A hora de despertar: Hechos 2, Romanos 13 y la vigilancia del primer domingo del Adviento del año.

Hora est iam nos de somno surgere.
Rom 13,11

El primer domingo del Adviento del Año A abre el nuevo año litúrgico con tres textos que convergen en la urgencia de la vigilancia. Is 2,1-5 proclama que en los últimos días la montaña del Señor será establecida en lo alto de todas las montañas, todas las naciones afluirán a ella, y Dios juzgará entre los pueblos: las espadas serán forjadas en azadas. Rom 13,11-14 anuncia que la hora ya ha llegado de levantarnos del sueño: la noche ha pasado, el día está cerca, es hora de desechar las obras de la oscuridad y revestirnos del Señor Jesús Cristo. Mt 24,37-44 recuerda los días de Noé y exhorta a la vigilancia: el Hijo del Hombre vendrá como un ladrón por la noche, y nadie sabe el día ni la hora.

I. La primera lectura: Is 2,1-5

Isaías ve en los últimos días la montaña del templo del Señor establecida en lo alto de las montañas (Is 2,2). Todas las naciones afluirán a ella, todos los pueblos vendrán en peregrinación. Y dirán: «Vamos, subamos al monte del Señor, a la casa de Jacob. Él nos enseñará sus caminos y caminaremos en sus sendas» (v.3). De Sión saldrá la ley y de Jerusalén la palabra del Señor. Él juzgará entre las naciones y decidirá para muchos pueblos: «Convertirán sus espadas en azadas y sus lanzas en podadoras» (v.4). Nación no levantará espada contra nación, ni aprenderán más la guerra. Y el llamado final: «Casa de Jacob, venid y caminemos a la luz del Señor» (v.5). Isaías no describe un presente sino un futuro que ya exige una respuesta presente. La imagen de la montaña es escatológica: el centro gravitacional del universo será desplazado hacia la montaña del Señor, y las naciones que hoy se hacen la guerra peregrinan para aprender la paz. El Adviento comienza con esta visión amplia: la venida que esperamos no es solo un evento privado de devoción, sino la transformación de la historia.

II. La segunda lectura: Rom 13,11-14

Pablo se dirige a los Romanos con urgencia: «Sabéis qué hora es» (Rom 13,11a). La razón: «Nuestra salvación está ya cerca» (v.11b). El tiempo se acorta: «La noche avanza y el día se acerca» (v.12a). La respuesta práctica es doble: «Deshechad las obras de la oscuridad y revestíos de las armas de luz» (v.12b). El comportamiento concreto: vivir con decencia, sin excesos ni embriagueces, sin libertinaje y celos (v.13). Y el fundamento: «Pero revestíos del Señor Jesús Cristo» (v.14a). La metáfora del vestir es bautismal: el cristiano que «se reviste de Cristo» se convierte en aquello que viste. Pablo articula el paradoja del Adviento: la salvación no ha llegado aún en su plenitud, pero el comportamiento adecuado es el de quien ya ha llegado al día. El cristiano vive en el umbral, a caballo entre la noche que pasa y el día que viene.

III. El evangelio: Mt 24,37-44

Jesús utiliza la imagen de los días de Noé para describir la venida del Hijo del Hombre. Antes del diluvio, comían, bebían, se casaban y procreaban, hasta que Noé entró en el arca sin que ellos lo supieran hasta que llegó el diluvio y los llevó a todos (Mt 24,38-39). La indiferencia de los contemporáneos de Noé no era malicia, sino distracción, la incapacidad de reconocer el momento. Estarán dos en el campo: uno será tomado, el otro dejado (v.40). Dos molerán al molino: una será tomada, la otra dejada (v.41). La distinción no es obvia ni visible: los dos están en el mismo campo, haciendo la misma tarea. Lo que les distingue es la vigilancia interior. «Vigilen, pues, porque no saben en qué día viene su Señor» (v.42). La imagen del ladrón: si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche vendría el ladrón, estaría alerta (v.43). «Por eso también vosotros estad preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá en la hora que no esperáis» (v.44). Mateo coloca el Advenimiento bajo el signo de la imprevisibilidad: no es la ansiedad lo que prepara el encuentro, sino la vigilancia constante, que es la disposición de quien está siempre listo.

IV. María y la vigilancia del Advenimiento

La vigilancia que Mt 24 exige y que Rom 13 formula como «despertar del sueño» tiene su ícono más perfecto en María. La Anunciación es el momento en que el Hijo del Hombre llega a la hora que nadie esperaba: no los sacerdotes, ni los escribas, ni los fariseos, sino una joven de Nazaret, que estaba despierta. Isaías describe la montaña del Señor a la que acuden todas las naciones: María, según la tradición de los Padres, es el Sión vivo, la montaña habitada por el Señor que vino al mundo no en un templo, sino en un vientre. La liturgia del Advenimiento la canta como quien acogió la Palabra antes que nadie, como el inicio del cumplimiento de la profecía de Is 2,14-20. Rom 13 exhorta: «Vestíos al Señor Jesús Cristo». María revestió a Cristo de humanidad: ella que lo tejió en su carne, ella que más literalmente «se vistió de Cristo» al llevarlo durante nueve meses. El Advenimiento es la preparación para la Navidad que ella vivió desde adentro. Cada fiel que espera la venida del Señor aprende con María lo que es la vigilancia activa: no la ansiedad que se desvanece ante cualquier señal de demora, sino la serenidad disponible de quien dice «hágase» antes de entender todo.

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