La Presentación del Señor (Lucas 2:21-40)

Interesaba exclusivamente a la mujer. Al dar a luz a un niño, ella contraía una impureza legal que duraba cuarenta días, tras los cuales debía presentarse al sacerdote en el santuario para ser declarada pura mediante un rito de purificación. En esa ocasión, la parturienta ofrecía un cordero de un año para holocausto, o un palomo o una paloma como sacrificio de expiación. Las mujeres pobres podían sustituir el cordero por un par de palomas o pombos.
Imprecisiones y tensión narrativa en Lc 2,22-24: la confusión entre la Purificación de María y la Presentación del Señor en la exégesis moderna
En el versículo 22 de Lucas, se observan algunas imprecisiones:
- Se dice: «cuando llegó el tiempo de la PURIFICACIÓN DE ELLOS», lo que lleva a creer que ambos padres debían someterse al rito, mientras que en realidad solo la madre debía hacerlo.
- La oferta del par de pombos parece más relacionada con la ceremonia de rescate que con la de purificación.
- No se menciona el pago de los cinco siclos.
Estas imprecisiones sugieren un conocimiento superficial del judaísmo y una ignorancia de los detalles, difícilmente atribuibles a un autor criado en ambiente judío en Palestina. Las explicaciones pueden ser diversas. En tiempos del AT, la aplicación práctica de las normas podría ocurrir según modalidades de la tradición viva desconocidas por nosotros, donde, por conveniencia práctica, las dos ceremonias de rescate y purificación podrían haberse combinado en la práctica popular.
Según algunos autores, Lucas se inspiró en su relato en la historia de Samuel, obteniendo los siguientes paralelos:
- Elcana y Ana van al santuario de Siló para destinar al niño al servicio del Señor, tras haber obtenido milagrosamente su nacimiento. José y María suben al templo para presentar al niño, concebido milagrosamente por obra del Espíritu Santo.
- Eli bendecía cada año a los padres de Samuel cuando subían al templo. Simeón bendice al padre y a la madre de Jesús.
- En Siló, algunas mujeres prestaban servicio en la entrada de la tienda del encuentro. En Jerusalén, Ana nunca se alejaba del templo.
- Samuel crecía en estatura y bondad ante el Señor y ante los hombres. Jesús crecía y se fortalecía lleno de sabiduría y la gracia de Dios estaba sobre él.
- Una diferencia: mientras Samuel permanece en el templo, Jesús regresa con sus padres a casa.
Deles se refiere a todo el pueblo de Israel, cuya purificación, liberación también es celebrada por Ana y por el sacerdote Zacarías. Las válidas razones que nos llevan a tal interpretación son:
- La similitud y correlación que existen entre el inicio del perícopo (v. 22) y su final (v. 38), donde deles parece referirse a Jerusalén, que es el símbolo de todo el pueblo de Israel.
- Otras veces los evangelios usan «deles» para indicar a los judíos, como por ejemplo: «en las sinagogas de ellos». (Mt 1,39. 4,23. 9,35. 10,27. 13,54)
- Malaquías, en uno de sus textos proféticos, habla de la purificación de forma similar refiriéndose a los hijos de Levi (Ml 3,3).
- No texto no hay indicación de que el rescate del primogénito debiera ocurrir en el templo, pero los padres podían presentarse ante cualquier sacerdote.
- La razón por la que María y José llevan al niño a Jerusalén era para «ofrecerlo al Señor», expresión que resuena con muchos pasajes del Antiguo Testamento que describen la ofrenda de víctimas en sacrificios (Levítico 16,7.10) o a las personas dedicadas al servicio del Señor como los levitas (Números 8,13, Deuteronomio 10,8). Pablo utilizará términos similares para instar a los cristianos a ofrecer sus propios cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios en culto espiritual (Romanos 12,1).
