San Luis María Grignion de Montfort, apóstol de la verdadera devoción.
«Totus tuus ego sum, et omnia mea tua sunt» (San Luis María de Montfort, *Tratado de la Verdadera Devoción*, 233), «Soy todo tuyo, y todo lo que es mío te pertenece».I. Dios elige al débil para confundir al fuerte: la teología paulina de la pequeñez San Pablo dirige a los Corintios una de las afirmaciones más densas de toda su teología de la elección divina: «Considerad, hermanos, vuestra vocación: no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni poderosos, ni nobles. Pero Dios eligió lo que en el mundo es necio para confundir a los sabios. Dios eligió lo que en el mundo es débil para confundir a los fuertes. Dios eligió lo que es despreciable y de nada, para reducir a nada lo que es, a fin de que nadie se gloríe ante Dios» (1Cor 1,26-29). Esta lógica paulina de inversión de los criterios humanos divinos atraviesa toda la historia de la santidad cristiana. Dios no llama a los más calificados según el mundo: llama a los más disponibles según el corazón. Entre los santos que encarnaron de forma más radical esta lógica paulina, especialmente en su dimensión de espiritualidad mariana, se encuentra el misionero francés Luis María Grignion de Montfort, bretón de origen humilde, ordenado tarde, marginado por obispos prudentes, pero elegido por Dios para dejar a la Iglesia uno de los tratados marianos más influyentes de toda la historia cristiana.II. Montfort: el misionero bretón y su espiritualidad mariana Luis María Grignion de Montfort nació en 1673 en Montfort-sur-Meu, Bretaña, en el seno de una familia numerosa y modesta. Ordenado sacerdote en 1700 en París, dedicó su vida a la misión popular en las zonas rurales del oeste de Francia, recorriendo a pie durante más de quince años las parroquias de Bretaña, Anjou, Maine y Poitou. Sus misiones duraban varias semanas en cada parroquia y combinaban una intensa predicación, sacramentos celebrados en multitud, procesiones, cantos misioneros compuestos por él mismo e implantación de «calvarios», monumentos populares a la Pasión de Cristo. Pero el corazón de su espiritualidad misionera siempre fue mariano. Convencido de que toda renovación espiritual pasa por la consagración total a María, escribió al final de su vida dos textos que se convertirían en clásicos de la espiritualidad católica: *Tratado de la Verdadera Devoción* a la Santísima Virgen y *El Secreto de María*. Estos dos textos permanecieron olvidados durante más de un siglo tras su muerte. El manuscrito del Tratado fue descubierto en 1842 en un cofre de un monasterio en La Chevrolière, y su publicación inició un redescubrimiento progresivo de la espiritualidad montfortiana que culminaría en el siglo XX con su adopción como base de la espiritualidad del Papa Juan Pablo II. Montfort fundó también dos congregaciones, la Compañía de María, conocida como Montfortianos, y las Hijas de la Sabiduría, ambas comprometidas con la misión y con la espiritualidad mariana radical. Fue canonizado por el Papa Pío XII en 1947.III. Revelado a los pequeños: el evangelio de la pedagogía mariana
El Evangelio de Mateo que acompaña a esta celebración presenta el canto de júbilo de Jesús, en el que se expresa la pedagogía divina de la revelación a los pequeños: «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequenines. Sí, Padre, porque así te agradó» (Mt 11, 25-26). Esta palabra evangélica es la clave hermenéutica de la espiritualidad montfortiana. La Verdadera Devoción que Montfort propuso no es una doctrina sofisticada para iniciados teológicos: es un camino sencillo para almas dispuestas a hacerse pequeñas. El método consiste esencialmente en entregar todo a María (oraciones, méritos, satisfacciones, todas las obras buenas) para que ella las ofrezca al Hijo como si fueran de ella misma. Esta entrega total, que Montfort denominó «santa esclavitud de amor», no es una disminución de la libertad humana, sino su suprema realización: convertirse en completamente disponibles para Dios a través de la mediación materna más perfecta de la historia humana. La simplicidad de esta propuesta espiritual explica su eficacia popular durante tres siglos y su adopción por almas tan diversas como el seminarista polaco Karol Wojtyla, quien más tarde sería Juan Pablo II, y que adoptó como lema episcopal y papal la fórmula montfortiana abreviada: Totus Tuus.
IV. La verdadera devoción y el Totus Tuus: la herencia montfortiana en la Iglesia contemporánea
La consagración mariana según el método de San Luis María de Montfort se difundió progresivamente en toda la Iglesia Católica a partir del redescubrimiento del Tratado en 1842. El Papa Pío IX consagró personalmente su vida según el método montfortiano. Los Papas León XIII, Pío X, Bento XV, Pío XI y Pío XII promovieron la devoción. Sin embargo, fue con el Papa Juan Pablo II, elegido en 1978, que la espiritualidad montfortiana alcanzó una nueva dimensión de visibilidad universal. El joven Karol Wojtyla, durante sus años como obrero y seminarista clandestino en Polonia ocupada por los nazis, encontró un ejemplar del Tratado de la Verdadera Devoción y fue profundamente transformado por su lectura. Adoptó como lema el Totus Tuus, «todo tuyo», de la consagración montfortiana, y mantuvo este lema durante todo su pontificado. La encíclica Redemptoris Mater de 1987 y la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae de 2002 contienen múltiples referencias a la teología montfortiana. El Concilio Vaticano II, aunque sin citar explícitamente a Montfort, recogió en la Lumen Gentium varias intuiciones que él había desarrollado en sus textos: la maternidad universal de María sobre los fieles, su mediación subordinada a la de Cristo, y su papel modelo en la configuración de cada cristiano a la imagen del Hijo. La Verdadera Devoción continúa, en el siglo XXI, siendo estudiada y practicada en todos los continentes, y el Totus Tuus se ha convertido en uno de los lemas marianos más difundidos de la Iglesia contemporánea. El misionero bretón que recorrió a pie las parroquias del oeste de Francia dejó a la Iglesia universal un camino de santidad que ni tres siglos ni múltiples culturas han logrado agotar. Por el contrario, cada generación que lo redescubre lo encuentra tan actual como el día en que fue escrito.
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