La Virgen María en la Epifanía del Señor

A Virgem Maria na Epifania do Senhor

«Levántate, brilla, Jerusalén, porque ha venido tu luz, y la gloria del Señor se ha posado sobre ti» (Is 60,1). «Levántate, resplandece, Jerusalén, pues viene a ti tu luz, y la gloria del Señor nace sobre ti. Las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad a los pueblos; pero sobre ti brilla el Señor, y su gloria se manifiesta en ti» (Is 60,1-2).

I. La luz que viene de lejos: el oráculo de Isaías 60

El capítulo sesenta del libro de Isaías pertenece a la sección más escatológica del llamado Tercer Isaías: es la visión de Jerusalén restaurada, de la ciudad que resplandece con la gloria divina mientras el resto del mundo permanece en la oscuridad. «Levántate, resplandece, Jerusalén, porque viene a ti tu luz, y la gloria del Señor se ha posado sobre ti» (Is 60,1-2). El contraste entre la luz que irradia de la ciudad elegida y las tinieblas que cubren al mundo es la forma en que el profeta expresa la universalidad de la salvación que comienza en Israel pero se extiende a todas las naciones.

El oráculo continúa con la visión de las naciones que acuden a Jerusalén, trayendo sus riquezas: «Las naciones caminarán a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alba» (Is 60,3). La imagen de los reyes que traen oro e incienso (Is 60,6) es la que Mateo retomará en el relato de los Magos. La profecía isiásica, dirigida originalmente a la comunidad de regreso del exilio, alcanza en la Epifanía su cumplimiento más pleno: los Magos del Oriente son los representantes de las naciones que, guiados por la luz de una estrella, se dirigen a la fuente de la luz verdadera. Y en el centro de esta convergencia universal, humilde y discreta, está María con su Hijo.

II. El camino de la estrella y la lógica de la búsqueda

El relato de la visita de los Magos en el segundo capítulo de Mateo es un texto que la tradición litúrgica y espiritual siempre ha contemplado con especial devoción, porque contiene en miniatura la dinámica de toda búsqueda religiosa auténtica. Los Magos son sabios del Oriente, probablemente astrólogos o filósofos naturales, que observan los signos del universo e interpretan estos fenómenos como indicadores de acontecimientos de importancia cósmica. Al ver la estrella, reconocen el nacimiento de un rey y se disponen a encontrarlo. Su búsqueda no parte de una revelación sobrenatural: parte de la razón humana atenta a los signos de la creación y abierta al trascendente.

Sin embargo, la razón por sí sola no es suficiente: los Magos llegan a Jerusalén pero no saben dónde buscar. Necesitan las Escrituras para descubrir Belén. La sabiduría humana que parte de la observación de la naturaleza requiere de la palabra revelada para alcanzar su destino. Este diálogo entre la razón y la fe, entre la contemplación del universo y la escucha de las Escrituras, está inscrito en el propio itinerario de los Magos como un programa de espiritualidad que la Iglesia siempre ha reconocido como modelo. María y su Hijo esperan al final de este camino: la filosofía natural de los Magos y la profecía de Miqueas convergen ambas hacia el mismo establo de Belén.

III. «Al ver la estrella, se llenaron de inmenso gozo»

El relato mateo de los Magos presta especial atención a los movimientos interiores. Cuando Herodes oye la pregunta de los Magos, «se perturbó, y con él toda Jerusalén» (Mt 2,3): la llegada del Mesías causa inquietud en quienes detienen el poder y temen perderlo. Al volver a ver la estrella después de consultar las Escrituras, «se llenaron de inmenso gozo» (Mt 2,10): el reencuentro con la señal que los guiaba provoca una alegría que el texto subraya con una acumulación expresiva. Y cuando llegan a la casa donde está el niño con María, su madre, «se postraron y le adoraron» (Mt 2,11). La postración de los Magos es el gesto más elevado de veneración que conocía la cultura oriental: es la reverencia de la inteligencia humana que reconoce la presencia del Absoluto.

María está presente en esta escena como quien presenta al Hijo al mundo. Mateo menciona explícitamente «el niño con María, su madre» (Mt 2,11): la Madre no es un escenario, es una presencia constitutiva. Son los Magos quienes adoran, es el Hijo quien es adorado, pero es María quien los une: ella que recibió al Hijo de Dios en el fiat de la Anunciación y ahora lo presenta a la adoración de las naciones. La Epifanía es, en este sentido, el primer acto del sacerdocio materno de María: quien ofrece al Padre, a través del Hijo, la adoración de las naciones que él creó.

IV. María, señal de la luz que atrae a las naciones

La sexta Misa de la Colección contempla a María en su dimensión universal: quien está presente en el momento en que la salvación se manifiesta a las naciones. La Epifanía no es solo un acontecimiento del pasado: es la forma permanente por la cual Cristo continúa atrayendo al conocimiento propio a quienes buscan sinceramente la verdad. Y María continúa siendo, en este proceso de atracción universal, la Madre que presenta al Hijo, la puerta por la que las naciones encuentran al Salvador.

La mariología de la Epifanía es una mariología de la mediación materna. No en el sentido de que María se interponga entre el Hijo y las naciones, sino en el sentido de que ella es el contexto humano en el que el Hijo se da a conocer. Los Magos no encontraron a Jesús sin María: lo encontraron con ella, y es ella quien lo presenta. Toda la actividad misionera de la Iglesia prolonga este gesto de presentación: guiar a las naciones hacia el Hijo a través de la mediación materna que María inició en Belén. El oráculo de Isaías se cumple permanentemente: la luz que los Magos siguieron no se apagó con la muerte y resurrección de Jesús. Continúa brillando en cada lugar donde se honra a María y, a través de ella, las naciones se acercan a su Hijo.

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