María en Cristo nos reconcilia entre nosotros, para hacer de la humanidad una familia de hermanos.

Cristo derriba la «enemistad» entre los pueblos
María nos reconcilia entre nosotros, cuantos estamos sobre la tierra, para que seamos y nos amemos también con hechos como verdaderos hermanos en Cristo y, por tanto, todos hijos de Dios.
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Cuando Jesús inició su ministerio evangelizador, la humanidad, incluso ante Dios, estaba dividida en judíos como pueblo de Dios y paganos, que formaban todo el resto de la población del mundo y eran, oficialmente y de hecho, como colectividad, fuera de Dios, en la idolatría. Para los judíos, esa división era sagrada e inviolable, sancionada por la Ley.
Al principio, en tiempo de Moisés, esa división tenía una razón pedagógica y redundó también en ventaja para los paganos, en la medida en que, en el autoaislamiento del pueblo judío, la revelación del verdadero Dios se conservaba inmune a las contaminaciones y, así, un día los paganos podrían abrazarla en su pureza. Pero, en tiempo de Jesús, la doctrina y también la práctica religiosa judía habían perdido su autenticidad, excepto en el pequeño «Resto». Por consiguiente, seguir afirmando, en nombre de Dios, la división entre judíos y paganos era, en la práctica, cerrar a los paganos la posibilidad de conocer y abrazar la verdadera religión, el verdadero Reino de Dios.
Pues bien, precisamente en el derribo de esa división consiste la primera obra fundamental de Cristo en cuanto misterio universal de salvación. Nos lo dice la carta a los Efesios, dirigiendo la palabra a los paganos:
«Acordaos de que en otro tiempo vosotros, gentiles… en aquel tiempo estabais sin Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extranjeros a las alianzas de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora, en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, os habéis hecho cercanos por la sangre de Cristo. Porque Él es nuestra paz, Él que de dos pueblos hizo uno solo, derribando el muro de separación, aboliendo en su carne la enemistad, la ley de los mandamientos con sus prescripciones, para crear en sí mismo, reconciliándolos, de los dos un solo hombre nuevo y para reconciliar a ambos con Dios en un solo cuerpo, por medio de la cruz, habiendo destruido en ella la enemistad» (Ef 2,11-16).
Este es un texto muy importante para comprender la universalidad de la reconciliación operada por Cristo como misterio del Padre, por medio de la cruz. Cristo, en la cruz, en su propia carne, proclamó la ley de la caridad, que removió la ley que los judíos habían deformado y, más radicalmente, mató con el amor la enemistad.
Ya he dicho que el mismo Dios, al querer la reconciliación operando en Cristo, quiso también asumir a María como ministra de caridad materna en Cristo para todos los hombres. Es así como ella, con gran gratitud para con Dios, reconoció ese designio del Padre al cual dijo su fiat: «… el Poderoso ha hecho en mí maravillas» (Lc 1,49) y, al mismo tiempo, constatando esa su presencia universal en la obra de reconciliación de la humanidad, dijo también: «… todas las generaciones me proclamarán bienaventurada» (Lc 1,48). No era autoelogio: era una simple constatación, aunque intuitiva, del designio de Dios, en el cual la alabanza de la humanidad a María era alabanza de Cristo y, en Cristo, de Dios.
María, en el Magnificat, denuncia las raíces de las divisiones
Pero, a pesar de esa obra de Dios en Cristo, la enemistad en la humanidad continúa. Es verdad que el anticristo promueve esa enemistad. Es verdad que él está ligado a la cruz de Cristo, el cual, al final, triunfará sobre él y sobre toda enemistad. Sin embargo, en la tierra, los hombres tienen la libertad de adherirse a él. Y hoy vemos cómo la hostilidad divide y arma a unos pueblos contra otros. Pues bien, María, en el Magnificat, indica cuáles son las raíces de esa hostilidad mutua y casi anticipa aquella que será la gran carta de la ley nueva de Cristo: las Bienaventuranzas.
«Dispersó a los soberbios en los pensamientos de sus corazones. Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes» (Lc 1,51-52).
He aquí, por tanto, lo que María nos dice al exaltar la conducta de Dios, pasada y futura:
La raíz de la división, de la enemistad entre los pueblos, está en los planes concebidos ocultamente por los poderosos para extender el propio dominio. Sed de dominio que lleva también al exterminio de pueblos, considerados obstáculo a la dilatación de ese dominio.
