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María encrucijada de todas las vocaciones

Maria encruzilhada de todas as vocações

María, encrucijada de todas las vocaciones: el Fiat como modelo

  • Cuando hablamos de vocación, ¿solo pensamos en padres y monjas, o somos capaces de reconocer la llamada inscrita en cada bautizado?
  • ¿Tengo conciencia de que mi vida es una respuesta personal a la invitación de Dios, o vivo como un espectador anónimo dentro de la Iglesia?
  • ¿Qué me impide hoy pronunciar mi Fiat ante Dios con la misma libertad y confianza de María?

La realidad de la vocación hoy se ve de forma diferente a la del pasado, con la ayuda de la psicología y el gran desarrollo de las ciencias bíblicas han abierto un nuevo horizonte: el camino personal de cada bautizado que responde a la voluntad de Dios.

Maria encruziltada de todas as vocações, Maria modelo do fiat e da resposta vocacional

Incluso antes de nombres, colores y fórmulas, existe la persona individual en la comunidad eclesial con un llamado particular, personal y no diluido en la inmensidad de carismas, convirtiendo a la persona en un número anónimo. El Espíritu Santo guía individualmente en un camino eclesial, a cada persona para afirmar su fiat.

La alarmante falta de sacerdotes, frailes, monjas y misioneros nos ha llevado a replantearnos qué es, al fin y al cabo, la vocación y ahí, el gigante dormido de los laicos ha emergido como una montaña a través de las nuevas comunidades eclesiales y no solo… la función específica de cada uno de nosotros en la vida de la Iglesia!

¿Quién sabe si es voluntad de Dios que la Iglesia redescubra la vocación del sacerdocio bautismal y con ello impulse a una vida eclesial más coherente con el Evangelio, donde los bautizados no sean meros espectadores, sino colaboradores de primera línea en la obra de la salvación?

Formulemos una pregunta:

  • ¿Es la vocación un hecho personal o comunitario y personal?
  • Cuando afirmamos la palabra vocación, ¿tenemos en mente hablar de los bautizados y no solo de aquellos que viven los consejos evangélicos?

La vocación es un gran misterio de fe donde el protagonista es Aquel que llama de forma: libre y soberana según su voluntad insondable.

La respuesta es personal, porque no nos llama anonimamente, creando un proyecto de vida que no esté fuera de nosotros, sino en las fibras de nuestro ser.

La respuesta es irrepetible, porque fuimos creados para hacer o ser algo para lo cual nadie más fue creado. Mi lugar es tan importante como cualquier otra vocación.

La respuesta es un aspecto de la revelación divina donde ocurre el diálogo entre Dios, tomamos y mundo en el que se refleja el proyecto divino para orientar la existencia.

¡Sin Palabra no existe el llamado!

La respuesta es una realidad dinámica porque se realiza en el llamado continuo y en la respuesta continua que comienza en el tiempo y termina en la eternidad.

Todos los elementos presentados convergen en la persona de María que se sitúa en la encrucijada de todas las vocaciones, y es a través de la comprensión de la vocación de María que se comprende la vocación del mariólogo y del cultor de mariología.

María en el camino de la vocación

  • ¿Escucho los pequeños llamados cotidianos de Dios, o espero solo por grandes señales extraordinarias?
  • ¿Sé discernir cuál es la misión concreta que me corresponde dentro de mi comunidad, como servicio de amor?
  • ¿Qué en María, la sierva humilde y valiente, ilumina la forma en que comprendo mi vocación?

La fe ya es un llamado a responder a la Palabra de Dios.

En la vida de fe, cada fiel recibe sucesivos llamados (vocaciones, inspiraciones) para cumplir una misión o tarea, siempre al servicio de la comunidad eclesial y tumana, es decir, tomada por nosotros y para nuestra salvación. Entre los diversos apelos o inspiraciones, existe uno más concreto para cada fiel que guía, de forma habitual, el camino específico hacia la santidad y el apostolado.

Es en este momento cuando podemos hablar de:

vocación laical, mayor inserción en las estructuras tumanas.

vocación a la vida consagrada, profesión de los consejos evangélicos.

vocación sacerdotal, para actuar en nombre de Cristo Sacerdote y Buen Pastor y vivir como él.

