El Verbo se hizo carne: Isaías 52, Hebreos 1 y el Prólogo de Juan en el Nacimiento del Señor
**Encarnação del Señor: Un misterio contemplado desde tres perspectivas**
«Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.» (Jo 1,14)
La Misa del Día en Navidad presenta tres textos que abordan el misterio de la Encarnación desde ángulos complementarios. Isaías 52,7-10 canta la alegría del mensajero que anuncia la paz y la salvación, describiendo al Señor con imágenes visuales para todos los confines de la tierra. Hebreos 1,1-6 proclama que Dios, habiendo hablado antes a través de los profetas, ahora se comunica con nosotros por medio del Hijo: esplendor de su gloria y manifestación de su esencia. Juan 1,1-18 ofrece el Prólogo de Juan, que es tanto el inicio como la clave del Evangelio de Juan: al principio era la Palabra, la Palabra estaba con Dios, la Palabra era Dios, y la Palabra se hizo carne. Estos tres textos describen el mismo evento desde tres puntos de vista: la profecía, la doctrina y la teología.
**I. Primera lectura: Isaías 52,7-10**
Isaías describe con imágenes físicas la buena noticia: «Como son hermosas sobre las montañas las pisadas del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que proclama salvación, que dice a Sión: Tu Dios reina» (Is 52,7). Las sentinelas alzan su voz en coro y cantan de alegría al ver al Señor regresar a Sión (v.8). Las ruinas de Jerusalén resuenan con cantos de júbilo porque el Señor ha consolado a su pueblo y redimido a Jerusalén (v.9). «El Señor ha desenvainado su brazo santo ante todas las naciones, y todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios» (v.10). La visión de Isaías es universal: la salvación no se limita a Israel. El «brazo del Señor» que se manifiesta es la fuerza divina actuando en la historia. En Navidad, este brazo se convierte en brazos infantiles que María presenta al mundo.
**II. Segunda lectura: Hebreos 1,1-6**
La carta a los Hebreos inicia con una afirmación que resume toda la historia de la revelación: «Dios, que habló en tiempos pasados a nuestros antepasados por los profetas, ahora, en estos últimos días, nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2a). El Hijo es presentado en una serie de afirmaciones crecientes: heredero de todo, creador de los mundos (v.2b), esplendor de su gloria y expresión de su esencia, sosteniendo el universo con la palabra de su poder (v.3). Luego, su obra redentora: después de purificar los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad en los cielos (v.3b). Es superior a los ángeles (v.4), y Dios nunca dijo a ningún ángel: «Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado» (v.5). La carta a los Hebreos abre la Navidad con la pregunta más grande: ¿quién es este niño? La respuesta es un himno a su preexistencia y grandeza que precede al nacimiento y que el nacimiento revela.
**III. Evangelio: Juan 1,1-18**
El Prólogo de Juan no comienza con un nacimiento, sino con el principio: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Estaba en el principio con Dios» (Jn 1,1-2). La creación es obra del Verbo: todo fue hecho por él y sin él no fue hecho nada (v.3). El Verbo es vida y la vida es la luz de los hombres (v.4). La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron (v.5). Juan el Bautista vino como testigo de esta luz (vv.6-8). El Verbo se hizo presente a lo que le pertenecía y sus propios hombres no lo aceptaron (v.11). Pero para los que lo recibieron, otorgó el poder de convertirse en hijos de Dios, a los que creen en su nombre (v.12). Y entonces, el versículo central de la Navidad: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria que tiene como Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (v.14). La gracia y la verdad llegaron por medio de Jesús Cristo (v.17). El Prólogo pasa del eterno al temporal, del invisible al visible, del divino al humano. La Navidad es el momento en que lo eterno se vuelve temporal y lo invisible se hace visible.
IV. María y el Verbo que se hizo carne
«El Verbo se hizo carne», esta frase de Jn 1,14 implica una carne de la que el Verbo tomó la humanidad. Esa carne es la de María. La tradición cristiana expresó este misterio con el título definido por el Concilio de Éfeso (431) como dogma de fe: María es «Theotókos», Madre de Dios. El título no enaltece a María por sí misma, sino que exalta la Encarnación. Decir que María es Madre de Dios significa afirmar que el hijo que ella generó es Dios: la misma afirmación que el Prólogo de Juan y la Carta a los Hebreos proclaman. Heb 1 describe al Hijo como «esplendor de la gloria» del Padre: ese esplendor se manifestó primero en el vientre de María, que fue el primer espacio donde el Hijo de Dios habitó humanamente. Is 52 canta la belleza de los pies del mensajero que anuncia la paz: María, quien llevó al Verbo encarnado a la casa de Isabel, en la Visitación, fue literalmente la portadora de la buena nueva en carne. Los pies que Isaías canta son los pies de María embarazada sobre las montañas de Judea. La Navidad no es solo el nacimiento de Jesús, sino también el nacimiento de María como Madre de Dios, el cumplimiento de su vocación singular y el inicio de un papel que nunca terminará.
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