Voluntad paterna: María es la voluntad que no deja que nadie se pierda.

Voluntas patris: Maria e a vontade que não perde ninguém.
En el discurso del Pan de Vida, Jesús revela su identidad como el Pan descendido del Cielo y la lógica profunda de su misión: cumplir plenamente la voluntad de su Padre. Y el núcleo de esa voluntad es cristalino: **no perder a nadie**. Esta afirmación, aparentemente simple, contiene toda la teología de la salvación: el Padre desea la recuperación de cada ser humano, y el Hijo vino para realizar exactamente eso. La mariología encuentra aquí un punto de anclaje fundamental: María, que dijo **»Hazse en mí según tu palabra»** (Lc 1,38), incorporó esa misma voluntad salvífica del Padre de manera única e irrepetible.I. **La voluntad del Padre como centro de la misión de Jesús**:El testimonio de Juan 6,38-39 presenta una de las afirmaciones más densas del cuarto Evangelio: **»Desci del Cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió. Esta es la voluntad de aquel que me envió: que yo no pierda a ninguno de los que él me dio, sino que los resucite en el último día»**. La estructura es clara: hay una voluntad del Padre que precede y fundamenta la misión del Hijo, y esa voluntad tiene un contenido preciso: la salvación integral de toda la humanidad.Esta subordinación de la voluntad del Hijo a la del Padre no es servil ni heterónoma; Juan la presenta como una identidad profunda entre las dos voluntades. El Hijo quiere lo que el Padre quiere porque comparten la misma vida divina, el mismo amor, la misma orientación para la salvación del mundo. La voluntad del Padre no es un mandato externo al Hijo, sino la expresión de la comunión intratrinitaria que se derrama hacia afuera en la creación y en la redención.La palabra griega *apoleso*, **»perder»**, tiene en Juan un peso teológico enorme. Perdido es aquel que se aleja de la Fuente de la vida y perece en la muerte definitiva (cf. Jo 3,16; 10,28; 17,12). La promesa de Jesús es que ninguno de los que el Padre le confió llegará a ese estado: su misión es una misión de recuperación, de recogida, de preservación. El Buen Pastor que recoge las ovejas (Jo 10) y el Sumo Sacerdote que intercede por todos los discípulos (Jo 17) son expresiones de la misma voluntad de no perder a nadie.La teología de la predestinación encuentra aquí su fundamento más sólido: Dios quiere que todos los hombres sean salvos (cf. 1 Tm 2,4), y esa voluntad no es una aspiración vaga, sino una acción eficaz que se realiza en la persona y en la obra de Jesús Cristo. La cuestión de la libertad humana no anula esta voluntad salvífica universal, sino que da medida de la seriedad con la que Dios trata a cada persona, como alguien capaz de responder libremente al amor que le precede.II. **María, imagen de la voluntad que acoge**:La escena de la Anunciación es, en la tradición mariológica, el momento en que la voluntad humana se alinea perfectamente con la voluntad divina. **»Hazse en mí según tu palabra»** (Lc 1,38), el *fiat* de María no es una resignación pasiva ni una capitulación del yo: es el acto más libre y consciente de la historia humana, por el cual una mujer de Israel dice **»sí»** a la propuesta de Dios y se convierte así en el punto de entrada de la Encarnación en el mundo.Pero el *fiat* de María no es solo un acto singular y pasado; la tradición reconoce que María vivió completamente orientada a la voluntad del Padre. La obediencia de María no es solo la del momento inicial, se extiende a toda su vida, desde el **»sí»** de la Anunciación hasta al silencio del Calvario y a la oración del Cenáculo. Cada etapa de su existencia fue una nueva configuración de su voluntad a la voluntad de Dios, a menudo en un contexto de oscuridad y sufrimiento.La *Lumen Gentium* 56 subraya que María **»cooperó por libre fe y obediencia en la salvación humana»**. Esta cooperación no fue accidental ni periférica; fue estructural para el plan divino. Dios quiso que la Encarnación del Verbo dependiera del **»sí»** libre de una mujer, lo que dice mucho sobre cómo Dios realiza su voluntad salvífica: no por coacción, sino mediante la alianza con la libertad humana.Se puede decir que María es, en la historia de la salvación, el modelo perfecto de la consonancia entre la voluntad del Padre y la del Hijo.III. **Ressucitar en el último día: esperanza pascual y María**:Jo 6,39 termina con una promesa escatológica: **»que los resucite en el último día»**. La misión de Jesús no es solo de preservación en el presente, sino de resurrección futura. La salvación tiene una dimensión corporal y definitiva que la resurrección de Cristo inaugura y que la resurrección universal consumará. El Padre no quiere solo que nadie se pierda ahora, quiere que todos vivan plenamente para siempre.María es, en la teología católica, la primicia de esta resurrección final. La definición dogmática de la Asunción (Pio XII, *Munificentissimus Deus*, 1950) afirma que María fue asumida **»en cuerpo y alma»** al Cielo: ella anticipa, en su persona, el destino definitivo de toda la humanidad redimida. Lo que el Padre prometió a todos, **»resucitarlos en el último día»**, ya se realizó plenamente en María.Esta dimensión escatológica de la mariología no es un detalle periférico; es el horizonte que da sentido a toda la devoción mariana. Mirar a María no es mirar al pasado, es anticipar el futuro. Ella es la imagen del destino de la Iglesia, el símbolo de lo que cada cristiano espera, la confirmación de que la voluntad del Padre de **»no perder a nadie»** llegará a su plenitud en el último día.La liturgia pascual, que celebra a Cristo resucitado y glorificado, tiene en María su referencia mariana privilegiada: ella que acogió la Encarnación con su **»sí»** es también la primera en contemplar la gloria del Resucitado. La tradición, aunque sin testimonio bíblico explícito, siempre intuyó que fue María a quien el Resucitado apareció primero, como el hijo que muestra a la madre la victoria conquistada. En esta lógica, María es el primer testimonio vivo de que la voluntad del Padre de **»no perder a nadie»** es una voluntad poderosa, que vence incluso a la muerte.**María, que acogió la voluntad del Padre con su «sí» y participa en la misión del Hijo de no perder a nadie, es para la Iglesia el signo vivo de que la salvación es posible, real y definitiva.**

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