En este camino, María, Madre de Jesús y Maestra de los Apóstoles, es el modelo de toda vocación cristiana. Ella se hace presente, de manera activa y maternal, en todo el proceso o camino vocacional de cada persona y de cada comunidad.

LA VOCACIÓN DE MARÍA, IMAGEN DE LA IGREJA

  • ¿Mi sí a Dios es total y permanente, como el de María, o solo parcial y condicionado por mis conveniencias?
  • ¿De qué manera la vida de María, hecha de silencio, trabajo y fidelidad, puede inspirar mi vida de fe hoy?
  • ¿Estoy dispuesto a acoger a María en mi «casa» como el discípulo amado, viviendo una comunión real con ella en el seguimiento de Cristo?

Después de la Anunciación (cf. Lc 1,26ss), María aparece siempre atenta a cada llamado de Dios, para dejarse sorprender por su amor. Su vida es totalmente entregada, para vivir de sorpresa en sorpresa: visita a Isabel, vida en Belén, exilio en Egipto, vida en Nazaret, vida pública de Jesús, en la cruz, en Pentecostés. Su sí (Lc 1,38) refleja una actitud de respuesta permanente a cualquier señal del llamado de Dios, que nos envuelve a través de las personas, de los acontecimientos, de las necesidades de la comunidad.

Por ello, San Juan Pablo II en su Encíclica sobre el Rosario nos recuerda que «toda la humanidad está como que concentrada en el fiat con el que prontamente [María] corresponde a la voluntad de Dios» (Rosarium Virginis Mariae 20).

Existe un momento en la secuencia evangélica de Cristo que solo el evangelista San Juan nos transmitió al final del pasaje sobre las bodas de Caná: «después, descendió a Cafarnaum con su madre, hermanos y sus discípulos» (Jo 2,12).

Esta actitud de seguimiento es consecuencia de haber aceptado el misterio de las palabras de Jesús: «no ha llegado aún su hora» (Jo 2,4). Equivale a una actitud de fidelidad a la alianza: «haced todo lo que os diga» (Jo 2,5; cf. Ex 24,7). Esto significa que la vida de María está indisolublemente unida a la vida de Cristo.

María, la Mujer, la Nueva Eva, asociada a Cristo Esposo, es figura de la Iglesia y, por ende, de toda vocación. Ella es, como nos dice San Juan Pablo II al abordar la formación sacerdotal, «la persona humana que más que cualquier otra correspondió a la vocación de Dios, que se hizo sierva y discípula del Verbo hasta concebir en su corazón y en su carne al Verbo hecho carne para dárselo a la humanidad» (Pastores Dabo Vobis 82). Y aún, en la misma Exhortación Apostólica Pós-Sinodal añade: «en íntima comunión con Cristo, María, la Virgen Madre, fue la criatura que sobre todo vivió la plena verdad de su vocación, porque nadie como ella respondió con tanto amor al inmenso amor de Dios» (Pastores Dabo Vobis 36).

En María de Nazaret se resumen todas las vocaciones que se concretan siempre en el servicio a Jesús de Nazaret, presente en los hermanos, sobre todo en los más necesitados.

  • La dimensión sacerdotal se manifiesta en la oblación de Cristo ya desde el vientre de María (cf. Heb 10,5-7).
  • La dimensión de la vida consagrada tiende a ser una vida oculta con Cristo en Dios (Col 3,3), como fue la vida de María.
  • En toda la vida laical debe aparecer la inclusión en el trabajo ordinario, como cuando María preparaba el pan de cada día, mezclando la levadura con tres medidas de harina (Mt 13,33).

