«Mulher, por que choras? Quem procuras?» (Jo 20,15), Evangelho da Terça-feira de Páscoa.Meditação mariológica a partir das leituras da Terça-feira de Páscoa.Imagem ilustrativa: Maria, alegria pascal, Maria Madalena reconhece o Ressuscitado junto ao sepulcro (Jo 20,16).A Maria, alegria pascal, cuja alegria nasce das lágrimas, é dedicada a liturgia da Terça-feira de Páscoa. A tradição cristã contempla com admiração a aparição do Ressuscitado a Maria de Magdala perto do túmulo vazio (Jo 20,11-18).A pergunta «Mulher, por que choras? Quem procuras?» não é apenas uma interpelação histórica, mas também o eco da missão de Maria, alegria pascal: a Mãe que guardou tudo no coração (Lc 2,19.51) e que ensina seus filhos a reconhecerem na voz do Filho a vida que nenhuma pedra pode conter.## I. Maria, alegria pascal: a metania de At 2,36-41A liturgia inicia com o discurso de Pedro em Pentecostes: «Saiba toda a casa de Israel que Deus constituiu Senhor e Cristo esse Jesus que vós crucificastes» (At 2,36). A metania pedida por Pedro em resposta ao kerigma é o primeiro fruto pascal. Maria de Nazaré estava presente no cenáculo quando este discurso foi proferido (cf. At 1,14).A Encíclica Redemptoris Mater afirma que Maria «crendo, precedeu os discípulos na fé» (RM 26). Em Maria, a humanidade aprendeu a reconhecer no crucificado o Senhor e o Cristo.El significado mariológico de la pregunta «¿Mujer, ¿por qué lloras?» en Juan 20,15, radica en la identidad de María como figura de la Iglesia que genera continuamente los hijos de Dios. La tristeza de María, al estar de pie fuera del sepulcro llorando, simboliza la conversión espiritual que la Pascua opera. El giro físico que hace para mirar atrás y ver al Resucitado es una metáfora de la conversión espiritual, pues no se encuentra al Viviente mirando el sepulcro, sino anunciando la alegría pascual. Esta pregunta es un llamado a recibir primero la alegría pascual de María para poderla anunciar, encarnando así la «Maria alegría pascal».La tradición ha interpretado esta escena como una pedagogía del «Noli me tangere» (no me toques), no como una rechazo, sino como una afirmación sobre la naturaleza de la fe pascual. La fe no es algo estático que se aprisiona, sino un encuentro dinámico con el Resucitado, reconocido por su llamada personal, tal como María de Magdala lo hizo al oír su nombre.El título de «apóstola de los apóstoles» otorgado a María Magdalena subraya su papel único en anunciar la resurrección. Este título destaca la singularidad de María de Nazaret, cuya disposición para decir «sí» antes que cualquier apóstol permitió que el Hijo de Dios fuera generado por una mujer. La encíclica «Redemptoris Mater» afirma que la Virgen María está presente en la Iglesia como Madre del Señor y continúa intercediendo por sus hijos.
La pregunta del Resucitado a María Magdalena, «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?», es leída en la mariología como una invitación a transformar el luto en alegría pascual. El vocativo «Mujer» resuena con Jo 19,26, donde Cristo dirige esas mismas palabras a su Madre en la cruz, estableciendo una tipología: la «mujer» que lloró junto a la cruz es la misma llamada a testificar la Resurrección. La alegría pascual nace siempre de las lágrimas: esta es la ruta espiritual que María enseña a la Iglesia.
«No me toques» (Jo 20,17) es interpretado por la tradición patrística y mariológica como una invitación a una nueva forma de presencia y fe. Ruperto de Deutz identificó en María Magdalena una figura de la Iglesia que aún busca a Cristo en la modalidad de la presencia física previa a la Resurrección. La mariología ve aquí una enseñanza: María, la Madre, fue la primera en vivir esta fe sin apego a la presencia sensible, guardando la Palabra en su corazón. La fe madura no encadena, sino que envía: «¡Ve y anuncia!»
El título de «apóstola de los apóstoles», dado a María Magdalena por los Padres de la Iglesia, enfatiza que fue ella la primera en anunciar la Resurrección a los doce (Jo 20,18). La mariología pascual distingue entre dos Marias: María Madre, quien mantuvo la fe durante el Sábado Santo sin necesitar ver el sepulcro vacío, y María Magdalena, quien recibe el mandato de anunciar. Juntas representan los dos polos de la vocación eclesial: contemplación fiel y misión anunciadora.
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María, alegría pascual, nos invita a aprender con María Magdalena a transformar el luto en anuncio. El jardín del sepulcro es el jardín de la nueva creación: allí donde el luto se transforma en el nombre pronunciado. Y ese nombre que cambia todo es siempre el mismo: «María». Como recuerda la Encíclica Redemptoris Mater (n. 20), María es la primera en recibir la alegría pascual. Vea también: El corazón en brasa, María Emaús: reconocimiento del Resucitado y Pax vobis, María: la paz pascual.
Prof. Daniel Afonso, Roma, Martes de Pascua, 7 de abril de 2026
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