Bienaventurada aquella que creyó: la visita y el encuentro de las esperanzas.

Bienaventurada la que creyó
Lc 1,45
Bienaventurada la que creyó: La Fiesta de la Visita de María a Isabel, celebrada el 1 de junio, cuando el 31 de mayo coincide con la Solemnidad de la Santísima Trinidad, es una de las más ricas del calendario mariano. En Lc 1,39-56 se narra con extraordinaria densidad teológica y literaria el encuentro de dos mujeres embarazadas: María, que acaba de recibir el anuncio de la Encarnación, e Isabel, que ya está en el sexto mes de embarazo de Juan Bautista. Este encuentro, al que los Padres llamaron el «encuentro de los Mesías», es el momento en que la gracia de la Encarnación se extiende por primera vez más allá de María, el instante en que la Palabra encarnada, aún en el vientre de María, se revela al precursor Juan, aún en el vientre de Isabel. La Visita es, en sentido profundo, la primera «misión» de María: ella que recibió el don de Dios va a encontrar a quien necesita, convirtiéndose en la primera misionera del Evangelio encarnado.
I. Narrativa de la Visita: exégesis del encuentro
El título Bienaventurada la que creyó (Lc 1,45) resume toda la narrativa lucana: la fe de María se convierte en principio de la bienaventuranza evangélica.
La narración de Lc 1,39-45 comienza con una indicación geográfica precisa: María «se dirigió apresuradamente a una ciudad de Judea» (Lc 1,39). El detalle de la «apresura» (meta spoudês) ha sido interpretado por la tradición como expresión del ardor de María en servir, ella que acaba de recibir el mayor don jamás concedido a una criatura, no lo guarda para sí, sino que parte inmediatamente para compartirlo con la prima necesitada. La «región montañosa de Judea» apunta a Ein Karem (según la tradición), a unos 150 km de Nazaret, un viaje de varios días a pie que María emprende «apresuradamente».
La llegada de María y su saludo a Isabel desencadenan un acontecimiento que Lucas describe con precisión: «Cuando Isabel escuchó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, y ella quedó llena del Espíritu Santo» (Lc 1,41). La secuencia es significativa: primero, el saludo de María. Luego, el salto de Juan Bautista en el vientre de Isabel. Finalmente, la llenura de Isabel por el Espíritu Santo. El «salto» (eskirtêsen) de Juan es el reconocimiento prenatal del Mesías, una forma de exultación profética que Lucas vincula al Espíritu Santo. Juan, que será el «precursor» que prepara los caminos del Señor, reconoce al Señor antes de nacer, con el único órgano del que dispone: su cuerpo que «salta» de alegría.
La fórmula «Beata Quae Credidisti», la exclamación de Isabel (Lc 1,42-45) tiene la estructura de una berakah judía, una bendición que proclama la grandeza de Dios a través de la persona bendecida: «Bendita eres tú entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre! Cómo me fue dado que la madre de mi Señor venga a mí» (Lc 1,42-43). El título «madre de mi Señor» (hê mêtêr tou Kyriou mou) es teológicamente decisivo: Isabel, llena del Espíritu Santo, reconoce en María no solo la madre de un hijo humano, sino la «Madre del Señor», lo que implica el reconocimiento de la divinidad del hijo que María lleva. Este reconocimiento inspirado, previo al nacimiento, previo a la vida pública de Jesús, previo a cualquier prueba o milagro, es el fundamento bíblico del título Theotokos (Madre de Dios) que el Concilio de Éfeso (431) definirá como dogma.El versículo 45, «Bienaventurada eres tú por haber creído, porque se cumplirá lo que te fue dicho por parte del Señor», es la clave hermenéutica de la Visitación. Isabel proclama la bienaventuranza de María no por su maternidad biológica, sino por su fe: «quoniam credidisti». Esta distinción es teológicamente crucial: la grandeza de María no radica principalmente en el hecho biológico de haber generado a Jesús, sino en la disposición de la fe con que recibió el anuncio y dijo «fiat». Como Agustín subrayará: «María concibió en la fe antes de concebir en la carne». La Visitación confirma esta prioridad de la fe sobre la biología en la grandeza de María.