Padre, ha llegado la hora: María y la gloria que se avecina

Pater, venit hora: Maria junto da Cruz e a glorificação da Assunção

Pater, venit hora: glorifica Filium tuum, ut Filius tuus glorificet te.
Jo 17,1

La oración sacerdotal de Jesús (Jo 17) inicia con el anuncio de la «hora», el momento central de toda teología joánica: la hora de la Cruz, la Resurrección y la mutua glorificación del Hijo y del Padre. La mariología encuentra en esta «hora» el punto de convergencia de su reflexión: María, que fue la «hora» humana de la Encarnación del Hijo (la que hizo posible que el Hijo eterno entrara en el tiempo), también participa plenamente en la «hora» de la glorificación.# I. La «Hora» en Juan: estructura y sentidoEl tema de la «hora» (hôra) recorre todo el cuarto Evangelio como un hilo conductor: en Cana, «aún no ha llegado mi hora» (Jo 2,4). En los debates con los fariseos, «nadie le arrestó porque su hora aún no había llegado» (Jo 7,30; 8,20). En la entrada a Jerusalén, «ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado» (Jo 12,23). En los discursos de despedida, «ha llegado la hora» (Jo 16,32). Y ahora, en la oración sacerdotal, «Pai, ha llegado la hora» (Jo 17,1).La «hora» de Jesús en Juan no es un evento puntual, sino la complejidad del misterio pascual: la transición de la muerte a la vida, de la humillación a la glorificación, del abandono a la comunión perfecta con el Padre. La «hora» es simultáneamente el momento más oscuro (la Cruz) y el más luminoso (la Resurrección-Glorificación): en Juan, estos dos aspectos están inseparablemente unidos, porque la Cruz es ya el inicio de la glorificación («cuando sea levantado de la tierra», Jo 12,32).La mutua glorificación del Padre y el Hijo, que se pide en Jo 17,1, expresa la perichoresis intratrinitaria: el Hijo glorifica al Padre por su obediencia hasta la muerte, revelando el amor del Padre hacia el mundo. El Padre glorifica al Hijo resucitándolo y exaltándolo a su derecha, confirmando la verdad de su misión. Esta glorificación mutua, que la tradición teológica describe como la expresión temporal de la vida eterna del Padre y el Hijo, es el horizonte dentro del cual toda la cristología, toda la soteriología y toda la mariología encuentran su sentido definitivo.La conexión entre la «hora» de Jesús y María tiene raíces en el texto joánico. En Jo 2,4, cuando Jesús dice «aún no ha llegado mi hora», responde a la iniciativa de María en Cana. Esta respuesta misteriosa sugiere que la «hora» de Jesús, su misterio pascual, está relacionada de algún modo con la presencia e intercesión de María. La «hora» comenzó, en cierto sentido, con la Anunciación: cuando María dijo «sí», la hora del Verbo eterno que entraba en el tiempo se inició.## II. María y la «Hora»: participación en el misterio pascualJo 19,25 coloca a María junto a la Cruz precisamente cuando la «Hora» de Jesús alcanza su punto más alto y más oscuro: «Estaba de pie junto a la cruz de Jesús su Madre». La presencia de María en la «Hora» de Jesús no es accidental, sino el cumplimiento de una lógica que se remonta a la Anunciación: ella, quien dijo «sí» al Hijo en la «Hora» de la Encarnación, está presente en la «Hora» de la glorificación, incluso cuando esta pasa por la muerte.La tradición teológica identifica en María a la «sierva de la Hora» de Jesús: al igual que ella hizo posible la Encarnación diciendo «fiat», también hizo posible, de manera totalmente subordinada y dependiente de la única mediación de Cristo, su participación en la obra redentora, permaneciendo presente en la «Hora» de la Cruz. No se trata de que su presencia física fuera necesaria para la validez del sacrificio redentor, sino que fue llamada a participar en él de manera real, con todo su ser, con todo su sufrimiento.San Juan Pablo II, en *Redemptoris Mater* (n. 18), desarrolló la idea de que la fe de María en la «Hora» de la Cruz es la forma más pura de su peregrinación de fe: ella, quien creyó en la Anunciación sin ver toda la implicación de su «fiat», cree ahora en el Calvario sin ver la Resurrección. Esta fe en la oscuridad, adhesión a la palabra de Cristo sin la confirmación sensible de su victoria, es el modelo de toda fe cristiana que atraviesa las «horas» de oscuridad y aparente abandono.La dimensión escatológica de la «Hora» encuentra en María su expresión más completa. Jo 17,5: «Padre, glorifícame ahora junto a ti, con la gloria que tenía junto a ti antes que el mundo existiera». La glorificación que Jesús pide es la restitución de la gloria que tenía «antes del mundo», la gloria eterna del Hijo junto al Padre. María participa de esta glorificación por la Asunción: ella, quien participó en la «Hora» de la Cruz, comparte la gloria que el Hijo pidió al Padre y que el Padre le concedió.