. Esta dimensión de fe encuentra expresión en el arte de cada pueblo, que confiere al rostro de María los rasgos de un rostro europeo, africano, japonés, latinoamericano. Sin embargo, lo más sorprendente es que la Virgen María, cuando se manifiesta visiblemente según los designios imperscrutables de Dios que desea la salvación de todos los pueblos, realiza la misma operación de inculturación. Un ejemplo muy elocuente es el rostro de Nuestra Señora de Guadalupe: adopta las facciones de un rostro mestizo cuando aún no existían rostros mestizos, ya que su rostro se imprimió en el tilma de Juan Diego el 12 de diciembre de 1531, diez años después de la conquista de la Ciudad de México. Podemos concluir verdaderamente que María da rostro a quienes no tienen rostro y continúa haciéndolo, tanto a individuos como a pueblos.## El rostro de María en el mundo de la imagenLa imagen remite a la función de la visión y se realiza en la espacialidad. La palabra remite a la función de la audición y se manifiesta en la duración: lo visual (televisivo) es espacial (planetario), el sonido es temporal. La imagen presenta la realidad. La palabra se pronuncia sobre la realidad y plantea un problema de verdad que trasciende al mundo de nuestra percepción. Por ello, en nuestra cultura actual dominada por lo visual y lo televisivo, parece imponerse una oposición radical entre imagen y palabra, análoga a la que existe entre sentidos e intelecto, entre percepción y verdad.Sin embargo, es experiencia de todos que es imposible pensar sin imaginar y sin hablar consigo mismos. Imagen y palabra contribuyen a la actividad del pensamiento y el conocimiento, a toda actividad espiritual de nuestro yo personal, al que permiten expresarse también más allá de la experiencia sensible. Imagen y palabra tienen un punto en común en la actividad del espíritu, que une espacio y tiempo en el conocimiento, la realidad percibida y la verdad en el pensamiento. Esto implica que la imagen también puede llevarnos a un conocimiento verdadero. Y es el caso de las imágenes sagradas, ya que representan la realidad no como se ve, sino como se revela y se experimenta, al estilo de los niños en sus sueños.Por lo tanto, en la antropología cristiana, imagen y palabra son complementarias y no contradictorias. Y permanece siempre actual lo que definió el Cuarto Concilio de Constantinopla (869-870): «Prescribimos que, ante la sagrada ícono de nuestro Señor Jesucristo, se haga la prostración del mismo modo que se hace ante el libro de los santos Evangelios. De hecho, así como todos obtenemos la salvación por las letras que contiene, de la misma manera todos, tanto alfabetizados como analfabetos, reciben su parte de beneficio de la energía icónica de los colores a nuestra disposición. Porque lo que la palabra anuncia y hace presente mediante los sonidos, el sueño lo anuncia y hace presente mediante los colores», (Concilio de Constantinopla IV, cán. 3).Por ello, la unión de la palabra con la imagen, realizada en el Verbo encarnado, constituye el corazón del cristianismo y es incluso su afirmación central: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Desde entonces, hemos visto su gloria, aquella gloria que un Hijo único recibe del Padre, llena de amor y de fidelidad» (Juan 1,14). Por lo tanto, se debe resaltar la complementariedad entre ver y hablar, en el espíritu de la toma y en la revelación cristiana. En esta complementariedad, la imagen recibe de la palabra claridad y determinación, y la palabra recibe de la imagen la capacidad de dirigirse a la mente y al corazón del tomador.Así, nos vemos impulsados a reflexionar con mayor atención sobre la relación entre vista y oído, entre imagen y palabra, en lo que respecta a la actividad expresiva del tomador. La imagen recuperará así su significado en el contexto de la expresividad del espíritu y demostrará ser capaz de provocar pensamiento y reflexión, abriendo las puertas a la gratuidad y a la belleza.Se abren así dos aplicaciones concretas de lo que hemos destacado sobre el significado del rostro de Jesús en el rostro de María, dos ámbitos de acción del rostro de María: en la vida de fe personal y en la cultura actual dominada por lo visual.El rostro de María en la vida de fe personal
