Si tu palabra es María, no falla nunca.

Sit sermo vester est, est: Maria e a palavra que não falha
«Pero vos digo: No juréis en absoluto. Si decís ‘sí’, significad ‘sí’; y si decís ‘no’, significad ‘no’. Cualquier otra cosa procede del Maligno.» (Mateo 5,37). Jesús no simplemente abolió el juramento, apuntó a un nivel de integridad donde el juramento se vuelve innecesario: cuando la palabra humana es absolutamente fiel, no requiere ser reforzada por juramentos. Este sábado, día que la liturgia dedica especialmente a la Memoria de Nuestra Señora, es el momento para contemplar en María el modelo de esta integridad absoluta de la palabra: ella cuyo «fiat» fue un «sí» eterno e incondicional a Dios, cuyas palabras en Caná, «haced lo que él os diga» (Juan 2,5), son la síntesis más perfecta del «est, est» que Jesús pide.### I. La antítese sobre el juramento: de la letra al EspírituEl contexto del juramento en el judaísmo del primer siglo era complejo: existía toda una jurisprudencia rabínica sobre cuáles juramentos obligaban y cuáles podían ser evitados, dependiendo de si se juraba por Dios, por el Templo, por Jerusalén o por la propia cabeza. Jesús corta este nudo gordiano con una radicalidad característica: en vez de regular qué juramentos son válidos, pide una integridad de palabra que haga superfluo el juramento. Cuando toda palabra es absolutamente fiel, no hay necesidad de reforzarla con invocaciones divinas.El «sí, sí; no, no» de Jesús (estó de ho logos hymón nai nai, o u) puede leerse como una duplicación enfática (el equivalente arameo de «absolutamente sí» o «absolutamente no») o como un pedido de simplicidad y claridad: decir lo que se quiere decir, sin ambigüedades, sin evasiones, sin la «margen de maniobra» que el sistema de juramentos permitía. En cualquier caso, la exigencia es la misma: la palabra humana debe ser absolutamente confiable, no solo cuando se jura, sino siempre y en todo caso.La conexión que Jesús establece entre la necesidad del juramento y el «Maligno» (apo tou ponérou) es teológicamente profunda: donde la palabra humana no es confiable, donde es necesario reforzarla con juramentos para que sea creída, eso es señal de que el pecado ha corrompido la comunicación humana. La mentira, la manipulación, la evasión de la verdad no son solo fallas morales individuales, son expresiones del reino del «Maligno» que ha corrompido el lenguaje humano, que debería ser el espejo de la Verdad divina. La «pureza de la palabra» que Jesús pide es, en última instancia, la recuperación del lenguaje humano para su función original: manifestar la verdad, no ocultarla.

La tradición religiosa (en particular la Regla de San Benito y las Constituciones de muchas congregaciones religiosas) entendió el «sí, sí. No, no» como la base del voto de obediencia: la palabra dada a la Regla y al Superior es una palabra sin segundas interpretaciones ni condiciones ocultas. Pero el mandato de Mateo 5,37 no se limita a los religiosos, se aplica a toda palabra humana: en los contratos, en las promesas familiares, en la comunicación social, en la política. La erosión contemporánea de la confianza en la palabra pública, donde el «spin» y la «narrativa» reemplazan a la verdad directa, es un síntoma del «Maligno» que Mateo 5,37 diagnostica con precisión.

II. El «fiat» de María: el sí que no falló

El «fiat» de María en la Anunciación («Hágase en mí según tu palabra» [Lucas 1,38]), es el «sí, sí» de Mateo 5,37 en su forma más absoluta. María no dijo «sí con condiciones», no dijo «sí si las circunstancias son favorables», no dijo «sí pero me reservo el derecho de reconsiderar». Dijo «sí», absoluto, total, sin reservas, al proyecto de Dios que el ángel le anunciaba, un proyecto que ella no comprendía del todo y que implicaba consecuencias que ella no podía prever.

La teología del «fiat» mariano ha desarrollado extensamente su dimensión de libertad: María dijo «sí» libremente, no por compulsión divina. Dios «esperó» su «sí», lo cual implica que el «no» era posible. Esta posibilidad del «no» es lo que hace significativo al «sí»: solo es posible amar genuinamente donde es posible rechazar. El «fiat» de María es así el acto de libertad más radical de la historia humana: la criatura que, pudiendo rechazar, dice «sí» incondicional al Creador, y por ese «sí» hace posible la Encarnación.