- ¿Por qué Lucas no menciona de ninguna manera el precio pagado por el rescate? Porque Jesús, aunque no era de la tribu de Leví, no pagaba el rescate por su liberación, sino que permanecería para siempre consagrado a Dios, a quien ofrecería su vida como sacrificio perpetuo.
En esta visita al templo, María, que guarda y medita en su corazón todas las cosas, comienza a comprender que su hijo no le pertenece, sino que está para siempre donado a Dios. La acción de María tiene el valor de una consagración del Hijo en la que Ella se asocia, formando casi una sola realidad con él. En este sentido, se puede hablar de una «purificación-consagración» que involucraba tanto a la madre como al hijo, y por eso, quizás, Lucas tenga otra razón para mencionar la purificación «de ellos».
Simeón (Lucas 2,25-32): el justo que esperaba la consolación de Israel y el Nunc Dimittis como profecía cristológica
Simeón es descrito por Lucas con tres calificativos que lo sitúan en la mejor tradición de los justos del Antiguo Testamento: justo, piadoso y esperaba la consolación de Israel (Lucas 2,25). El Espíritu Santo descansaba sobre él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Moviendo por el Espíritu, sube al Templo el día en que María y José entran con el Niño. Toma a Jesús en sus brazos y pronuncia uno de los himnos más bellos del Nuevo Testamento, el Nunc Dimittis: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo partir en paz, según tu palabra, porque mis ojos han visto tu salvación» (Lucas 2,29-30). En este breve himno, Simeón sintetiza toda la esperanza mesiánica de Israel: la salvación es un acontecimiento ya cumplido, visible, concreto, encarnado en el Niño que tiene en sus brazos.
La espada de Simeón (Lucas 2,35): las cuatro interpretaciones patrísticas del simbolismo mariológico
Después de bendecir a los padres, Simeón se dirige específicamente a María y pronuncia la profecía central de todo el pasaje: «Verás que este niño estará destinado a ser causa de caída o de resurrección para muchos en Israel, y será un signo de contradicción. Para ti, una espada te transpasará el alma» (Lc 2,34-35). La imagen de la espada es deliberadamente ambigua y su interpretación ha ocupado la exégesis patrística y medieval durante siglos.La interpretación más difundida en la tradición es la del dolor de María al pie de la Cruz: la espada representa el sufrimiento materno ante la Pasión y muerte del Hijo. Orígenes, sin embargo, propuso una lectura diferente: la espada sería la duda o la perturbación de la fe de María en el momento de la Pasión, cuando el escrutinio de la Cruz podría tambalear también a la Madre. Ambas interpretaciones, aunque distintas, convergen en un punto: la vida de María no será una trayectoria de gloria tranquila, sino de participación en el destino redentor del Hijo. La profecía de Simeón es, en este sentido, el anuncio de toda devoción a las Siete Dores de María.La expresión «signo de contradicción» se refiere a Jesús, pero también ilumina a María: ella que lo generó y lo acompañó será inevitablemente señal de la misma contradicción. Ser Madre del Mesías no es un privilegio vivido al margen de la historia, sino una vocación que atraviesa la carne de la historia.## Ana, la profetisa (Lc 2,36-38): la tribu de Aser, el ayuno de ochenta y cuatro años y el reconocimiento del MesíasLucas añade una segunda figura profética: Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Quedó viuda después de siete años de matrimonio y, desde entonces, no salió del Templo: servía a Dios día y noche con ayunos y oraciones. Tenía ochenta y cuatro años. Al llegar en el mismo momento, da gracias a Dios y habla del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén (Lc 2,38). Ana es la primera evangelizadora del Templo: anuncia la salvación no a un hombre solo, como Simeón, sino a una comunidad, a aquellos que en la ciudad santa aguardaban el cumplimiento de las promesas. Su presencia en el relato de Lucas subraya que el reconocimiento del Mesías ocurre en la oración, en el silencio y en la perseverancia.Ver también: Presentación de Jesús en el Templo (Lc 2,22), análisis litúrgico y mariológico de la fiesta de la Candelaria.Posgrado en Mariología
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