Poco después de que María desvele y denuncie así las maquinaciones ocultas de los poderosos, ella misma experimentará una de esas maquinaciones de un poderoso, Herodes, que ve en el nacimiento del Mesías una amenaza a su dominio y medita suprimirlo. Pero Dios viene en socorro de la humilde familia de Nazaret y la salva.
También la otra forma de poder, el poder religioso de los sacerdotes judíos, ve su propio poder amenazado e intenta suprimir a Jesús y después a la Iglesia naciente. Contemplamos el plan de los enemigos de Jesús, pero Dios salva a Cristo y a su Iglesia.
Deponer, por tanto, a los poderosos de sus sedes, de sus tronos, sean o no palacios, y dar espacio a los humildes. Esto es, dar espacio a los valores generados por la bondad natural y cristiana del pueblo sencillo, auténticamente humano. Y la autenticidad humana consiste en sentirse hermano, hermana de todos.
He aquí por qué el primer e irrenunciable modo y fuerza de reconciliar a los hombres entre sí es reconciliarlos consigo mismos: de personas rectas no brotan maquinaciones de poder.
María honra y defiende la familia, primer núcleo de reconciliación de los pueblos
Y aquí debe señalarse una acción de María que, con su presencia, cura la institución donde se aprende la reconciliación interpersonal, escuela de reconciliación también internacional: la familia. En la familia, de hecho, el hombre nace del amor de los padres y de Dios, nace como persona y en ella crece en una personalidad abierta a Dios y al mundo.
Por eso, en la familia, si ella es como Dios la creó y si la cultura, según la naturaleza, la promueve, el hombre aprende a dar a su propia vida el sentido justo del vivir. Esto se obtiene resolviendo las crisis interiores a lo largo del crecimiento de las propias energías: es lo que más arriba he llamado reconciliación del hombre consigo mismo. Y aquí la verdadera religiosidad es factor irrenunciable. El laicismo, que prescinde de Dios y quiere que el joven crezca sin que se le hable de Dios, crea un gran vacío en el corazón del hombre, que permanecerá siempre dividido en sí mismo.
Y yo diría con fuerza que también una falsa educación religiosa en la familia conduce a esa división interior de la personalidad del hombre.
En la familia, el hombre crece en la dimensión interpersonal que es filial, fraterna y de parentesco. Y es la familia la escuela práctica de saber perdonarse recíprocamente, sea por la fuerza del amor que es intrínseco a la familia, sea por la cooperación natural de sus miembros para el crecimiento de la familia. Sobre todo, en la familia se aprende a compartir con los demás el dolor, la enfermedad. Se aprende a hacer de ello ocasión de reaccionar al dolor con obras de amor. Todo esto conduce a la solidaridad, que actúa en el mundo contra las divisiones. En la familia se aprende a poner en acto las propias energías, las propias originalidades creativas, no para imponer poder sobre los demás, sino para servicio comunitario y para crear valores. Y esta es la mejor escuela para formar personalidades no dominadoras, sino creadoras de valores en la ciudad nacional e internacional.
Repito: si la familia se afirma así como Dios la instituyó, ella es escuela y fuente de ciudad donde todo se concilia y forma civilización de amor y de valores. Por el contrario, si la familia no está reconciliada en sus miembros, se convierte en escuela de división.
Y aquí es preciso decir con mucha claridad que no es familia reconciliada en sus miembros si estos no crecen en verdadera interpersonalidad. La verdadera interpersonalidad supone que los miembros de la familia sean realmente personas reconciliadas en sí mismas, personas que crean valores. Hombres que se degradan a simples individuos con impulsos individualistas no son personas, esto es, hombres a imagen de Dios, que es la negación del individualismo. Una familia en que los miembros crecen en el individualismo ya no es familia y se divide en sí misma. Y contamina la ciudad como fuente de hombres operadores de divisiones.
Pero también una familia cuyos miembros son estrechamente solidarios entre sí, no para formar familia abierta que done valores a la sociedad, sino núcleo de personas unidas para situarse como familia de dominio en perjuicio de los demás, también esa familia es operadora de divisiones y de graves daños para la sociedad.
La comunión de sangre puede ser riqueza para la ciudad, pero puede ser también fuente de gran miseria. Precisamente por todo esto es necesario promover la formación de la familia según el designio de Dios y, por tanto, según la naturaleza que viene de Dios por creación.
Pues bien, en el Evangelio, María, las pocas veces en que emerge explícitamente en la revelación en episodios, por tres veces aparece como socorredora de la familia.