## III. «Conocerás a Dios, el único verdadero»: la vida eterna como conocimientoJo 17,3: «Esta es la vida eterna: conocer a ti, el único Dios verdadero, y a Jesús Cristo, a quien enviaste». En Juan, la «vida eterna» no se refiere a un tiempo, sino al conocimiento: la *gnosis* en el sentido joánico, que es el conocimiento del amor, la relación personal con el Padre y el Hijo que el Espíritu media. «Conocer» a Dios es estar en relación con Él. Y esta relación de conocimiento-amor es la «vida eterna» que comienza ya en el presente para quien cree.María es la criatura que más profundamente «conoció» al Hijo, en el sentido semítico y joánico de *ginoskein*: no el conocimiento abstracto, sino el conocimiento de relación. Ella que lo «conoció» en el vientre, que lo «conoció» en Nazaret durante treinta años, que lo «conoció» en la Cruz y en la gloria de la Resurrección, posee este «conocimiento de vida eterna» de modo que excede al de cualquier otro ser humano. Su «vida eterna», que la Asunción confirmó, es la realización definitiva de este conocimiento que comenzó en la Anunciación.La tradición mística cristiana, desde Evágrio Póntico hasta San Juan de la Cruz, identificó el «conocimiento de Dios» (*theognosia*) como el fin último de la vida contemplativa: no el conocimiento conceptual que la teología escolástica elabora, sino el conocimiento de amor que la contemplación infunde. María es, para esta tradición, el modelo y el icono de esta *theognosia*: ella que «guardaba y meditaba» en su corazón es la contemplativa por excelencia, cuyo «conocimiento» de Dios alcanzó en la Asunción su forma definitiva y plena.La conexión entre «conocimiento» y «gloria» en Juan 17, «glorifica a tu Hijo» (v.1) y «esta es la vida eterna: conocerte» (v.3), apunta a una unidad profunda: la glorificación que Jesús pide al Padre es la revelación del conocimiento de Dios que Jesús vino a comunicar. La «gloria» no es un espectáculo, sino la revelación de la vida intratrinitaria al mundo: «yo he manifestado tu nombre a los hombres» (Juan 17,6). Y esta revelación tiene su icono más elocuente en María, quien la conoció al Hijo de modo más profundo y que, mediante la Asunción, es ahora la testigo más plena de la gloria que él pidió.IV. «Glorifica me tú ahora junto a ti»: Ascensión, Asunción y gloria compartidaJuan 17,5: «glorifica me junto a ti», Jesús pide al Padre que lo restaure en la gloria que tenía «antes del mundo». Esta «gloria precósmica» del Hijo, que la Encarnación «veló» sin eliminar, es restituida por la Resurrección-Ascensión. Y esta gloria es compartida por los discípulos: «la gloria que me diste, se la he dado a ellos» (Juan 17,22). La glorificación de Jesús tiene una dimensión eclesial, él no es glorificado «solo», sino que lleva consigo a sus seguidores.María es, en el orden de las criaturas, la primera en participar de esta gloria compartida del Hijo: la Asunción es una de las expresiones más plenas, en el orden de las criaturas, de la promesa de Juan 17,22. La «gloria que el Padre dio al Hijo» llegó a María en toda su plenitud: no solo espiritualmente (como sucede con todos los santos), sino corporalmente, en cuerpo y alma, como el Hijo mismo fue glorificado en cuerpo y alma en la Resurrección.La escatología cristiana, la esperanza de la resurrección universal y la vida eterna, tiene en María su «sinal» más concreto. No solo una promesa abstracta, sino una realización ya verificada: en María, la «hora» de Jesús produjo su fruto más completo. La gloria que Cristo pidió al Padre le fue concedida. Y esa gloria alcanzó ya, en María, su plena extensión a la humanidad. Lo que esperamos para nosotros y para toda la humanidad redimida ya fue dado a María, y este «ya» de María es la garantía más sólida de nuestro «aún no».La liturgia de la Iglesia celebra esta gloria compartida de María en las grandes fiestas marianas: Asunción (15 de agosto), Imaculada Concepción (8 de diciembre), Natividad de María (8 de septiembre). Cada una de estas celebraciones es una anticipación de la gloria escatológica: la Iglesia que celebra la gloria de María celebra el destino que el Hijo conquistó para toda la humanidad. «Padre, ha llegado la hora», la hora de Jesús ha llegado. Se cumplió su gloria. Y María, que participó en esa hora con todo su ser, es el primer signo de la gloria que esa hora produjo para la humanidad.María, que participó en la «hora» de Jesús desde el «Fiat» hasta el Calvario, fue la primera en compartir la glorificación que el Hijo pidió al Padre, y su Asunción es el signo más elocuente de que esa gloria alcanzó a la humanidad.**Referencias:**– Juan Pablo II, Encíclica *Redemptoris Mater*, n. 18-19 (1987). – Pío XII, Encíclica *Munificentissimus Deus*, n. 38-44 (1950). – R. Brown, *El Evangelio según Juan*, vol. II (1970). – H. U. von Balthasar, *Teodramatik*, IV: «El juego final» (1983). – A. Feuillet, *Le Sacerdoce du Christ et de ses Ministres* (1972).

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