María consuela nuestras debilidades

Maria conforta as nossas debilidades

Introducción

La reflexión sobre la debilidad y su relación con la figura de María, Madre de Jesús, conduce al lector a considerar diferentes aspectos de la espiritualidad y la teología cristiana. La debilidad, como se menciona en las Sagradas Escrituras y en la tradición cristiana, no se refiere únicamente a la falta de bienes materiales, sino que también asume una dimensión espiritual profunda que interroga al corazón del ser humano y su relación con Dios y con los demás.

Maria conforta as nossas debilidades com o Magnificat

A porta formosa

*»No tengo plata ni oro, pero lo que tengo, te lo do en el nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda» (Hechos 3,6). Las palabras del apóstol Pedro al pobre enfermo de la Puerta Formosa están dotadas de un carácter performativo, típico de la Palabra de Dios, resaltando el paradoxo propio del Cristianismo.*

La pobreza de Jesús de Nazaret

Uno de los rasgos más característicos de Jesús de Nazaret, al que Pedro alude, es la pobreza, no solo recomendada, sino abrazada voluntariamente, según nos enseña Pablo. Esta pobreza se conjuga con una esencialidad existencial y antropológica, mostrando que no son las riquezas materiales las que enaltecen al hombre, sino su consistencia creatural.

El ser sobre el tener

En este contexto, *»bienaventurados los pobres» (Lucas 6,20)* resalta la importancia del ser sobre el tener. Revelación, filosofía y teología encuentran un punto común: el ser creado a la imagen de Dios y la pertenencia al mundo del ser y de la vida, iluminando al hombre y reafirmando la necesidad de llenar su pobreza con verdadera riqueza.

La Encarnación de Dios y la pobreza

*»Siendo rico, se hizo pobre por nuestra causa, para que por su pobreza nos hiciese ricos» (2 Corintios 8,9). La Encarnación de Dios abraza la pobreza, con el Presagio y la Cruz simbolizando visualmente su profundidad. Este camino escandaloso para los paganos evidencia una lógica concreta arraigada en nuestra experiencia de vida, especialmente en los momentos de pobreza y enfermedad.*

La compasión divina

La expresión *»Mi Dios, mi Dios, ¿por qué me has abandonado?»* (Salmo 22,1), cargada por el Jesús pobre, encuentra respuesta en la Carta a los Hebreos: *»No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecer nuestras debilidades»* (Hebreos 4,15). La pobreza es la firma con la que Dios se presenta al mundo, mereciendo respeto como el lugar de su riqueza benéfica.

Actuar en favor de la pobreza

Nuestro actuar en favor de la pobreza debe partir del reconocimiento de que Dios, al hacerse pobre, enriquece a la humanidad. Los medios materiales y las riquezas deben ser vistos como subordinados al valor del ser humano, en colaboración con el Creador y en armonía con el cosmos. La celebración de la Vigilia Pascual, rica en elementos naturalísticos, ilustra esta experiencia directa de la interacción entre fe, creación y expresión humana.

La prioridad del ser en la integralidad de la persona

Entonces, ¿cuál es la pobreza que somos llamados a colmar? La respuesta se inscribe en la integralidad de la persona, donde, más allá de insistir en el tener, se hace necesario y debido partir del ser, que es la fuente de la acción en beneficio (se espera) de la humanidad.

Desafíos de la cosificación del hombre

Una corriente de pensamiento de matriz racionalista y cientificista llevó a la cosificación del hombre, transformándolo, en el peor de los casos, en una mercancía de intercambio. Este pensamiento también acusó al Cristianismo de explotación y violencia contra el cosmos, generando un nuevo paganismo que falla en reconocer la singularidad del hombre en la cúspide del cosmos y como creador de cultura en sus diversas manifestaciones.

Más allá del material: la oferta de la persona

En el plano filosófico y aún más en el teológico, un camino posible de recomposición y reconciliación es la oferta que cada persona es capaz de hacer al otro, que siempre descubre en sí un fondo de indigencia y pobreza. Este es un discurso que trasciende un nivel material, pero no lo excluye. Compartir, donar, ofrecer: pero ¿cómo?

¿Qué mueve al hombre a actuar?

La cuestión central es: ¿Qué mueve al hombre en sus acciones? Secularmente, la respuesta puede ser la profunda fe en el carácter universal precioso de la vida humana y en sus potencialidades, o un limitante y a veces peligroso quid pro quo que conduce al naufragio en mentiras, egoísmo y funcionalismo. Actuar el bien solo para aliviar la conciencia es otro aspecto de este círculo vicioso.

La verdadera solución: la Encarnación redentora

Entre las soluciones, solo la primera muestra un cierto grado de positividad y aceptabilidad, aunque, a los ojos de un fiel, permanezca incompleta, pues no implica el semper novum de la Creación y, aún más, de la Encarnación redentora. Ninguna máquina, producto del pensamiento humano, o ser mitológico se encarnó o salvó totalmente al hombre, donde la pobreza, lejos de ser despreciada, es valorada como condición óptima para acoger una riqueza que no es de este mundo.

