El rostro de María en los escritos de San Juan de la Cruz

La aparente marginalidad de María en los escritos de San Juan de la Cruz (1542-1591): contexto y objetivo
En un análisis sumario de los escritos del santo padre Juan, salta a la vista de inmediato un hecho que, al menos a primera vista, podría dejarnos un tanto decepcionados: el lugar marginal que la Virgen María parece ocupar en sus textos. El hecho no debe sorprender ni desconcertar. Se explica sencillamente: San Juan de la Cruz no pretende escribir un tratado completo de teología espiritual, como hoy se concibe. Él quiere ofrecer ayuda y luz a tantas almas que ya han iniciado, y también bien, su camino, almas que ya viven, aunque no perfectamente, su relación con la Trinidad y con el mundo divino, en el que María ya ocupa el lugar que le corresponde por decreto divino.

Además, teniendo presente que los destinatarios inmediatos de sus escritos son sobre todo los carmelitas y las carmelitas, esta explicación puede parecer superflua. Él se encuentra frente a existencias que, también por la consagración religiosa, están consagradas a María. La fórmula de profesión entonces vigente, y hasta no hace mucho tiempo, enfatizó expresamente que consagrarse a Dios en la profesión era, simultáneamente, consagrarse a María.
La figura de María en San Juan de la Cruz: sobriedad escriturística y elevación teológica
No obstante, a pesar de la sobriedad material de las referencias encontradas en sus escritos, tenemos afirmaciones que nos presentan un rostro de María ciertamente alejado de ciertos lugares comunes o de un devocionalismo superficial, pero sin duda digno del altísimo grado de santidad y de unión con Dios que el Señor se dignó conceder a su Santísima Madre, y digno también del papel que el Señor atribuyó a María en la obra de la salvación. Por otro lado, no todo lo que el santo Padre Juan vivió lo expresó en sus escritos. Y, en el caso concreto, sabemos bastante de su devoción, con D mayúscula, sincera, terna y ardiente hacia la Virgen María.
Los primeros biógrafos dirán que, en muchas ocasiones durante su vida, él narraba cómo, cuando era niño, cayó en un charco y, mientras se debatía para salir, aparecióle una bella Señora y, al gesto de ella, espontáneamente temeroso de extender la mano para no manchar a la Señora blanca, en ese medio tiempo llegó un campesino que lo sacó. Sabemos también que él abraza el Carmelo porque esta es la Orden de María, aunque fuera invitado por la naciente y ya afirmada Compañía de Jesús a formar parte de esa nueva familia religiosa. Él se nutre, entonces, de esa espiritualidad carmelita que ve en María, además de Madre, el modelo y la Hermana: un aspecto característico de nuestra espiritualidad, hermana del ideal de unión con Dios mediante la vida contemplativa.
Los elementos del perfil interior de María en la espiritualidad carmelita de San Juan de la Cruz
Por lo tanto, tenemos elementos suficientes para trazar el perfil esencial, por así decirlo, del rostro interior de María, a la luz de los textos sanjuanistas, tanto de los que hablan explícitamente como de los que claramente la sugieren, ese rostro, esa presencia de María. Según algunos comentaristas, la esposa ideal del Cántico y la figura femenina de la Chama, en cuyo seno el Amado descansa la cabeza, sería justamente María. No es improbable que, bajo los velos de esta figura, aparezca el rostro eminente de María.
Sin embargo, hay una afirmación general que coloca inmediatamente a María en su justo lugar en el misterio de Cristo y en el misterio de todo salvado, y por lo tanto también en el de Juan de la Cruz. En la oración de la Alma Enamorada, entre otras cosas, él dice: «María es mía, porque Cristo es mío y todo es para mí». Basta esto para decir todo acerca de la presencia de María en la vida de Juan de la Cruz y en la vida de todo peregrino rumbo a la unión con Dios.