Las figuras bíblicas relacionadas con María destacan algunos aspectos de su vocación de asociación con Cristo. La figura de José es la más significativa, como respuesta generosa a la sorpresa de Dios:

  • José, hijo de David, no teme llevar a María, su esposa, porque lo que en ella se genera viene del Espíritu Santo (Mt 1,20).
  • Lleva al niño y a su madre (Mt 2,13.20).
  • La figura de Isabel está relacionada con la fe de María: Bienaventurada aquella que creyó (Lc 1,45).
  • Las figuras de los pastores y de los magos recuerdan el encuentro con Jesús y con su madre (Lc 2,16; Mt 2,11).
  • Simeón y Ana son instrumentos para dar a conocer el misterio de Jesús nacido de María (cf. Lc 2,25-38).
  • El discípulo amado es el ejemplo más concreto de acoger en su intimidad que está en comunión de vida (cf. Jo 19,27).

La Iglesia, como familia, encuentra en María el modelo de vida familiar en todos sus aspectos:

Vivió una vida ordinaria en su casa de Nazaret (Lc 1,36):

enfrentó con su marido San José todas las vicisitudes del nacimiento del niño Jesús.

Presentó al Hijo a los pastores (cf. Lc 2,16) y a los magos (cf. Mt 2,11).

Ofreció a Dios hecho hombre en el templo, según la ley (cf. Lc 2,22).

Vivió su misterio con admiración (cf. Lc 2,33).

Celebró asiduamente con él la fiesta anual de la Pascua (cf. Lc 2,41).

Compartió con San José el dolor de su ausencia (cf. Lc 2,48).

Acompañó la educación de Jesús hasta los treinta años (Lc 2,40-52; 3,23).

Su vida ejemplar como esposa de José la ayudó a comprender las necesidades concretas de los recién casados en Caná. Allí Jesús la llamó de mujer (Jo 2,4), con la nuance de quien, siendo hija de Sión (cf. Sf 7,14; Lc 1,28ss), prefiguraba la realidad de la Iglesia como una esposa.

En este acompañamiento continuo, la maternidad de María en relación a Jesús recibió una nueva dimensión eclesial junto a la cruz, la cual fue simbolizada a través de su peregrinación celestial hacia Jerusalén Celeste (cf. Ap 12,1).

María es modelo y auxilio de la vocación de toda la Iglesia, siendo al mismo tiempo virgen consagrada, esposa fiel, madre fructífera y participante, de modo particular, de la realidad sacerdotal de Cristo.