La primera vez es en la visita a su parienta Santa Isabel. Tan pronto como supo que su parienta, aunque en edad avanzada, había concebido un hijo, movida por sensibilidad familiar, se pone en camino y va deprisa, dice Lucas, cum festinatione. Su visita es inesperada, de modo que Isabel se admira: «¿Cómo sucede que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lc 1,43). Y María lleva a esa familia toda clase de gracia. Y ciertamente también su servicio de mujer, si permaneció con Isabel cerca de tres meses. Pero, sobre todo, hace que Jesús, ya concebido, esté allí presente y que Juan, exultando, lo anuncie a su modo al mundo, y que toda la familia de Isabel se convierta en familia evangelizadora.
La segunda vez que María emerge en el Evangelio en tema de familia es en el episodio de las bodas de Caná, episodio fuertemente simbólico. Una familia está a punto de nacer y la comunidad la acoge y la festeja. Está presente también Jesús, con su madre y los primeros discípulos. Es la fiesta del amor y de la vida que Dios creó y donó al hombre y a la mujer. Esa fiesta se expresa y se comunica con los pequeños grandes valores de la convivencia en la mesa. Jesús los confirma con su presencia, en la economía y en el estilo de su encarnación.
Sin embargo, cerca del final del banquete, esa fiesta está a punto de ser perturbada: falta el vino. Con finura femenina y también materna, María intuye lo que está a punto de suceder e interviene. Pide a Jesús, y Jesús realiza el conocido milagro. Las verdades ocultas bajo el velo del símbolo son muchas. No es este el lugar de hablar de ellas. Subrayemos solamente cómo puede parecer no ser sabio solicitar la intervención del poder de Cristo para un hecho mínimo. Y, sin embargo, las familias viven de esas realidades: pequeñas grandes realidades.
Somos hombres, no ángeles. El humanismo de Jesús lo sabe y, durante toda su vida de evangelización, muchas veces obrará como en Caná. Nosotros, por el contrario, vivimos en un tiempo en que las familias, especialmente las madres y los padres, son puestas en grave crisis por la falta o por la mala calidad de las pequeñas grandes cosas de lo cotidiano. Y, sin embargo, fabricamos naves espaciales para ir a los planetas. La sabiduría no le faltaba a María. Nos falta a nosotros.
Y debe, por fin, señalarse cómo también esa familia que nacía se convertía, como la de Isabel, en una familia evangelizadora. Se dice, de hecho, que los discípulos creyeron en Jesús: eran la primera Iglesia. También hoy, más aún, nunca como antes, la Iglesia necesita la evangelización típica que puede venir de las familias, si tenemos por ellas la solicitud que tuvo María. Solicitud no solo en la esfera religiosa, sino también en la esfera de la promoción y defensa de los pequeños grandes valores de su vida cotidiana.
La última vez que María emerge en el Evangelio en tema de familia es en el Calvario. Allí aparece como objeto de cuidado familiar filial por parte de Jesús y como principio de vida familiar nueva en una familia: la de Juan. También este episodio, como el de Caná, está cargado de verdad simbólica, que en la tradición y en la teología pasa sin duda al primer plano: Juan representa a toda la nueva humanidad a la cual Jesús da a María como madre.
Además de esa verdad, que marca un punto importante de la vida de Jesús como misterio de salvación de la humanidad, el episodio tiene también valor en la cotidianidad de la vida humana de Jesús, ya llegado a la muerte. Era Él quien había cuidado de María después de la muerte del padre putativo José. Ahora María quedaba sola en la tierra. Pues bien, Jesús piensa en ella. Se vuelve hacia Juan, el discípulo amado, el único entre los demás que había venido al Calvario. Jesús lo ve, sabe que él cuidaría de María con aquel amor filial que había sido su amor. Entonces, volviéndose hacia María, dice: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Y después, volviéndose hacia Juan: «Ahí tienes a tu madre». Y, a partir de aquel momento, dice el Evangelio, «él la recibió en su casa» (Jn 19,26-27).
He dicho que, en las tres veces en que María emerge en el Evangelio en tema de familia, aparece como socorredora. En verdad, esta última vez parecería más bien socorrida por el Hijo y socorrida también por Juan. En realidad, ella es socorrida por el Hijo y también por Juan. Pero Jesús da a María a Juan como madre. Por tanto, ella entra en la familia del discípulo como madre. Y ella será madre para él, para la familia de Juan: así lo quiso Jesús, y ella le será, como siempre, fiel. Y ciertamente fue gran gracia para la familia de Juan poder abrirse a la madre de Jesús y realizar uno de los mayores valores que constituyen la familia: ser familia abierta a la hospitalidad, ser escuela de hospitalidad.