El icono del rostro de María tiene un efecto terapéutico en aquellos que se sienten heridos y se dejan herir por su compasión. El altar de María reordena y cura la relación de cada uno con su propia madre. Sabemos que muchos males psicológicos son causa (en los tomadores) y efecto (de la propia madre) de una relación equivocada con la madre. La maternidad, en efecto, un don inestimable de Dios, ha sido mancillada por el pecado y requiere, por lo tanto, ser redimida y vivida bajo la luz de Jesús. El rostro de María, pura en todo y madre perfecta, actúa sobre la imaginación turbia reorganizándola, y esta reorganización tiene efectos beneficiosos: directos sobre los malestares de naturaleza psíquica, e indirectos sobre las enfermedades físicas, ya que estimula al enfermo a descubrir el sentido de su propia enfermedad. Por este camino, María, madre de misericordia, ofrece una oportunidad de salvación a todo tomador que busque cargar sus propios pesos sin ser aplastado por ellos.Para utilizar el icono del rostro de María, es importante contar con algunas informaciones esenciales sobre la iconografía cristiana sagrada. El ícono es esencialmente imagen y, precisamente como imagen, está cargado de emotividad y estimula a la acción. Y la acción del Espíritu Santo sigue este camino icónico: la gracia recorre las vías de la economía salvadora universal.En la visión semítica, el tomador está compuesto de espíritu, psique y cuerpo. El ícono, mientras está cargado de la energía del Espíritu Santo, actúa en la psique y en el espíritu (en nuestra capacidad decisional), porque «el Espíritu de Dios viene en ayuda de nuestra debilidad» (Romanos 8,26), y esta acción se extiende también al cuerpo.Al ofrendar el ícono, antes o después, se realiza la inversión del altar: quien ofrece se da cuenta de que está siendo ofrecido. Si decides dejarte ofrecer, te abres lentamente al otro, no como un doble tuyo, sino al otro en su alteridad. Con esta conversión del altar, el ícono entra en la imaginación y comienza a reestructurarla cada vez más profundamente.Cada ícono está compuesto de contraste y color. El contraste actúa principalmente sobre nuestro *logos*, mientras que el color, vibración energética, actúa sobre el *eros*. Un tono equilibrado realiza un equilibrio justo entre *logos* y *eros*, entre racionalidad y emotividad. Esta salud se manifiesta en el dominio de uno mismo.En la tradición auténticamente cristiana, el ícono, antes que ser un acontecimiento de belleza, es revelación del Verbo de Dios. En cada ícono siempre hay una verdad revelada que nos guía hacia la Verdad entera (cf. Jo 16,13). Es esta verdad, descubierta e interiorizada, la que «verifica» el tono.Sin embargo, esta verdad revelada por el ícono exige una lectura atenta y paciente prolongada. Su luz energética se da en el silencio de la acogida, como semilla en tierra fértil o como agua en tierra árida, y entra en aquel que se deja ofrecer para que cure su mente (pensamientos y convicciones) y su corazón (imaginación). Se exige, por tanto, una actitud esencialmente contemplativa, de escucha profunda, en la que uno permanece disponible para acoger el Don del ícono, sin imponer condiciones, abierto a la novedad del misterio que podría revelarse. Desde esta perspectiva, se comprende por qué el ícono exige silencio y oración.Al contemplar los ícones, impresiona su dinamismo intrínseco: dicen, en la fijidad, lo que normalmente las imágenes expresan con su movimiento. Para nosotros, acostumbrados a este dinamismo explícito e, a veces, ilusorio, es un poco agotador fijarnos en el altar acogedor y desarmado sobre el ícono: «*olto en los oltos*». Por eso es necesario distanciarse de la concepción moderna de las imágenes: el ícono no es una ventana a través de la cual podamos entrar al mundo representado, sino un lugar de presencia del misterio representado, que irradia hacia aquel que se abre para recibirlo.Ahora bien, si realizamos este tipo de oración visual ante un ícono del rostro de María que ofrece a quien la mira, con perseverancia (algunos minutos cada día), se reactivará nuestra relación de fe con Jesús y mejorará nuestra vida espiritual. María, madre virgen, curará la relación de cada uno con su propia madre, con su propio cuerpo y con su sensibilidad emocional.El dualismo entre alma y cuerpo abarca una gama de situaciones que van desde el culturismo (que opta por el cuerpo) hasta el superespiritualismo (que opta por la alma), y genera actitudes negativas, incluso pesadas, frente a la alegría de vivir plenamente la humanidad que