Nuestra Señora de Chiquinquirá, patrona de Colombia

Nossa Senhora de chiquinquirá, padroeira da colômbia

«He aquí que hago una cosa nueva. Ya se manifiesta; no la conocéis» (Is 43,19), «He aquí que hago una cosa nueva. Ya está apareciendo, ¿no lo veis?»

I. He aquí que hago una cosa nueva: la teología profética de la renovación divina

El capítulo 43 de Isaías es uno de los puntos más altos de la literatura profética del Antiguo Testamento. El Deutero-Isaías, escribiendo al pueblo en el exilio babilónico, anuncia que el Éxodo no es solo un recuerdo del pasado, sino una promesa de futuro. «No os acuerdéis de las cosas pasadas, no reflexionéis sobre los acontecimientos antiguos. He aquí que hago una cosa nueva. Ya se manifiesta; ¿no la conocéis? Sí, voy a abrir un camino en el desierto y hacer correr ríos en la estepa» (Is 43,18-19). La teología de esta promesa es decisiva: Dios no actúa solo en el pasado de la historia sagrada, actúa presente, y su acción siempre produce algo nuevo. Esta novedad no es destrucción del antiguo, sino restauración, renovación, el viejo que reaparece con vigor renovado cuando la gracia divina lo alcanza. Y es precisamente en esta categoría teológica de renovación que se manifestó históricamente de manera extraordinaria en el santuario colombiano de Chiquinquirá, en 1586, cuando una pintura mariana ya descolorida y casi invisible resurgió milagrosamente en colores vivos ante los ojos asombrados de una indígena humilde.

II. Chiquinquirá, 1586: la renovación milagrosa de la pintura descolorida

A mediados del siglo XVI, el pintor español Alonso de Narváez, establecido en la recién fundada ciudad de Tunja, en el actual departamento colombiano de Boyacá, realizó una pintura sobre tela de algodón indígena para una capilla rural propiedad del encomendero Antonio de Santana. La pintura representaba a Nuestra Señora del Rosario con el Niño Jesús en sus brazos, acompañada por San Antonio de Padua a su derecha y Santo Andrés Apóstol a su izquierda. Pero la tela era de calidad modesta y los pigmentos no resistieron bien al paso del tiempo. En pocos años, la pintura se fue descoloriendo, las colores se desvanecieron, las figuras se volvieron casi invisibles. La tela terminó abandonada en un pequeño galpón de adobe en el pueblo de Chiquinquirá, usado como capilla improvisada para los indígenas y mestizos de la región. El 26 de diciembre de 1586, la indígena María Ramos, mujer piadosa que estaba rezando en la capilla, vio cómo la tela vieja comenzaba a iluminarse progresivamente. La india llamó a otras personas presentes. Ante los ojos de varios testigos, la pintura recuperó en pocos minutos sus colores originales, con nitidez aún mayor que la inicial, restaurándose los contornos de las tres figuras y el brillo de sus vestiduras. El acontecimiento pasó a conocerse como «La Renovación». La devoción se extendió rápidamente por todo el Virreinato de Nueva Granada y luego por toda Colombia. El Papa Pío X declaró a Nuestra Señora de Chiquinquirá Patrona de Colombia en 1910, y el Papa Benedicto XV autorizó su coronación canónica en 1919. El Papa Juan Pablo II visitó Chiquinquirá en 1986, con motivo del cuarto centenario de la Renovación.

III. El Magnificat: el canto de la renovación divina de la historia

El Evangelio de Lucas que acompaña esta celebración es el Magnificat, el canto que María entonó en casa de Isabel y que, en sentido propio, es la primera teología mariana formulada por la propia Madre. «Mi alma enaltece al Señor y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su sierva» (Lc 1,46-48). A continuación viene la parte del canto que describe la acción renovadora de Dios en la historia: «Él derribó al poderoso de sus tronos y elevó a los humildes. Satisfecho a los hambrientos con bienes, y envió vacíos a los ricos» (Lc 1,51-53). Este canto no es una secuencia de ideas abstractas: es una confesión de que Dios actúa renovando, invirtiendo, restaurando. Y la teología mariana de Chiquinquirá es una confirmación histórica de este programa del Magnificat. La pintura descolorida, abandonada en un galpón de adobe, fue elegida por Dios como señal visible de su acción renovadora. No se eligió una obra de arte famosa de una catedral europea: se eligió una pintura humilde de un vicereinado periférico, y fue ante los ojos de una indígena, no de un obispo ni de un rey, que la renovación se manifestó. La lógica de Chiquinquirá es la lógica del Magnificat encarnada en tierra colombiana.

IV. Chiquinquirá y la mariología de la renovación como firma constante de María

La renovación milagrosa de la imagen de Chiquinquirá no es, en la historia mariana universal, un caso aislado. Varias otras imágenes marianas a lo largo de los siglos han vivido fenómenos análogos de restauración inexplicable, de autoiluminación, de vivificación súbita. Esta recurrencia sugiere una intuición teológica que la mariología universal ha reflejado de diversas formas: la presencia de María en la historia tiene como característica permanente la renovación. Donde María entra, algo se renueva. La gracia que ella medió en la Encarnación es una gracia de novedad radical, y su ministerio materno perpetuo continúa operando esta novedad en los lugares y personas que la acogen. El Concilio Vaticano II reconoció que María «ocupa en la Iglesia, después de Cristo, el más alto y al mismo tiempo el más cercano lugar entre nosotros» (Lumen Gentium, 54), y esta cercanía se convierte permanentemente en fuente de renovación para la Iglesia peregrina. Chiquinquirá es, en este sentido, la versión colombiana de una promesa universal: las colores desvanecidos recuperan brillo donde María está, los contornos borrosos vuelven a ser nítidos cuando ella es invocada, y lo que parecía olvidado por el tiempo se descubre preservado por la memoria amorosa de la Madre. La Patrona de Colombia enseñó a su pueblo, hace cuatro siglos y medio, una lección que sigue siendo oportuna: nada está definitivamente perdido mientras haya una Madre que recuerde.

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