LA VOCACIÓN DE LA IGREJA EN SU DIMENSIÓN MARIANA

  • ¿Entiendo la verdadera vocación como un privilegio o como un llamado al amor y al servicio?
  • ¿Qué significa, concretamente, para mí «hacer todo lo que Él os dijere»?
  • ¿Tengo miedo de decir un sí libre y total como María, porque eso me comprometería de forma irreversible?
  • La vocación es siempre un llamado gratuito, un don de Dios: Cristo llamó a quien quiso (Mc 3,13) y testificó que fue su iniciativa: «No me escogisteis a mí, sino que yo os elegí» (Jo 15,16).
  • Los dones de Dios hacen posible la colaboración y una respuesta adecuada. Si la siega es grande y los trabajadores son pocos, somos invitados a rogar al Señor de la siega que envíe trabajadores para su siega (Lc 10,2).
  • La respuesta vocacional debe ser respaldada y acompañada de una intención recta, que se concreta en motivaciones adecuadas y consistentes:
    • la gloria de Dios en la liturgia.
    • la expansión del Reino de los Cielos en la misión.
    • el celo por aquellos que más lo necesitan en la caridad.
  • Debe ser también una respuesta libre y relativamente madura, sin serios condicionamientos psicológicos o sociológicos, teniendo en cuenta que la libertad es un proceso permanente de verdad al ofrecerse al servicio de la voluntad del Padre.
  • Mantener esta respuesta de manera consistente implica una adecuación traducida en cualidades físicas, psíquicas, intelectuales y morales, en armonía con la vocación específica a la que se fue llamado y que se desea seguir.
  • Dios quiso el «sí» libre y responsable de María (Lc 1,30). Por todo ello, San Pablo VI afirmó que «a partir del consentimiento de la serva del Señor, la humanidad comienza su retorno a Dios».
  • Marialis Cultus (28). La iniciativa y la responsabilidad son parte integral de la respuesta a una vocación.Cuando la Virgen, en Caná, invitó a los siervos a seguir las indicaciones de Jesús («haced todo lo que él os dijere» [Jo 2,5]), se hizo evidente la dimensión cristológica de la respuesta a la vocación.En realidad, la primera Alianza fue sellada con un sí en el Éxodo, con la respuesta del Pueblo de Israel a Moisés respecto a la Alianza del Sinaí: «haremos todo lo que él nos dijere» (Ex 24,7). La nueva Alianza sigue la misma regla, como continuación de la primera y como plenitud y cumplimiento de las promesas: «hágase en mí según tu palabra», (Lc 1,38. Cf. Ex 24,7).Seguirme (Jo 1,43), que Cristo dirige a sus primeros discípulos, es el punto de referencia de toda vocación cristiana. Es un altar de amor (cf. Mt 10,22) o incluso una declaración de amistad: «seréis mis amigos» (Jo 15,14). La antigua y la nueva Alianza son un pacto de amor, al que María, en nombre de todos, respondió con un sí incondicional y generoso.El objetivo de toda vocación es siempre relacional, estar con Él (Mt 3,14). Los primeros llamados comenzaron así su vocación: «se quedaron con él» (Jo 1,39). Jesús quiso resumir esta actitud relacional con estas palabras: «vosotros estáis conmigo desde el principio» (Jo 15,27).De igual modo, los llamados, queriendo ser instrumento vocacional para los demás, siguen la misma regla, invitándolos a encontrar a Cristo: «encontramos al Mesías… él los condujo a Jesús… Venid y ved» (Jo 1,41.46). La invitación de María a Caná consiste en colocar a los siervos en relación con Cristo (cf. Jo 2,5). Y ella misma siguió a Cristo con sus discípulos (cf. Jo 2,12).La diversidad de vocaciones y la diferencia entre ellas no pueden aclararse con términos humanos de privilegios. En realidad, toda vocación tiende a hacer de la persona llamada una expresión del Amor de Dios al servicio de los hermanos. En la comunidad eclesial, el mayor es aquel que más ama. Por eso, para San Juan Pablo II, justamente «el amor abarca todas las vocaciones» (Novo millennio ineunte 42), siguiendo el pensamiento de Santa Teresa de Lisieux que quería ser el amor en el corazón de la Iglesia.El modelo perfecto de vida espiritual y apostólica (laical) es la Bienaventurada Virgen María, reina de los apóstoles, que, viviendo en la tierra una vida común a todos, cuidaba con diligencia y trabajo, estuvo siempre íntimamente unida a su Hijo, y cooperó de forma totalmente singular en la obra del Salvador. Es esta encrucijada del misterio que el Magisterio actual encuentra en la vocación de María, y en nuestra vocación en relación con María.

    María y las vocaciones específicas: sacerdocio, vida consagrada y laicato

    La vocación sacerdotal encuentra en María una ayuda particular para representar a Cristo con autenticidad y coherencia:

    • participando de su ser (consagración).
    • prolongando su obra (misión).
    • viviendo en armonía con su caridad pastoral (espiritualidad).

    El sacerdote:

    participa de la consagración sacerdotal de Cristo, realizada en el vientre de María.

    prolonga la acción salvadora de Cristo, que quiso y quiere asociar a la Virgen de Nazaret.

    vive en armonía con los sentimientos de Cristo, que lo hacen responsable (como discípulo amado) de recibirla en su intimidad, realizando el ministerio de amarla y hacerla amada por todos los fieles.

    Es una llamada a vivir con dulzura y generosidad según lo que se es y se hace. Sobre este aspecto, el Concilio Vaticano II, al hablar sobre el ministerio y la vida sacerdotal, aclaró que: «encontramos un maravilloso ejemplo de esta dulzura en la bienaventurada Virgen María, que, guiada por el Espíritu Santo, se dedicó totalmente al misterio de la redención de los hombres. Ella, a quien los presbíteros deben amar y venerar con devoción y culto filial, como Madre del sumo y eterno sacerdote, como reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio» (Presbyterorum Ordinis, 18).

    Y también, en la Decisión sobre la Formación Sacerdotal: «amen y veneren con filial confianza a la Santísima Virgen, a quien Cristo moribundo en la cruz dio por madre a su discípulo» (Optatam Totius, 8).