somos, porque olvida que «todo lo creado por Dios es bueno y nada se debe rechazar si se hace con acción de gracias» (1Tm 4,4). En situaciones así, lentamente el rostro de María revela la importancia del cuerpo a quien intenta vivir como un ángel, y la importancia de la espiritualidad y la inmortalidad de la alma a quien intenta vivir como un animal racional.La subvaloración de la sensibilidad emocional, a menudo conjugada con una falsificación del *eros* reducido al sexo, abarca un abanico de situaciones que van desde un aislamiento introspectivo exacerbado hasta una apertura psicodélica. El defecto común es la falta de una interioridad madura capaz de ofrecerse como don, pues están contaminadas las fuentes del *eros* tumano, de las cuales no nacen relaciones auténticas que permitan al individuo vivir en verdadera comunión con sus semejantes. La acción de la iconografía de María sobre el ámbito emocional es particularmente eficaz y genera una nueva armonía entre la emotividad y la racionalidad. Nos capacita a disfrutar de realidades y acontecimientos felices con una alegría que no deja rastros amargos, y a sufrir en situaciones adversas sin perder la paz interior. Se diría que María nos introduce en la poesía de la vida.Ante situaciones de incomodidad o enfermedad, provocadas por la ruptura dramática de la armonía existente entre los componentes de la vida individual (corporeidad, psique, emotividad, valores, estilos de vida) y los componentes de la vida social (economía, entorno, cultura, sociedad y servicios), el rostro de María, que nos mira y por el cual nos dejamos mirar, nos hace descubrir nuevas formas de autogestión, incluso cuando los límites impuestos por una enfermedad nos causan sufrimiento. Finalmente, al abrirnos a relaciones verdaderas, también provoca un cambio en los cuidados médicos, tendiendo a evolucionar la medicina orgánica hacia una medicina relacional.**El rostro de María en la cultura visual**Me gustaría iniciar esta última reflexión con un anhelo de Juan Pablo II:«La redescoberta del ícono cristiano ayudará también a tomar conciencia de la urgencia de reaccionar contra los efectos despersonalizantes y, a veces, degradantes de las múltiples imágenes que condicionan nuestra vida en la publicidad y los medios de comunicación. Es, de hecho, una imagen que nos trae el oltar de un Otro invisible y nos da acceso a la realidad del mundo espiritual y escatológico», (Juan Pablo II, *Duodecimum saeculum* n. 11).La cultura actual, dominada por lo visual, se construye sobre la inmediatez de las imágenes que no dejan tiempo para reflexionar, la asociación de acontecimientos que no permite argumentar, la generalización que simplifica todo y la seducción de las imágenes y propuestas concretas. Según la indicación del Santo Padre, la iconografía cristiana puede ayudar a los tomadores de decisiones a superar la idolatría de las imágenes autorreferenciales, descubrir una vida digna de ser vivida y apreciar la realidad del mundo espiritual y escatológico de la fe cristiana. En este trabajo de desintoxicación de las seducciones ilusorias, de tumanización de las relaciones interpersonales y de evangelización, el ícono del rostro de María desempeña un papel decisivo, ya que reapresenta la imagen de la mujer y la madre, sin competir, sino proponiendo y reproponiendo una nueva mentalidad, según el imperativo: «No os conformeis con la mentalidad de este siglo, sino transformaios por medio de la renovación de vuestra mente, para que podáis discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto» (Rm 12,2).En la cultura actual, que se presenta como una superestructura global capaz de homogeneizar todas las culturas regionales, dominan el saber científico, el desarrollo tecnológico, las relaciones económicas y una cosmovisión idolátrica. Esto implica que el conocimiento único prevalece sobre otras formas de conocimiento, que la tecnología y la economía determinan la investigación científica y la política. Todo ello dentro de una cosmovisión autorreferencial en la que el sujeto contempla y satisface únicamente a sí mismo. En este contexto, los valores de la familia, la política, el arte, el altruismo en la lógica de la gratuidad y el don se vuelven difíciles de vivir y sostener, ya que encuentran obstáculos cada vez más fuertes.El mundo visual es esencialmente tele-visual y la pátina que lo hace brillante es la idolatría, de la cual debemos ser conscientes. Por ello, es necesario aclarar brevemente el significado de ídolo en contraste con el ícono del rostro de María.Algo se convierte en ídolo cuando, al ofrecerlo a quien lo admira, da exactamente lo que espera. El acto de adoración encuentra todo lo admirable en lo que ve y, por tanto, se posa y descansa en él. Por eso, «el acto de adoración hace al ídolo, no el ídolo al acto de adoración, lo que significa que el ídolo satisface con su visibilidad la intención del adorador». (J.