## II. «Exsultavit infans»: Juan Bautista y el reconocimiento prenatalLa bendición «Beata Quae Credidisti» también ilumina esta dimensión de la meditación mariológica.El «salto» de Juan Bautista en el vientre de Isabel (Lc 1,41.44) es uno de los gestos más sorprendentes del Evangelio de la Infancia de Lucas. Lucas usa el verbo skirtaô (saltar, saltar de alegría), el mismo que la LXX utiliza para los novilhos que saltan (Sl 29,6) y para los corderos que juegan (Ml 3,20). Este salto no es un simple reflejo fisiológico, según la lectura de Lucas, es un acto de reconocimiento profético: Juan «salta» porque reconoce la presencia del Mesías que la voz de María anuncia. La primera «predicación» de María, su saludo, provoca la primera «respuesta» de Bautista, su salto profético.En el horizonte de «Beata Quae Credidisti», la teología del reconocimiento prenatal de Juan tiene implicaciones que la tradición ha desarrollado con profundidad. En primer lugar, implica que Juan fue santificado aún en el vientre de Isabel, la tradición identificó en este episodio la «santificación» de Juan antes del nacimiento, lo que explica por qué Juan puede ser celebrado como santo por su propio nacimiento (24 de junio) y no solo por su muerte. En segundo lugar, implica que María es el instrumento de esta santificación: ella, quien porta al Hijo de Dios, se convierte, por su simple presencia y saludo, en el vehículo de la gracia que santifica al Precursor.Esta función mediadora de María, hacerla vehículo de la gracia de Cristo para los demás, es lo que la teología mariana contemporánea (en particular Juan Pablo II y Benedicto XVI) denomina como «mediación materna» de María. No una mediación independiente de la de Cristo, sino una que brota de la suya y es totalmente dependiente de ella, al igual que el salto de Juan no es independiente de la presencia de Jesús, sino que es precisamente una «respuesta» a dicha presencia que María lleva consigo.
La exégesis patrística identificó en el salto de Juan una anticipación del Bautismo: así como el Bautismo es el sacramento por el cual Cristo entra en contacto con la alma y la transforma, el «salto» de Juan es el «bautismo» prenatal por el cual el contacto con Cristo en el vientre de María transforma a Juan antes incluso de nacer. Ambrosio de Milán escribió comentarios célebres sobre este episodio, resaltando que «el Señor entró en la casa y Juan profetizó», la presencia de Cristo, aunque oculta en el vientre materno, es suficiente para despertar la profecía.
III. El Magnificat: teología bíblica de la liberación
El canto responde a la bendición Beata Quae Credidisti: María proclama que la fe fiel es raíz de toda la liberación operada por Dios.
A la luz de Beata Quae Credidisti, el Magnificat (Lc 1,46-55), el canto que María entona en respuesta a la bendición de Isabel, es una de las composiciones poéticas y teológicas más ricas del Nuevo Testamento. Su estructura es la de un salmo de acción de gracias individual que se abre a una dimensión comunitaria y escatológica: comienza con la alegría personal de María («alegra mi alma en el Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador», Lc 1,46-47), pasa por su situación personal («contempló la humildad de su sierva», Lc 1,48), y culmina con una visión panorámica de la acción de Dios en la historia («derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes», Lc 1,52).
El lenguaje del Magnificat está densamente arraigado en el Antiguo Testamento: al menos 15 de sus 10 frases (el texto tiene entre 80-90 palabras en griego) tienen paralelos directos en los Salmos, en Habacuc, en Sofonías, y sobre todo en el canto de Ana (1Sm 2,1-10). Esta saturación de lenguaje bíblico no es mera erudición literaria, sino la expresión de que María habla desde la interioridad de la Escritura, que ella «meditaba en su corazón» (Lc 2,19.51). El Magnificat es la prueba de que María era una mujer profundamente formada por la Palabra de Dios, capaz de articular su experiencia personal con el lenguaje de la tradición bíblica de Israel.