«María es mía»: pertenencia a Cristo y encuentro de María en CristoCristo es mío, porque es el Esposo que el Padre me destinó desde la eternidad y que, por la Encarnación y, sobre todo, por su muerte en la cruz, se unió a mí en consorcio casto y espiritual. A través de esta unión, todo lo que es del Esposo también lo es de la esposa. Todo lo que es de Cristo también es de Juan de la Cruz: es de Juan el Padre, el Espíritu, la Madre, los ángeles, los hombres buenos y malos, todo. Por lo tanto, nada ni nadie podrá jamás quitarle este don que procede del Corazón de Cristo. Nadie podrá quitarle a María: María es mía. Él dice María, la llama por su nombre.Esta conexión con el misterio de Cristo ayuda a comprender cómo el bautismo se mueve siempre y solo en el misterio de Cristo, y de Cristo recibe sentido y significado. También su Virgen Madre, María, se mueve en este misterio, por lo que no es una realidad que pueda separarnos de Cristo, sino una realidad que encontramos en Cristo y, sobre todo, es una realidad en la que Cristo se nos ofrece.María en el misterio de Cristo: unión y subordinaciónEs una visión teológica, muy cercana, de hecho, a la comprensión que la Iglesia tiene hoy del misterio de María. María solo puede ser comprendida y aceptada en su unión con Cristo y en su subordinación a Cristo. María es aún el seno virginal en el que el Verbo, por obra conjunta de la Trinidad, toma carne y se une a la esposa, que es la humanidad. Esta es una afirmación que encontramos en la Romança n. 8.San Juan de la Cruz afirma aquí implícitamente que cada alma, en el seno virginal de María, se une al Verbo Encarnado. Es en este seno que el Verbo, en el primer instante de su venida al mundo, se une a la esposa, a la humanidad entera. Esto no es algo transitorio, sino que permanece como un punto seguro en el misterio de la salvación. Lo que sucedió para Cristo sucede para cada uno de nosotros que somos de Cristo. Es en este seno donde ocurre la unión.Maternidad espiritual: acción real, continua y subordinada a CristoA través de esta unión, realizada históricamente en el seno de María, participamos de la gracia de Cristo, Verbo Encarnado. Él se hizo carne de María. Y en esta gracia de Cristo, cristiana, no falta algo, llamémoslo así por falta de mejores términos, algo de la Madre, la cual, realmente, realmente y no solo como modo de decir, contribuye a la generación de los hombres de Cristo.La relación filial, de hecho, y nosotros somos hijos de María, Cristo nos dio en la cruz, se fundamenta siempre en un hecho real generacional, que es la comunicación de vida. La vida divina nos viene toda de Dios en Cristo, pero podemos decir que también nos viene toda de Dios en María y por María, pasando a nosotros, y, por otro lado, a María le viene todo y completamente de Dios. Esto permanece en nosotros como fundamento que recuerda, invoca y exige también la ayuda continua, el cuidado continuo de María por nuestra salvación, a lo largo de todo el camino que nos conduce a la comunión con Dios, a la glorificación.
María como prototipo: ejemplaridad en la unión con Dios
Y otro aspecto de María lo capta con gran evidencia el Santo Padre: su ejemplaridad. Ejemplaridad en la unión con Dios, ejemplaridad de esa unión. Al hablar de las almas llegadas a la unión, cuya característica es ser movidas por el Espíritu Santo, el Santo Doctor comenta exemplificando. No es un simple ejemplo lo que él cita. María es presentada como el prototipo más cercano a nosotros, y hacia el cual espontáneamente volcamos la mirada.
En la Subida III, 2, 10, se lee: «Tales eran las operaciones de la Virgen, Nuestra Señora, la cual, elevada desde el principio a ese estado sublime, no tuvo impresa en la alma figura de criatura alguna y, por ninguna de ellas, en momento alguno, fue movida a actuar, sino que actuó siempre bajo la moción del Espíritu Santo». De este texto se ha dicho, quizás con un poco de énfasis, que él solo vale un libro entero de Mariología.
La más pura: plenitud de moción del Espíritu Santo
A través de este texto, se puede leer toda la visión pneumatológica de la presencia y la actividad del Espíritu Santo en la obra de santificación. Y también se lee la teología de la unión. Todo es vivido y, por tanto, expresado en este ejemplo, en esta ícono, en esta imagen que Dios colocó en el camino de los peregrinos. María, por lo tanto, está en la cúspide de la unión posible con Dios, porque es la Más Pura, así la llamaban en el Carmelo.