-L. Marion, *Dios sin ser*24).El ícono, por el contrario, convoca al acto de adoración a través de su visibilidad para mostrarle al admirador la futilidad de lo que él mismo muestra y para corregirlo y estimularlo a adorar más allá de lo que puede ver. El ícono se convierte así en manifestación del invisible, relativizando su visibilidad y frustrando en cierto modo las expectativas del adorador. Con ello, el ícono no fija al adorador en sí mismo, sino que lo remite a la profundidad de lo que trasciende toda visión y conocimiento. Y esto también vale para las imágenes sagradas del rostro de María. Una imagen expuesta simplemente como adorno y apreciada por su valor estético formal se reduce a ídolo. Ahora bien, las operaciones de la cultura televisiva son esencialmente autorreferenciales.El ícono del rostro de María ofrece una respuesta fuertemente correctiva a este mundo «fosforescente», mientras que representa el rostro de la mujer, la madre y la orante.Como mujer, permite recuperar el calor de la intuición, que trasciende la racionalidad funcional e instrumental dominante, y estimula la relación interpersonal. Ella misma es un modelo incomparable en el gesto de apresurarse a servir a Isabel prima. Como madre, ofrece amor de ternura a todo ser humano nacido de una mujer. Con su maternidad psicológica real, puede guiar hacia la libertad a todos los demás nacidos de mujeres que no recibieron el afecto necesario para su crecimiento personal. Y como supo acompañar a Jesús en su vida pública, también sabe acompañar a cada persona en su vida privada y en sus relaciones sociales.Pero la contribución más fuerte del rostro de María reside en la fe. Mujer capaz de maravillarse, como ante el saludo del ángel en la Anunciación. Mujer que sabe escuchar verdaderamente la Palabra de Dios, poniéndola en práctica paso a paso. Mujer que sabe perseverar en el seguimiento de Jesús, su Senor y Maestro, hasta la cruz. Mujer que sabe esperar el cumplimiento de las promesas hasta el día de Pascua.Concluyendo, podemos observar que la *imago Dei* según la cual es creado el ser humano, es el principio constitutivo del ser humano, es el don de un ser totalmente orientado hacia su Fuente divina y que le permite regresar constantemente a ella. Por ello, la imagen que orienta ontológicamente al ser humano hacia Dios es el rostro de Jesús, Dios hecho hombre. Pero el rostro de María, la Madre-Señora, introduce suavemente y con ternura materna a todo *nacido de mujer* en el encuentro decisivo con el Señor Jesús. El rostro de Jesús en el rostro de María nos abre un camino sencillo, fácil y agradable que nos permite redescubrir nuestra dignidad humana, nuestra vocación de ser hijos de Dios en Cristo Jesús y de ser santos de la misma santidad de Dios.«Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno» (*Novo Millennio Ineunte*, n. 31). Sin embargo, el rostro de María, verdadero ícono del rostro de Cristo, puede convocar todos los caminos de la santidad y contribuir decisivamente en la elaboración de la *pedagogía de la santidad*, ofreciendo la sobria dulzura de la vida contemplativa que aprecia el silencio y la oración.Para profundizar en la contemplación del rostro de Cristo a través de María, la carta apostólica *Rosarium Virginis Mariae* de Juan Pablo II invita a contemplar el rostro de Jesús con los ojos de María.**Profundiza tus estudios:** explora Mariología, Teología Mariana, Apariciones Marianas y la Pos-Grado en Mariología.**Continúa tu formación mariana:** Explora nuestros recursos sobre Mariología, Teología Mariana y Apariciones Marianas. Considera la Pos-Grado en Mariología del Instituto Locus Mariologicus.Para profundizar en la reflexión teológica sobre el rostro de María y su relación con Cristo, consulta la Encíclica *Redemptoris Mater* del Papa Juan Pablo II.Pós-Graduación en Mariología
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