Nuestra Señora de Luján, patrona de Argentina

Nossa Senhora de luján, padroeira da argentina

«En todos los lugares busqué descanso, y en la herencia del Señor moraré» (Sab 24,11), «En todos ellos busqué reposo, y en la herencia del Señor habitaré» (Sab 24,11)

I. La Sabiduría que elige su morada: el oráculo de Sirácida

El capítulo veinticuatro del Eclesiástico presenta a la Sabiduría personificada que describe su origen divino y su camino hasta encontrar su morada definitiva entre el pueblo elegido. «Salí de la boca del Altísimo, y como nube cubrí la tierra. Habitaba en las alturas, y mi trono está sobre una columna de nubes. Recorrí el circuito del cielo, y penetré en el abismo de las profundidades. Sobre las olas del mar, sobre toda la tierra y sobre todos los pueblos ejercí mi dominio. En todos ellos busqué reposo, y en la herencia del Señor habitaré» (Sab 24,3-7.11). Este oráculo describe el movimiento de la Sabiduría divina como un itinerario de búsqueda, elección e instalación. La Sabiduría no habita por imposición: elige el lugar donde desea permanecer. Y esta categoría teológica de la elección de María como morada de la Sabiduría encontró en la historia mariana hispanoamericana una ilustración particularmente elocuente en Luján, al sur extremo del continente, donde la Virgen de la Concepción, en el siglo XVII, se detuvo a mitad de camino e indicó a sus hijos, con el lenguaje irrefutable de los signos, que aquel era el lugar que había elegido para habitar.

II. Luján, 1630: la imagen que paró el camino y eligió su lugar

En el año 1630, en la vasta llanura argentina conocida como Pampa, un colono portugués llamado Antonio Farias de Sá encargó en Brasil dos imágenes de la Virgen María: una de la Concepción Imaculada y otra de María con el Niño, para obsequiarlas a su nueva capilla en Sumampa, en la actual Argentina. Las imágenes llegaron al puerto de Buenos Aires y comenzaron el largo viaje en carroza tirada por bueyes hacia su destino. Cuando la comitiva llegó a la propiedad del colono Don Rosendo Trigueros de Oria, cerca del río Luján, los bueyes se detuvieron repentinamente y se negaron a avanzar. El esclavo angolano Manuel Costa, que cuidaba la carga, y el resto de la comitiva intentaron por todos los medios hacer que los animales continuaran, sin éxito. Por inspiración, descargaron la primera caja, la que contenía la imagen de la Concepción Imaculada, y los bueyes avanzaron sin dificultad. Cuando más tarde intentaron retomar la imagen para continuar el viaje, los bueyes se detuvieron nuevamente. Así quedó establecido, por la propia lengua de los acontecimientos, que aquella imagen quería quedarse en Luján. Fue guardada en una pequeña capilla rural y, alrededor de ella, creció durante casi cuatro siglos uno de los mayores santuarios marianos del continente americano. La Iglesia proclamó a Nuestra Señora de Luján como Patrona de Argentina, Uruguay y Paraguay. El Papa León XIII autorizó su coronación canónica en 1887. El Cardenal Jorge Mario Bergoglio, más tarde Papa Francisco, peregrinó anualmente a Luján durante todo su episcopado en Buenos Aires y regresó al santuario, en peregrinación espiritual, durante todo su pontificado.

III. La Visitación: María que se pone en camino para servir

El Evangelio de Lucas, que acompaña esta celebración, presenta el episodio de la Visitación, en el que María, recién encarnada en Cristo en su seno, parte con prisa para servir a Isabel, embarazada a una edad avanzada. «En aquellos días, María se puso en camino y fue rápidamente a la montaña, a una ciudad de Judea. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1,39-40). La Visitación es la manifestación más luminosa del estilo de maternidad espiritual de María: ella no espera que sus hijos vengan hasta ella; va donde están. Esta dialéctica mariana entre quedarse y ir, entre estabilidad y movimiento, encuentra en Luján una expresión paradigmática. María eligió quedarse en Luján para que los argentinos, uruguayos, paraguayos y todos los pueblos del Cono Sur tuvieran un lugar donde encontrarla. Pero al mismo tiempo, la Madre que reside en Luján continúa visitando a sus hijos por todo el continente, a través de las peregrinaciones, las estampas, las fiestas locales que renuevan en cada ciudad del Cono Sur la presencia de aquella que eligió su lugar pero nunca abandonó los caminos donde se encuentran sus hijos.

IV. Luján y la mariología de la elección geográfica de María

La teología que el santuario de Luján propone a la mariología universal es la del lugar como categoría espiritual. La historia de las apariciones y los santuarios marianos ha confirmado en repetidas ocasiones que María elige sus lugares de manifestación con criterios que no son los del mundo. No elige los centros de poder político o eclesiástico: elige periferias rurales, lugares de paso, terrenos pobres. Luján era, en 1630, una granja perdida en la inmensidad de la pampa argentina, lejos de todo. Y fue precisamente ahí donde la Concepción Imaculada se detuvo e indicó que permanecería. El Concilio Vaticano II afirmó que María «ocupa, en la Iglesia, después de Cristo, el más alto y al mismo tiempo el más cercano lugar entre nosotros» (Lumen Gentium, 54). La categoría del lugar próximo es decisiva: María nunca está distante, siempre está cerca, pero no en cualquier parte, está en los lugares que ella misma eligió para sí. Luján, para el Cono Sur hispanoamericano, es precisamente este lugar próximo. El Papa Francisco, durante su episcopado y pontificado, subrayó repetidamente que sin la Madre no hay fe argentina, sin Luján no hay identidad católica del Cono Sur. La imagen que permaneció allí hace cuatro siglos, pequeña, oscura, sin grandes adornos, es el signo humilde pero irrefutable de que la Sabiduría que recorrió el circuito del cielo encontró en la herencia de los pueblos del sur de América un lugar para habitar.

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