    María es la «Madre del Eterno Sacerdote y, por lo tanto, Madre de todos los sacerdotes. De modo especial siente preferencia por los sacerdotes, que son imagen viva de Jesús» (Pio XII, Menti nostrae, sobre la santidad de la vida sacerdotal). Por ello, los sacerdotes «deben venerarla y amarla con devoción y adoración filial», como Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y mantenedora de su ministerio (Presbyterorum Ordinis, 18).

    La espiritualidad sacerdotal mariana se expresa con la identificación de la vida cristiana de María como:

    • Virgen de la escucha,
    • Virgen de la Palabra,
    • Virgen orante.
    • Virgen oferente.

    San Juan Pablo II también añade, en la Exhortación possinodal sobre la formación sacerdotal: «Todos los aspectos de la formación sacerdotal pueden referirse a María. La Virgen Santísima continúa velando por el desarrollo de las vocaciones y de la vida sacerdotal en la Iglesia» (Pastores Dabo Vobis, 82).

    La vocación a la vida consagrada en sus diversas formas es una identificación eclesial con la vida apostólica (cfr. Vita Consecrata, 93), con la particularidad de seguir un carisma fundamental y asumir compromisos especiales de vida evangélica ante Dios y la Iglesia (consagración).

    El modelo es María de Nazaret (Vita Consecrata, 18), recordando y dando sentido a su dimensión esponsal y a su fecundidad espiritual y apostólica (Vita Consecrata, 34).

    Cada vocación, y especialmente la vocación de radicalidad evangélica, sigue «el ejemplo de María de Nazaret, la primera discípula, que aceptó colocarse al servicio del designio divino con el don total de sí misma» (Vita Consecrata, 18). Según el Evangelio de Juan, el seguimiento evangélico del grupo apostólico comenzó después del milagro de Cana: «Jesús manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él. Luego, descendió a Cafarnaum con su madre, sus hermanos y sus discípulos» (Jo, 2, 11-12).

    Ahora que hemos podido comprender la vocación de María en cada uno de los estados de vida en la Iglesia, sacerdotal, consagrada y laical, surge la pregunta: ¿y la vocación a la mariología?

    MARIÓLOGOS Y CULTORES DE MARIOLÓGIA EN LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD MARIOLÍCICA

    • ¿Cuál es la verdadera relación con la verdad: busco comprenderla, o me conformo con opiniones personales y superficiales?
    • ¿Estoy dispuesto a unir la investigación intelectual con la oración, como María unió la fe y la razón en su corazón?
    • ¿Si la mariología no es capaz de conducir a la verdad que María vivió, ¿de qué serviría?

    Entre las vocaciones suscitadas por el Espíritu en la Iglesia, se distingue la del teólogo, y aún más la del mariólogo o cultor de mariología que, de modo particular, tiene la función de adquirir, en comunión con el Magisterio y como tal en el contenido de los documentos magisteriales, una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada [mariología bíblica] y transmitida por la tradición viva de la Iglesia [la historia de la mariología hasta nuestros días].

    Por su naturaleza, la fe apela a la inteligencia, porque revela al tomar la verdad sobre su destino y el camino para alcanzarla. Cuando no somos capaces de entender con la inteligencia las verdades sobre María dentro del Misterio de Dios, solo nos queda caminar hacia la verdad, sin la cual estamos ciegos.

    Aun cuando la verdad revelada sea superior a nuestra lengua, y nuestros conceptos sean imperfectos ante su grandeza, en última instancia insondable (cf. Ef 3,19), la sierva del Señor reconoce su grandiosidad. La verdad atrae y convoca a la razón, que es la herramienta ofrecida por Dios para caminar hacia la verdad, tal como María, al entrar en su luz, se vuelve capaz de comprender, en cierta medida, lo que se cree.

    Sabemos que María tiene fe; sabemos que ella es parte del misterio revelado, por lo tanto, parte de lo que creemos.

