Felicidad a quien creyó, Lucas 1,45; y la bienaventuranza de María.

**Lucas 1,45: La bienaventuranza de Isabel**

“Bienaventurada la que creyó en la realización de lo que el Señor le dijo” (Lc 1,45). Estas palabras de Isabel, pronunciadas en el momento de la Visitación, son consideradas por la tradición mariológica como la primera bienaventuranza dirigida a María en el Nuevo Testamento. Isabel proclama a María bienaventurada no por su dignidad física de madre del Señor (mencionada en Lc 1,43), sino por su fe: el «creer» (pisteuō) de María es el fundamento de su felicidad. La fe precede y sustenta la maternidad.

**Estructura de la bienaventuranza**

La forma beatitativa de Lc 1,45 sigue el patrón de las bienaventuranzas del Antiguo Testamento (Salmo 1,1; Proverbios 8,34) y anticipa las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña (Mateo 5,3-12). Su estructura es: makaria tē pisteuousa, «bienaventurada aquella que creyó». El participio aoristo pisteuousa («habiendo creído») denota un acto de fe completo y decisivo. Juan Pablo II, en su encíclica Redemptoris Mater n.14, comenta: «La peregrinación de la fe de María comienza con este ‘creer’ de Lc 1,45, que la Virgen inicia con el ‘sí’ de Lc 1,38».

**Fe antes de la visión: el paradoxo de María**

La tradición teológica resalta el paradoxo: María creyó sin ver completamente. El ángel anunció; ella creyó. No esperó pruebas, no exigió confirmación más allá del «símbolo» de Isabel embarazada (Lc 1,36-37). Esta fe «sin ver», pero no «ciega», ya que preguntó «¿cómo será esto?» (Lc 1,34), coloca a María como modelo de fe cristiana, que siempre es respuesta a una palabra y no resultado de evidencia empírica. Hebreos 11,1 define la fe como «fundamento de las cosas esperadas, prueba de las que no se ven». María ejemplifica esta definición de modo singular.

**La bienaventuranza en Lucas 11,27-28**

La respuesta de Jesús en Lc 11,27-28 ilumina retrospectivamente Lc 1,45. Cuando una mujer exclama «Bienaventurada el vientre que te llevó» (Lc 11,27), Jesús responde: «Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28). Esto no niega la maternidad de María, sino que la subordina a la fe: es más feliz por haber creído que por haber dado a luz. Y María fue madre precisamente porque primero creyó. La secuencia Lc 1,45; 11,28 revela que la bienaventuranza de María reside en su fe, y su fe es lo que la convierte en el modelo supremo del discipulado.

Juan Pablo II y la peregrinación de la fe de María

La encíclica Redemptoris Mater dedica su primer capítulo a la «peregrinación de la fe» de María, construida a partir de Lc 1,45. Juan Pablo II traza el viaje de fe de María desde la Anunciación hasta la Cruz, donde «la fe de María se acercó a una especie de noche»: la fe que en Lc 1,45 era luminosa y confiada se convierte, en la Cruz, en fe en la oscuridad, fe mientras el Hijo muere. Esta «kenosis de la fe» es la contribución más original de Redemptoris Mater a la mariología del siglo XX: María como figura de la fe probada y purificada.

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