Pues bien, me parece que esto, que es una de las últimas enseñanzas y acontecimientos de la vida terrena de Jesús, habla del gran evento que Él, justo después de dar a María a Juan, declara «consumado»: consummatum est, la regeneración de la humanidad en familia de Dios, donde la casa de cada uno sea la casa de todo otro como hermano. Esto es, que la nación de cada uno sea nación del otro, del otro grupo. Así, Jesús, en la cruz, no solo derribaba toda pared que dividía a los pueblos, no solo destruía la enemistad, sino que fundaba la ley de la comunión fraterna, sin límites. La reconciliación alcanzaba el máximo con Dios y con los hermanos. Y, en esta reconciliación de la humanidad como familia, María es dada por Jesús como madre de la fraternidad.
María exalta a quien tiene sed de bondad, de justicia, de paz
En el Magnificat, María nos revela otra dimensión de la acción reconciliadora de Dios en la tierra: Dios viene al encuentro de aquellos que tienen sed, sed de justicia, dirá Jesús, y los colmará de bienes. Mientras que despedirá a los ricos con las manos vacías. También aquí hay una inversión de aquello que el mundo estima como riqueza y pobreza y, para colmar de esa riqueza a quien a ella se entrega, divide a la humanidad en ricos y pobres de bienes terrenos y pone la causa de tantas miserias, infelicidades y hasta guerras en una escala que amenaza con ser ya planetaria.
Dios, por tanto, viene al encuentro de aquellos a quienes el mundo coloca en la condición de tener sed. María pensaba en la sed de bondad del pueblo pobre, humilde, discriminado, que constituía el verdadero pueblo de Dios en el estado de simple «Resto» y que, fiel a la verdadera ley, invocaba la venida del Mesías. Será el pueblo de los pequeños, a los cuales Dios hace comprender la verdad de Jesús, mientras que a los sabios según el mundo ella permanecerá escondida.
¿Cuál es, entonces, la enseñanza del Magnificat? Rechazar el abuso de las riquezas, que Dios rechaza y que, en realidad, no sirve sino para hacer miserable al hombre en sí mismo y para dividir a los pueblos entre sí. Tener sed de los verdaderos valores, de los bienes que Dios da a quien se encuentra en las condiciones de las Bienaventuranzas proclamadas por Jesús: los pobres de espíritu, que confían solo en Dios. Los afligidos. Los mansos. Los hambrientos y sedientos de justicia. Los misericordiosos. Los limpios de corazón. Los promotores de la paz. Los perseguidos a causa de la justicia (Mt 5,3-10).
Tener sed de esos valores auténticos significa sobre todo pedirlos a Dios. Y he aquí por qué, después de la proclamación de las Bienaventuranzas, el Evangelio de Mateo coloca la oración que se revela oración de la fraternidad universal, reconciliada por el perdón recíproco: Padre nuestro que estás en los cielos. Un mundo que rezara sería un mundo verdaderamente reconciliado. También la naturaleza invoca la revelación de tales hombres así, la gloria de los hijos de Dios (Rom 8,21).
Por eso, la última vez que la Biblia habla de María la revela en oración con los apóstoles y, poco después, desciende el Espíritu Santo, que solo Él puede renovar la faz de la tierra en verdadera ciudad de los hijos de Dios.
Conclusión
Si, en el primer movimiento, contemplamos a María en Cristo como aquella que nos reconcilia con Dios y, por eso mismo, recompone en cada fiel la unidad interior perdida, ahora el segundo movimiento amplía el horizonte: la reconciliación no es solo personal, es histórica y social. En Cristo, Dios derriba el «muro» de la enemistad y hace de dos pueblos uno solo, inaugurando la paz como realidad concreta, fundada en la cruz (Ef 2,11-16). María está inserta, de modo singular, en esta obra universal: su fiat reconoce y acoge el designio del Padre, y la alabanza que la Iglesia y las generaciones le tributan no es autoelogio, sino transparencia del obrar de Dios en Cristo (Lc 1,48-49). Así, la maternidad de María aparece como maternidad de fraternidad, al servicio de la unidad de los hijos de Dios.