El núcleo teológico del Magnificat es la proclamación de la acción de Dios en favor de los pobres (Anawim) contra los poderosos: «Dispersó a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes. Llena de bienes a los hambrientos y envió a los ricos con las manos vacías» (Lc 1,51-53). Esta «inversión escatológica», en la que Dios actúa en contra de la lógica del poder humano, es el centro de la teología bíblica que el Magnificat sintetiza. María no es una observadora pasiva de esta inversión, ella es su primera beneficiaria: «humillada» (sin poder, sin estatus), fue «exaltada» por el acto creativo de Dios que la eligió.La recepción del Magnificat en la historia de la teología ha sido y es extraordinariamente diversa. Desde Lutero, quien lo comentó como el «Evangelio dentro del Evangelio», hasta la Teología de la Liberación latinoamericana (que encontró en él el programa de una fe comprometida con los pobres), desde la contemplación monástica de las Vésperas (donde se recita diariamente) hasta la teología feminista que ve en María a una mujer que proclama la subversión de las estructuras opresivas. Esta diversidad de lecturas es señal de la riqueza inagotable del texto, no de su ambigüedad, sino de su profundidad.### IV. María y Isabel: dos carismas en la economía de la salvaciónEn ambas, aunque de formas distintas, resuena el eco del *Beata Quae Credidisti* como reconocimiento mutuo de las maravillas divinas.La Visitación es el encuentro no solo de dos personas, sino de dos «carismas», dos modos complementarios de presencia en la economía de la salvación. Isabel representa la profecía del Antiguo Testamento: ella es la última de las mujeres embarazadas por milagro divino (en la línea de Sara, Rebeca, Raquel, Ana), y su hijo Juan será el último de los profetas de Israel. María representa la novedad del Nuevo Testamento: ella es la Virgen que concibe por obra del Espíritu Santo, y su Hijo es el Mesías a quien todos los profetas señalaron.La relación entre Isabel y María no es de competencia, sino de complementariedad y comunión. Isabel, la mayor, reconoce a la más joven: «¿Cómo ha sido posible que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lc 1,43). La precedencia simbólica no corresponde a la más vieja (Isabel), sino a la más joven (María), no por razones humanas, sino por razones de gracia: lo que María lleva trasciende infinitamente lo que lleva Isabel, aunque ambos sean dones de Dios. Esta humildad de Isabel, reconocer en María una grandeza que la supera, es el modelo de la actitud cristiana hacia la Madre de Dios.Los tres meses que María permanece con Isabel (Lc 1,56) son un detalle narrativo aparentemente secundario, pero teológicamente significativo. María se queda con Isabel «hasta el nacimiento» del Bautista (probablemente), ella que recibió la gracia no la guarda para sí, sino se queda con la prima hasta el momento de mayor necesidad, el parto. Este servicio concreto, doméstico y discreto es el estilo de la caridad mariana: no los grandes gestos espectaculares, sino la presencia fiel que se mantiene «hasta el final». Es el mismo estilo que encontraremos en el Calvario: María que permanece junto a la Cruz hasta el final.Bajo el signo de «Beata Quae Credidisti», la Visitación también revela la dimensión contemplativa-activa de María que la tradición siempre ha destacado. María no es solo la contemplativa del Fiat, es la activa que parte «con prisa» para servir. Pero su actividad no está separada de la contemplación: lleva a Cristo consigo mientras sirve a Isabel. Este equilibrio entre la contemplación y la acción, no como tensión sino como unidad, es el modelo de la espiritualidad mariana que la Visitación manifiesta de manera ejemplar. María actúa porque contempla; su acción es fructífera porque lo que lleva consigo es el propio Hijo de Dios.V. La Visitación como modelo de la misión cristianaToda misión cristiana prolonga el gesto de María y se dirige a ella el «Beata Quae Credidisti» de Isabel.La dimensión misionera de la Visitación ha sido resaltada por el Magistério reciente. Juan Pablo II, en su encíclica *»Redemptoris Mater»* (1987), desarrolló la imagen de María como la primera «misionera»: al igual que ella llevó a Cristo a Isabel y al Bautista antes de nacer, los cristianos son llamados a llevar a Cristo al mundo a través del testimonio de su vida. El «viaje misionero» de María, partir «con prisa» hacia el encuentro con el otro, es el modelo de toda evangelización: no esperar que los demás vengan, sino ir hacia ellos llevando el don recibido.El tema de la «evangelización» a través de la presencia y el servicio, en lugar de la proclamación verbal, es especialmente relevante en una cultura donde la credibilidad de las palabras se ha erosionado. María evangelizó a Isabel no con un discurso teológico, sino con su saludo, con su presencia que llevaba a Cristo. La «misión» más efectiva a menudo es la del simple contacto humano, habitado por la gracia, que transforma a quien encuentra. Esta misión silenciosa, oculta y doméstica, el estilo de la Visitación, es la forma más universalmente accesible de evangelización.Desde esta perspectiva de «Beata Quae Credidisti», la espiritualidad de las Comunidades de Vida Cristiana (CVX) y de muchos movimientos de espiritualidad mariana han encontrado en la Visitación el modelo de la «caridad contemplativa»: la acción social y caritativa motivada y alimentada por la contemplación de Cristo. Ser «visitador» en sentido evangélico no es ser asistente social con motivaciones humanistas, sino llevar a Cristo al otro, consciente de que lo que transforma al otro no es nuestra competencia humana, sino la presencia de Dios que nos habita. Esta distinción entre «caridad evangélica» y «filantropía» no es elitismo espiritual, sino realismo sobre la fuente de las transformaciones verdaderamente duraderas.La congregación religiosa de las «Visitandinas», fundada por San Francisco de Sales y Santa Juana de Chantal en el siglo XVII, adoptó la Visitación como su carisma fundacional: la visita caritativa a los pobres y enfermos, inspirada en el modelo de María que visita a Isabel. A lo largo de los siglos, este carisma evolucionó hacia la contemplación claustral, pero su origen permanece: la Visitación de María es el arquetipo de toda la caridad cristiana que visita, sirve y trae a Cristo a quienes están «en las regiones montañosas» de la vida humana.## VI. La fiesta de la Visitación: historia y sentido litúrgicoLa fiesta litúrgica perpetúa la *Beata Quae Credidisti* como antífona de la fe fiel de la Iglesia.La Fiesta de la Visitación fue introducida en la liturgia latina por el franciscano San Buenaventura, quien la propuso para la Orden Franciscana en 1263. La motivación tenía un componente ecuménico y político: la fiesta debía obtener por intercesión de María el fin del Cisma del Occidente (que databa desde 1378). Urbano VI la extendió a la Iglesia universal en 1389, y Pío X la fijó definitivamente al 2 de julio, donde permaneció hasta la reforma litúrgica de Pablo VI (1969), que la trasladó al 31 de mayo, para cerrar el Mes de María y vincular la Visitación al ciclo de la Encarnación (entre la Anunciación del 25 de marzo y el Nacimiento de Juan Bautista, el 24 de junio).La bendición de la *Beata Quae Credidisti* en la fecha del 31 de mayo presenta una lógica litúrgica clara: María visita a Isabel en el «sexto mes» del embarazo de Isabel (Lc 1,26), lo que, contando desde la concepción de Juan Bautista (celebrada en el equinoccio de septiembre, por convenio litúrgico), coincide aproximadamente con finales de marzo, justo cuando la Iglesia celebra la Anunciación (25 de marzo). La Visitación tendría lugar, por tanto, en las semanas siguientes, lo que hace que la fecha del 31 de mayo, dos meses después de la Anunciación, sea razonablemente apropiada.Cuando el 31 de mayo coincide con una solemnidad (como la Santísima Trinidad en 2026), la Visitación se traslada al 1 de junio, el primer día disponible. Esta transferencia no disminuye la importancia de la fiesta. Por el contrario, recuerda que las solemnidades del Señor tienen prioridad sobre las fiestas de María, lo cual es teológicamente correcto: María siempre está al servicio de Cristo, nunca en competencia con él. La Visitación que «espera» un día para ser celebrada es, en sí misma, una expresión del estilo de María: la que sirve, la que espera, la que coloca al Hijo por encima de sí misma.El sentido litúrgico de la Visitación como cierre del ciclo de la Encarnación apunta a una de las intuiciones más profundas de la teología de Lucas: la Encarnación no es un evento privado de María y Dios, sino un acontecimiento que, desde el primer instante, se extiende al exterior, va al encuentro del mundo, provoca «alegría» en quien lo recibe. María que parte «prontamente» hacia la montaña es la imagen de la gracia que no permanece cerrada en sí misma, sino que trasborda a los demás. Esta «visitación» continua, el amor de Dios que siempre va al encuentro de la humanidad, es el corazón del Evangelio que la Fiesta del 31 de mayo (o 1 de junio) celebra con alegría.*María que parte «prontamente» hacia la montaña, llevando en sus brazos al Hijo de Dios y en su corazón la alegría, es la imagen más antigua y elocuente de la misión cristiana: la gracia recibida no se guarda, trasborda al encuentro del otro, convirtiéndose en fuente de vida para quien la recibe.*
Referencias
- Juan Pablo II, Redemptoris Mater n. 12-19 (1987).
- Concilio Vaticano II, Lumen Gentium n. 57 (1964).
- Ambrosio de Milán, Expositio Evangelii secundum Lucam II, 19-26.
- R. Brown, El Nacimiento del Mesías (1977).
- I. de la Potterie, María en el misterio de la Alianza (1988).
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