    La ciencia mariológica responde al llamado de la verdad, busca la inteligencia de la fe, asiste a la Comunidad Eclesial, de acuerdo con el mandato del Apóstol (cf. 1 Pe 3,15 «estén siempre preparados para dar razón de la esperanza que hay en ustedes»), de dar razones de su esperanza a quienes la buscan y también a los indecisos que piden una explicación de la verdad.

    El trabajo del mariólogo y del cultor de mariología responde así al dinamismo interno de nuestra fe, porque la presencia de María se auto-comunica en todos los ámbitos de la fe, de la vida de las comunidades, de los grandes eventos eclesiales, de los santuarios, del año litúrgico, de los misterios revelados, entre otros.

    Cuando meditamos seriamente sobre la razón por la cual se creó el camino, entendemos que fue para percibir la verdad, y ese fue el camino de María. Ninguna criatura estuvo tan cerca, unida a la verdad como María. Y nuestro deseo es reconocer la verdad de una forma profunda, para encontrar allí la salvación (cf. 1 Tm 2,4, «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad»).

    No es posible traicionar el mandato que el Señor dejó al enviar a sus apóstoles para que hicieran «discípulos» de todas las naciones y los enseñaran (cf. Mt 28). La mariología busca la «razón de la fe» en María y a aquellos que buscan ofrecer esta razón como una respuesta, constituye parte integral de la obediencia a este mandato, porque los discípulos no pueden convertirse en discípulos de la Maestra de la Verdad si la verdad contenida en la Palabra de fe, que es su Hijo, no les es presentada (cf. Rm 10,14s.).

    Si la mariología no es capaz de expresar la verdad que María vive, ¿para qué sirve?

