¿Hay peligro en la devoción mariana?

El indicio más preocupante de la crisis sacerdotal actual es que observamos la construcción mental de que la devoción mariana es algo accesorio, burocrático, que impide o debilita nuestro contacto con Cristo.
Es necesario eliminar este equívoco.
El plan de Dios al cual debemos adherirnos es un plan sabio, no uno arbitrario. Por lo tanto, no basta referirse a la voluntad de Dios, sino que es necesario investigar los propósitos íntimos de esa voluntad divina en relación con la presencia de María en el culto propuesto por la Iglesia. Es claro que no se puede resolver en un encuentro que termine en la Virgen, pues la Madre siempre apunta hacia Cristo como único mediador e nos introduce cada vez más en el ambiente de la nueva Alianza. De lo contrario, María sería un obstáculo, cuando en realidad es un elemento del evento de la redención, o, si queremos, con un término lírico:
«María es parte de la conspiración que Dios hizo para la salvación de la humanidad.»
La relación con María no puede ser vista como una especie de paso entre nosotros y Cristo: como aquella que interviene para llenar un vacío.
Esta idea surge ocasionalmente en la predicación. Jesús es misericordioso, pero al mismo tiempo es juez: siendo Dios, está muy lejos de nosotros, infinitamente distante. Para llenar este vacío, existe una serie de mediadores, incluida la Virgen. No es en este sentido que debe presentarse la mediación de María. Si hubiera un vacío, ciertamente caeríamos en el monofisismo cristológico según el cual la divinidad absorbe a la humanidad y Cristo ya no sería la manifestación de la misericordia del Padre. No existe vacío alguno por llenar, no solo porque Cristo está cercano a nosotros como Salvador, sino también porque los cristianos están inmediatamente unidos a Cristo a través del Bautismo y los Sacramentos, hasta el punto de formar un solo cuerpo con Él.La influencia materna no impide el contacto directo con Cristo, al contrario, lo facilita (Carta Encíclica Lumen Gentium, 60). Por tanto, ya existe un contacto inmediato con Cristo a nivel ontológico, en este sentido, la presencia de María en el culto de la Iglesia no produce la unión con Cristo, sino que favorece la intimidad: es para el perfeccionamiento de esta unión, es para el maduramiento de la relación con Cristo en la fe.De hecho, hay varios modos que llevan a la madurez la gracia bautismal: la consagración religiosa o la vida matrimonial son dos ejemplos de encuentro con Cristo, directamente o a través de la criatura humana. La devoción mariana es un tercer ejemplo de encuentro con Cristo en la madurez de la fe.**¿En qué sentido María facilita nuestro encuentro con Cristo?**Esto puede entenderse considerando siempre a la Iglesia. Esta puede ser vista como unida a su Cabeza, a quien mira para encontrar el modelo necesario para el reencuentro con el Padre. Y puede ser considerada como distinta de su Cabeza y, por tanto, como esposa de Cristo, a quien debe dar una respuesta de fe y amor.María se inserta en este dinamismo. En esta respuesta que debe dar a Cristo, la Iglesia recurre a Aquella que es su modelo, porque ella es la Iglesia antes de la Iglesia, no solo cronológicamente hablando, sino también cualitativamente, mientras precedió a la Iglesia en la perfección de la santidad.El problema de la transición del Antiguo al Nuevo Testamento consiste principalmente en la relación necesaria con Cristo en la vida de fe. Es comprensible que, en sintonía con la Virgen, se tome conciencia de las exigencias del seguimiento de Cristo y se progrese en la fe, la esperanza y el amor, en la adhesión a Él.A este respecto, recordamos el número 65 de la Carta Encíclica Lumen Gentium, en la que el Concilio afirma prácticamente que la Iglesia es esencialmente mariana, porque mirando directamente a la Virgen, penetra en el misterio de Cristo, y buscando la gloria de Dios, avanza en la fe, la esperanza y el amor, convirtiéndose en semejante a su figura sublime.La imitación de María es estructural en la Iglesia, porque la Iglesia en su dimensión más profunda, es decir, en su aspecto místico y teológico, se configura en el ejemplo de la Madre del Señor. Así, podríamos comparar a María con un gen que promueve el crecimiento del organismo desde adentro. La idea de María como tipo de la Iglesia se desarrolla de manera admirable en el Concilio Vaticano II, donde la Virgen es vista en la dimensión de figura eclesial, como **Aquella que ayuda a la Iglesia a tomar conciencia de su vocación**.María no puede ser un impedimento al encuentro con Cristo, sino un espejo que nos hace más conscientes de lo que debemos ser. La Iglesia mira a María para continuar su camino en la meditación de la Palabra de Dios, en la virginidad y maternidad vistas en su sentido teológico, en el progreso de la fe y en la esperanza de configurarse en su imagen escatológica.Además, el centro de María es Cristo, su Hijo y Salvador. La teología de la vida de María destaca cómo toda su historia estuvo orientada a la unión con Cristo y a la participación en su misión: **María está consagrada a la persona del Hijo y a su obra redentora**.Hoy, el sacerdote se preocupa por el problema de la unidad de vida: **cómo resolver la antinomia entre acción y contemplación, unión con Dios y ministerio**. La solución radica en mirar a Cristo, quien realizó todo según la voluntad del Padre, como lo establece el Decreto sobre la vida y el ministerio sacerdotal *Presbyterorum ordinis*. María es ejemplo y guía en esta mirada prolongada a Cristo para comprender sus actitudes y seguir sus huellas. Si el sacerdote es esencialmente una configuración a Cristo y María es la criatura más unida en conformidad y consagrada a Cristo, la relación del sacerdote con María solo puede resolverse en el profundamiento de su propia consagración y donación.María es sobre todo ejemplo en dos virtudes particulares esenciales para el sacerdote:– **La fe en Cristo**– **La dependencia de Él**.El sacerdote, al encontrarse en contacto con el cuerpo de Cristo y con las realidades sobrenaturales, debe superar las apariencias y la rutina de los hábitos. María es la gran peregrina de la fe, que caminó superando las obscuridades y las dificultades: su fe ejemplar ciertamente ayuda al sacerdote, quien debe tratar de las cosas espirituales sin convertirse en un funcionario.Y la dependencia de Cristo es necesaria para el sacerdote, porque en su ministerio actúa en su nombre y, por lo tanto, debe estar íntimamente unido y totalmente disponible a la acción de Cristo. La referencia a María, sierva del Señor, recordará al sacerdote su dependencia de Cristo.**No debemos temer que, enfatizando la relación con María, se ofusque el culto a Cristo, así como no se debe temer que la dedicación al ministerio sacerdotal impida la relación con Cristo**.Para orientar una auténtica devoción mariana, consulte la exortación apostólica *Marialis Cultus* de Pablo VI, sobre los criterios del verdadero culto a María.Aprofunde sus estudios: explore la *Mariología*, la *Teología Mariana*, las *Apariciones Marianas* y la *Pós-Graduação en Mariología*.Pós-Graduação en Mariología
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