Acepta el Espíritu Santo: María y el don del Pentecosto

Accipite spiritum sanctum: Maria e o dom do Pentecostes

## Mariología: María como receptora y madre de la Iglesia missionera

«**Recebei el Espíritu Santo**». Con estas palabras, entre las más breves y densas del cuarto Evangelio, el Resucitado sopla sobre sus discípulos en el Cenáculo y les da el Espíritu. Pentecostés: la culminación del Tiempo Pascual, el cumplimiento de la promesa del Paráclito, el nacimiento de la Iglesia como comunidad animada por el Espíritu de Cristo. La mariología encuentra en este momento su horizonte más amplio y profundo: María, que fue cubierta por el Espíritu Santo en la Anunciación y esperó en oración en el Cenáculo mientras se esperaba el Espíritu, estuvo presente cuando el Espíritu descendió sobre la Iglesia naciente, es la figura por excelencia de la criatura humana que «**recebe el Espíritu Santo**» en plenitud.

### I. El don del Espíritu en Juan: aliento y bautismo nuevo

En Juan 20:22 se utiliza un gesto de enorme resonancia bíblica: Jesús «**sopló**» sobre los discípulos y dijo: «**Recebei el Espíritu Santo**». Este «**soplido**» evoca directamente Génesis 2:7, el soplo de Dios sobre la arcilla para crear al ser humano vivo: «**Formó el Señor a el hombre del polvo de la tierra y sopló en sus narices el aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente**». El Resucitado que «**sopla**» sobre sus discípulos realiza una nueva creación: el «**Adán**» del nuevo mundo que surge de la muerte, Cristo resucitado, sopla el aliento nuevo de la vida sobre los nuevos «**Adanes**» que son sus discípulos.

La conexión con el soplo creador de Génesis 2:7 tiene una dimensión mariológica directa. María, como madre de Jesús, participó en esta creación al recibir el Espíritu Santo y dar a luz al Hijo de Dios hecho hombre.

### II. María, presencia constante en la historia de salvación

María estuvo presente desde la Anunciación hasta Pentecostés, pasando por la Encarnación, la Cruz y la Resurrección. Su papel no es solo pasivo, sino activo: es la mujer que responde con fe al plan de Dios, la que acompaña a Jesús en su misión, la que participa en los misterios divinos.

### III. María como Madre de la Iglesia missionera

Pablo VI, al proclamarla «**Madre de la Iglesia**» (1964), expresó esta dimensión misionera de su maternidad: ella que generó a Jesús para el mundo es ahora la Madre de la Iglesia que continúa «**gerando**» a Jesús en cada generación. La misión de la Iglesia no es separable de la maternidad de María: como ella «**generó**» a Jesús para el mundo, la Iglesia «**gera**» a Jesús en los sacramentos, en la catequesis y en la caridad.

Las lenguas de Pentecostés, que el milagro las hizo accesibles a personas de todas las naciones (Hechos 2:5-11), tienen una dimensión mariana poco explorada: todas las lenguas del Evangelio descienden de la primera lengua del Evangelio, que es el «**sí**» de María.

### IV. El don del Espíritu Santo: renovación constante

Pentecostés no marca el final del Tiempo Pascual, sino su culmen y el inicio de un tiempo nuevo: el «**tiempo de la Iglesia**», el tiempo del Espíritu, el tiempo en que la promesa del Resucitado se cumple a cada generación. Juan 20:22, «**Recebei el Espíritu Santo**», es la frase que todos los bautizados pueden aplicar a sí mismos: lo recibieron en el Bautismo, lo reforzaron en la Confirmación y lo renuevan continuamente en la Eucaristía y en la oración.

María, que recibió el Espíritu Santo de modo más pleno que cualquier otro ser humano, desde la Anunciación hasta Pentecostés, es el modelo esta recepción continua. Su vida fue una constante receptividad al Espíritu que la habitaba, un dinamismo de recibir sin parar, de estar siempre abierta a la acción del Espíritu.

### Conclusión: María, intercesora y generadora de hijos para Dios

La escatología de Pentecostés señala al Espíritu como **penhor** (Efesios 1:14) de la plenitud futura: el Espíritu dado ahora es anticipación y garantía del reino definitivo. María glorificada en la Asunción es ya esa plenitud, y su gloria es señal de que la promesa de Pentecostés alcanzará su realización definitiva.

El Tiempo Pascual termina con Pentecostés, pero la misión que inicia no tiene fin. La Iglesia, al recibir el Espíritu, va al mundo: anuncia, bautiza, celebra y sirve. Y María, presente en todo este proceso, intercede, acompaña y genera nuevos hijos para Dios. «**Haz lo que él os diga**» (Juan 2:5): estas son las últimas palabras de María en los Evangelios, y la primera y última palabra de su espiritualidad para todos los tiempos.

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