## María: mujer de la plenitud de los tiempos, profeta y imagen de la Iglesia en la AdvientoMaría es la mujer de la plenitud de los tiempos (cf. Gl 4,4-7): cierra una era y abre el futuro. El poder misericordioso y fiel de Dios se manifestará ante la Virgen, como antes había dado hijos carismáticos a mujeres estériles, llamadas a salvar al pueblo: Isaac de Sara, Sansón de Manoá y su mujer, Samuel de Ana, Juan de Isabel. Lucas evoca el nacimiento de Juan Bautista (cf. Lc 1,7: «pero ellos no tenían hijos, porque Isabel era estéril») para resaltar la excepcionalidad incomparable de la elección de María: ser madre no ya de un salvador, sino del Salvador (Lc 1,32-33: «Será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su padre David, y reinará para siempre sobre el pueblo de Jacob. Su reino jamás tendrá fin»).De esta forma, se destaca la maternidad divina como expresión espléndida del amor soberano de Dios «por nosotros, hombres, y por nuestra salvación». Queriendo redimir profundamente nuestra humanidad, Dios se solidarizó con nosotros al entrar en la línea de Adán, pasando por María. Por eso, la Iglesia, desde el Concilio de Éfeso (431), confiesa que la Virgen es la Madre de Dios: es el realismo y la concretude con que reconoce la humanidad del Verbo, en el cual Dios desciende para tocar a cada hombre en lo más profundo e íntimo, donde todos están heridos.**La virginidad profética**María realizó la anticipación del celibato por el Reino de Dios no en sentido de un voto, sino en consonancia con una plenitud de vida de la que es testigo permanente al ser la madre de Dios y hombre. No se trata de una cuestión de pureza legal o moral, ni de fuga del mundo como los essenios, ni del espíritu asiático de ascetismo. El sentido de la virginidad debe colocarse en el ápice del impulso y la tensión escatológica del movimiento suscitado por la profecía. Así, María fue la primera en experimentar la plena libertad y abrió camino a quien renuncia a las cosas del mundo con vista al «cien veces» (Mt 19,29: «y todo aquel que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras por amor de mi nombre, recibirá cien veces tanto, y heredará la vida eterna»). Estas «cien veces» son los bienes messiánicos, es decir, el Hijo, Dios-connosco, ya simbolizado en YHWH presente en la arca de la alianza.La Anunciación y la Encarnación son los componentes que determinan la vida de María, imprimiéndole un carácter indelével. Son hechos que exigen de ella una virginidad absoluta, de la cual la integridad física es señal. La virginidad de la Madre de Dios implica una donación radical y exclusiva de toda su persona a Dios, en total disponibilidad, que permite al Espíritu plasmar su cuerpo y su corazón. Al haberse convertido en «pureza disponibilidad», la Virgen puede ser el templo de la nueva alianza, para iluminar el mundo y la historia con una nueva luz.Como sucedió con la Virgen, purificada y santificada por el Espíritu desde el momento de su concepción y llena de bendición y santificación por medio del anuncio del ángel, así debe ser para la Iglesia y los cristianos. La virginidad de María, que refleja la existencia de Cristo, es el espejo al que el fiel debe mirar para conformar su vida a los impulsos del Espíritu. Con efecto, a pesar de toda preparación óptima posible, la palabra-voluntad de Dios irrumpe siempre inesperadamente y con necesidades imprevisibles que, en cualquier caso, exigen respuestas sin precedentes. No es posible, a la luz de la razón y solo con las fuerzas humanas, comprender y aceptar las realidades divinas hasta sus últimas consecuencias. María, con su «fiat», después de la obediencia existencial de Jesús (Hebr 10,5ss), llegó al punto más alto.**La Virgen-madre, tipo de la Iglesia**En cumplimiento de la expectativa profética, después del prolongado e intenso diálogo entre Dios y el hombre, María sale apresuradamente (Lc 1,39: «se preparó y fue deprisa a una ciudad de la región montañosa de Judea, donde entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel») y los discípulos, impulsados por el Espíritu, comienzan a anunciar la palabra de Dios y la resurrección de los muertos (Act 5,20: «id, presentos en el templo, y anunciais a todas las naciones la palabra de salvación»).Los evangelios de la infancia también destacan la acción del Espíritu. Lo hacen especialmente resaltando la virginidad fecunda de María. La virgindade se convierte en el signo que caracteriza el nuevo tiempo, el del Espíritu. Desde el principio, por medio de María, la Iglesia recibe esta connotación espiritual junto con la de madre, constituyéndose como Virgen por elección de Dios y como Madre por los hijos adoptivos por el Espíritu en Cristo que genera por el Bautismo.**Oración final***Hino de la Solenidad de Santa María, Madre de Dios*Raíz judía florece,
la virgen madre da al mundo
a quien viene salvarlo: Jesús.En manto azul la envuelve
y al Hijo de Dios acuna.
Reclina en paliera de paja
al que con su Padre hizo los cielos.Despierta un sol más fecundo,
de la muerte rompe las cadenas.
María trae a Dios al mundo:
venga a adorarlo, naciones!Para profundizar sobre los títulos de María como Madre, Profeta e imagen de la Iglesia, consulte la Encíclica *Redemptoris Mater* de Juan Pablo II sobre la misión de María en la vida de la Iglesia. Explore también: Mariología, Teología mariana, Apariciones marianas y la Posgrado en Mariología.
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