Ella es Purísima porque concebida sin pecado, eso es cierto, pero es Purísima sobre todo porque jamás se dejó formar por ninguna criatura. Al contrario, y este es el elemento positivo que la constituye Purísima, ella es un icono resplandeciente en el camino de la Iglesia porque siempre movida por el Espíritu Santo. Es, por tanto, criatura toda de Dios y toda divinizada, penetrada en todas las fibras de su ser por Dios, toda de la Trinidad, toda inmersa en la Trinidad, con relaciones únicas e irrepetibles, que no la alejan de nosotros, sino que la convierten en icono y modelo digno.La intimidad de María con Dios en el *Cántico Espiritual*: imágenes de la unión mística en San Juan de la CruzA ella, más que a cualquier otra, se aplican las palabras que el Santo Padre escribe en la anotación al verso 26: «En la íntima bodega bebí del Amado…». Y él explica que el alma está vestida de Dios e inmersa en la divinidad, no superficialmente, sino en el íntimo del espíritu, pues, llena de delicias divinas y saciada en las aguas espirituales de la vida, experimenta lo que David afirma de los que así están unidos al Señor: «serán embriagados». Y entonces, ¿qué saciedad será la del alma, si la bebida que le es traída es un río de delicias? Tal río es el Espíritu, cuyas aguas, siendo amor íntimo de Dios, penetran íntimamente en el alma, dándole a beber del amoroso río que es el Espíritu del Esposo, infundido en ella en esta unión.Y en el verso siguiente, 27, 1, él dice que, en esta unión, Dios se comunica en el alma con un amor tan vivo que no hay afecto de madre que con igual ternura acaricie al hijo, ni amor de hermano o de amigo con que se pueda comparar. Hablan de la humildad y dulzura de Dios, que se somete a la alma humilde y amante, como si Él fuera siervo y ella el Señor.María como modelo del camino en la caridadSe decía que, en todo ello, María es ejemplar, el icono. Es posible porque María se coloca en la cúspide del único misterio de Cristo comunicado a nosotros. Es el mismo misterio que se comunica a nosotros y que fue comunicado en plenitud singular a María. Los mismos dinismos interiores, el Espíritu Santo, las virtudes teologales, los dones, que explican la singular santidad, perfección y unión de María, explican también nuestra existencia redimida.No debemos mirar, al contemplar a María, únicamente a sus privilegios iniciales. La comunión es fruto del camino, del camino en la caridad. Y María recorrió ese camino como ninguna otra criatura, por lo que también es sublime como modelo. Si, por absurdo, hubiera quedado estancada en los privilegios iniciales, no sería aquello que la Iglesia contempla, ni lo que nos dijo el Santo Padre.
Riquezas espirituales: María y los que sirven y aman al Señor
En La Chama 4, 4, el Santo Padre habla de los numerosos modos en que Dios despierta en el alma, y del movimiento que el Verbo hace en la sustancia del alma, de tanta grandeza, potencia, gloria y suavidad, que parece que todos los bálsamos, especias y flores del mundo son sacudidos para esparcir su fragancia, y que todas las virtudes, sustancias, perfecciones y gracias de toda criatura creada resplandecen y hacen juntas el mismo movimiento.
Es justo aplicar estas riquezas a María, pero también es justo aplicarlas a todos los que, como María, en la humildad del corazón, en la pureza del espíritu y en la pobreza de espíritu, sirven y aman al Señor. Por eso, María se presenta, como recuerda el Concilio, como señal de consuelo y de segura esperanza para todos nosotros.
María como modelo de oración suplicante
María es presentada por el Santo Padre como modelo de oración de súplica. Ella expone la necesidad, confiando al Señor que establezca lo que es más oportuno. En el Cántico, estrofa II, n. 8: «Observad cómo la alma, en el verso citado, «Digo que desfalezco, sufro y muero», se limita a exponer al Amado sus propias necesidades y penas, pues quien ama con criterio no se preocupa en pedir lo que le falta o desea, sino que expone simplemente sus necesidades, para que el Amado haga luego lo que le place».
Esto puede iluminar nuestra oración. A veces pensamos que, para rezar, es necesario conocer todas las necesidades, leer, saber. No. Es más simple: quien ama con criterio no se preocupa en pedir, sino que expone simplemente sus necesidades, y las necesidades de la humanidad, siempre mayores de lo que podemos conocer por la crónica, sea cual sea.
Y así lo hizo la Virgen en las bodas de Caná, cuando, sin petición directa, dijo: «No tienen vino», y las hermanas de Lázaro.
