Y amém también de María y nuestro

O amém de María: modelo de nuestro sí eucarístico
Hermanas y Hermanos

El texto del Evangelio de San Lucas, que hemos escuchado, narrando el milagro de la multiplicación de los cinco panes y dos peces, con los que Jesús alimentó a la multitud en un lugar desierto, concluía diciendo: «Todos comieron y se saciaron» (cf. Lc 9, 11b-17). Ese «todos» es, de hecho, muy importante. «Todos comieron y se saciaron». Leído en este día, ese «todos» significa que es deseo de Jesús que cada ser humano se alimente de la Eucaristía, porque la Eucaristía es para todos. Por ello, con la solemnidad que hoy celebramos con tanta devoción, llamamos la atención sobre el hecho de que Cristo se ofreció por toda la humanidad. Con la celebración de hoy reafirmamos abiertamente nuestra fe en Jesús Cristo vivo y realmente presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Con ella adoramos, alabamos y damos gracias públicamente al Señor, que en el Sacramento eucarístico continúa amándonos «hasta el final» y «estando con nosotros» hasta los tiempos finales.
Por ello, la secuencia que cantamos antes del Evangelio decía:
Tierra, exulta de alegría,
Alaba a tu pastor y guía,
Con tus himnos, tu voz.
Toda la tierra es invitada a alabar. Así, nadie debe sentirse excluido de este alabanza.
Pero la secuencia hacía, además, otra invitación:
Hoy la Iglesia te invita:
El pan vivo que da vida
Ven con ella a celebrar.
La tierra es invitada no solo a alabar, sino también a celebrar el pan vivo que da vida. Y aquí, en este lugar santo, la Santa Virgen es para nosotros el modelo de cómo se debe celebrar el pan vivo que da vida.
El «fiat» de María y el «amén» de la comunión: una profunda analogía
En las palabras de San Juan Pablo II, «existe, pues, una profunda analogía entre el sí (fiat) pronunciado por María, en respuesta a las palabras del Ángel, y el amén que cada fiel pronuncia al recibir el cuerpo del Señor. A María se le pidió que creyera que aquel que ella concebía «por obra del Espíritu Santo» era el Hijo de Dios. Era el «Hijo de María»» (cf. Lc 1, 30-35). Continuando la fe de la Virgen Santa, en el misterio eucarístico se nos pide creer que aquel mismo Jesús, Hijo de Dios y Hijo de María, se hace presente en los signos del pan y del vino con todo su ser humano-divino.
Hermanos y hermanas
Cuando nos acerquemos a la comunión para recibir el cuerpo del Señor, imitemos el amor de María. Cuando digamos «amén» antes de comungar, imitemos la fe de María. Cuando recibamos el cuerpo del Señor, digamos íntimamente las palabras de María: «hágase en mí según tu palabra».
P. Juan Pablo Domingues
La analogía entre el «amén» de María y nuestro «amén» eucarístico se desarrolla en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia.
De la encíclica de Juan Pablo II, donde María aparece como la mujer eucarística por excelencia.
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Para profundizar la reflexión sobre el fiat de María y la fe, consulte la Encíclica Redemptoris Mater del Papa Juan Pablo II.
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