La escucha y la mirada contemplativa de María

El hecho de la muerte de Jesús es denominado por Lucas como «teoría», término griego de profundo significado: la teoría era la explicación suprema de todo. Lucas encuentra esta explicación de todo en la Cruz. Y con Lucas también María, que ve lo que los demás no ven, porque sus ojos están lavados por las lágrimas y desgarrados por el dolor.Para penetrar el misterio del amor de Dios con la mirada, es necesario que el misterio penetre primero en la mirada, ablandando el corazón. La oración realizada mediante la mirada, tanto exterior como interior, brota de la manifestación suprema del amor de Dios hacia el hombre. La Cruz se convierte así en el corazón de la vida contemplativa, porque es el lugar donde el Amor se derrama sobre nosotros. La Cruz es el ícono de la caridad de Dios, el don pleno del amor de Dios al hombre, según una hermosa expresión de San Máximo, el Confesor. Por ello, podemos comprender lo que afirma el II Concilio de Nicea (787), en la definición dogmática, cuando especifica el tipo de veneración reservado a los íconos sagrados. Según nuestra fe, no se trata de un verdadero culto de latría, reservado únicamente a la naturaleza divina, sino de un culto similar al prestado a la imagen de la Cruz preciosa y vivificante, a los Evangelios sagrados y a otros objetos sagrados, honrándolos con ofrendas de incienso y luces, como era costumbre entre los antiguos. De hecho, la honra dada a la imagen se transfiere a quien ella representa. Y quien venera la imagen, venera a la persona de la que en ella se reproduce.En este punto, parece claro que si queremos madurar en la oración, en la contemplación del misterio de la Cruz, que es el trono del Cordero alrededor del cual la Iglesia se reúne, debemos descubrir, quizás redescubrir, la tradición iconográfica de la Iglesia. Existe una iconografía tanto en las Iglesias orientales como occidentales: la primera es más representativa y alcanza su expresión más característica en la pintura (o mejor, escritura) de íconos. La segunda es más abstracta y alcanza su expresión más característica en la arquitectura (me refiero principalmente al gótico).Sin embargo, aún hoy se ofrecen ocasiones singulares: la cruz, el crucifijo, el círio pascual, el altar son imágenes por descifrar e interiorizar que entran en la acción litúrgica como imágenes sagradas. Luego está el redescubrimiento del arte de los íconos, latinos y bizantinos, que ofrece una oportunidad única para la oración. No obstante, para leer estas imágenes es necesario un método, de lo contrario se puede acabar en el sentimentalismo o en atribuciones de sentido completamente libres: algo que no favorece a la contemplación sabia, en armonía con la tradición viva de la Iglesia y con la liturgia.Si un ícono es entendido, recibiendo su servicio de referencia al arquetipo, entonces permite la lectura divina con mayor profundidad y claridad que un texto de las Sagradas Escrituras. Un método positivo para leer íconos puede concentrarse en cinco operaciones: tema, narración, estímulo, distancia y laberinto.Descubrir el tema, incluso con la ayuda de la inscripción, significa identificar el texto de las Escrituras al que se refiere el ícono. De hecho, cada ícono debe hacer visible, mediante el dibujo y los colores, lo que las Escrituras anuncian con las palabras.El tema es reexpresado en el ícono con lenguaje visual. Y este hecho crea una especie de narración, una secuencia de imágenes que convierten al ícono en un equivalente visible de la realidad invisible que él hace pensar y creer.El estímulo recuerda la función de los colores, ya que el color es un estímulo psicoemocional. Una lectura correcta del ícono permite identificar su color central y los colores secundarios que se armonizan como las notas de una música. El aspecto cromático y su simbolismo implícito son la causa de la fuerza terapéutica de los íconos, capaces de curar la imaginación y liberarla de la agresividad de las imágenes perversas.Sin embargo, también debemos distanciarnos de los estímulos cromáticos, ya que el hombre no es solo imaginario (nocturno), sino también racionalidad (diurna). Somos conducidos a esta operación mediante el descubrimiento del ícono perigrafado, del simbolismo geométrico y abstracto subliminar.Cada ícono tiene su propio misterio, ofrece su propio tesoro más allá de lo que se ve inmediatamente. Y este tesoro sugiere el símbolo del laberinto, ya que la lectura del ícono es como un camino que conduce precisamente a la sala del tesoro, a Jerusalén celestial, como en los laberintos que encontramos en el suelo de ciertas iglesias antiguas, atravesados por penitentes de rodillas, en el lugar de la peregrinación a la tierra santa.Cada ícono se presenta así como una pequeña iconostásis, que esconde y revela el misterio de la fe a los ojos penetrantes. Es como un laberinto que debe ser recorrido lentamente, de rodillas, hasta descubrir el punto de irradiación que quema nuestra mirada para hacernos pensar con amor sobre lo que es real pero invisible. El fuego que quema la mirada, introyectado, ilumina el corazón y calienta la oración y la contemplación. Si un ícono no quema la mirada, permanece una superficie externa, tal vez tan bella que puede ser mirada, hasta convertirse en respetable. Así nacería el ídolo, una manipulación ímpia del ícono incapaz de comunicar el misterio contemplado. Si el ícono no lleva al contemplante a participar de la realidad contemplada será más una imagen que representa una realidad como una fotografía del pasado.En la mirada penetrante de María vemos ocurrir la iconografía. María veía, más allá de los colores, los momentos, las voces e iba entrando dentro de un misterio que se revelaba, velándose y leyendo esas marcas de la historia que se salvaba en cada momento. El misterio no está fuera de nosotros, estamos dentro de él y mirando lo que nos rodea nos damos cuenta de su presencia. Así fue el camino de María, en el que el absoluto trascendente ante el cual se cubría la cara porque no podía ser visto, se hizo hombre entre nosotros, tocable, alcanzable pero no perdió su misterio ni la fuerza de la revelación. Ahora tenemos una historia que salva, narrada en el ícono continuo de la vida… que no para de fluir. Tiempo para aprender a leer ese ícono aprendiendo de María.Para profundizar en la reflexión sobre la escucha contemplativa de María, consulte la encíclica Redemptoris Mater de Juan Pablo II, que presenta a María como modelo de fe, escucha y peregrinación espiritual.
Profundiza tus estudios: explora Mariología, Teología mariana, apariciones marianas y la Pós-Graduação en Mariología.
Pós-Graduação en Mariología
¿Deseas profundizar tu formación en Mariología? Conoce la Pós-Graduação en Mariología de Locus Mariologicus – una formación académica que une rigor teológico, vida espiritual y tradición viva de la Iglesia.
Responses