Quien vea a una mujer con deseo: María y la pureza de la mirada.

«Omnis qui viderit mulierem ad concupiscendum eam, iam moechatus est eam in corde suo.» (Mt 5,28)
En el capítulo 5, versículos 27-32 del Evangelio de Mateo, se presenta la segunda antítesis del Sermón de la Montaña: la radicalización del mandamiento contra el adulterio hasta el nivel del deseo interior. Jesús dice: «Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo: Todo aquel que mire a una mujer con deseo, ya ha adulterado con ella en su corazón». Esta radicalización, que Pablo VI comentará en la encíclica *Humanae Vitae* y Juan Pablo II desarrollará extensamente en su «Teología del Cuerpo», tiene implicaciones que trascienden la regulación de la sexualidad: toca la cuestión fundamental de cómo el ser humano mira al otro, si lo «ve» como persona o como objeto, como imagen de Dios o como medio para sus propios fines.
## I. La segunda antítesis: del acto al deseo
La antítesis sobre el adulterio repite la estructura de la anterior (sobre el homicidio): Jesús no deroga el mandamiento «no cometerás adulterio», va a su raíz. El «deseo» que Jesús condena no es la atracción estética o afectiva por otro, sino la mirada que utiliza al otro como objeto para su propia gratificación, reduciéndolo a un «medio» sin reconocer su dignidad de «fin». Esta distinción entre la atracción que respeta la dignidad del otro y el deseo que lo instrumentaliza es la clave de la teología de Mt 5,28.
La «Teología del Cuerpo» de Juan Pablo II (1979-1984) desarrolló a fondo este texto: el «mirar con concupiscencia» es aquello que utiliza al otro en lugar de amarle. La «pureza» que Jesús pide no es la indiferencia afectiva o la asexualidad, sino la capacidad de mirar al otro con el «mirada original» de Adán, que vio a Eva y la reconoció como «hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2,23): una mirada de admiración y reconocimiento de la dignidad del otro, no de posesión ni instrumentalización. Esta «pureza del mirar» es el fruto de la conversión del corazón que Mateo 5,8 proclama como bienaventuranza: «Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios».
La referencia a la «mano derecha» y al «ojo derecho» que deben ser cortados o arrancados si causan escándalo (Mt 5,29-30) es claramente hiperbólica; Jesús no está prescribiendo automutilación. La hipérbole sirve para enfatizar la gravedad del asunto: vale la pena hacer cualquier sacrificio para preservar la integridad del corazón. El «ojo» y la «mano» son metáforas de las formas en que se manifiesta el deseo desordenado, la objetivación a través de la mirada y la explotación a través de las acciones. La «amputación» simbólica es la disciplina ascética que rechaza deliberadamente las oportunidades que alimentan el deseo desordenado.
Los versículos sobre el repudio de la mujer (Mt 5,31-32), relacionados pero distintos, prolongan el mismo tema: el amor que respeta la dignidad de la persona no la abandona cuando deja de ser «útil» o «agradable». La prohibición del repudio se fundamenta en la dignidad inviolable del ser humano que el amor debe proteger, no instrumentalizar. Jesús «excede» el permiso mosaico (Dt 24,1) no por rigorismo legalista, sino por radicalidad en el amor: el amor que va «hasta el final» (Jo 13,1) no repudia, permanece.
II. María, Virgen: teología de la virginidad
La virginidad de María, profesada desde los primeros siglos de la Iglesia como perpetua, no es una negación de la sexualidad humana ni una fuga del cuerpo. Es, en la teología católica, una forma específica y radical de amor: el amor que se entrega por completo a Dios, sin reservarse ninguna forma de posesión o «retorno». La virginidad es el amor en su forma más absolutamente desinteresada y entregada, el amor que no calcula, que no negocia, que no pide a cambio.
La «pureza de corazón» que Mt 5,8 proclama como bienaventuranza tiene en la virginidad consagrada su expresión más radical. Pero la virginidad consagrada de María no es solo un «estado civil`, es el signo de una orientación interior total hacia Dios. Cuando María dice «no conozco varón» (Lc 1,34) en respuesta al anuncio del ángel, no está simplemente indicando un estado biológico, sino que señala una orientación de toda su vida: ella que «no conoce>» en el sentido del conocimiento íntimo total que la Escritura hebrea designa por yada, es aquella que está orientada hacia un «conocimiento>» de diferente naturaleza, el conocimiento de Dios en el amor total.
La tradición mariológica, desde los primeros siglos, vio en la virginidad de María no solo un privilegio personal, sino un signo para toda la Iglesia: la virginidad consagrada es una anticipación escatológica del «estado de resurrección>» (Lc 20,35-36: «ni se casan ni son dados en matrimonio‘) en el que el amor humano encuentra su forma definitiva, no la posesión del otro, sino la plena comunión con Dios. María virgen es el «símbolo>» de que la humanidad tiene un destino que trasciende la familia biológica, un destino de comunión con el amor infinito de Dios.
III. La mirada de María: contemplación vs concupiscencia
María «guardaba todas estas cosas, meditando en ellas en su corazónguardar y meditar>» (dietêrei y symballousa) describe la forma de «mirar>» de María: no la mirada que consume y descarta, sino la que guarda, profundiza, deja que la realidad revele su sentido más profundo. Esta mirada contemplativa, opuesta a la mirada de concupiscencia, es la que permite a María «ver>» en los acontecimientos de la vida de Jesús lo que los demás no ven: el sentido profundo, el movimiento de Dios en la historia.
La «pureza de la mirada» de María posee una dimensión epistémica que trasciende lo moral: quien mira a otro con la «concupiscencia» que objetifica, no puede verdaderamente «ver» al otro; solo ve lo que desea ver, la proyección de sus propios deseos. Quien observa con la «pureza» que respeta la alteridad del otro, puede «ver» al otro tal como es, en su dignidad, en sus necesidades, en su sufrimiento, en su alegría. Esta «visión» pura es el fundamento de una verdadera compasión: ver el sufrimiento del otro como un sufrimiento real (no como una molestia para nuestros planes) y responder a él con amor genuino.
La mariología contemplativa ha desarrollado este tema: María es el modelo de la «teoría», la contemplación que ve la realidad con los «ojos de Dios». Esta contemplación no es pasividad intelectual, sino la actividad más intensa del espíritu humano, aquella que permite «ver» la realidad en su profundidad, «ver» al otro en su dignidad sagrada, «ver» los acontecimientos en su significado salvifico. Es esta «visión» pura la que configura el contexto en el que es posible el Magnificat: solo quien «ve» con pureza puede proclamar la acción de Dios en la historia con la intensidad con que María lo proclama.
María, cuyo mirada nunca «usó» nadie, sino que siempre contempló al otro en su dignidad sagrada, es el modelo de la pureza de corazón que Jesús proclama bienaventurada, una pureza que no es ausencia de amor, sino amor en su forma más intensa y respetuosa.
**Referencias:**
– Juan Pablo II, *Teología del Cuerpo* (catequesis 1979-1984).
– Concilio Vaticano II, *Lumen Gentium* n. 63-65 (1964).
– J. Galot, *María, la Mujer en la Obra de Salvación* (1984).
– U. Luz, *El Evangelio según Mateo* vol. I (1985).
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