    La mariología ofrece su contribución para que la fe se vuelva comunicable, y a aquellos que aún no conocen el misterio de María, Jesús, puedan buscarlo y encontrarlo. La mariología, que obedece al impulso de la verdad, tiende a comunicarse, nace del amor y de su dinamismo fruto del Espíritu Santo.¿Cómo reconocerla?En la fe, María experimenta la bondad de Dios y comienza a amarle, pero el amor desea manifestarse siempre de manera cada vez más perfecta en quien ama. De esta doble fuente de la Mariología, inscrita en la vida interior de algunos miembros de la comunidad eclesial y en su vocación misionera, surge el modo en que la Mariología debe ser elaborada para comprenderla como una vocación: el estudio y el anuncio.Dado que el objetivo de la Mariología es la Verdad a través de María para alcanzar, como ella, al Dios vivo y su diseño de salvación revelado en Jesucristo, el mariólogo y el devoto de la Mariología están llamados a intensificar su vida de fe y a unir siempre su investigación mariológica a la oración. Así, estarán más abiertos al «sentido sobrenatural de la Mariología» del que dependemos y que se presenta como una norma segura para guiar la reflexión mariológica y verificar con exactitud sus conclusiones, alcanzadas gracias a la inteligencia de la fe.A lo largo de los siglos, la Mariología se ha ido constituyendo progresivamente en un verdadero saber científico. Es necesario que el mariólogo y el devoto de la Mariología estén atentos a las exigencias de la forma de expresión de su disciplina, al rigor crítico y, en consecuencia, a la verificación racional de todas las etapas de su investigación, para que puedan equilibrar la verdad revelada y vivida por María con la situación eclesial contemporánea.El mariólogo y el devoto de la Mariología deben discernir en sí mismos el origen y las motivaciones de su actitud crítica y permitir que su altar sea purificado por la fe, tal como lo fue el de María en su célebre interrogación en la Anunciación. El uso mariológico exige un esfuerzo espiritual que, en consecuencia, conduce a la santificación, porque la Mariología es un lugar de encuentro con Dios.Si, por un lado, la verdad trasciende la razón humana, por otro lado, la verdad revelada se armoniza profundamente con ella. Esto implica que la razón está naturalmente ordenada a la verdad, de modo que, iluminada por la fe, pueda penetrar el significado de la Revelación. La razón humana es capaz de alcanzar la verdad, en mayor o menor grado, y el primer paso es concebir a Dios a partir de la creación; María es creación y, como tal, es un camino de recepción.La capacidad de la Mariología para comprender el sentido de la Revelación exige el uso de logros arqueológicos, etnográficos, históricos, psicológicos, que proporcionen un concepto sólido y armonioso del tiempo, del mundo y de Dios, y que puedan ser incorporados a la reflexión sobre la doctrina revelada. Al recorrer una Mariología histórica, nos damos cuenta de que la Revelación es histórica, comunicada a través de la historia de salvación.Desde esta perspectiva, es tarea del mariólogo y del devoto de la Mariología asumir, a partir de la cultura de su entorno, elementos mariológicos que les permitan iluminar mejor algunos aspectos de los misterios de la fe.A este respecto, es importante resaltar que el uso, por parte de la Mariología, de elementos e instrumentos conceptuales provenientes de la filosofía, la sociología y la antropología, o de otras disciplinas, exige un discernimiento cuyo principio normativo último es la doctrina revelada, ayudando o no a comprender el misterio.En última instancia, es la Revelación la que debe proporcionar los criterios para el discernimiento de estos elementos e instrumentos conceptuales, y no al revés.El mariólogo y el devoto de la Mariología, sin olvidar nunca que también él es miembro de la Comunidad Eclesial, deben nutrirle respeto y esforzarse por comunicar un enseñanza mariológica que no lesione, en modo alguno, la doctrina de la fe sobre María.La libertad de investigación mariológica se ejerce dentro de la fe de la IglesiaCuando se llegan a opiniones divergentes, algo que con frecuencia se impone a la conciencia del Mariólogo y Cultor de Mariología, estas opiniones no pueden dar frutos si no van acompañadas de la paciencia de la opinión personal y de la propuesta teológica. Uno siembra y otro cosecha.Las nuevas propuestas mariológicas, impulsadas por la comprensión de la fe de María, son una oferta hecha a toda la Iglesia. Se necesitan muchas correcciones y ampliaciones de perspectiva, en un diálogo fraterno, antes de que llegue el momento en que toda la Iglesia pueda aceptarlas. Pensemos en la Inmaculada Concepción.Por lo tanto, la mariología, como servicio desinteresado a la comunidad de fieles, implica, según San Juan Pablo II, esencialmente un debate objetivo, un diálogo fraterno, una apertura y una disposición para modificar las propias opiniones.La libertad de investigación mariológica, que es justamente valorada por la comunidad de eruditos como uno de sus bienes más preciados, significa disponibilidad para acoger la verdad tal como se presenta al final de una investigación, aunque la idea inicial fuera otra. Esta exigencia está vinculada al método que, si no se desarrolla correctamente, podría llevar a lecturas de la fe completamente incoherentes, anacrónicas y desajustadas, dañando el nombre de María.En la mariología, esta libertad de investigación se inscribe dentro de un saber racional cuyo objeto [María] es dado por la Revelación, transmitida e interpretada en la Iglesia bajo la autoridad del Magisterio, y acogida por la fe.Propuesta de construcción mariológica– ¿Veo la Mariología como una tarea fría de erudición, o como un lugar de encuentro real con Dios? – ¿Cómo puedo contribuir para que el estudio mariológico no sea solo ciencia, sino también testimonio de fe que nutre a la Iglesia? – ¿Estoy dispuesto a cultivar una solidaridad mariológica, sostenida por la oración y la comunión eclesial?Como en todas las vocaciones cristianas, el ministerio del Mariólogo y del Cultor de Mariología, además de personal, es también comunitario y eclesial. Es decir, se ejerce en y para toda la Iglesia y se vive en solidaridad con aquellos que han tenido la misma vocación.

    Los mariólogos y cultores de mariología deben ser conscientes de los estrechos lazos de solidaridad que nos unen en el servicio al Cuerpo de Cristo y al mundo. De múltiples formas, los colegas en cursos de formación superior, en simposios, en comentarios en el mundo de Internet, como colaboradores en la investigación, y como escritores y profesores, se apoyan, se animan e inspiran mutuamente.