La fidelidad de María a su «fiat» durante treinta años es la prueba de que su «sí» era verdaderamente «est, est», sin reservas, sin retrocesos, sin revisiones. Desde el «fiat» de la Anunciación al «fac quodcumque dixerit vobis» de Caná («haced lo que él os diga», Juan 2,5), al «stabat iuxta crucem» del Calvario (Juan 19,25: «estaba junto a la cruz»), el «sí» de María se mantuvo absolutamente coherente. En los momentos en que todo parecía contradecir la lógica del «fiat» inicial, la huida a Egipto, la incomprensión de Jesús en el Templo, la Cruz, María no dijo «no» o «tal vez». Su «sí» original permaneció intacto.

III. «Fazei lo que él os diga»: el sábado de Nuestra Señora

La última palabra de María en los Evangelios, «fazei lo que él os diga» (Juan 2,5), es la síntesis de toda su espiritualidad y de toda su misión. En Caná, al dirigirse a los siervos del banquete, María no está imponiendo su voluntad, no está manipulando a Jesús para obtener el milagro que ella quiere: está señalando al Hijo y diciendo «confíen en él». Esta palabra de María es el último acto de una vida enteramente orientada hacia Cristo: ella no se coloca en el centro, no reclama autoridad propia, no se hace portavoz de sí misma, es portavoz del Hijo.

La dedicación del sábado a Nuestra Señora, presente en la liturgia desde la época medieval y confirmada por la reforma de Pablo VI, tiene este fundamento teológico: María es aquella que, a lo largo de toda la semana litúrgica, «guarda y medita en su corazón» (Lc 2,19) la Palabra que los demás días proclaman. El sábado es el día del «reposo en Dios», y María es el modelo de este reposo: no la inactividad, sino la tranquilidad interior de quien está completamente orientado hacia Dios y no necesita «correr» porque ya está donde debe estar.

La práctica de los «Cinco Primeros Sábados», propuesta por el mensaje de Fátima (1917) como forma de reparación y devoción al Corazón Inmaculado de María, resuena con Mt 5,37: la reparación por los «pecados contra el Corazón Inmaculado de María» incluye los pecados contra la verdad (blasfemias, calumnias, representaciones deshonrosas de María), los pecados que violan el «sí, sí. No, no» de la palabra fiel. La devoción del sábado es así una escuela de integridad de la palabra: al honrar a María cuya palabra fue siempre absolutamente fiel, el cristiano es invitado a hacer su propia palabra más fidedigna.

IV. La palabra cristiana en la cultura de la «Narrativa»

La exigencia de Mt 5,33-37 tiene una actualidad particular en un mundo donde la «narrativa» ha reemplazado a la verdad, y la credibilidad de las instituciones (políticas, religiosas, mediáticas) se ha erosionado por la experiencia acumulada de mentira, manipulación y evasión. El «malo» que Mt 5,37 identifica como origen de la necesidad de juramentos se manifiesta hoy en la omnipresencia del «spin», la «pós-verdad» y la «verdad alternativa», fenómenos que corrompen la comunicación humana en su raíz.

La respuesta cristiana a esta crisis de la palabra no es la reintroducción de juramentos ni mecanismos de verificación, sino la formación de personas cuya palabra sea tan absolutamente fidedigna que no requiera verificación. Esta formación tiene en María su modelo: una vida entera orientada por la fidelidad al «fiat» inicial, una vida en la que la coherencia entre lo dicho y lo hecho no admitió excepciones. Esta coherencia no es rigidez, es la integridad de un corazón sin divisiones, que dice lo que siente y hace lo que dice.

La tradición monástica encontró en Mt 5,37 la base de la «conversatio morum», la conversión permanente de los hábitos que la vida religiosa promete: no prometer grandes cosas de una sola vez, sino prometer una orientación permanente hacia la verdad, la coherencia y la fidedignidad de la palabra. María, que no prometió «grandes cosas» en la Anunciación, prometió solo estar disponible, y luego vivió esa disponibilidad fielmente hasta el final, es el modelo de esta «conversatio»: la fidelidad de cada día que, acumulada, se convierte en la fidelidad de toda una vida.


María, cuya palabra, desde el «fiat» de la Anunciación al «haced lo que él os diga» de Caná, fue siempre el «sí» absoluto que no requirió juramento para ser creída, es el modelo del discípulo al que la exigencia de Mt 5,37 invita: aquel cuya palabra es tan fiel que no necesita ser jurada para ser creída.

Referencias

  • Benedicto XVI, Jesús de Nazaret vol. I: «El Sermón de la Montaña» (2007).
  • Juan Pablo II, Redemptoris Mater n. 13-14 (1987).
  • U. Luz, El Evangelio según Mateo vol. I (1985).
  • I. de la Potterie, María en el misterio de la Alianza (1988).

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