La pobreza a colmar: múltiples facetas

La pobreza a colmar muestra diferentes facetas y no se limita a una cuestión de dinero o bienes materiales. En este denso plano de realización para el hombre, encontramos el resumen en la Eucaristía, donde la Palabra infinita y el Pan inagotable se dan sin medida, como realidades concretas de una Presencia que la Iglesia debe acoger, inspirándose en lo que María, Madre de esa Palabra y de ese Pan, proclamó y realizó.

Los mandamientos de Jesús: uniendo acción y gracia

Los dos mandamientos: «Haced esto en mi memoria» y «Haced todo lo que os diga» se relacionan a la persona de Jesús y remiten a su misterio único, en el cual la Santa Virgen está insertada como emblema singular de una testigo activa de pobreza, colmada por el don de la gracia.

El canto de María: el Magnificat

La Visitación y el Magnificat

El gran canto entonado por la Virgen en el episodio de la Visitación (cf. Lc 1,46-55) permanece como punto de referencia para el fiel que desea comprender la pobreza evangélica, pero también para el «distante» que puede percibir fácilmente cómo la trama de la historia es vivida por los pobres. En este texto, María, la mujer pobre ahora enriquecida de manera incomparable por la presencia del Hijo, proclama la inversión, la novedad que Dios de Israel ofreció a su pueblo y, por extensión, a todas las naciones.

La inversión divina

Se trata de una inversión de todos aquellos que, de una forma u otra, permaneciendo apegados al poder y a la riqueza mundanas, se vuelven refractarios a la acción liberadora de Dios. El pobre, en sus diversas especificaciones, es bendecido y elevado porque es aquel que con mayor facilidad acoge esta acción divina. A esta pobreza está ligada la humildad de la cual María, desde la Anunciación, se convirtió en modelo e imagen.

El Magnificat como contestación radical

Partiendo de la reconsideración respetuosa del pobre, el Magnificat se convierte en «una contestación radical al reino del pecado derrotado por la obra del Salvador y ahora sin futuro«. Un reino expresado con imágenes de riqueza y poder, impulsando al lector a reflexionar nuevamente sobre el significado de nuestras acciones en relación a la pobreza sin las cuentas que normalmente hacemos cuando nos relacionamos con personas que pueden retribuir.

El doble relacionamento de María con la pobreza

En la persona de María, vemos el doble relacionamento con la pobreza: por un lado, la humilde sierva de Nazaret que se presenta ante Dios en su simplicidad, ofreciendo o sacrificando lo poco que tiene en un proyecto de vida común. Por otro, el Dios rico y omnipotente que se entrega a esta mujer, enseñando con este acto, antes incluso de las parábolas, la gratuidad del amor y de la oferta desinteresada.

La oferta de la mujer pobre y la instrucción de Jesús

De ahí entendemos la importancia de la oferta de la mujer pobre que, en el tesoro del templo, da todo lo que tiene para vivir (cf. Mc 12,41-44 y Lc 21,1-4) y, por otro lado, la implementación necesaria del mandato dado por Jesús de invitar a nuestras fiestas a aquellos que son más necesitados (cf. Lc 14,12-14), un convite que abre las puertas del cielo.

Contribución humana a la riqueza divina

¿Qué puede dar el hombre al Dios rico que lo beneficia? Nada. Pero el hombre rico que ayuda al necesitado, inspirándose en el comportamiento de Dios, puede participar de la vida eterna, todo ello alejándose de toda lógica de cálculo y, si queremos, de mercado.

María y la comprensión de la pobreza

Podemos afirmar que la persona de María ayuda al lector a contemplar el concepto y las situaciones de pobreza con mayor profundidad: sin duda, enfrentamos la pobreza material y espiritual, curando las heridas de la degradación socioeconómica a través de un uso adecuado y equilibrado de los bienes de la tierra y promoviendo una cultura humana auténtica y respetuosa.

Iluminación y denuncia a través del canto

Retomando el texto evangélico que la Iglesia reza diariamente en las Vésperas, podemos compartir la afirmación de Alberto Valentini: «Es tarea de los cristianos iluminar con este canto la verdad sobre Dios y sus designios, denunciar y desmentir las tramas de los poderosos, ricos y opresores». Estamos muy cerca, en esencia, de los constantes llamados del Papa Francisco a la Iglesia para que practique la sobriedad y brinde ayuda a los menos favorecidos con respeto.

El despojamiento como condición óptima para la discipulación

No lejos de la anterior denuncia evangélica del lado negativo inherente a la pobreza, encontramos en ella la condición óptima para seguir y ser discípulos de Jesús, sin que nada pese en el corazón y la mente, y que no conduzca al hombre a un peligroso y pecaminoso apego a lo efímero.

El papel reconfortante y fortalecedor de María se profundiza en la Encíclica Redemptoris Mater de Juan Pablo II, que presenta a María como madre que acompaña a la Iglesia en sus sufrimientos.

Conclusión

El despojamiento vivido y representado por María, además de caracterizarse por la ausencia de cualquier concesión a la idolatría y la avaricia, se distingue por el servicio a Dios y, en la persona de su Hijo, también a sus hermanos y hermanas. La falta de riqueza no implica desinterés, sino ponerse al lado de quienes, sin poner obstáculos, son más facilitados para descubrir las huellas beneficiosas de Dios en la historia.

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