    Los mariólogos y cultores de mariología también sirven como guías y mentores para aquellos estudiantes universitarios, comprometidos en las pastorales, miembros de nuevas comunidades y también pastores que aspiran a convertirse en mariólogos o cultores de mariología. Además, estos lazos de solidaridad se extienden en el espacio y en el tiempo, uniendo a mariólogos y cultores de mariología de diferentes países y culturas, así como a aquellos pertenecientes a diferentes épocas y contextos.

    Esta solidaridad mariológica es verdaderamente útil cuando promueve el conocimiento y la observancia de los criterios de la mariología católica (Sagrada Escritura, Tradición, Liturgia y Magistério). Nadie mejor que nuestros colegas puede ayudarnos como mariólogos y cultores de mariología católicos en el intento de ofrecer el mejor servicio posible, de acuerdo con las verdaderas características de su vocación.

    En la actualidad, en la investigación y publicación, la colaboración es cada vez más difundida, tanto en el campo mariológico como en el interdisciplinar. Deben promoverse oportunidades para intervenciones, seminarios y conferencias que puedan fortalecer el conocimiento mutuo y la apreciación entre mariólogos y cultores de mariología provenientes de las más diversas áreas, más allá de las instituciones y facultades teológicas.

    También deben fomentarse oportunidades de encuentros e intercambios interdisciplinarios entre mariólogos y cultores de mariología, filósofos, científicos naturales y sociales, historiadores y así sucesivamente, ya que la mariología es una ciencia que se desarrolla en interacción con otras ciencias, y estas últimas también lo hacen en un fructífero intercambio con la mariología.

    Por la naturaleza de su misión, los mariólogos y cultores de mariología a menudo operan en las fronteras de la experiencia y la reflexión de la Iglesia. En particular, dado el gran número de mariólogos y cultores de mariología laicos que tienen experiencia en áreas particulares de interacción entre la Iglesia y el mundo, entre el Evangelio y la vida, con las que los mariólogos y cultores de mariología ordenados y los mariólogos y cultores de mariología religiosos

    Aunque no estemos tan familiarizados, a menudo sucede que, ante nuevas circunstancias o cuestiones, los mariólogos y cultores de mariología ofrecen una articulación inicial de la fe que busca comprender.

    Los mariólogos y cultores de mariología necesitan y merecen ser apoyados por la oración de toda la comunidad eclesial, y sobre todo recíproca, en sus esfuerzos sinceros en favor de la Iglesia; pero en tales circunstancias, es particularmente importante la observancia atenta de los criterios fundamentales de la mariología católica: [La Sagrada Escritura, la Tradición, la Liturgia y el Magisterio].

    Una última palabra…

    • ¿Qué busco realmente en la vida: seguridad, prestigio, o la Verdad que María me señala?
    • ¿Tengo el coraje de asumir que mi verdadera vocación, como la de María, es ser respuesta de amor al Misterio de Dios?
    • Hoy, ante esta reflexión, ¿cuál es mi sí?

    La mariología no es solo ciencia, sino también sabiduría, con un papel particular en la relación entre todo el acontecer humano y el Misterio de Dios. La persona humana no se conforma con verdades parciales, sino que busca unificar los diversos elementos y áreas del acontecer en un todo.

    La comprensión de la verdad última de todas las cosas y de la vida humana se presenta en María como en ninguna otra criatura. Esta búsqueda de sabiduría, sin duda, enciende la mariología y la coloca en estrecha relación con la experiencia espiritual y con la sabiduría de los santos.

    En un sentido más amplio, sin embargo, la mariología católica invita a todos a redescubrir la trascendencia de la Verdad última, que nunca puede ser totalmente comprendida o experimentada. La mariología no es solo sabiduría en sí misma, sino también una invitación a la sabiduría para otras disciplinas.

    La presencia de la mariología en el debate científico y en la vida universitaria tiene potencialmente un efecto beneficioso de recordar a todos la vocación sapiencial de la inteligencia humana, recordando la significativa pregunta planteada por Jesús en las primeras palabras del Evangelio de Juan: ¿Qué buscáis? (Jo 1,38).

    La relación entre María y las vocaciones eclesiales se profundiza en la Exortación Apostólica Redemptoris Mater de Juan Pablo II, donde María aparece como modelo y madre de todas las vocaciones en la Iglesia.

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