No recogí: Isa 50, fil 2 y la pasión según Mateo el Domingo de Ramos.

**Domingo de Ramos y Pasión del Señor: Una Semana Santa de Paradoxo**El Domingo de Ramos y la Pasión del Señor inician la Semana Santa con un paradoxo que estructura toda la fe cristiana: el Rey entra en Jerusalén sobre un burro, aclamado por las multitudes, y seis días después muere como criminal en una cruz. Isaías 50,4-7 presenta al Servidor del Señor que no retrocedió ante las flagelaciones y los insultos, porque sabía que el Señor le ayudaría. Filipenses 2,6-11 canta la kénosis de Cristo: igual a Dios, se vació, tomó la forma de siervo, fue obediente hasta la muerte en cruz, y Dios lo exaltó por encima de todo nombre. Mateo 26,14-27,66 narra la Pasión en su totalidad: desde la traición de Judas hasta el entierro en la tumba de José de Arimatea. Los tres textos describen la misma trayectoria: la bajada que es el camino hacia la exaltación, la obediencia que conduce a la gloria.I. Primera lectura: Isaías 50,4-7El tercer canto del Servidor del Señor presenta a un interlocutor que cada mañana recibe de Dios una lengua de discípulo para hablar a los cansados la palabra que los fortalece. «El Señor Dios me abrió los oídos y no resistí; no me aparté» (Isaías 50,5). El Servidor ofreció sus espaldas a los que lo flagelaban y su rostro a los que arrancaban su barba: «no oculté mi rostro ante los insultos y la escupida» (v.6). La razón de esta obediencia no es el estoicismo, sino la fe: «El Señor Dios viene en mi ayuda; por eso no me siento avergonzado; presento mi rostro como piedra de molino, sabiendo que no seré confundido» (v.7). El rostro como piedra de molino: no endurecido por la amargura, sino firme por la confianza. El siervo no huye porque sabe que Dios lo sostiene. La lectura de la Pasión en Mateo que sigue será la narración de esta firmeza llevada al límite.II. Segunda lectura: Filipenses 2,6-11El himno de la Carta a los Filipenses es uno de los textos más densos del Nuevo Testamento. Cristo Jesús, «siendo de condición divina, no consideró como robo ser igual a Dios» (Filipenses 2,6): la igualdad con Dios es la condición inicial. Pero «se vació, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres» (v.7). La kénosis es voluntaria: no es una pérdida, sino una elección. «Teniendo la apariencia de hombre, se humilló aún más, convirtiéndose en obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (v.8). El punto más bajo de la bajada es la Cruz: el instrumento de ejecución de esclavos y criminales. Y precisamente desde este punto más bajo parte la exaltación: «Por eso Dios lo exaltó soberanamente y le dio un nombre por encima de todo nombre» (v.9). «Todo rodillo se doblará y toda lengua confesará que Jesús Cristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (vv.10-11). El himno de Filipenses 2 es la clave hermenéutica de toda la Semana Santa: la bajada es el camino hacia la exaltación.III. La Pasión: Mateo 26,14-27,66Mateo narra la Pasión en su totalidad, desde la traición de Judas hasta el entierro en la tumba de José de Arimatea. Describe las últimas horas de Jesús, su arresto, juicio, y muerte en la cruz, ofreciendo un relato detallado y teológicamente rico que culmina con la victoria sobre la muerte y el pecado.

La Pasión según Mateo gira en torno a la figura del Hijo del Hombre, que no viene a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate de muchos. Judas se reúne con los sumos sacerdotes y acuerda la traición por treinta monedas de plata. En la Última Cena, Jesús instituye la Eucaristía y anuncia la traición. En Getsemaní, Jesús reza tres veces: «Padre, si es posible, aleja de mí este cáliz. Sin embargo, no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mt 26,39). Los discípulos duermen. Jesús es arrestado. Pedro lo niega tres veces. Jesús es juzgado por el Sínodo, y luego por Pilato. Este ofrece liberar a Jesús o a Barrabás. La multitud pide a Barrabás. Pilato se lava las manos: «Soy inocente de la sangre de este justo» (27,24). Jesús es flagelado, coronado de espinas, llevado al Gólgota y crucificado entre dos ladrones. En la cruz, la tierra queda sumida en oscuridad durante tres horas. Jesús clama: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (v.46, Sal 22,2). Entrega su espíritu. El velo del Templo se rasgó por la mitad, la tierra tembló y las rocas se desprendieron.

Simeón dijo a María en el Templo: «Una espada atravesará tu alma» (Lc 2,35). La Pasión es el cumplimiento de esta profecía. Mateo no menciona a María al pie de la cruz (esta presencia está descrita por Juan, Jn 19,25-27), pero sí a las mujeres que observaban desde lejos, entre ellas María Magdalena y María, madre de Santiago y José (Mt 27,56). La tradición entiende que la Madre de Jesús participó del sufrimiento de su Hijo de manera única: no por distancia, sino por presencia interior en lo que sucedía. Isaías 50 describe al Siervo que «no ocultó su rostro ante los ultrajes». María tampoco ocultó el suyo: permaneció hasta el final, observando lo que los discípulos huyeron de ver. Fil 2 dice que Cristo se vació: María, durante la Pasión, también fue vaciada de todo lo que había esperado y comprendido durante los treinta y tres años anteriores, de toda seguridad humana. El vacío de María al pie de la cruz es una participación materna en el vacío kenótico del Hijo. La Semana Santa comienza con las ramas agitadas y los «¡Hosanna!», y termina en silencio el Sábado Santo, con la piedra rodada sobre el sepulcro y María velando en lo interior lo que ningún ojo humano comprendía aún.

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