El Magnificat, sin embargo, impide cualquier lectura ingenua: la división entre los pueblos tiene raíces espirituales y morales. Ella nace de la soberbia y de los «pensamientos del corazón», de los proyectos ocultos de dominio, de la manipulación del poder, incluso cuando se reviste de formas religiosas (Lc 1,51-52). Por eso, la primera condición para reconciliar a la humanidad es reconciliar a la persona: de corazones divididos y deformados brotan estructuras de violencia. De personas rectas, capaces de verdad y de decisión, brotan relaciones nuevas y políticas nuevas. La ley nueva de Cristo, anticipada en el cántico de María y explicitada en las Bienaventuranzas, desplaza el centro de la historia: no es el dominio lo que hace grande al hombre, sino la mansedumbre, la misericordia, la pureza de corazón y el hambre y sed de justicia (Mt 5,3-10).
En esta misma lógica, la familia surge como primer laboratorio de reconciliación de los pueblos. Es en ella donde se aprende a ser hija, hermano, hermana, y a transformar heridas en solidaridad, límites en cuidado, diferencias en servicio. María, en los episodios evangélicos, aparece como socorredora de la familia, porque la familia es, simultáneamente, frágil y decisiva: visita a Isabel y lleva la presencia de Jesús, sostiene Caná en la delicadeza de las «pequeñas grandes» realidades, y, en el Calvario, es entregada como madre a la nueva humanidad representada por el discípulo amado (Lc 1,43; Jn 19,26-27). La palabra «consumado» no sella solo el término de una vida, sino que apunta a la regeneración de un pueblo nuevo, donde la casa de cada uno se vuelve hospitalaria para el otro, y la nación de cada uno se abre como lugar de comunión.
Por último, la tensión reconciliadora no se sostiene solo por ideas o programas, sino por una espiritualidad real: la sed de los verdaderos bienes. Dios colma de bienes a los que tienen sed y deja vacíos a los que absolutizan riquezas y poder. Por eso, la oración del Padre nuestro, colocada por Mateo después de las Bienaventuranzas, se revela la oración de la fraternidad universal, reconciliada por el perdón mutuo. Y no es por casualidad que la última imagen bíblica de María sea la de una mujer en oración con los apóstoles: de allí desciende el Espíritu Santo, único capaz de renovar la faz de la tierra.
Se concluye, entonces, que la reconciliación en Cristo, servida maternalmente por María, posee una estructura integral: comienza por la reconciliación con Dios, rehace la unidad interior de la persona, desarma las raíces de la enemistad, forma familias abiertas a la hospitalidad, y se expande como cultura de Bienaventuranzas y de misericordia, hasta que la humanidad se convierta, en verdad y obras, en familia de hermanos. Donde María es acogida como madre, crece la capacidad de decir Sí a Dios, de vivir la caridad como ley y de transformar la historia en comunión.
Lea también en esta serie: Con Maríapor una comunidad cristiana reconciliada y El encuentro del Resucitado con la Madre. Para profundizar en el papel de María en la misión de la Iglesia, consulte la encíclica Redemptoris Mater §37: María y la fraternidad de los pueblos.
¿Cómo es que María en Cristo nos reconcilia unos con otros?
María reconcilia a los seres humanos entre sí porque es Madre universal: al aceptar ser Madre de todos los hombres en el Calvario (Jn 19,26-27), ella abraza a toda la humanidad como hijos del mismo Hijo. La mariología ve en su maternidad espiritual el fundamento de una fraternidad universal: quien reconoce a María como Madre se reconoce hermano de todos los demás hijos de ella. Ef 2,14-16 describe a Cristo como aquel que derriba la «enemistad» entre los pueblos. María, unida al misterio del Hijo, es el icono vivo de esta reconciliación.
¿Cuál es la relación entre la maternidad de María y la fraternidad universal?
La maternidad espiritual de María, proclamada en Jn 19,27 cuando Cristo dice al Discípulo Amado «He ahí a tu Madre», tiene una dimensión universal: el Discípulo Amado representa a toda la humanidad redimida. Al aceptar ser Madre de todos, María se convierte en el vínculo que une a los seres humanos en una fraternidad fundada no en la sangre, sino en la gracia. La mariología propone esta maternidad universal como antídoto para los individualismos y divisiones: somos todos hijos de la misma Madre, miembros de la misma familia de Dios.
¿Qué significa «hacer de la humanidad familia de hermanos» en la perspectiva mariológica?
La expresión «familia de hermanos» en la mariología evoca la visión escatológica de la humanidad reconciliada en Cristo. María, como Madre de la Iglesia y de toda la humanidad, intercede para que los seres humanos se reconozcan como hermanos, no solo en teoría, sino en la práctica concreta de la misericordia, del perdón y de la solidaridad. El Magnificat (Lc 1,46-55) es el manifiesto de esta visión: María canta un orden social donde los humildes son exaltados y los poderosos abatidos, donde la fraternidad sustituye a la dominación.
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