La eficacia de la oración: «omnipotencia por gracia»
La oración suprema es aquella que el Espíritu Santo suscita en nosotros, es Él quien reza en nosotros. La oración de María es aquella que resuena con el mínimo movimiento del Espíritu, porque ella es quien más ama y alaba al Señor. Y por eso es también la oración más eficaz por nosotros.
En el Cántico, estrofa 32, n.º 1: «Gran es el poder y la tenacidad del amor, que conquista y cautiva al mismo Dios. Feliz la alma que ama, porque tiene al Señor por cautivo, dispuesto a hacer todo lo que ella quiera». Esta es la omnipotencia por gracia de la oración de María. Ella es quien ama al Señor de manera suprema, y por eso Él, así se dice, está cautivo de María, dispuesto a hacer todo lo que ella desee.
La Virgen sufrida: asociada al dolor redentor
María, en fin, es la Virgen sufrida, que por voluntad de Dios está asociada al dolor redentor del Hijo. En el Cántico, estrofas 20-21, n.º 10, se habla de la gran estabilidad del alma en este estado, de modo que las aguas del dolor, incluso del propio sufrimiento o el de los demás, ya no le causan aflicción, aunque reconozca las cosas como son. Y se explica que, en esta transformación de amor, a la alma le sucede lo mismo que a los ángeles, que aprecian perfectamente las cosas dolorosas sin sentir dolor, y ejercen misericordia y compasión sin sufrir.
Se añade que el Señor, a veces, dispensa de esta inmunidad al dolor, permitiendo sufrir para adquirir mayores méritos y encender más el amor, como sucedió con la Virgen María, con San Pablo y otros. María, por voluntad de Dios, sufrió y fue asociada al dolor redentor del Hijo. Su ser Inmaculado no la exime del dolor, ni su plena unión con el Señor, que constituye su gozo. La alegría y el dolor pueden estar juntos.
Síntesis: la mariología de San Juan de la Cruz (1542-1591) y su herencia para la mística carmelita.
La figura de María que se desvela en los escritos de San Juan de la Cruz no es una presencia accesoria, sino teológica, situada en el centro del misterio de Cristo y, por tanto, en el corazón del camino de toda alma llamada a la unión con Dios. La sobriedad de las menciones explícitas no empobrece esta presencia, sino que la purifica de todo devocionalismo fácil y la devuelve a su lugar propio, donde María se encuentra en Cristo, y donde Cristo se ofrece también a través de ella. «María es mía, porque Cristo es mío y todo es para mí» se convierte así en una síntesis admirable de la pertenencia del fiel al Esposo y del don que, en esa pertenencia, incluye a la Madre.
Desde esta perspectiva, María se presenta como el seno virginal en el que el Verbo se une a la humanidad y como fundamento real de nuestra filiación, subordinada y totalmente dependiente de la única mediación de Cristo. Por ello, la maternidad espiritual de María no es una figura retórica, sino una acción real, continua y maternal que acompaña al peregrino a lo largo del itinerario de la gracia. Al mismo tiempo, se manifiesta como prototipo e icono de la unión, la Purísima, siempre movida por el Espíritu Santo, libre de toda impresión desordenada de las criaturas y plenamente configurada a la acción divina.
Su ejemplaridad no se reduce a privilegios iniciales, sino que expresa la plenitud del camino en la caridad, que también es el camino de la Iglesia. Finalmente, María, que es icono de la unión, también es modelo de oración y de compasión, una oración simple que expone la necesidad y deja al Amado la forma y el momento del socorro, una oración eficaz porque nacida del amor supremo, y una presencia sufrida asociada, por voluntad de Dios, al sufrimiento redentor del Hijo. Así, el título tan querido por el Santo Doctor, «Nuestra Señora», se convierte en programa y esperanza: colocarse en las manos de la Madre es permanecer en el misterio de Cristo, sin desviarse, y caminar con seguridad hacia Aquel que es el fruto bendito de su seno, Jesús. Que este sea el augurio para nosotros y para todos: que María sea verdaderamente «Nuestra Señora», hasta que Dios habite en nosotros y con nosotros, y nosotros con Él.
Para la comprensión teológica del papel de María en la economía de la salvación, el capítulo VIII de la Lumen Gentium del Concilio Vaticano II ilumina la dimensión eclesial de la experiencia mística de María descrita por San Juan de la Cruz.
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